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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Capítulo 3- Puertas que no pesan
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3: Capítulo 3- Puertas que no pesan 3: Capítulo 3- Puertas que no pesan El amanecer llegó sin pedirle permiso.

Jaha lo vio desde debajo de un puente de piedra a las afueras del territorio Yeon, donde el río que bordeaba el clan bajaba lo suficientemente ancho para esconder a una persona entre las sombras de los arcos.

Había llegado ahí de madrugada siguiendo el sonido del agua — el instinto de poner algo entre él y el humo que todavía podía oler desde lejos.

Las heridas eran manejables.

Esa era la palabra que había estado usando mentalmente desde la noche anterior: manejables.

El hombro había dejado de sangrar solo.

La rodilla protestaba al doblarse pero soportaba el peso.

La herida en el costado — la primera, la del fragmento de formación — era la más molesta, pero tampoco era profunda.

Manejables.

El problema no eran las heridas.

El problema era que tenía dieciséis años, nivel uno de cultivo sin resonancia funcional, ropa manchada de sangre seca, ningún jade espiritual, ningún artefacto, ningún documento de identidad que no lo conectara con un clan que el mundo creía extintos, y absolutamente ningún plan más allá de no morir en las próximas horas.

Consideró ese inventario con la misma frialdad con que había considerado los números del patio central la noche anterior.

No había utilidad en el pánico.

El pánico consumía energía que no podía permitirse gastar.

Lo primero era la herida del costado.

Rasgó la parte interior de su ropa — tela de seda espiritual, el tipo que los discípulos del Clan Yeon usaban como ropa interior sin pensar demasiado en ello, que ahora valía más que cualquier cosa que hubiera dejado atrás.

La limpió con agua del río, la vendó con precisión.

No perfectamente.

Suficientemente.

Lo segundo era comer.

Ese problema tardó más en resolverse.

* * * El primer pueblo que encontró estaba a dos horas caminando hacia el sur, siguiendo un camino de tierra que los cultivadores raramente usaban porque los cultivadores raramente caminaban si podían evitarlo.

Jaha caminó.

Era un pueblo ordinario — el tipo que existe en los márgenes del territorio de los grandes clanes, demasiado pequeño para tener cultivadores propios, demasiado cerca para ignorar completamente la realidad del mundo espiritual.

Sus habitantes sabían lo suficiente para no hacer preguntas a los desconocidos de aspecto peligroso, y lo suficiente para cobrar precios desproporcionados a cualquiera que pareciera necesitar algo con urgencia.

Jaha se dio cuenta de que parecía necesitar algo con urgencia en el momento en que el primer vendedor ambulante lo miró de arriba abajo y dobló el precio de una hogaza de pan sin decir nada.

No tenía jade.

Tenía el anillo de sello del clan Yeon — pequeño, discreto, el tipo que los miembros jóvenes usaban para identificarse en transacciones menores — y la certeza absoluta de que usarlo en cualquier lugar donde alguien pudiera reconocerlo sería un error fatal.

Observó el mercado durante veinte minutos desde un callejón lateral.

Identificó a un comerciante de hierbas ordinarias que tenía más mercancía de la que podría vender antes de que se echara a perder, una carreta con una rueda que crujía con cada movimiento, y la expresión de alguien que llevaba dos días sin una venta decente.

Se acercó.

Ofreció ayudar con la rueda a cambio de comida.

El comerciante lo miró con la desconfianza habitual, evaluó sus manos — las de alguien que claramente no había trabajado con herramientas en su vida — y aceptó con el escepticismo de quien no tiene nada que perder.

Jaha tardó tres veces más de lo que debería en arreglar la rueda.

Pero la arregló.

Comió pan duro y un trozo de queso que olía más de lo deseable, sentado en el suelo junto a una carreta, en un pueblo sin nombre en los márgenes del territorio de su clan destruido.

Fue la primera vez en dieciséis años que consiguió algo completamente solo.

No supo qué hacer con esa información.

* * * La presencia dentro de él se manifestó esa tarde, mientras caminaba de vuelta al río.

No como voz.

Todavía no era una voz — era más parecida a un peso que se asentaba en ciertos pensamientos y los hacía más densos, más significativos, como tinta que cae en agua y se expande.

Jaha había estado pensando en su padre, en la luz que había visto apagarse en el salón de meditación, y de repente el pensamiento tenía una dimensión adicional que no era suya.

Dolor.

Pero no el suyo.

Algo mucho más antiguo.

“¿Quién eres?” Lo dijo en voz alta sin proponérselo.

Nadie en el camino lo escuchó — estaba solo entre dos campos de cultivo ordinario.

No hubo respuesta.

