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El viajero interdimensional - Capítulo 27

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Capítulo 27: Capitulo 27: Singularidad F

La transición del Rayshift fue un desgarro violento de la realidad, una sensación de ser disueltos y recombinados en un molde de pesadilla. Cuando la luz cegadora y el zumbido ensordecedor cesaron, Rubén y Koyuki se encontraron de rodillas, jadeando, en un suelo agrietado y cubierto de cenizas.

El aire era espeso y picante, una mezcla nauseabunda de humo, carne quemada y una oscuridad mágica que se adhería a la garganta. Abrieron los ojos a un paisaje dantesco. No era una ciudad en ruinas; era un cadáver de ciudad. Esqueletos de edificios se alzaban contra un cielo perpetuo de rojo y negro, como si el mismo firmamento estuviera sangrando. Calles enteras estaban cubiertas por un manto de llamas bajas y persistentes que no consumían, solo ardían con una rabia silenciosa. Pero lo más horripilante eran las estatuas. No eran de piedra, sino de carne y ropa carbonizadas, preservadas en sus últimos momentos de agonía. Algunas, con las bocas abiertas en un grito eterno, miraban con terror hacia el centro de la ciudad. Otras, capturadas en medio de la huida, tenían sus cuerpos retorcidos en un intento inútil de escapar de una amenaza invisible. Era una galería de horror congelado, un testimonio mudo de una aniquilación instantánea y total.

Rubén se giró inmediatamente hacia Koyuki, sus manos buscando las de ella. “¿Estás bien?” Su voz era áspera por el aire contaminado.

Ella asintió, aunque sus ojos, usualmente tan llenos de confianza, reflejaban el horror del paisaje. La escala de la destrucción era algo que ni la Torre Celestial había podido igualar. En respuesta a su preocupación, se inclinó y le plantó un beso suave y rápido en la mejilla. “Estoy bien. Contigo aquí, este infierno es solo otro campo de entrenamiento.” Su sonrisa era un faro de determinación en la oscuridad.

El momento de ternura fue brutalmente interrumpido por un sonido siniestro y familiar para cualquier jugador de videojuegos de fantasía: un traqueteo seco y huesudo. Del suelo carbonizado, como brotando de la tierra misma, emergieron docenas de esqueletos. Sus cuencas vacías se fijaron en los recién llegados, y sus huesos, sostenidos por una energía profana, chirriaban con cada movimiento. Empuñaban espadas oxidadas y hachas melladas.

Sin necesidad de comunicarse, Rubén y Koyuki se pusieron en guardia. Sus auras de Nen se activaron simultáneamente, envolviéndolos en un resplandor apenas visible para los sentidos normales, pero que para ellos era una segunda piel de poder absoluto.

“Yo me encargo de los de la izquierda,” dijo Koyuki, su voz era ahora la de la guerrera de la Torre.

“Los de la derecha son míos,”afirmó Rubén, una sonrisa feroz en sus labios.

Se lanzaron a la batalla. Para ellos, estos esqueletos, los siervos más débiles de la Singularidad, eran un chiste. Koyuki se movió como un torbellino, sus patadas, ahora potenciadas por el Nen, destrozaban cráneos y columnas vertebrales con la facilidad de quien aplasta uvas. Cada patada circular, cada talonazo preciso, era un movimiento de su Danza de la Garza Escarlata, adaptada para aniquilar no-vivos. Rubén, por su parte, era eficiencia pura. No necesitaba la Hermana Oscura para esto. Sus puños y codos, reforzados por su Ten y su fuerza sobrehumana, reducían a los esqueletos a montones de huesos astillados. Un golpe directo hacía añicos una caja torácica; una patilla baja desintegraba una pelvis.

Mientras combatían, Rubén notó con una parte de su mente los pequeños números que aparecían en su interfaz mental. +180 EXP… +155 EXP… +190 EXP… Derrotó a 42 esqueletos. Koyuki, con su estilo más expansivo, acabó con una cantidad similar. Comparado con la experiencia obtenida de los maestros de la Torre Celestial, era una miseria. Esto confirmaba que los enemigos más débiles aquí darían pocas recompensas; la verdadera experiencia estaría en los Servants y los seres más poderosos.

