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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 21

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21: Capítulo 21- Deuda 21: Capítulo 21- Deuda Enterraron a los muertos con lo que tenían.

No había madera suficiente para ataúdes ni materiales para rituales.

Había manos y tierra y personas que recordaban los nombres.

Eso tuvo que ser suficiente.

Nadie organizó las tareas.

Simplemente cada uno fue haciendo lo que había que hacer — alguien empezó a mover escombros, otro fue a buscar herramientas, otro más empezó a cavar.

El entierro se fue formando solo, con la lógica de un grupo de personas que comparten una pérdida y no necesitan instrucciones para honrarla.

A Wei Dohan lo pusieron cerca del área de entrenamiento corporal.

Uno de los discípulos pasó diez minutos buscando algo con qué marcar el sitio antes de encontrar una piedra del tamaño adecuado.

Cuando la colocó se quedó mirándola con las manos sucias de tierra.

Wei Dohan le había corregido la postura un centenar de veces, siempre con el mismo tono seco.

Sin una marca nadie sabría que había estado ahí.

Eso no podía ser.

A Fang Ruochen y a los empalados los enterraron juntos junto al muro norte — no había forma de hacerlo de otra manera, y aun así nadie lo trató como algo menor.

La discípula que había reconocido a Fang Ruochen trabajó con los dientes apretados durante todo el proceso.

Cuando terminaron se quedó parada frente al montículo de tierra con la palma apoyada en el muro detrás, como si necesitara algo sólido.

Mientras cavaban, uno de los más jóvenes empezó a recitar en voz baja los nombres que recordaba — no una letanía formal, simplemente los nombres, uno tras otro.

Varios se unieron.

Jaha también.

Shen Kaiming quedó bajo el árbol sin nombre.

No hubo discusión.

Cuando llegó ese momento todos se movieron en esa dirección sin que nadie lo propusiera.

Jaha cavó más de lo que le correspondía — no porque alguien se lo pidiera sino porque necesitaba hacer algo con las manos que no fuera quedarse parado frente a lo que quedaba del patriarca.

Moshi estuvo cerca durante todo ese tiempo sin tocar una pala.

Se quedó de pie con el libro apretado contra el costado, mirando el árbol con la expresión de alguien que está intentando memorizar algo que no quiere olvidar.

* * * Cuando terminó nadie supo exactamente cómo ocupar las manos.

Algunos se sentaron donde podían.

La chica de catorce años se apoyó contra el árbol sin nombre y sacó de su ropa un trozo de tela doblado — parte de algo que había sido una manga.

Lo abrió, lo volvió a doblar, lo abrió otra vez.

Otro discípulo se puso a ordenar piedras junto al muro este sin ningún propósito visible, solo moverlas de un lado a otro con una concentración que no tenía nada que ver con las piedras.

Era la forma que el cuerpo encuentra de seguir funcionando cuando no sabe qué otra cosa hacer.

Jaha se apoyó contra el árbol sin nombre con el pincel en la mano.

Lo había llevado durante todo el entierro.

En un momento, mientras cavaba, había pensado que debería guardarlo para no perderlo — y después se había dado cuenta de que no lo iba a guardar, que necesitaba sentir el peso exacto de ese objeto en ese momento y no sabía explicar por qué.

Moshi se sentó a su lado después de un rato.

Abrió el libro.

Leyó exactamente dos líneas.

Lo cerró.

Las conversaciones empezaron en voz baja — la chica con el trozo de tela preguntándole a otro discípulo si tenía a dónde ir.

Dos más hablando de una ciudad al este.

Alguien mencionó una secta menor que aceptaba discípulos sin recomendación.

Era la vida buscando la siguiente dirección porque no sabe hacer otra cosa.

Jaha los escuchaba sin participar, con el pincel quieto en la mano.

* * * Los escucharon antes de verlos — pasos sobre los escombros del camino de entrada, medidos, el tipo que produce gente que sabe que está entrando en territorio de duelo y lo respeta.

Tres personas.

Una al frente y dos detrás.

