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El Trono de las Bestias - Capítulo 51

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Capítulo 51: Capítulo 50: Riesgos.

Capítulo 50: Riesgos

Como alguien criado con los principios de una sociedad ética, nunca fue especialmente egoísta, tampoco benevolente. Si en algún momento veía a una persona pidiendo dinero, se preguntaba el porqué de la situación de la otra parte.

¿Acaso lo necesitaba realmente?

¿Se encontraba desempleado?

¿Poseía alguna discapacidad?

En algunas ocasiones, incluso llegó a preguntarse si la ayuda desinteresada representaba su ingenuidad o su solidaridad. ¿Acaso su benevolencia siempre fue endeble por el hecho de cuestionarla? ¿De preguntar en lugar de actuar o solo fue precaución?

Esos valores inconclusos, en conjunto con aquellas preguntas que nunca fueron respondidas, fueron heredados a Beltrán, quien, siendo un niño, no construyó valores claros.

Hasta la fecha, Beltrán se habría movido por supervivencia, con el único objetivo de frustrar los planes o represalias que buscaban dañarlo o amenazarlo.

Incluso ahora se encontraba distante, observando impotente cómo, a cambio de posiblemente lograr su objetivo, gente pagaría por sus actos.

Todo era rápido: el cuerpo inerte del guardia, el dolor y el cansancio en su cuerpo haciéndolo apenas mantener el aire, la gente aterrada, los otros guardias posicionándose.

Beltrán observó a las personas, perdido en el shock: jóvenes, adultos, niños, hombres, mujeres, trabajadores; gente con futuros.

Su mente le repetía una constante verdad que hizo que permaneciera donde se encontraba sin luchar ni actuar.

«Ellos no son importantes.»

«Ellos no son importantes.»

«Ellos no son importantes.»

Era cierto, no tenía por qué arriesgarse por esa gente, si solo se daba la vuelta y se retiraba, nada malo pasaría ni nadie lo juzgaría.

Beltrán se dio la vuelta. Apretó sus labios y alzó una de sus piernas, seguida de la otra.

Tenía que irse y mantenerse a salvo. Había muchas más cosas por las que preocuparse ahora mismo.

Escuchó el ruido del metal moviéndose conforme los guardias de la cosecha se acercaban a la gente.

Beltrán giró hacia la derecha, saliendo del rango de visión de los guardias y de las personas que observaban tal acto, impotentes e incapaces de actuar en consecuencia.

Rápidamente aquellos trabajadores con habilidades más físicas hicieron retroceder a aquellos más débiles físicamente, alzando sus camisas y preparándose para enfrentar inútilmente a los guardias como los miembros de la cosecha.

En el suelo, el inerte cuerpo del líder del grupo de guardias se mantuvo como una demostración clara de ello.

Incluso sin un sospechoso claro, podrían ceñir sus armas sobre tantos civiles como fuesen considerados sospechosos.

—Todo sea por la mariposa—. Murmuró un líder principal de los reclutadores al dar un paso hacia delante.

Alzó su guadaña, dejando que la sangre de los culpables marcara la nueva cosecha.

La gente de Realta serviría para apaciguar a su gran mariposa y sus aleteos silenciosos.

Justo antes de continuar con su andar, el miembro de la cosecha se detuvo.

La sombra bajo sus pies se extendió, estirándose con intensidad. Algo brillante se encontraba destellando detrás suyo.

En unidad, los demás cosechadores se giraron, observando con detenimiento aquello detrás suyo.

Una figura, de pequeña estatura y cubierta con telas oscuras, alzó algo en sus manos.

El cosechador líder observó: sus ojos, dos destellos de luz pálida diminutos, horribles y enfermizos.

En sus manos, un símbolo religioso, semejante al relicario luminoso visto en el suelo, se encontraba alzado, demostrándolo con un aire retador a estos mismos.

Era el hereje.

—¿Es el gnomo de antes? —preguntó uno de los guardias, desconcertado por la repentina aparición de este.

Debido al relicario luminoso, poco de los rasgos de la pequeña figura tras de él fue apreciado; sin embargo, aquello fue irrelevante para los cosechadores, quienes, como sabuesos tras un trozo de carne, corrieron tras este.

