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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 26

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26: Capítulo 26- Lo que el Horno No Enseña 26: Capítulo 26- Lo que el Horno No Enseña Llegó antes del amanecer.

El patio trasero todavía estaba oscuro cuando Jaha apareció.

El calor del suelo volcánico subía constante a través de las suelas, y la ladera de la montaña frente a él era solo una silueta negra contra un cielo que empezaba a cambiar de color.

Lei Kang ya estaba ahí — de pie en el centro, sin artefactos visibles, sin aparente prisa.

No saludó.

Señaló un punto en el suelo frente a él con un gesto breve.

—Muéstrame lo que tienes.

Lo que siguió fue una evaluación sin concesiones.

Lei Kang no explicaba lo que buscaba — simplemente lo sometía a situaciones distintas y observaba cómo respondía.

Primero resistencia: Jaha manteniendo una postura bajo presión física creciente hasta que los músculos empezaron a comunicar sus límites con claridad.

Después movilidad: movimientos de desplazamiento rápido que exigían que el cuerpo respondiera antes de que la mente terminara de procesar la instrucción.

Después combate directo — Lei Kang atacando con una precisión contenida que dejaba claro que usaba una fracción mínima de lo que podía.

Jaha aguantó más de lo que Lei Kang esperaba.

Era visible en cómo el instructor ajustaba — cada vez que Jaha respondía bien a algo, en lugar de terminar ahí añadía una capa más.

Como si estuviera buscando el punto exacto donde Jaha se rompería y tardara más de lo calculado en encontrarlo.

Cuando Lei Kang se detuvo, el sol ya calentaba la roca bajo sus pies.

Lo estudió un momento con esa mirada que no evaluaba el resultado sino lo que había debajo.

—Alguien te enseñó bien antes de llegar aquí —dijo—.

Eso se puede trabajar.

No era un elogio.

Era una constatación.

Pero viniendo de alguien que no gastaba palabras, tenía el peso exacto que tenía.

—Mañana igual —dijo Lei Kang—.

Trae el pincel.

Se fue sin añadir más, dejando a Jaha solo con el calor del suelo y esa frase que era, a su manera, la primera señal de que algo había pasado la prueba.

* * * La sesión de entrenamiento en los hornos de forja corporal ocurrió dos días después.

El nivel inferior de la Tiexin Ge tenía cámaras excavadas directamente sobre las venas de magma subterráneo.

La técnica que se practicaba ahí se llamaba Absorción del Núcleo Ígneo — el cultivador permanecía en la cámara durante un tiempo determinado mientras el calor extremo forzaba al cuerpo a refinarse desde afuera hacia adentro, endureciendo tejidos y densificando el qi corporal.

Era dolorosa, lenta, y absolutamente necesaria para avanzar en el cultivo corporal.

También mataba a alguien cada cierto tiempo.

Ese día le tocó a un discípulo de nombre Wen Hao.

Llevaba cuarenta minutos en la cámara — diez más de lo recomendado para su nivel — cuando el cuerpo simplemente dejó de responder.

No fue dramático.

Estaba de rodillas con las palmas apoyadas en el suelo de roca caliente, sudando y aguantando como todos los demás, y en algún punto entre un segundo y el siguiente la postura cedió y cayó de costado.

Sin grito.

Sin convulsión.

Solo el sonido del cuerpo contra la roca.

Los discípulos que estaban cerca miraron.

Uno de ellos se levantó, comprobó lo evidente, y asomó la cabeza por la entrada de la cámara.

—Otro —dijo en dirección al pasillo.

No había alarma en su voz.

Solo el tono neutro de quien reporta algo que ya ha visto antes y volverá a ver.

Un instructor apareció un momento después, evaluó la situación con una mirada, y empezó a mover el cuerpo hacia fuera con la eficiencia de alguien que tiene un procedimiento para esto.

Los demás discípulos volvieron a sus posiciones.

La sesión continuó.

Así de normal era morir entrenando en la Tiexin Ge.

Jaha se acercó al cuerpo de Wen Hao mientras el instructor buscaba algo en el pasillo.

Se arrodilló junto a él como si estuviera comprobando algo — el pulso, quizás, o la temperatura de la piel.

El gesto era suficientemente ordinario para que nadie lo cuestionara.

Lo que hizo no era ordinario.

El Dao de Wen Hao todavía estaba ahí — ese calor residual que queda durante unos minutos después de que el cuerpo se detiene, como la temperatura de una piedra que guardó el sol durante horas.

Nivel dos inicial.

Décadas de trabajo acumulado en el cultivo corporal, comprensión del calor y la resistencia, fragmentos de lo que ese hombre había aprendido en ese horno durante años.

Jaha lo tomó.

No fue limpio.

El Dao de Wen Hao se resistió — no con la fuerza de quien puede defenderse sino con la inercia de algo que no quiere irse, que lleva décadas en ese cuerpo y reconoce que lo están arrancando.