Una vez que el último esqueleto se desmoronó en polvo blanco, un silencio inquietante volvió a caer sobre el páramo. No sabían dónde estaban, ni qué dirección tomar. Hasta que, llevado por el viento cargado de ceniza, llegó un sonido: el metálico choque de armas, unos gruñidos guturales y, inconfundible, la voz aguda y desesperada de Olga Marie Animusphere gritando órdenes.

“¡Por todos los cielos, Shielder! ¡Mantén la línea! ¡Fujimaru, quédate detrás de mí!”

Intercambiando una mirada, Rubén y Koyuki echaron a correr. Recorrieron calles devastadas, esquivando escombros y las aterradoras estatuas humanas. Los sonidos de combate se hicieron más fuertes, más urgentes. Al doblar una esquina, la escena se desarrolló ante ellos.

En una plaza relativamente despejada, Mash Kyrielight, ahora vestida con su armadura de Shielder blanca y púrpura y blandiendo su enorme escudo, Galahad, luchaba contra una horda de esqueletos. Su estilo era defensivo, contundente, pero la cantidad de enemigos era abrumadora. Detrás de ella, Ritsuka Fujimaru, pálida y temblorosa, gritaba palabras de aliento, pero era evidente su impotencia. No tenía el entrenamiento ni los Circuitos Mágicos para lanzar hechizos de apoyo.

Y luego estaba Olga Marie. Con el rostro desencajado por el esfuerzo y el dolor, lanzaba pequeños rayos de energía mágica con sus manos. Cada hechizo parecía costarle un esfuerzo sobrehumano; sus Circuitos Mágicos, aunque de buena línea, no estaban acostumbrados a este nivel de estrés continuo. Sudaba profusamente, y su respiración era entrecortada. Estaba en su límite absoluto, protegiendo el flanco de Ritsuka de los esqueletos que lograban pasar por Mash.

Sin vacilar, Rubén y Koyuki intervinieron.

“¡Koyuki,cubre a Olga y a Ritsuka!” ordenó Rubén.

Ella asintió.En sus manos, el aire se distorsionó y una naginata de aspecto mortal y elegante se materializó. No era un arma cualquiera; era su Hatsu, una creación de Nen. La había concebido en ese instante, forjada con la condición de ser supremamente efectiva contra seres de naturaleza oscura o no-muerta, una regla que potenciaba su filo y su capacidad de daño en esta Singularidad.

Mientras Koyuki se abalanzaba sobre los esqueletos que se acercaban por la retaguardia, su naginata trazaba arcos plateados que desintegraban huesos con un solo corte, Rubén se concentró. “Izanagi,” susurró.

La figura plateada y negra apareció a su espalda. Esta vez, Rubén no buscaba defensa. “Matarukaja!” ordenó mentalmente.

Una onda de energía carmesí y dorada, visible solo para los sensitivos a la energía (Mash y, en menor medida, Olga), estalló desde Izanagi y se expandió, envolviendo a los cinco: Mash, Ritsuka, Olga, Koyuki y a él mismo. Inmediatamente, Mash sintió una oleada de poder. Su siguiente golpe con el escudo no solo bloqueó un ataque, sino que hizo añicos a tres esqueletos a la vez, enviando sus restos volando. Olga, por su parte, sintió que su siguiente rayo mágico salió con más fuerza y precisión, pulverizando dos esqueletos que se le acercaban. Se sintió más fuerte, más segura.

Koyuki, ya de por sí letal, se convirtió en un torbellino de destrucción. Su naginata, ahora potenciada, cortaba a través de las huestes esqueléticas como si fueran hierba seca. Rubén, con sus puños, se unió a la refriega, cada golpe suyo ahora era un impacto de artillería.

