El viajero interdimensional - Capítulo 25
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Capítulo 25: Capitulo 25: Siguiente umbral
El último día antes de la recarga del umbral llegó con una mezcla de anticipación eléctrica y una seriedad solemne. La casa remodelada de los González, ahora espaciosa y llena de luz, sentía como un caparazón temporal, un nido seguro que pronto abandonarían por lo desconocido. Rubén y Koyuki habían dedicado cada momento libre a perfeccionar su sincronía; cada golpe, cada flujo de Nen, cada “boost” de la Boosted Gear era un verso más en el poema de poder que escribían juntos.
La conversación con sus padres había sido la más difícil. Rubén, con una calma que no sentía, les había pintado un futuro de pesadilla: invasores extraterrestres, tiranos galácticos, bio-androides y demonios ancestrales. Nombres como Raditz, Freezer y Cell sonaron como campanas fúnebres en el acogedor salón. Les explicó que no era una elección, sino una necesidad. Su mundo, su familia, Koyuki… todo sería barrido si él no se fortalecía en los campos de batalla de otros universos.
La Sra. González tenía los ojos empañados, aferrándose a la mano de su marido. El Sr. González, pálido, asimilaba la escala cósmica de la amenaza. “¿Y… volverás a salvo, hijo?” fue su única pregunta, cargada de un miedo profundo.
Fue Koyuki quien intervino, poniéndose de pie con la dignidad de una guerrera jurada. “Señor, señora,” dijo, su voz clara y firme como el acero. “Donde vaya Rubén, iré yo. Mi vida es su vida. Mientras me quede un aliento en el cuerpo, ningún daño le llegará. Lo protegeré con todo mi ser. Se lo prometo.”
Esa promesa, nacida del amor y el honor de una rival destinada, fue lo que finalmente serenó sus corazones. Asintieron, con lágrimas contenidas, aceptando el destino extraordinario de su hijo.
En la habitación de Rubén, la energía era palpable. Ddraig, cuya relación con Rubén había crecido a un 30% (Aliado Leal), sentía una curiosidad ardiente. «Mundos nuevos… Enemigos dignos… Finalmente, dejaremos nuestra marca más allá de este pequeño planeta. Muéstrame de qué es capaz un Caminante de Umbrales, Rubén.»
Ruben asintió, sintiendo el latido del dragón en su brazo. Tomó la mano de Koyuki, cuyos ojos reflejaban la misma determinación feroz. “Juntos,” susurró.
“Juntos,” afirmó ella.
Con un acto de voluntad, Rubén activó Caminante de Umbrales. El aire frente a ellos se onduló, rasgándose para formar un portal que no era una puerta, sino un vórtice de posibilidades infinitas. Un remolino de estrellas, colores y ecos de realidades lejanas que giraba con una energía atronadora y silenciosa a la vez.
Sin una mirada atrás, dieron un paso al frente, de la mano, y fueron engullidos por la tormenta interdimensional. El mundo de Dragon Ball Z se desvaneció detrás de ellos, y el umbral se cerró, dejando solo el silencio y la promesa de un regreso cargado de poder. Su nueva aventura acababa de comenzar.
La transición a través del umbral fue, como siempre, una experiencia que desafiaba todos los sentidos. Una cacofonía de colores y sensaciones que comprimía el tiempo y el espacio, para luego expulsarlos al otro lado con la suavidad de un suspiro. Cuando la vertiginosa sensación cesó, Rubén y Koyuki se encontraron de pie, tambaleándose levemente, en un corredor de una blancura inmaculada.
El aire era frío y estéril, como el de un quirófano de alta tecnología. Las paredes, lisas y brillantes, se extendían en ambas direcciones, interrumpidas solo por puertas automáticas y paneles táctiles con símbolos que no reconocían. A través de unos vastos ventanales de cristal blindado, un paisaje desolado se revelaba: una tormenta de nieve implacable azotaba un páramo montañoso y yermo, bajo un cielo de un gris plomizo que prometía más de lo mismo. La luz artificial, clínica y constante, contrastaba brutalmente con la oscuridad natural que reinaba fuera.
Koyuki, aún agarrando la mano de Rubén, giró sobre sus talones, sus ojos de guerrera escudriñando cada detalle. “Este lugar… es como la Torre, pero diferente. Más frío. Más… vacío.” Su instinto le decía que este no era un lugar de combate cuerpo a cuerpo, sino una fortaleza de un tipo diferente.