Jaha sintió esa resistencia como una tensión en los dedos, como tirar de algo que no tiene forma pero tiene peso, y apretó hasta que cedió.

Se levantó antes de que el instructor volviera.

Esa noche Aethon habló desde ese lugar dentro de él donde siempre estaba.

—Wen Hao —dijo.

No era pregunta.

Jaha no respondió de inmediato.

Pensó en la resistencia de ese Dao al ser arrancado.

En lo que eso significaba sobre lo que había hecho.

—Ahora estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para fortalecerme —dijo finalmente—.

Sin que nadie tenga que convencerme.

Aethon tardó un momento.

—Lo sé —dijo—.

Por eso tengo algo que enseñarte.

* * * —Lo que voy a mostrarte no existe en Tianwu —dijo Aethon—.

Técnicamente tampoco existía en el Reino Superior — estaba prohibida.

No porque alguien la declarara así formalmente, sino porque en manos equivocadas destruye al que la intenta.

No hablo de perder el cultivo.

Hablo de quedar con el cuerpo y el alma permanentemente dañados — o morir en el proceso si el error es grave.

Yo la usé.

Tengo experiencia con lo que hace y con lo que puede salir mal.

Se llama la Forja Absoluta del Ser.

Jaha escuchó sin interrumpir.

—El cultivo corporal que conoces en esta secta funciona desde afuera hacia adentro.

El calor del horno endurece la piel, los tejidos, los huesos.

Es efectivo pero lento — el cuerpo necesita tiempo para procesar cada capa.

—Aethon hizo una pausa—.

Lo que te voy a enseñar funciona desde adentro hacia afuera.

Te refinas a ti mismo como si fueras un artefacto.

El proceso es el mismo que aplicas al hierro espiritual — solo que el material eres tú.

—¿Y si hay un error?

—Quedas lisiado.

Cuerpo y alma destruidos de forma permanente.

O mueres.

Dependiendo de en qué punto del proceso falle.

Jaha procesó eso.

—¿Cuántos niveles tiene?

—Siete —dijo Aethon.

Jaha frunció el ceño.

—En Tianwu el cultivo corporal tiene cuatro rangos.

Todo el mundo lo sabe.

—En Tianwu —confirmó Aethon—.

Esta técnica no es de Tianwu.

Los siete niveles de la Forja Absoluta van más allá de lo que el mundo mortal tiene catalogado.

Cada uno corresponde a un estadio de refinamiento que aquí considerarían imposible.

—Una pausa—.

La primera capa te da Cuerpo de Bronce.

Y para que entiendas la escala: lo que los discípulos de esta secta consiguen en años de hornos, tú puedes alcanzarlo en semanas.

Pero no es algo que el cuerpo acepte sin resistencia.

Va a doler de una forma que el entrenamiento de Lei Kang no te ha preparado para entender todavía.

—¿De verdad estás dispuesto a pagar lo que esto cuesta?

—preguntó Aethon—.

No como respuesta que crees que quiero escuchar.

Como respuesta real.

Jaha pensó en Wen Hao.

En la resistencia de ese Dao al ser arrancado.

En lo que había hecho sin dudar.

—Ya te respondí esta noche —dijo.

Aethon lo consideró un momento.

Después dijo: —Cierra los ojos.

* * * —Imagina que todo lo que eres es material en bruto.

No un cultivador — material.

Hierro sin forma.

Y hay algo encima de ti que pesa más que cualquier cosa que hayas sentido.

La imagen llegó sola: una oscuridad sin bordes, sin arriba ni abajo, y en el centro de esa oscuridad una presión que no tenía forma pero que aplastaba desde todos los ángulos a la vez.

No de golpe — de forma constante e implacable, como si el peso del mundo entero se concentrara en un punto y ese punto fuera él.

—No te resistas —dijo Aethon—.

La resistencia es lo que rompe el proceso.

Deja que aplaste.

Deja que llegue hasta el fondo.

Jaha sintió el primer crujido.

No era sonido — era sensación.

Algo dentro de él cediendo bajo esa presión invisible, no de forma destructiva sino de la forma en que cede el material cuando encuentra el molde que le corresponde.

Pero el dolor que lo acompañó no tenía nada que ver con el horno ni con el entrenamiento de Lei Kang.

Era más íntimo.

Más profundo.

Como si lo que se rompía no fuera músculo ni hueso sino la resistencia del propio ser — algo que lleva años siendo lo que es y se aferra a esa forma aunque la nueva sea mejor.

La presión aumentó.

Jaha apretó los dientes y no se movió.

—Ahora el alma —dijo Aethon—.

Simultáneamente.

Eso fue peor.

El alma no tenía la dureza del cuerpo para resistir — era más sensible, más reactiva, y cuando la presión la alcanzó se contrajo de golpe hacia un núcleo que se fue haciendo más pequeño y más denso con cada segundo.

Era como ver apagarse una llama desde adentro.

Como si lo que lo hacía consciente se comprimiera hasta casi no existir.