La batalla, que antes era una lucha desesperada por la supervivencia, se transformó en una operación de limpieza eficiente. En veinte minutos, la plaza estaba limpia. Rubén había derrotado a otros 35 esqueletos, sumando una experiencia aún insignificante pero útil.

Una vez que el último enemigo cayó, el grupo se reunió, jadeante. Olga los miró a Rubén y a Koyuki con una mezcla de alivio y asombro. “¿Ustedes…? ¿Cómo es que están… intactos?”

“Entrenamiento especializado, Directora,” respondió Rubén evasivamente. “Priorizamos la resistencia física.”

Antes de que Olga pudiera presionar más, se giró hacia su terminal de muñeca, intentando contactar a Chaldea. Solo recibió estática. Después de varios intentos frenéticos, la voz entrecortada de Romani logró abrirse paso.

“¡Olga!¡Gracias a Dios! ¿Están bien?”

“¡Romani!¡Claro que no estamos bien! ¿Qué está pasando? ¿Dónde está Lev? ¡Él debería estar al mando!”

“¡Lev…!No lo encontramos, Directora! Lo más probable es que… que estuviera en el epicentro de la explosión. No pudo haber sobrevivido.”

Rubén, al oír esto, intercambió una mirada significativa con Koyuki. No se confíen, decía su mirada. Él está vivo, urdiendo en las sombras. Koyuki le respondió con un leve asentimiento, sus ojos diciendo Lo sé.

Romani continuó, su voz cargada de tristeza. “Los únicos signos vitales que pudimos rastrear después del Rayshift de emergencia son los de ustedes cuatro. Fujimaru, González, Akashi y Mash. Son… los únicos Masters que quedan.”

Olga palideció aún más, si era posible. “¿Yo? Pero… yo no tengo compatibilidad con el Rayshift… ¿Cómo…?”

Rubén contuvo la respiración. Sabía la verdad. La Olga Marie que estaba frente a ellos no era más que un espectro, un alma atrapada en la Singularidad sin un cuerpo físico al que regresar. Estaba muerta, pero su conciencia, su orgullo y su dolor, seguían existiendo, atrapados en este infierno. No podía decírselo. Sería una crueldad infinita. Sintió una mano cálida tomando la suya. Era Koyuki. “Estoy aquí,” susurró ella, sin necesidad de más palabras. Él apretó su mano con fuerza, agradecido por su presencia.

Olga, sacudiendo su confusión, se recompuso con su habitual autoridad. “Bien. Entonces somos los últimos. Para sobrevivir, necesitamos más poder. Mash es una Demi-Servant, pero necesitamos Servants completos. Debemos encontrar una línea ley, un nodo de poder en esta tierra maldita, y usar el sistema de invocación de Chaldea para traer refuerzos.”

Empezó a explicar los principios básicos: cómo las líneas ley concentraban el mana necesario, cómo el sistema de Chaldea podía usar ese poder para llamar a héroes del Trono de los Héroes.

Ritsuka, que había estado escuchando con una expresión de abrumadora confusión, se acercó titubeante a Rubén. Él parecía entender todo con una claridad pasmosa.

“Disculpa,González, ¿podrías…?” comenzó a decir, su voz era un hilo de voz.

Fue en ese preciso instante que el universo, o más bien, la maldita habilidad de Rubén, decidió que era el momento perfecto para una comedia de enredos. Ritsuka, agotada y desequilibrada, tropezó con un pedazo de escombro. Con un grito ahogado, cayó directamente hacia adelante.

Rubén, instintivamente, extendió los brazos para atraparla.

El resultado fue una escena digna del peor de los animes de comedia romántica. Ritsuka terminó encima de Rubén, quien, en su intento por evitar que se cayera, había terminado con una mano agarrando firmemente uno de sus pechos, mientras su otro brazo la rodeaba por la espalda, apretándola contra su pecho. La posición era íntima, comprometedora y terriblemente embarazosa.

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo durante un segundo eterno.

“¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!¡INDECENTE!” chilló Olga, su rostro se sonrojó de indignación.

