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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 25

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25: Capitulo 25- Instructor de Combate 25: Capitulo 25- Instructor de Combate Esa noche, cuando los corredores de la Tiexin Ge se vaciaron y el único sonido que quedaba era el pulso sordo de los hornos bajo la roca, Jaha sacó el pincel.

Lo sostuvo frente a él con la misma atención con que lo habría sostenido después de cualquier combate.

Y el pincel tenía algo que decir.

Se sentía diferente — no de forma dramática sino de la manera en que cambia algo que ha encontrado por fin el espacio donde encaja.

Más firme.

Más presente.

Meses de práctica en el bosque habían ido acumulándose en ese artefacto de forma lenta y silenciosa, pero el combate de esa tarde lo había absorbido todo de golpe — la diferencia entre el agua que cae gota a gota y la que cae de una vez.

—Primera vez que lo usas en combate real desde que avanzaste de nivel —dijo Aethon.

—Lo noté —respondió Jaha.

—Lo que practicaste durante meses lo absorbió esta tarde de golpe.

El combate con intención real hace lo que la práctica sola no puede.

—Una pausa—.

Pero hay un problema.

Jaha prestó atención.

—Ha absorbido más comprensión de la que sus materiales actuales pueden sostener.

Si sigues usándolo así sin reforzarlo, fallará en el momento en que más lo necesites.

Jaha bajó la vista al pincel.

Madera oscura del Clan Yeon, reforzada con lo que Aethon le había guiado a usar la noche que lo creó.

Había sobrevivido la destrucción del clan, nueve meses de bosque, y ahora el primer combate en la Tiexin Ge.

Pero tenía límites, como todo.

—¿Qué necesita?

—Hierro espiritual volcánico —dijo Aethon—.

Metal que haya absorbido calor y presión durante siglos desde las profundidades.

He visto los hornos naturales de esta secta — hay venas del material en los niveles inferiores.

La cuestión es conseguir acceso.

Jaha guardó el pincel despacio.

Primer objetivo claro.

El medallón en su cintura — frío, liso, sin un solo Mérito todavía — era el camino más directo.

Para eso necesitaba entender cómo funcionaba la economía interna de la secta, y la evaluación general era en dos días.

* * * El salón de evaluación estaba en el nivel más bajo de la Tiexin Ge, donde el calor de los hornos subía con más intensidad.

Jaha llegó temprano y encontró un lugar desde donde pudiera ver sin estar en el centro.

Los discípulos nuevos fueron llegando — unos treinta en total — y Jaha fue leyendo lo que cada uno traía antes de que abrieran la boca.

El sistema de medallones quedó claro desde el principio.

Cada discípulo recibía el suyo al entrar — pequeño, de metal oscuro con una formación grabada que respondía al qi del portador.

Los Méritos de Hierro se acumulaban ahí: combates ganados, misiones completadas, artefactos creados.

El ranking no era una lista fija — era el resultado en tiempo real de lo que cada discípulo hacía.

Subir requería trabajo.

Quedarse quieto era retroceder.

Un instructor habló brevemente sobre la estructura interna de la secta — los cinco Sellos del Yunque, los distintos rangos de progreso, los beneficios que traía cada uno.

Jaha escuchó lo suficiente para entender el mapa sin perder tiempo en los detalles que no necesitaba todavía.

Lo que le llamó la atención fue lo que mencionaron casi de pasada al final: que el quinto sello, el Heredero del Yunque, era el puente hacia la Wanshen Zong — una de las grandes sectas de Huangjin, a la que muy pocos llegaban a pertenecer en toda una vida de cultivo.

Jaha procesó eso en silencio.

Había entrado pensando en la Tiexin Ge como un destino.

Empezaba a verla como un escalón.

La parte práctica de la evaluación llegó después.

Cada discípulo demostró lo que tenía en una de las tres arenas.

Cuando le tocó el turno a Jaha, lo hizo sin artificios — el sistema de tres trazos con la precisión que había desarrollado en el bosque, aplicado con una claridad que no buscaba impresionar pero que era difícil de ignorar.

Dos de los ancianos que supervisaban la evaluación intercambiaron una mirada breve.

No dijeron nada.

Pero Jaha lo notó.

* * * Entre los treinta discípulos nuevos había dos que no encajaban de la misma forma en que él no encajaba — pero por razones diferentes y visibles desde el otro extremo del salón.

El primero era inconfundible.

Alto, de constitución ancha, con los hombros y los movimientos de alguien criado en climas duros y espacios abiertos.

El cabello rubio recogido hacia atrás.

Cuando activó el brazal de metal del antebrazo, el qi que salió tenía una textura diferente a la de los discípulos de Huangjin — más fría, más compacta, como si viniera de otra tierra.

Lo que más lo diferenciaba no era la apariencia sino la forma de plantarse: directa, sin adornos, sin la sutileza que el cultivo de este continente tendía a pulir en sus practicantes.

Beiyuan, determinó Jaha.

La segunda era de constitución ligera y presencia tranquila, con una belleza de rasgos suaves que contrastaba con la frialdad calculada con que observaba todo.

El cabello oscuro liso le caía sobre un hombro.

Cuando tomó el arco espiritual y trazó el movimiento de preparación, el ángulo del cuerpo, la posición de los pies, la forma de distribuir el peso — nada de eso era ninguna escuela de Huangjin.

Nanhai.

Jaha los observó con esa atención que había aprendido a mantener sin que se notara.

En el Clan Yeon todos eran de Huangjin.

En la Qingtian Zong también.