La que iba al frente era una mujer joven — o lo parecía, que en el mundo cultivador esas dos cosas no siempre coincidían.

Vestía los colores del Pabellón del Viento Sin Frontera con la naturalidad de quien lleva esa ropa desde antes de recordarlo.

Los dos que la seguían iban un paso atrás con la postura de quien sabe que en este momento no es lo principal.

Moshi levantó la vista del libro cerrado.

La miró un segundo con esa atención específica suya — el tipo de mirada que usaba cuando estaba leyendo algo, no cuando estaba viendo a una persona.

—Liwei Mei —dijo en voz baja—.

Heredera del Pabellón.

Cincuenta y tres años, rango tres inicial.

—Una pausa—.

Para ese nivel esa edad es una anomalía.

La mayoría tarda el doble en llegar ahí.

Jaha guardó esa información sin responder.

Liwei Mei se detuvo a una distancia respetuosa.

Sus ojos recorrieron el patio — las tumbas frescas, los escombros, el árbol en pie — y después se detuvieron en la piedra de la entrada.

Frunció levemente el ceño.

No de disgusto — de atención.

Se volvió hacia uno de los que la acompañaban con una mirada breve, y el hombre asintió casi imperceptiblemente.

Él también lo había sentido.

Había algo diferente en el aire del territorio.

No era energía espiritual concentrada ni una formación activa — era algo más difícil de nombrar.

Como si el espacio hubiera absorbido algo que todavía no había terminado de disolverse.

Los caracteres sobre la piedra eran tinta ordinaria sobre roca ordinaria, y aun así había algo en ellos que hacía que la vista se detuviera más de lo necesario.

—¿Quién escribió eso?

—preguntó Liwei Mei.

Su voz había perdido algo de la compostura formal — era curiosidad genuina, el tipo que no se puede fingir.

—Yo —dijo Jaha.

Liwei Mei lo miró.

—¿Qué técnica usaste?

—Ninguna.

—Jaha miró la piedra un momento—.

Es obra de mi dolor.

Silencio breve.

Liwei Mei volvió a mirar los caracteres con una expresión que Jaha no supo leer del todo — como si estuviera recalculando algo que había dado por establecido antes de entrar al patio.

Después miró a Jaha.

Algo cambió en su expresión — no la compostura profesional sino algo más inmediato que pasó por su cara antes de que pudiera controlarlo del todo.

Sus ojos se detuvieron un instante más de lo necesario.

Era alguien que llevaba décadas cultivando y había visto a miles de personas, y aun así algo en lo que tenía delante la hizo perder el hilo por una fracción de segundo.

Detrás de Jaha, Moshi murmuró apenas audible: —Sabía que eso iba a ser un problema.

Jaha no respondió.

En el Clan Yeon habían pasado años diciéndole que era lo único que tenía.

Había aprendido a no darle importancia.

Shen Baofeng carraspeó en voz baja — un sonido discreto pero suficientemente claro.

Liwei Mei parpadeó.

Miró el patio, las tumbas, el árbol.

La expresión que había perdido un momento volvió a su lugar, y con ella algo parecido a la incomodidad de quien acaba de darse cuenta de dónde está y de lo que eso significa.

—Disculpa —dijo en voz baja.

No a Jaha.

Al patio entero.

* * * —Soy Liwei Mei, del Pabellón del Viento Sin Frontera.

—Se detuvo un momento antes de continuar, como si eligiera las palabras con cuidado—.

Llegamos tarde.

Eso no tiene justificación y no voy a intentar dársela.

Miró las tumbas frescas, el árbol, la piedra del poema en la entrada.

—Lo que ocurrió aquí no debería haber ocurrido.

Y el Pabellón no estuvo cuando debía estar.

Eso es una deuda que no se salda con palabras.

Shen Baofeng, a su derecha, tenía la mandíbula apretada.

Era el tipo de hombre que procesa la rabia hacia adentro antes de mostrarla, y en ese momento estaba procesando.

—El Pabellón tenía un acuerdo con esta secta —dijo Liwei Mei—.

No llegamos a tiempo para honrarlo.

