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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 4

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4: Capitulo 4- Una sola vez 4: Capitulo 4- Una sola vez  El cuarto era pequeño.

No de forma incómoda — simplemente pequeño.

Una cama, una mesa, una ventana que daba al jardín de entrenamiento.

Todo limpio, todo en orden, todo completamente ajeno.

Jaha se sentó en el borde de la cama y miró el espacio durante un momento.

En el Clan Yeon su habitación tenía tres veces este tamaño.

Las sábanas eran de seda espiritual que costaba más jade del que esta secta entera movía en un mes.

Había una terraza desde la que podía ver las colinas al amanecer.

No pensó en eso con nostalgia.

Lo registró como datos, igual que registraba todo.

Se recostó.

Cerró los ojos.

El silencio de la Qingtian Zong era diferente al del Clan Yeon.

Más delgado.

Sin el peso de cuatrocientos años de historia en cada piedra, sin el murmullo constante de cultivadores moviéndose por corredores que nunca dormían completamente.

Aquí había silencio de verdad — el tipo que no tiene nada debajo.

Jaha lo escuchó durante un tiempo.

Y en ese silencio, sin que lo invitara, llegó el olor.

Hierba espiritual.

El mismo que siempre flotaba en la cocina del clan, el que se pegaba a la ropa de la anciana que guardaba caramelos para él desde que tenía cinco años.

No había hierba espiritual en este cuarto — era solo su memoria, traicionándolo en el momento más tranquilo de las últimas dos semanas.

Jaha abrió los ojos.

El techo del cuarto prestado lo miró de vuelta sin decir nada.

* * * No fue un proceso ordenado.

No hubo un momento en que decidió dejar de contenerse — simplemente dejó de poder hacerlo.

Como cuando una presa cede no por una grieta sino porque el agua encontró todos los lugares a la vez.

Pensó en su padre.

En la luz apagándose en el salón de meditación, esa oscuridad específica que no era ausencia de luz sino ausencia de algo más.

Pensó en los cuatrocientos sesenta y dos años que tardó en llegar a donde llegó, y en que todo eso terminó en una noche mientras él estaba a treinta metros sin poder hacer nada.

Pensó en su madre.

No sabía.

Eso era lo peor — no saber.

No tener un hecho concreto que procesar, solo una incertidumbre que se expandía cada vez que intentaba no pensar en ella.

Pensó en la anciana de la cocina.

Eso fue lo que lo rompió.

No su padre.

No el clan.

Una anciana con caramelos de hierba espiritual que llevaba once años guardándoselos sin que nadie se lo pidiera, sin que nadie se lo agradeciera adecuadamente, porque así era ella y así había sido siempre.

Trescientas cuarenta y dos personas.

Jaha se cubrió la boca con el dorso de la mano.

No fue suficiente.

Lloró en silencio — o intentó hacerlo.

El tipo de llanto que duele más que el ruidoso porque el cuerpo lo pelea mientras ocurre, porque algo en él seguía creyendo que podía controlarlo si se esforzaba lo suficiente.

No podía.

Dieciséis años, dos semanas de supervivencia pura, y un cuarto pequeño en una secta que no conocía habían acabado con eso.

Lloró por su padre.

Por su madre.

Por la anciana y sus caramelos y el discípulo que perdió un ojo y siguió entrenando y el instructor de historia con la voz monótona que amaba cada piedra del clan.

Lloró por Zhaoren.

No sabía cómo llamar a lo que sentía cuando pensaba en él.

No era una palabra limpia, no era algo que pudiera nombrarse sin que se deshiciera en el intento.

Era algo que quemaba desde adentro — desde un lugar más profundo que la rabia, más antiguo que cualquier cosa que hubiera sentido antes.

Como descubrir que el suelo sobre el que caminaste toda tu vida nunca fue suelo.

Dieciséis años.

Los mismos dieciséis años que Jaha llevaba vivo, Zhaoren los había pasado siendo su hermano.

O lo que fuera que había sido.

* * * La presencia llegó sin anunciarse, como siempre.

Pero esta vez era diferente.

No fue un peso en los pensamientos ni una velocidad de cálculo que no le pertenecía.

Fue algo más parecido a una mano en el hombro — sin forma, sin temperatura, pero con el peso específico de alguien que sabe exactamente lo que estás sintiendo porque lo sintió primero.

No había palabras.

Solo imágenes que no eran suyas.

Una figura.

Un momento antiguo — tan antiguo que el mundo donde ocurrió ya no existía.

Alguien que también había estado en el suelo de algo que se derrumbó, rodeado de una oscuridad que tenía nombre y ese nombre era traición.

Alguien que también había llorado una vez.

Una sola vez.

Y que después no volvió a hacerlo.

No porque el dolor desapareciera.