Los mapas que había estudiado de pequeño mostraban cuatro continentes pero eso era información abstracta — nombres en papel, no personas reales con técnicas distintas y formas de moverse que no había visto antes.

Por primera vez el mundo tenía esa dimensión concreta.

El de Beiyuan notó que Jaha lo observaba.

No con incomodidad — con la misma evaluación directa, devolviéndola sin rodeos.

Asintió brevemente.

Jaha hizo lo mismo.

La del sur no reaccionó de forma visible.

Pero Jaha tuvo la certeza de que lo había notado igualmente.

* * * La evaluación continuó.

Jaha esperó entre demostraciones sin hablar con nadie, con esa quietud que la gente solía confundir con indiferencia y que era en realidad la forma más eficiente de absorber información.

Fue en uno de esos silencios cuando escuchó el nombre.

Dos discípulos hablaban detrás de él en voz baja — la conversación relajada de quien comenta algo sin dirigirlo a nadie.

—Dicen que su Dao es el del Emperador —dijo uno—.

Que su comprensión de él es algo que los grandes ancianos de los clanes alaban abiertamente.

Que solo con verlo actuar tienes ganas de admirarlo.

—Yeon Zhaoren —dijo el otro—.

El único superviviente del Clan Yeon.

Veintiún años.

El Clan Hwarin lo acogió personalmente.

Jaha no se movió.

Escuchó cada palabra con esa claridad específica que tienen los sonidos cuando algo dentro de ti los espera sin saberlo.

Sintió cómo los dedos se cerraban despacio alrededor del pincel que llevaba guardado — sin sacarlo, sin hacer ningún gesto visible.

Solo la presión de la mano apretando algo concreto mientras el resto del cuerpo permanecía exactamente igual.

El único superviviente.

Los grandes ancianos que lo alaban.

El Clan Hwarin.

Soltó el pincel despacio.

Cuando llegó su turno para la siguiente parte de la evaluación, sus pies pisaban el suelo con más peso que antes — más deliberado, como si cada paso fuera una decisión tomada de nuevo.

* * * Al final de la evaluación, cuando los instructores procesaban los resultados y los discípulos esperaban las asignaciones, entró el hombre de los ojos verde jade.

Jaha lo reconoció antes de que nadie dijera nada.

El cabello blanco recogido, las cicatrices de forja en las palmas, esa forma de moverse sin anunciarse que ya había visto en el corredor del día anterior.

—Shen Baori —murmuró alguien cerca—.

El Decano de los discípulos externos.

El Decano.

Jaha lo procesó sin cambiar la expresión.

Shen Baori recorrió el salón con una mirada breve — no evaluando en ese momento sino confirmando algo que ya había decidido antes de entrar.

Después empezó a leer las asignaciones en voz baja, sin ceremonia.

La mayoría fue al instructor general o a los especialistas de las tres arenas.

El discípulo de Beiyuan — Kael Drov, confirmó Jaha cuando escuchó el nombre — fue asignado al área de armas pesadas.

La de Nanhai, Sera Voss, a técnicas a distancia.

—Jaha —dijo Shen Baori cuando llegó a él.

Solo el nombre, sin titubear—.

Lei Kang.

El murmullo que recorrió el salón fue breve pero real.

Jaha lo notó sin buscar las caras que lo producían.

Shen Baori terminó la lista y salió sin explicar nada.

Jaha lo siguió con la vista hasta que la puerta se cerró.

Las intenciones de ese hombre no eran simples — aparecía en los momentos correctos, tomaba decisiones sin justificarlas, y el instructor que le había asignado había producido un murmullo en el salón que decía más que cualquier explicación.

Jaha todavía no tenía suficiente información para determinar en qué dirección apuntaban esas intenciones, pero algo en esa asignación no era ordinario.

* * * El patio más alejado de la secta daba directamente a la ladera volcánica, donde el calor del suelo era más intenso que en cualquier otro punto del complejo.

Lei Kang estaba ahí de espaldas, mirando la ladera, cuando Jaha llegó.

No se volvió de inmediato.

—He tenido tres alumnos este año —dijo—.

Dos dejaron de venir después de la primera semana.

El tercero sigue, pero tampoco durará mucho.

Jaha no respondió.

Esperó.

Lei Kang se volvió.

Era un hombre de altura media con la constitución que produce décadas de combate real — no grande por entrenamiento sino denso por supervivencia, cada parte del cuerpo exactamente donde tenía que estar y sin nada innecesario.

El cabello oscuro con algunas hebras grises recogido con una tira simple.

Las manos libres, sin artefactos visibles — en la Tiexin Ge eso era casi tan llamativo como el pincel de Jaha.

Lo estudió con una mirada que buscaba lo que hay debajo del nivel y los artefactos.

—Un pincel —dijo.

—Sí —dijo Jaha.

—He visto morir a personas con armas mucho más serias.

—También yo —respondió Jaha.

Lei Kang lo sostuvo con la vista un momento más.

Después asintió una vez — no de aprobación exactamente, sino del tipo de asentimiento de quien acaba de confirmar algo que quería verificar.

—Mañana al amanecer.

Aquí.

Si llegas tarde no encontrarás a nadie.

Eso fue todo.

Jaha salió del patio con ese intercambio asentándose mientras caminaba.

Un instructor que rechazaba a casi todos, que tenía solo unos pocos alumnos del Top interno, y cuya asignación había producido murmullo en un salón lleno de cultivadores acostumbrados a no reaccionar ante nada.

Todavía no sabía qué representaba exactamente — pero sabía que mañana al amanecer lo empezaría a descubrir.

Fin del Capítulo 25

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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