Ritsuka,completamente escarlata, emitió un grito agudo de sorpresa y vergüenza antes de separarse de él como si lo hubiera electrocutado.

Koyuki simplemente dejó escapar un suspiro largo y sufrido,poniendo los ojos en blanco. “Ahí vamos de nuevo,” murmuró para sí misma, una sonrisa de resignación en sus labios.

Mash,inocente y confundida, solo parpadeó. “¿Senpai? ¿Rubén? ¿Están bien?”

Rubén, mortificado, se puso de pie rápidamente, limpiándose las manos en los pantalones de manera nerviosa. “Fue un accidente, lo juro.”

Pero el daño, o el “beneficio”, según la lógica retorcida de su habilidad, ya estaba hecho. En la pestaña de relaciones de Caminante de Umbbrales, una nueva entrada apareció junto a las de Koyuki y Ddraig.

Fujimaru Ritsuka – Relación: Amigos | Enamoramiento: 5%

Rubén miró a Ritsuka, quien evitaba su mirada, todavía roja como un tomate, y luego a Koyuki, que lo miraba con una expresión que decía “Ya te arreglaré esto después”. Con un suspiro interno, supo que navegar la Grand Order no solo sería una cuestión de sobrevivir a Reyes Demonios y ejércitos esqueléticos, sino también a los impredecibles caprichos de su propia y peculiar maldición. El camino por delante sería largo, sangriento y absurdamente complicado.

Claro, aquí tienes la continuación detallada de la historia.

—

El aire en Fuyuki era pesado, cargado con el polvo de la civilización incinerada y el eco silencioso de miles de almas petrificadas. Rubén González, aún con el brazo dolorido por los pellizcos de Koyuki, mantenía una distancia prudente de Ritsuka Fujimaru. El “incidente pervertido” —un tropiezo absurdo, un forcejeo torpe y unas manos en lugares equivocados que habían durado un segundo eterno— seguía flotando entre ellos como un espectro embarazoso. El efecto pasivo de la Boosted Gear y su Suerte de Pervertido habían convertido un accidente en un momento de tensión cargada, elevando el porcentaje de enamoramiento de Ritsuka del 0% a un 5% tangible que Rubén podía sentir en la incomodidad de la chica.

Koyuki, a su lado, caminaba con los brazos cruzados y las mejillas aún ligeramente infladas. No estaba genuinamente furiosa —la barra de su relación con Rubén estaba sólidamente en el 100%, sellada con una rivalidad y un amor feroz—, pero el instinto posesivo de quien había sido la primera y, hasta ahora, única en su dimensión, se agitaba ante una nueva potencial competidora.

“Vamos, no fue tan grave,” murmuró Rubén, bajando la voz.

“Fue lo suficientemente grave como para que ella te mirara como un pastel recién horneado,” refunfuñó Koyuki, sin mirarlo. “Tu maldita ‘suerte’… y ahora ese dragón en tu brazo no ayuda.”

“Boost, no ‘maldita suerte’,” corrigió Ddraig, su voz resonando directamente en la mente de Rubén, una nota de orgullo en su tono. “El encanto del usuario es una característica documentada. Acepta tu destino, compañero.”

“Callar es una opción, Ddraig,” pensó Rubén con firmeza, haciendo que el espíritu del Dragón Rojo emitiera una risotada interna.

La directora Olga Marie Animusphere, ignorando por completo la tensión adolescente, marchaba al frente con determinación. Mash Kyrielight, con su escudo pesado listo, servía como su vanguardia perfecta. La comunicación del Doctor Roman se coló a través de los dispositivos de comunicación.

“¡La leylente está justo delante! ¡Es perfecta!” anunció la voz del doctor.

Olga se detuvo y señaló un claro entre las estatuas humanas. “Mash, despliega tu escudo. Fujimaru, prepárate para la invocación.”

Mash asintió, clavando el borde inferior de su enorme escudo en la tierra. “Desplegando el Círculo de Invocación de Réplicas.”

Ritsuka se acercó, nerviosa, los sellos de comando en el dorso de su mano brillando tenuemente. Roman volvió a intervenir, su voz llena de pánico.