Solo la sensación de que la pregunta había sido registrada.

Jaha continuó caminando.

Tenía suficientes problemas reales como para dedicar demasiado tiempo a una presencia en su alma que de momento no hacía nada más que existir.

Si era peligrosa ya lo sabría.

Si era útil ya lo descubriría.

Por ahora era simplemente otro elemento del inventario que había hecho esa mañana — uno más que no sabía cómo clasificar.

La noche la pasó bajo el mismo puente.

Decidió que al amanecer siguiente comenzaría a moverse de verdad.

— Doce días después — El mundo fuera del Clan Yeon era más pequeño de lo que Jaha había imaginado, y al mismo tiempo más grande.

Más pequeño porque resultó que la mayoría de las personas que lo habitaban no tenían nada que ver con el cultivo, con los clanes, con las sectas o con ninguna de las cosas que él había considerado importantes durante dieciséis años.

Eran agricultores, comerciantes, artesanos que vivían y morían en un radio de pocas horas caminando sin que les importara demasiado quién gobernaba el mundo espiritual.

Más grande porque esas mismas personas, en esos mismos pueblos insignificantes, sabían cosas que él no sabía.

Cómo distinguir qué bayas del bosque eran comestibles.

Cómo negociar sin jade espiritual.

Cómo caminar durante horas sin llegar agotado.

Cómo leer el clima en las nubes.

Conocimiento ordinario.

Completamente inútil para un cultivador.

Completamente necesario para alguien que de momento no era mucho más que eso.

Había aprendido a trabajar lo suficiente para comer.

No bien — suficiente.

Había aprendido a evaluar a las personas en los primeros treinta segundos de interacción con una precisión que sorprendió incluso a la parte de él que siempre había observado a la gente del clan con esa misma atención.

La diferencia era que en el clan había consecuencias limitadas para equivocarse.

Aquí las consecuencias eran inmediatas.

La herida del costado había cerrado.

El hombro ya no protestaba.

La rodilla había decidido perdonarlo.

La presencia dentro de él seguía ahí — más definida que en los primeros días, aunque todavía sin forma clara.

A veces Jaha tenía la impresión de que procesaba información de una forma que no era completamente suya, que ciertos cálculos llegaban a su mente con una velocidad que no correspondía a su nivel de cultivo.

No lo cuestionó.

Lo usó.

En el día once encontró lo que estaba buscando.

* * * Un mercader de paso mencionó la Qingtian Zong casi sin querer — en el contexto de quejarse de que la ruta sur se había vuelto más lenta desde que la secta había instalado un puesto de control en el cruce del río para ofrecer protección a los comerciantes que pasaban.

“¿Protección?” preguntó Jaha.

“Voluntaria” dijo el mercader con el tono de quien describe algo que le parece una rareza.

“No cobran si no quieres.

Ya te digo que es raro.

Ninguna secta de por aquí funciona así.” Jaha procesó esa información.

Una secta que ofrecía protección sin cobro obligatorio en una zona de paso comercial no era un modelo de negocio eficiente.

Era el modelo de algo que valoraba otra cosa más que la eficiencia.

“¿Son fuertes?” El mercader se encogió de hombros.

“¿Fuertes?

No especialmente.

El patriarca es un buen hombre, dicen.

Pero fuertes…”  Hizo un gesto que significaba claramente que no.

Jaha agradeció la información y continuó en la dirección que el mercader había señalado.

* * * La Qingtian Zong era más pequeña de lo que había imaginado.

No era que hubiera imaginado algo grande — sabía perfectamente que las sectas menores de Huangjin eran otra cosa completamente distinta a los grandes clanes.

Pero había una diferencia entre saber algo y verlo: los muros bajos de piedra sin sello espiritual apreciable, los tres edificios principales de madera que habrían cabido en el ala de invitados del Clan Yeon, el jardín de entrenamiento donde cuatro discípulos practicaban una técnica de nivel dos con la concentración seria de quien todavía cree que concentrarse es suficiente.

Jaha se detuvo en la entrada y lo observó todo durante un momento.

Algo en él lo encontró casi insultante.

No de forma consciente — era un reflejo más profundo, el tipo que se forma cuando creces rodeado de poder real y de repente ves lo que el mundo llama suficiente.

Reconoció ese reflejo.

Lo registró.

Decidió que era información sobre quién había sido, no sobre quién necesitaba ser ahora.

Entró.

* * * El discípulo que lo recibió en la puerta tenía quizás veinte años y una expresión de bienvenida genuina que Jaha encontró desconcertante — en el Clan Yeon, los recepcionistas de puerta tenían expresiones de evaluación, no de bienvenida.

