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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 24

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  3. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24- Un nuevo viento
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24: Capítulo 24- Un nuevo viento 24: Capítulo 24- Un nuevo viento Tardó dos días en llegar.

El sur de Huangjin era diferente a todo lo que había visto antes.

El suelo fue cambiando gradualmente de color conforme avanzaba — del marrón ordinario a un negro rojizo con venas de roca que brillaban en los puntos donde el calor subterráneo era más intenso.

El aire tenía un olor mineral y denso, el tipo que produce la tierra cuando lleva fuego debajo desde hace siglos.

Las montañas que flanqueaban el camino eran de roca volcánica áspera y porosa, con grietas por las que salía vapor de forma constante.

La Tiexin Ge apareció al doblar una curva entre esas montañas.

Estaba construida directamente sobre la roca, con las paredes de piedra oscura integradas en la ladera como si hubiera crecido ahí en lugar de ser levantada.

Los refuerzos de metal en los marcos brillaban con el calor que subía del suelo.

En varios puntos del complejo, hornos naturales — cavidades en la roca donde el magma calentaba desde abajo — funcionaban como fuentes de trabajo para el refinamiento.

El humo que salía de ellos no era negro sino anaranjado, cargado de partículas minerales que flotaban en el aire como polvo dorado.

Desde el camino ya se veían discípulos entrenando en los patios tallados en la roca.

Algunos golpeaban postes de metal con guantes artefactuales que amplificaban cada impacto hasta hacer temblar el suelo bajo los pies de Jaha desde donde estaba.

Otros practicaban movimientos con brazales activos, el qi fluyendo de forma visible en ese ambiente de calor constante.

Los tatuajes artefactuales de los más avanzados brillaban con un tono rojizo bajo esa luz, como si el entorno volcánico los potenciara.

Jaha los observó un momento desde el camino.

El Clan Yeon era un lugar de eruditos del combate.

Todo en él tenía una calma estudiada — los patios en silencio entre sesiones, las conversaciones en voz baja, el peso del conocimiento acumulado durante generaciones flotando sobre cada espacio.

Un lugar de armonía que Jaha había dado por sentado durante dieciséis años sin saber que era una rareza en el mundo cultivador.

Esto era lo opuesto.

No solo diferente — opuesto.

Entró.

* * * La oficina de inscripción era una sala pequeña tallada en la roca, con una ventana que daba al patio principal.

El hombre detrás de la mesa tenía el tipo de expresión de quien ha procesado tantas admisiones que ha dejado de ver personas y solo ve registros.

Hasta que levantó la vista.

Se detuvo un momento — apenas perceptible, pero real.

Frente a él había alguien que no encajaba de ninguna forma lógica con lo que esperaba ver en esa silla.

Alto — un palmo por encima de la mayoría de los que pasaban por esa oficina — con un porte que no se aprende sino que simplemente está, el tipo que hace que la gente aparte la mirada o la sostenga sin término medio.

Cabello negro rizado recogido sin ceremonia.

Piel morena, rasgos que parecían trazados con demasiada precisión para ser ordinarios.

Ojos grises que no se movían con la incomodidad habitual de quien llega a un lugar nuevo sino con la atención tranquila de quien está evaluando lo que tiene delante.

El dragón caligráfico del cuello — negro profundo que absorbía la luz — subiendo desde la clavícula hasta la mandíbula con líneas que parecían escritura antigua.

El hombre parpadeó y cogió el registro.

—Nombre y apellido —dijo.

—Jaha —respondió él.

El hombre esperó.

Jaha no añadió nada más.

—¿Solo el nombre?

—Solo el nombre.

El hombre lo miró un momento.

En una admisión normal eso habría sido un problema.

Pero el token del Pabellón del Viento Sin Frontera sobre la mesa era suficientemente claro — este no era un caso normal.

—Edad y origen —dijo, pasando al siguiente campo.

—También.

El hombre anotó algo que no era exactamente ninguna de las dos cosas — una serie de rasgos físicos que permitirían identificarlo más tarde si fuera necesario.

Mientras escribía, su mente fue haciendo el cálculo que hacía siempre con las admisiones especiales: sin nombre, sin origen declarado, token del Pabellón.

Alguien que no quería dejar rastro.

Probablemente de origen humilde, quizás con algo que ocultar.

La edad real era imposible de determinar con los cultivadores — podía tener décadas más de las que aparentaba.