“¡Espera, directora! ¡Es contra las reglas! ¡Un Maestro no puede tener múltiples Servants! La carga mágica, la compatibilidad… es un riesgo incalculable!”

Olga lo cortó con un gesto de la mano, tan afilado como una cuchilla. “En circunstancias normales, tendría razón, doctor. Pero ¿estas se parecen en algo a ‘circunstancias normales’? Si la Humanidad tiene un día menos de existencia, necesitamos toda la fuerza de fuego que podamos reunir. Yo asumiré toda la responsabilidad. Fujimaru, ¡procede!”

Ritsuka, con una mirada de determinación que superaba su nerviosismo, colocó su mano sobre la superficie del escudo. Inmediatamente, orbes de luz azulada, idénticos a los que Rubén veía en su propia pestaña de invocación de Caminador de Umbrales, surgieron y comenzaron a girar, trazando un círculo complejo en el aire. La energía mágica crepitó, el viento arremolinó el polvo a su alrededor, y un pilar de luz blanca se alzó hacia el cielo ceniciento de Fuyuki.

Rubén contuvo el aliento. Había visto esta escena incontables veces en su vida pasada, pero presenciarla en persona era algo completamente distinto. La realidad se distorsionaba, el tejido del mundo cedía ante la llegada de un héroe de otro tiempo.

La luz se disipó. De pie en el centro del círculo, con una armadura azul y plateada, una falda blanca y una capa que se mecía en una brisa inexistente, estaba una figura que Rubén reconocería en cualquier universo, en cualquier realidad. Cabello rubio como el lino, ojos verdes serenos y llenos de una autoridad innata, y una presencia que aplanaba el espacio a su alrededor.

“Servant, Saber,” anunció la mujer con una voz clara y resonante. “He respondido a tu llamado. Pregunto, ¿eres tú mi Maestro?”

Ritsuka, boquiabierta, sólo pudo asentir con fuerza. “S-sí. Yo soy Ritsuka Fujimaru. Un placer conocerte, Saber.”

“El placer es mío,” respondió Artoria Pendragon, inclinando ligeramente la cabeza. Un destello de luz selló el contrato, y Rubén pudo sentir el vínculo formarse, un nuevo hilo en el tapiz de destino que se estaba tejiendo a su alrededor. En su interfaz mental, una nueva entrada apareció en la pestaña de “Servants” de Ritsuka: Artoria Pendragon (Saber) – Lealtad: 70% – Interés Romántico: 0%.

“Bien,” dijo Olga, satisfecha. “Ahora tú, Akashi.”

Koyuki avanzó, con una expresión de concentración. Colocó su mano en el escudo, imitando a Ritsuka. Los segundos pasaron. Nada sucedió. Frunció el ceño, centrando su energía Nen, intentando forzar una conexión que simplemente no estaba allí. El círculo permaneció inerte.

“¿Qué sucede?” preguntó Olga, impaciente.

“No… no siento nada,” admitió Koyuki, retirando su mano con frustración. “Es como intentar abrir una puerta con la llave equivocada.”

Roman aprovechó para intervenir. “Revisando los escáneres… Sí, lo veo. La Señorita Akashi tiene una densidad mágica extraordinaria, una especie de energía interna increíblemente potente, pero… su circuito de Magia de Crest es casi inexistente. No tiene la aptitud para ser una Maestra.”

El rostro de Koyuki se ensombreció. Después de todo su entrenamiento, de haber dominado el Nen y haber llegado al piso 199 de la Torre Celestial, se encontraba con una barrera que no podía superar con fuerza bruta. Se sintió, por un momento, inferior.

Rubén se acercó a ella y le puso una mano en el hombro. “Oye,” murmuró, su voz era un bálsamo. “Esto no te define. Tú eres la que puede patear through a un edificio con pura técnica. Tú eres la que perfeccionó el Soru y el Tekkai a un nivel sobrehumano. La directora Olga tiene uno de los linajes mágicos más prestigiosos y tampoco puede ser Maestra. Algunas puertas se abren con una llave, otras necesitan ser derribadas a patadas. Tú eres experta en lo segundo.”