No hizo falta medir o decir palabra alguna.

La pequeña figura corrió, directo a un callejón, iniciando una persecución; todos los cosechadores corrieron tras esta misma.

A excepción del líder, quien por un momento se quedó quieto, observando a la gente.

Aquello fue una pena.

Caminó hacia los civiles, quienes retrocedieron hasta toparse con la barrera de guardias que retenían su salida.

El cosechador alzó su guadaña nuevamente, a excepción de que al bajarla no se topó con carne o hueso,

sino con el relicario tirado en el suelo, destrozándolo.

La pieza lucía pobre y apenas creíble, en contraste con el escándalo que habría ocasionado la gente por ella. Probablemente hubiese sido una simple imitación.

—Son libres de irse—. Dijo el cosechador; su voz monstruosa hizo estremecer a tantos civiles como guardias por igual.

Y con aquellas palabras dichas, se dio la vuelta, empezando su persecución tras el hereje avistado.

Una cosecha luminosa valía mucho más que cientos de cosechas comunes.

La mariposa se sacia más con ellos que con cualquier otro hereje.

Beltrán corrió; en esta ocasión no se contuvo ni un solo segundo, sino que exigió a cada parte de su cuerpo que cooperara: un solo error o caída sería su fin.

Los músculos, ya calientes por toda la actividad física, le permitieron acelerar hasta llegar a su límite.

Hacía tiempo que Beltrán conocía su límite; aun siendo un joven, el hecho de saber que poseía una senda tempranamente despertada resolvió muchas de sus dudas.

Sobre todo, un detalle que no dudó en sobreexplotar a lo largo de todo el día.

Su tiempo de recuperación muscular.

Beltrán conocía lo que era que su cuerpo pesase como el ónix tras un día de exigencia física, cómo sus músculos le entorpecían y ardían, cómo era correr aún más allá del límite que su cuerpo podía permitir.

Sin embargo, como alguien con una senda, aunque incapaz de mejorar el rendimiento de su físico, era capaz de restaurar su cuerpo mucho más rápido que cualquier otro niño. Incluso con una hora de descanso, era capaz de volver a exigirse tanto como en un inicio.

Beltrán se presionó a sí mismo.

¿Por qué?

Aunque le hubiese gustado admitir la existencia de un propósito superior, alguna clase de impulso heroico que lo hizo moverse por sí solo, una valentía que combatió su miedo,

no hubo nada de eso.

Habría dependido demasiado de su mente pensante; de actuar tras pensarlo, de poner las probabilidades por encima de cualquier riesgo o voluntad. Simplemente dejarlo todo atrás para actuar por un deseo egoísta no fue con él.

No encontró coraje a raíz del heroísmo.

No pudo encontrar inspiración en Fareth u otros héroes de leyenda.

Beltrán se movía porque se prometió que no volvería a ser una presa.

Se prometió que dejaría de solo reaccionar y actuaría.

Una masacre como aquella no sería pasada por alto; los nobles actuarían en consecuencia, quizá iniciando un conflicto con la iglesia.

Aquello dictaba lejos de sus intereses.

Finalmente, existía la posibilidad de que Daenerys y su grupo se tardarían mucho más de lo previsto; alejar a los cosechadores tanto como fuese posible aumentaría la probabilidad de éxito.

Beltrán observó por encima de su hombro, sorprendiéndose al ver a los cosechadores continuar corriendo

y lentamente alcanzarlo.

Moviéndose a través de los callejones, él se impulsó utilizando una pared para cambiar de dirección abruptamente; su cuerpo, al ser más ligero, le permitió alterar su trayectoria pronto.

Los guardias más pesados y portando armadura trastabillaron antes de continuar.

«Esto es malo.» Pensó Beltrán mientras saltaba encima de una saliente en las barandillas de una calle.

Pasó el obstáculo sin mayor diferencia, mientras los cosechadores se vieron obligados a rodear, incapaces de saltarlo debido a su peso.

Apoyándose en una pared, Beltrán intentó crear aún más distancia.

Lo que pareció logró.

Pero no fue suficiente.

«Ellos no parecen desacelerar.»

Beltrán se cansaba, mucho más rápido de lo que le gustaba admitir.