Eso es una deuda.

Jaha se levantó del suelo.

Se sacudió la tierra de la ropa con un gesto sin ceremonia y la miró.

—El Clan Jinrae llegó de noche.

El patriarca intentó negociar y mostró la carta del Pabellón.

Wei Suihen la rompió delante de él.

Sabían del acuerdo y actuaron de todas formas.

La mandíbula de Shen Baofeng dejó de estar apretada — se movió, buscando palabras que no llegaron de inmediato.

—¿La rompió.

No era pregunta.

—Delante de él —confirmó Jaha—.

Deliberadamente.

Shen Baofeng miró el patio.

Las tumbas.

El árbol.

La piedra con el poema en la entrada.

Algo recorrió su expresión que no era solo rabia — era también la comprensión de lo que esa ruptura significaba para el honor del Pabellón, para lo que representaba hacia afuera, para lo que ahora había que responder.

—Esto no quedará sin respuesta —dijo.

—No espero que la respuesta sea por nosotros —dijo Jaha—.

Es por el honor del Pabellón.

Entiendo la diferencia.

Liwei Mei lo miró un momento con esa atención específica de alguien que está evaluando algo más que lo que tiene delante.

Después habló.

—El Pabellón tiene una deuda con esta secta.

Con todos los que quedaron.

—Miró brevemente a los discípulos que seguían en el patio—.

Los que quieran seguir cultivando tendrán el respaldo del Pabellón para encontrar un lugar.

Eso lo gestionamos nosotros.

Algunos de los discípulos levantaron la vista.

Nadie habló de inmediato — era demasiado, demasiado pronto, en el día equivocado para procesarlo.

Liwei Mei no los presionó.

Les dio el espacio que necesitaban.

Después miró a Jaha y a Moshi.

—Vosotros dos son diferentes —dijo—.

Lo que mostraron hoy, lo que hay en esa piedra — eso no es de alguien ordinario.

El Pabellón puede abrir puertas, pero necesito saber adónde tienen que abrirse.

—¿Qué quiere decir?

—preguntó Moshi.

—¿Cuáles son vuestros fuertes?

¿En qué direción va vuestro Dao?

Moshi no tardó.

—Formaciones.

Matrices.

Comprensión de estructuras.

Liwei Mei asintió despacio.

—La Zhenjie Tang.

Es la mejor para eso en Huangjin.

No es fácil entrar.

—No espero que sea fácil —dijo Moshi.

Liwei Mei miró a Jaha.

Esperó.

Jaha tardó más en responder.

Miró el pincel en su mano — lo había llevado durante todo el día sin guardarlo.

Pensó en lo que Shen Kaiming le había dicho una vez, en el banco de piedra junto al árbol: que no todos los caminos se transmiten, que algunos se escriben.

—Artefactos —dijo finalmente—.

Y poemas.

Y pintura.

No sé exactamente cómo encajan entre sí todavía.

Liwei Mei procesó eso un momento.

—Hay una secta en el sur de Huangjin.

Especializada en artefactos corporales.

Tienen métodos que no encontrarás en ningún otro lugar.

—Una pausa—.

Con tu Dao ahí serías una anomalía.

Eso puede ser un problema o puede ser lo más valioso que te pase.

Depende de ti.

—Entiendo —dijo Jaha.

Moshi ya lo estaba mirando cuando Jaha se volvió hacia él.

—Los tokens pueden gestionarse —dijo Liwei Mei—.

El resto depende de vosotros.

—Es suficiente —dijo Jaha.

Liwei Mei asintió.

Antes de volverse hacia la salida se detuvo un momento — no mucho, lo justo para que no pareciera accidental.

—Si alguna vez tu rango refleja lo que ya pareces —dijo en voz baja, sin mirarlo directamente—, el Pabellón no sería el único interesado en ti.

No esperó respuesta.

Caminó hacia donde estaban los otros discípulos.

Shen Baofeng gestionó los detalles mientras Liwei Mei hablaba con ellos — uno por uno, sin prisa.

Algunos recibirían cartas de presentación para sectas menores.