Lo único que el hombre tenía claro, y que anotó con más detalle del necesario, era la apariencia.

Eso sí lo recordaría.

—Pabellón oeste, cuarto piso —dijo finalmente—.

Evaluación general en tres días.

Jaha recogió el token y salió de la sala hacia el corredor que llevaba a los pabellones de discípulos.

El calor del suelo subía a través de las suelas con una constancia que ya empezaba a sentirse normal.

* * * El ruido lo despertó antes del amanecer.

No era molesto — era constante y estructurado, el de un lugar que empieza a funcionar cuando todavía está oscuro porque esa es la única forma que conoce.

Golpes contra metal.

El zumbido de artefactos activándose.

Pasos en los corredores de piedra.

Jaha se quedó un momento sentado con la espalda contra la pared fría, el pincel en la mano.

Lo había cogido al despertar sin pensarlo — ese gesto automático que había desarrollado en la cabaña y que ahora simplemente ocurría.

El Clan Yeon a esta hora era silencio.

No el silencio vacío sino el silencio de un lugar donde la calma era parte del método.

Los eruditos del clan entendían que el conocimiento necesita quietud para asentarse.

Las primeras horas del día eran sagradas de esa forma — meditación, lectura, comprensión antes que movimiento.

Aquí el movimiento era la comprensión.

Guardó el pincel y bajó al patio.

Los discípulos que llevaban más tiempo en la Tiexin Ge apenas lo miraron.

Los más nuevos sí — ese barrido rápido que hacía la gente en entornos competitivos, midiendo lo que tenían enfrente.

Jaha lo dejó pasar y se instaló en un extremo del patio para practicar movimientos corporales.

Sin pincel.

Solo el cuerpo, los fundamentos del Clan Yeon que llevaba en la memoria desde antes de saber que tenían nombre.

A su alrededor los demás entrenaban con guantes, brazales y tatuajes activos — todo amplificado, todo potenciado por artefactos.

Jaha sin nada visible.

La diferencia no era discreta.

El discípulo que lo había observado desde el corredor el día anterior apareció al otro extremo del patio veinte minutos después.

Se llamaba Chen Ruo — Jaha lo había escuchado nombrar.

Nivel dos intermedio, con guantes que no eran de principiante y la postura de quien lleva suficiente tiempo en un sitio para sentir que le pertenece.

Entrenó un rato mirando hacia el frente.

Después caminó hacia Jaha.

* * * —¿Ese es tu artefacto?

—preguntó Chen Ruo, señalando el pincel que asomaba de la ropa de Jaha.

—Sí —dijo Jaha.

Chen Ruo dejó escapar una risa corta y genuina, sin exagerar.

—Un pincel.

—Lo repitió hacia los discípulos cercanos, con el tono de quien comparte algo que merece ser compartido—.

El Pabellón del Viento Sin Frontera manda a alguien que usa un pincel.

Algunos se rieron.

Otros miraron.

Jaha no reaccionó — ni con molestia ni con incomodidad.

Solo devolvió la mirada con la misma atención tranquila con que había observado el patio desde que llegó.

Eso fue lo que molestó a Chen Ruo más que cualquier respuesta.

La indiferencia tenía un peso específico que la réplica no habría tenido.

Dio un paso adelante.

—En la Tiexin Ge el cuerpo es la base.

Los artefactos amplifican lo que ya tienes.

Un pincel no amplifica nada — es para escribir.

¿Qué vas a hacer, escribirles a tus enemigos?

—Si hace falta —dijo Jaha.

El patio quedó un momento más quieto.

No era una respuesta borde ni arrogante — era simplemente tranquila, dicha con la naturalidad de quien dice algo obvio.

Eso era lo que no cuadraba, y los que lo escucharon lo procesaron sin saber bien qué hacer con ello.

Chen Ruo apretó los guantes y la luz anaranjada de las formaciones grabadas en el metal pulsó brevemente.

—Demuéstralo.

* * * El espacio se organizó solo.

Los que estaban cerca se apartaron, los que estaban lejos se acercaron.

Ese movimiento ocurrió sin que nadie lo coordinara — el instinto colectivo de un grupo de cultivadores cuando hay algo que vale la pena ver.

Chen Ruo atacó sin preámbulos.

Un golpe directo y rápido, los guantes a plena potencia, la técnica limpia de alguien que lleva décadas perfeccionando ese movimiento.