En cambio, los cosechadores no parecían cansarse.

Aun así, Beltrán se preguntaba cómo podían moverse tan rápido con esos cuerpos.

Por si fuese poco, las piernas de estos, al ser adultos, eran más largas. Su fuerza aún mayor.

Eran más rápidos que él.

Apenas pudo mantener la velocidad para mantenerlos al margen.

Pero su distancia se iba acortando.

Según sus estimaciones, la distancia de unos 20 metros había sido reducida a unos escasos 8.

Lo alcanzarían si continuaba igual.

«No me gusta haber sido orillado a esto tan pronto.»

Beltrán no hubiese apostado a una persecución si no hubiese tenido una manera de realmente ganar, a pesar de la situación.

Arrojándose por un desnivel entre callejones, Beltrán se recargó en la pared, tomando aire; sus pulmones ardían como el fuego.

Después de esto, le daría un descanso adecuado.

Los guardias detrás suyo parecieron notar el desgaste que Beltrán estaba sufriendo, e incluso parecieron acelerar más, ahora que había una certeza de alcanzarlo.

Sin embargo, aquello no lo hizo detenerse; en cambio, fue lo que este mismo buscó.

Pegándose ante una cerca, Beltrán escaló rápido, llegando hasta un estrecho callejón.

Los cosechadores le siguieron, hasta llegar a una zona algo distinta de la ciudad.

La mugre se acumulaba en las calles.

Los callejones se extendían sin aparente final.

Y las calles, usualmente de piedra, ahora se encontraban llenas de gravilla, escombros y desechos.

Beltrán los atrajo hacia los barrios bajos, zona que, aunque no conocía mucho, definitivamente lo hacía más que cualquiera de estos cosechadores.

Beltrán los atrajo hacia sus laberínticos callejones.

Arrojándose de esquina a esquina.

Escaló los tejados de las casas más bajas o con techos frágiles.

Y finalmente se desvió hacia calles llenas de basura.

Poco a poco, los guardias se confundieron, tomando rutas equivocadas, cayendo debido a la inestabilidad de los tejados o tropezando, quedándose varados en sus lugares.

Beltrán recuperó su ventaja e incluso, reduciendo su velocidad hasta un trote apenas más rápido que una caminata acelerada, pudo continuar creando distancia.

Hasta que, al mirar atrás, no hubo nada más.

Beltrán se tambaleó, incapaz de encontrar más aire; tenía sueño y sus sienes dolían casi tanto como le ardían.

Se recargó en una pared, vomitando.

El contenido de su estómago fue vertido en las calles, un estofado que Eliette creyó que le serviría para obtener fuerzas en el día.

«Lo lamento, Eliette.» Pensó, algo distraído, Beltrán.

Limpió el resto del vómito de la comisura de sus labios, tosiendo, pues habría sido incapaz de solo retener el aire con su nariz.

Lo había logrado.

Incluso cuando por un momento dudó.

Los había alejado tanto que creyó que incluso Daenerys pudo darse el lujo de tomarse su tiempo al saber qué reliquia escoger.

Beltrán caminó, finalmente sentándose en el suelo.

Se tomó el tiempo de llevarlos a sitios no directamente conectados con la zona perteneciente a los niños de la calle.

El sueño le nubló la mente.

Y por un instante cerró los ojos.

Su mente se desconectó un instante.

No habría ningún problema, ¿cierto?

Dudaba que los cosechadores le encontrarían; habría tomado sus precauciones. Pensó que su primer acto podría ser el de reagruparse, lo que no creyó que tomaría poco tiempo.

Para ese momento, Beltrán ya estaría muy lejos.

Sin embargo, hubo algo que le molestó.

¿Qué era?

Una sutil luz amarillenta hizo que Beltrán abriera los ojos, despertando de su casi desmayo.

El cielo brillaba.

Las nubes se despejaron.

Un inmenso vacío, solo conquistado por salvajes vientos dorados y lo que pareció un gigantesco cometa dorado.

La forma de aquel cometa pareció asemejarse a lo que creyó fue un cráneo dorado.

«El alba dorada.» Pensó Beltrán, maldiciendo en frustración y desespero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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