Y entonces se expandió todo a la vez.

El aire salió de sus pulmones de golpe.

Jaha se encontró con las palmas sobre la piedra fría de su cuarto, el cuerpo entero vibrando con esa frecuencia que produce algo que acaba de ser reorganizado desde dentro.

La piel de las manos tenía un tono levemente diferente — más denso, como si hubiera absorbido algo que antes no tenía.

El tatuaje del cuello pulsó una vez con brillo plateado y se oscureció más que de costumbre.

—Cuerpo de Bronce —dijo Aethon—.

Primera capa.

A partir de ahora lo harás cada día.

El proceso necesita presión constante para consolidarse — sin repetición diaria el avance se pierde.

Y necesitarás presión externa también: combates, los hornos de Lei Kang, situaciones donde el cuerpo se vea forzado a demostrar lo que ha ganado.

—¿Qué viene después de la primera capa?

—Te lo diré cuando llegues a ella —respondió Aethon—.

Por ahora tienes suficiente con lo que acabas de sobrevivir.

Descansa.

En tres días Lei Kang querrá ver el pincel.

* * * Esa misma tarde, después del segundo entrenamiento con Lei Kang, Jaha preparó los materiales sobre la mesa de su cuarto: papel de calidad media, tinta espiritual básica, el pincel.

El talismán que creó era de uso único — un carácter grabado con intención real sobre papel reforzado, diseñado para activarse en el momento en que el portador canalizara su qi hacia él.

El efecto era concreto: durante unos segundos, el qi del portador fluía con una claridad y velocidad superiores a su nivel normal, como si la comprensión del carácter despejara temporalmente las resistencias naturales del cuerpo.

No era una técnica permanente.

Pero en un combate, esos segundos podían decidir el resultado.

Lo primero fue encontrar al comprador correcto.

No alguien que lo comprara por curiosidad — alguien que pudiera usarlo y contarlo.

Eligió a un discípulo del corredor que había visto el combate con Chen Ruo, alguien con suficiente nivel para notar la diferencia y suficientes contactos para que la noticia viajara.

—Diez Méritos —dijo Jaha.

El discípulo lo examinó con escepticismo.

—¿Qué hace?

—Cuando lo actives, tu qi fluirá más limpio durante unos segundos.

Más de lo que tu nivel debería permitir.

—Jaha lo miró—.

Hay una condición.

Mientras lo usas, recita lo que está escrito en voz alta.

Si lo entiendes de verdad, el efecto se amplifica.

Si no, funciona igual pero a la mitad.

El discípulo pagó los diez Méritos con la expresión de alguien que cree que probablemente está desperdiciando su dinero.

Al día siguiente ese mismo discípulo buscó a Jaha antes del entrenamiento.

Tenía una expresión diferente — la de alguien que ha probado algo que no esperaba que funcionara.

—¿Tienes más?

—preguntó.

Jaha tenía tres preparados.

—Quince cada uno —dijo.

El discípulo compró los tres sin negociar.

Y antes de irse añadió algo que Jaha no le había pedido que hiciera: mencionó a dos personas a las que les había hablado del talismán esa mañana.

Esa tarde Jaha escuchó sin buscarlo una conversación en el corredor frente a su cuarto.

—Dicen que ese talismán limpia el qi de forma diferente a cualquier técnica que hayan visto.

—¿Quién lo hizo?

—El nuevo.

El del pincel.

Pausa breve.

—¿Cuánto vale?

Jaha se apartó de la pared y miró el pincel en su mano.

En ese momento, desde algún lugar dentro de la secta, alguien recitó en voz baja el carácter grabado en el talismán.

No lo vio — lo sintió.

Una vibración leve en el pincel, como cuando una cuerda tensa recibe el eco de otra que vibra lejos.

Débil.

Apenas perceptible.

Pero real.

Algo se asentó en él con la claridad de una comprensión que llevaba tiempo formándose y acaba de encontrar la experiencia que la confirma.

Si la secta repetía sus palabras, su Dao crecía dentro de ellos.

No de forma que pudieran sentirlo ni nombrarlo — sino de la forma en que crece algo que se integra tan suavemente que parece siempre haber estado ahí.

Cada discípulo que usara un talismán suyo, que recitara un verso suyo, que sintiera ese qi fluir limpio y quisiera volver a sentirlo — llevaba algo de él.

Y mientras más lo llevaran, más pesaba su presencia en ese lugar sin que nadie supiera exactamente por qué.

No era diferente de alguien que descubre algo que le hace sentir mejor de lo habitual y no puede explicar por qué lo necesita de nuevo.

Jaha guardó el pincel.

Diez Méritos el primer intercambio.

Cuarenta y cinco al día siguiente.

La noticia viajaba sola — así funcionaba en un lugar cerrado como una secta.

No hacían falta anuncios.

Solo resultados que la gente no podía callarse después de experimentar.

Fin del Capítulo 26

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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