Rubén, sin embargo, se había quedado pálido. Un nudo de hielo se formó en su estómago. La blancura, la tecnología, la tormenta de nieve… fragmentos de conocimiento de su vida pasada, de horas invertidas en juegos y foros, comenzaron a encajar como piezas de un rompecabuezas aterrador. “No…”, murmuró, casi para sí mismo. “No puede ser.”
«¿Portador?» La voz de Ddraig resonó en su mente, cargada de una curiosidad abrupta. «Tu corazón late con el ritmo del pánico. Reconoces este lugar. ¿Qué es? Huele a… a una quietud antinatural. A magia y a la desesperación de la humanidad.»
Antes de que Rubén pudiera responder, un sonido suave y curioso rompió la tensión silenciosa del pasillo. “Fou, fou!”
Un pequeño animal, del tamaño de un hurón, con un pelaje blanco y marrón y unas largas orejas, apareció desde detrás de una esquina. Sus grandes ojos rojos los observaban con inteligencia. Saltó con una agilidad sobrenatural y se plantó frente a ellos, olfateando el aire.
Koyuki se puso instintivamente en guardia, pero Rubén contuvo el aliento. Conocía a esa criatura. Era Fou, o mejor dicho, Cath Palug, la Bestia de la Comparición, un ser de un poder cataclísmico que por ahora se contentaba con ser la mascota de…
“¡Fou! ¿Dónde te has metido?” Una voz femenina, joven y llena de preocupación, resonó en el corredor.
Una joven con el cabello lila corto y ojos color lavanda apareció, vistiendo un uniforme blanco y azul que Rubén reconoció al instante. Era Mash Kyrielight, la Shielder, la doncella de Galahad.
Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Fou sentado tranquilamente frente a los dos desconocidos, y más aún cuando el pequeño animal, tras olfatear a Rubén con intensidad, de repente saltó y se acomodó en su hombro, frotando su cabecita contra su mejilla con un ronroneo satisfecho.
“¡Fou! ¿Qué haces?” Mash se acercó, su expresión era una mezcla de alivio y profunda confusión. “Lo siento, a veces es muy cariñoso con los extraños… pero nunca tan rápido.” Miró a Rubén y a Koyuki, analizándolos. No llevaban el uniforme de Chaldea. Eran rostros completamente nuevos. “Disculpen, ¿quiénes son? No los recuerdo de los registros de nuevo personal.”
Rubén, con Fou ronroneando en su hombro como si fuera su dueño de toda la vida, intentó serenarse. La presencia de Mash confirmaba sus peores temores. Estaban en Chaldea. Y por el estado de calma aparente, probablemente justo antes del desastre.
“Me llamo Rubén González,” dijo, haciendo un esfuerzo por mantener la voz estable. “Y esta es Koyuki Akashi. Llegamos… hace un momento.” No podía explicar el cómo.
Koyuki, captando la incomodidad de Rubén y la formalidad de Mash, hizo una pequeña inclinación de cabeza. “Es un honor,” dijo, aunque su tono era más el de una guerrera evaluando a otra.
Mash frunció el ceño, su dulce rostro mostraba ahora una arruga de preocupación. “González… Akashi… Lo siento, pero revisé la lista esta mañana. No hay nadie con esos nombres. ¿Están seguros de que se suponía que debían llegar hoy? Deberían hablar con el Dr. Roman, él…”
Su frase se cortó cuando unas pisadas firmes y medidas se acercaron por el corredor. Un hombre alto, de cabello castaño despeinado y con un abrigo verde sobre su uniforme, apareció. Tenía una sonrisa amable en el rostro, pero sus ojos… sus ojos tenían una profundidad gélida que Rubén, con su percepción de Nen agudizada y la sensibilidad de Ddraig, pudo sentir de inmediato. Era una mirada que ocultaba un abismo de maldad y desprecio por todo lo humano.
“Ah, Mash. Ahí estás. Y veo que Fou ha encontrado nuevos amigos,” dijo el hombre, su voz era suave, casi paternal, pero cada palabra hizo que los pelos de la nuca de Rubén se erizaran.
«¡CUIDADO!» rugió Ddraig en su mente, la voz del dragón era un clarín de alarma. «¡Esa cosa no es humana! Huele a cenizas, a mentiras y a un odio tan antiguo como las estrellas!»
Rubén lo sabía. Lo sabía con toda la certeza de quien ha visto la historia antes de que sucediera. Este era Lev Lainur. O, más precisamente, era Flauros, uno de los 72 Pilares Demonios, un fragmento del Rey Demonio Goetia, infiltrado en Chaldea para asegurar la aniquilación de la humanidad.