El impacto habría bastado para dejar fuera de combate a cualquiera de su nivel.

El primer trazo de Jaha salió antes de que llegara.

No fue visible exactamente — más bien fue el efecto el que se vio: el golpe de Chen Ruo encontró una resistencia en el aire que lo desvió lo suficiente para pasar de largo.

Chen Ruo aterrizó el paso hacia adelante sin impacto y frunció el ceño.

Ajustó.

El segundo ataque fue diferente — más lateral, aprovechando la velocidad que los guantes le daban, buscando el ángulo que el primer trazo había dejado abierto.

Era un cultivador que sabía leer un combate, no solo ejecutar golpes.

Jaha retrocedió medio paso con naturalidad y trazó hacia el suelo — dos caracteres rápidos que los ojos apenas podían seguir.

La presión generada bajo los pies de Chen Ruo fue suficiente para desestabilizarlo justo en el momento en que su peso estaba más comprometido hacia adelante.

El golpe perdió el ángulo y pasó rozando.

El patio estaba completamente en silencio.

Chen Ruo se recompuso.

Esta vez no ajustó la técnica — concentró todo en un único ataque definitivo, los guantes a máxima potencia, el cuerpo entero detrás, el qi comprimido en el punto de impacto.

El tipo de golpe que cierra combates porque no deja margen de respuesta.

Jaha no retrocedió.

El tercer trazo fue más lento que los anteriores — deliberadamente lento, con una precisión que contrastaba con la urgencia del ataque que venía.

Un sello trazado en el aire frente a Chen Ruo en el momento exacto en que ya no había forma de cambiar de dirección.

El sello se activó sin ruido ni destello.

Solo el efecto — Chen Ruo salió lanzado hacia atrás con una fuerza que no venía del impacto sino de algo que empujaba desde adentro del espacio mismo, y cayó al suelo del patio levantando polvo a su alrededor.

Se quedó ahí.

Mirando el cielo de roca naranja sobre él.

Nadie habló durante varios segundos.

No porque no tuvieran nada que decir — sino porque ninguno sabía cómo clasificar lo que acababan de ver.

Chen Ruo era bueno.

Todos en ese patio lo sabían.

Tenía nivel, tenía técnica, tenía años de trabajo encima.

Y algo que nadie podía nombrar lo había puesto en el suelo en tres intercambios sin que el otro pareciera haber hecho un esfuerzo real.

Algunos miraban el pincel.

Otros miraban a Chen Ruo.

Nadie miraba hacia otro lado.

Jaha guardó el pincel en la ropa.

* * * Había un hombre en el corredor que daba al patio que no era discípulo, y Jaha lo había notado desde el segundo intercambio.

No era la postura lo que lo diferenciaba, aunque también.

Era la forma de mirar — sin la curiosidad de quien ve algo entretenido ni con la evaluación rápida de quien mide una amenaza.

Este hombre miraba con la atención específica de alguien que está leyendo algo que no está escrito en la superficie, y lo que leía parecía interesarle de una forma que claramente no esperaba.

Era de complexión media, con el cabello completamente blanco recogido sin adornos.

Las manos — cruzadas frente a él — tenían cicatrices de forja en ambas palmas, el tipo que solo dejan décadas de trabajo con hornos de alto nivel.

Vestía sin insignias visibles, lo que en una secta donde el rango se mostraba abiertamente era en sí mismo una declaración.

Sus ojos eran de un verde jade claro, el tipo que hacía sentir que lo estaban leyendo a uno más que mirando.

No había dicho nada durante el combate.

No dijo nada después.

Cuando los discípulos empezaron a moverse y a hablar entre ellos y Chen Ruo se levantó del suelo con la mandíbula apretada, ese hombre y Jaha se miraron.

Fue breve.

Tres segundos, quizás cuatro.

Suficiente para que Jaha entendiera que lo que había pasado en ese patio no había pasado desapercibido para alguien que importaba — y suficiente para que ese alguien entendiera que Jaha lo había estado observando a él desde antes de que el combate terminara.

El hombre sostuvo la mirada un momento más de lo estrictamente necesario.

Después se volvió y desapareció por el corredor sin decir nada.

Jaha lo siguió con la vista hasta que el pasillo quedó vacío.

Llevaba menos de un día en la Tiexin Ge y ya había impuesto respeto donde importaba.

Era exactamente el tipo de comienzo que quería.

Fin del Capítulo 24

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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