Porque tomó una decisión en ese suelo, en esa oscuridad, que cambió para siempre la forma en que existía en el mundo.

Jaha lo recibió sin entenderlo completamente.

No era el momento para entenderlo — era el momento para sentirlo.

El dolor de la presencia no minimizaba el suyo.

Lo acompañaba.

Dos heridas de sangre separadas por más tiempo del que el mundo podía medir, ocupando el mismo espacio en el alma de un chico de dieciséis años en un cuarto prestado.

Por primera vez desde la masacre, Jaha no estaba completamente solo.

* * * Yan Moshi Llevaba tres horas mirando el mismo párrafo.

No era que no lo entendiera — el texto era elemental, fundamentos de formaciones que había dominado a los doce años.

Era que su mente no estaba en el texto.

Estaba en la conversación de esa tarde, en la forma en que Shen Kaiming había elegido a alguien de nivel uno con Sello Roto como discípulo principal cuando había discípulos de nivel tres esperando desde hacía meses.

Estaba en la forma en que ese alguien lo había mirado.

No con lástima.

No con la incomodidad de quien no sabe cómo tratar a alguien que no encaja.

Con algo que Moshi tardó horas en identificar porque no lo había experimentado suficientes veces como para reconocerlo rápido.

Curiosidad genuina.

Cerró el libro.

Se levantó.

Había algo que quería decir y era más fácil decirlo de noche, cuando la secta dormía y no había nadie mirando.

Caminó por el pasillo hacia el cuarto del nuevo discípulo.

Se detuvo antes de llegar.

Al principio no entendió qué escuchaba.

El sonido era tan inesperado, tan completamente fuera de lugar con la imagen que tenía del chico que lo había defendido esa tarde sin parecer esforzarse, que tardó un segundo en procesarlo.

Sollozos.

Moshi no se movió.

Escuchó — no por voyerismo sino porque su cuerpo simplemente no supo qué hacer con esa información.

El chico que había evaluado el jardín de la secta con ojos que no perdían nada, que había respondido las preguntas del patriarca con la precisión de alguien que mide cada palabra, estaba al otro lado de esa puerta llorando con la desesperación silenciosa de quien lleva demasiado tiempo sin poder hacerlo.

Permaneció ahí un momento — el tiempo justo para entender que no había nada que pudiera decir que valiera más que el silencio — y después se dio la vuelta.

Caminó de vuelta a su cuarto sin hacer ruido.

No abrió ningún libro.

* * * Yeon Jaha En algún punto el llanto se agotó.

No porque algo cambiara — sino porque el cuerpo tiene límites y Jaha había llegado a los suyos.

Quedó mirando el techo con los ojos secos y el pecho vacío de una forma que no era paz sino simplemente ausencia de lo que había estado ahí.

Afuera, la Qingtian Zong dormía.

Jaha pensó en su padre mirando el patio desde la ventana del estudio, con esa expresión que tardó años en entender.

Amor mezclado con miedo.

La clase de amor que sabe exactamente lo que puede perder.

Entendió en ese momento, con una claridad que el dolor a veces produce, por qué su padre siempre había cargado ese peso.

Porque amar algo completamente es darle a alguien el mapa hacia todo lo que eres.

Y su hermano había tenido ese mapa.

Jaha cerró los ojos.

Cuando los abrió, algo había cambiado — no en el cuarto, no en la secta, no en el mundo afuera.

En él.

Como cuando una herida termina de cerrarse y el tejido que queda es más duro que el original.

Nadie volvería a ver esto.

No lo decidió con rabia ni con frialdad — lo decidió con la calma simple de alguien que acaba de entender una ley fundamental.

El dolor existiría — eso no lo podía cambiar.

Pero el dolor era suyo.

Solo suyo.

Mostrarlo era regalárselo a alguien, y ya sabía lo que pasaba cuando la gente que debería protegerte tenía acceso a las partes reales de ti.

Desde esta noche, el mundo vería lo que él quisiera que viera.

Nada más.

Se incorporó.

Se pasó la mano por la cara.

Miró el cuarto pequeño y ajeno con los mismos ojos con que había mirado el jardín de la secta esa tarde — registrando, calculando, archivando.

Tres meses, había dicho Shen Kaiming.

Era suficiente para empezar.

Al otro lado del pasillo, en un cuarto donde los libros seguían cerrados, Yan Moshi miraba el techo en silencio.

Por la mañana, cuando Jaha apareció en el comedor con la expresión tranquila de alguien que durmió perfectamente, Moshi lo miró un segundo más de lo necesario.

No dijo nada.

Pero desde ese momento supo que entendía a Yeon Jaha mejor de lo que Jaha jamás admitiría.

Fin del Capítulo 4 REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yeiler Hay momentos que no se anuncian.

Simplemente llegan cuando el cuerpo ya no puede más.

Este capítulo me costó escribirlo…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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