“¿Vienes a solicitar ingreso?” “Sí.” “¿Tienes recomendación de alguna secta o clan?” “No.” El discípulo asintió como si eso fuera perfectamente normal.

“El patriarca evalúa personalmente a los solicitantes sin recomendación.

Puedes esperar en el pabellón exterior.

¿Tienes nombre?” Jaha había pasado doce días pensando en ese momento.

Tenía la respuesta preparada.

“Jaha.

Solo Jaha.” * * * Esperó dos horas en el pabellón exterior.

No fue tiempo perdido.

Observó.

Vio la rutina de la secta con la atención de alguien que ha pasado dos semanas aprendiendo que los detalles importan más de lo que había creído.

Los discípulos se movían con un orden relajado — no la disciplina rígida del Clan Yeon, sino algo más parecido a un hábito compartido.

Se saludaban por el nombre.

Los mayores corregían a los menores sin la dureza que Jaha había considerado normal hasta hace doce días.

Y entonces lo vio.

En el extremo más alejado del jardín de entrenamiento, completamente solo, sentado sobre una roca plana con un libro abierto sobre las rodillas y tres más apilados a su lado.

Cabello blanco o gris — difícil determinarlo desde esa distancia — y la postura específica de alguien que no está leyendo para aprender sino para confirmar algo que ya sospecha.

Ninguno de los discípulos que pasaban cerca se detenía a hablarle.

No con hostilidad — con esa indiferencia más fría que es el verdadero desprecio, el que no necesita esfuerzo.

El joven de cabello blanco no parecía notarlo.

O si lo notaba, había decidido que no valía su atención.

Jaha lo observó durante un momento más.

Luego dirigió la vista hacia otra parte.

* * * Shen Kaiming llegó al pabellón exterior cuando el sol ya empezaba a bajar.

No era lo que Jaha había esperado.

No tenía el porte de los ancianos del Clan Yeon — esa forma específica de moverse que tienen los cultivadores de nivel alto, como si el espacio a su alrededor les perteneciera.

Era un hombre de mediana edad con cara ordinaria, ropa limpia pero sin sello espiritual visible, y unos ojos oscuros que miraban con una atención tranquila que Jaha tardó un segundo en identificar correctamente.

No lo estaba evaluando.

Lo estaba viendo.

Había una diferencia.

“Jaha” dijo el patriarca.

No como pregunta.

“Solo Jaha.” Se sentó frente a él sin ceremonia, como si fueran dos personas que se hubieran encontrado por casualidad en un camino.

“¿Por qué la Qingtian Zong?” Era la pregunta que Jaha había preparado menos, precisamente porque era la más obvia.

Consideró las respuestas disponibles — las verdaderas, las convenientes, las que mezclaban ambas cosas.

“Porque un mercader dijo que no cobráis protección si no se quiere.” Shen Kaiming lo miró un momento.

“¿Y eso qué tiene que ver con querer entrar?” “Que un lugar que toma esa decisión tiene algo que me interesa entender.” No era toda la verdad.

Era suficiente de la verdad para ser honesto sin ser imprudente.

Shen Kaiming pareció considerar esa distinción — o quizás consideró algo más, porque sus ojos oscuros tenían esa calidad de las personas que escuchan lo que no se dice tanto como lo que sí.

“Tu nivel de cultivo es bajo” dijo finalmente.

“Sí.” “¿Por qué?” Una pregunta simple.

Jaha la había escuchado antes — de instructores, de otros discípulos — pero nunca formulada así, sin el peso del juicio implícito.

Solo la pregunta, desnuda.

“Tengo una condición que impide que mis dos corrientes resonén.

Los especialistas que me evaluaron dijeron que es permanente.” “¿Tú qué crees?” Jaha consideró la pregunta durante un segundo real.

“Creo que todavía no sé suficiente para tener una opinión.” Algo cambió levemente en la expresión de Shen Kaiming.

No una sonrisa exactamente — más bien el movimiento que hace una expresión cuando reconoce algo inesperado.

“Puedes quedarte tres meses” dijo el patriarca poniéndose de pie.

“Después de eso evaluamos.” Se fue sin más ceremonia de la que había llegado.

Jaha miró el espacio que había dejado.

Luego miró el jardín de entrenamiento, donde el joven de cabello blanco seguía en su roca, ajeno a todo, con el cuarto libro ya abierto sobre las rodillas.

Tres meses.

Era suficiente.

Fin del Capítulo 3 REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yeiler Para el Capítulo 3 — donde Jaha llega a la Qingtian Zong humilde y pequeña y conoce a Shen Kaiming que ve en lugar de evaluar, a veces los lugares más pequeños guardan las cosas más importantes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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