Otros, rutas hacia ciudades donde el cultivo independiente era viable.

El Pabellón movía hilos que la mayoría nunca habrían podido alcanzar solos.

Nadie lo rechazó.

Cuando Liwei Mei terminó volvió junto a Jaha y Moshi.

Los tokens llegaron poco después — pequeños discos de jade con el sello del Pabellón.

Jaha los sostuvo un momento en la palma.

Fríos, ligeros.

En Huangjin ese sello abría puertas que de otra forma permanecerían cerradas durante años.

Los miró un segundo más antes de cerrar la mano.

Jade del Pabellón del Viento Sin Frontera.

Conseguido en las ruinas de la Qingtian Zong, el mismo día en que enterraron a sus muertos.

El mundo seguía siendo exactamente lo que era — indiferente a lo que se perdía, abierto solo para quien sabía empujarlo.

Moshi esperó a que Liwei Mei estuviera suficientemente lejos.

—Eso que te dijo antes no era sobre el Pabellón —dijo.

—Lo sé —respondió Jaha.

* * * Los discípulos se fueron durante la tarde.

Algunos en grupos, algunos solos.

La chica de catorce años guardó el trozo de tela en la ropa antes de irse — no lo tiró, no lo dejó.

Se fue con otros dos hacia el este.

Antes de salir del patio se detuvo un momento frente al árbol sin nombre, con la mano levantada a medias como si fuera a tocarlo, y después la bajó y siguió caminando.

El discípulo que había estado ordenando piedras toda la tarde se fue el último de ese grupo, con las manos todavía un poco sucias de tierra.

Jaha y Moshi se quedaron cuando el patio estaba en silencio.

El sol ya estaba bajo.

Las sombras de los escombros se alargaban sobre el suelo.

El árbol sin nombre tenía esa quietud de siempre — la misma que había tenido cuando la secta existía, la misma que seguiría teniendo.

—Cuatro meses para la evaluación de la Zhenjie Tang —dijo Moshi.

—Nueve para mí —respondió Jaha.

—Entonces cuando nos veamos llevaré cinco meses de ventaja.

—Llevarás cinco meses cultivando en una secta que no conoces todavía.

Eso no es ventaja, es margen de error.

Moshi recogió el libro del suelo — lo había dejado ahí cuando empezó el entierro.

Lo abrió en una página cualquiera.

Lo cerró sin leer nada.

Lo guardó.

—La última vez que subestimé mi margen de error acabé con nivel uno perfección antes de lo que nadie esperaba.

—La última vez que yo subestimé el mío construí un artefacto que nadie en esta secta entendía.

Moshi lo miró un momento.

—Prometiste que no irías un paso por delante cuando nos volviéramos a ver.

—Lo prometí —dijo Jaha.

—Eso significa que cuando nos veamos tendrás que haberme esperado.

—O significa que tendrás que haber corrido más.

La comisura de Moshi se movió.

La primera vez en todo el día.

—Cuida el pincel.

—Tú cuida el libro.

Moshi recogió las pocas cosas que tenía.

Se quedó parado un momento frente al árbol sin nombre con la vista en las raíces — no en el árbol, en las raíces.

Después asintió una vez en dirección a nada en particular y empezó a caminar hacia el norte sin volverse.

Jaha lo vio alejarse entre los árboles.

No dijo nada.

No hacía falta.

Moshi ya sabía que Jaha iba a intentar ir varios pasos por delante, y Jaha ya sabía que Moshi iba a hacer exactamente lo mismo.

Era lo único que podían ofrecerse ahora mismo.

Cuando Moshi desapareció, Jaha se quedó solo frente al árbol sin nombre.

Miró las raíces — las mismas que Moshi había mirado.

Miró las tumbas frescas.

Miró la piedra del poema en la entrada, con los caracteres que habían brillado un momento y después habían vuelto a ser solo tinta sobre roca.

Guardó el pincel en su ropa.

Y caminó hacia el sur.

Fin del Capítulo 21 — Fin del Arco I: El Cielo Claro

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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