“Me llamo Lev Lainur. Un placer conocerlos,” dijo el hombre, extendiendo su mano hacia Rubén.
Rubén no la tomó. Se quedó mirando fijamente a Flauros, su mente trabajando a toda velocidad. Estaban en la boca del lobo. En el epicentro del evento que llevaría a la incineración de la historia humana. Koyuki, sintiendo la tensión repentina y absoluta en el cuerpo de Rubén, se movió ligeramente, colocándose en una posición desde donde podría interceptar un ataque. Su Ten se activó de manera instintiva, una capa de protección invisible que solo Mash, con su naturaleza de Servant Demi, podría sentir como un leve hormigueo.
“¿Pasa algo, joven?” preguntó Flauros, bajando su mano lentamente, su sonrisa no se desvaneció, pero se tornó un poco más… puntiaguda.
“Rubén?” susurró Koyuki, su voz era una pregunta y una oferta a la vez. ¿Era este un enemigo?
Fou, en el hombro de Rubén, dejó de ronronear. Emitió un pequeño gruñido bajo, casi inaudible, dirigido hacia Flauros. Incluso en su forma actual, su instinto le decía que algo estaba terriblemente mal.
Rubén respiró hondo. No podía revelar lo que sabía. No aquí, no ahora. Provocar a Flauros prematuramente sería un suicidio. Tenían que actuar con normalidad, tenían que sobrevivir a los próximos minutos.
“Perdón,” forcejeó Rubén, finalmente. “Estamos un poco desorientados. El viaje fue… largo. Soy Rubén González, y esta es Koyuki Akashi. Parece que ha habido un error con nuestro registro.”
Flauros los observó, sus ojos escudriñadores parecían querer diseccionar sus almas. “Un error, ¿eh? Eso es muy peculiar. Chaldea no comete errores con sus invitados.” Su mirada se posó en Fou, que ahora mostraba los dientes de manera más evidente. “Parece que la mascota les ha tomado cariño. Eso es un buen augurio, supongo. Mash, ¿por qué no los llevas con el Dr. Roman? Él puede aclarar este… malentendido.”
Mash, que se sentía cada vez más incómoda con la tensión en el aire, asintió con rapidez. “Sí, señor Lev. Por aquí, por favor.”
Mash comenzó a caminar, indicándoles que la siguieran. Koyuki miró a Rubén, buscando una señal. Él le dio un leve asentimiento, y comenzaron a seguir a la chica del cabello lila, alejándose del demonio con forma de hombre.
Flauros se quedó de pie, observándolos retirarse. Su sonrisa amable se desvaneció por completo, reemplazada por una expresión de frío cálculo. Dos extraños, no registrados, apareciendo de la nada justo en el día señalado. Y uno de ellos había despertado los instintos de esa molesta bestia. Era una variable no prevista. Una pequeña mota de polvo en un plan perfecto. Pero incluso el polvo podía, en las circunstancias correctas, cegar a un gigante.
Decidió que tendría que vigilarlos de cerca. Después de todo, en muy poco tiempo, no importaría. Toda Chaldea, y toda la humanidad con ella, sería reducida a cenizas.
Mientras caminaban por el blanco corredor, Rubén sentía la mirada de Flauros grabándose en su espalda. Fou, en su hombro, se había calmado, pero ahora mordisqueaba su oreja con suavidad, como si intentara consolarlo o advertirlo.
«Portador, ¿qué es este lugar?» preguntó Ddraig, su voz era ahora más sosegada pero no menos alerta. «Esa criatura… su poder es real. Y esa chica, la que nos guía… no es completamente humana. Huele a héroe, a un espíritu noble forzado a un recipiente de carne.»
“Estamos en el lugar equivocado en el peor momento posible, Ddraig,” pensó Rubén en respuesta, asegurándose de que su comunicación mental fuera un muro privado. “Este es Chaldea, una organización que observa el futuro de la humanidad. Y ese hombre, Lev, es un demonio que está a punto de destruirla. Acabamos de aterrizar en medio del prólogo del apocalipsis.”
Koyuki, caminando a su lado, deslizó su mano en la de él. No dijo nada, pero su contacto era firme, un recordatorio silencioso de su promesa. Estuvieran donde estuvieran, fuera cual fuera la amenaza, lo enfrentarían juntos. El viaje a través del umbral los había llevado directamente a la antesala del fin del mundo, y ahora, su primera batalla en este nuevo universo no sería por poder o por experiencia, sino por la supervivencia misma de la humanidad.
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