Koyuki lo miró, y una pequeña sonrisa asomó en sus labios. La tensión en sus hombros se disipó. Tenía razón. Su camino siempre había sido el del esfuerzo directo, no el de los atajos mágicos.

“Gracias, idiota,” susurró, apretándole la mano.

“De nada, novia celosa,” respondió él con una sonrisa.

Olga carraspeó, un poco incómoda con el momento. “Bien, entonces. González, te toca a ti.”

Rubén asintió, respirando hondo. Se acercó al círculo, sus botas haciendo eco en el silencioso pavimento. Sabía lo que esto significaba. Su habilidad, su naturaleza como Caminador de Umbrales, y ahora la influencia de la Boosted Gear, todo ello convertía su invocación en una lotería cósmica. Rezó mentalmente, un mantra desesperado: “Que no sea un Servant rebelde. Que no sea un Servant rebelde. Que no sea…”

Colocó su palma sobre el frío metal del escudo de Mash.

La reacción fue inmediata y violenta.

Los orbes de luz que habían sido de un azul sereno para Ritsuka se tornaron de un carmesí profundo y siniestro. El aire se espesó, volviéndose pesado y opresivo. Una energía que no era santa, sino regia, decadente y abrumadoramente poderosa emanó del círculo.

“¡¿Qué está pasando?!” gritó Roman, su voz distorsionada por la estática. “¡Los medidores de energía se están volviendo locos! ¡Esta lectura… no se corresponde con ninguna clase de Servant conocida!”

El círculo giratorio se cerró, pero en lugar de un pilar de luz blanca, una columna de fuego carmesí y energía dorada se alzó hacia el cielo, teñiendo el paisaje desolado de rojo sangre. El viento aulló, y las estatuas cercanas parecieron gemir.

Cuando la luz se disipó, la figura en el centro no era la de un rey sabio o un héroe noble.

Era una niña. O al menos, tenía la apariencia de una. Llevaba un vestido blanco y rojo, decorado con motivos dorados que parecían latir con vida propia. Una corona dorada descansaba sobre su cabello rubio ceniza, y de su espalda baja surgía una cola de dragón, escamosa y poderosa. En sus manos, sostenía un objeto que hizo que el corazón de Rubén se detuviera: un Santo Grial, brillando con una luz interior malsana. Pero lo más impactante eran sus ojos: pupilas de reptil verticales, doradas e impregnadas de una arrogancia y un sadismo infinitos.

Era una Saberface, pero no era Artoria. Era la distorsión de un deseo, la encarnación del egoísmo más puro. Era Draco, el Vello de la Bestia VI, la que había llevado a la humanidad a su fin en una línea temporal alternativa.

“Ufufu…” Una risa baja, madura y llena de malicia escapó de sus labios infantiles. “Así que tú eres mi Maestro. Qué interesante. Hueles a… multiverso. A posibilidades.” Sus ojos dorados se posaron en Rubén, analizándolo, diseccionándolo. “Yo soy Draco. Mi clase es Bestia. Serviré a tus órdenes, mi querido Maestro… por ahora.”

Sin siquiera esperar a que Rubén respondiera, un contrato se forjó. Rubén sintió una oleada de energía abrumadora, diferente a todo lo que había experimentado antes, anclándose a su alma. No era el vínculo de compañerismo que sentía con Koyuki, ni la conexión de Ddraig. Era una cadena de autoridad y sumisión, un juramento forjado en el poder bruto.

En su pestaña de relaciones, bajo la nueva categoría de “Servants”, apareció una entrada ominosa:

Nombre: Draco (Bestia I/R)

Clase: Beast

Descripción:Intrigada por la naturaleza del Caminador de Umbrales. Considera a Rubén una posesión fascinante. Su lealtad es condicional a su continua fascinación y a que no la subestime.

Nivel de Lealtad:35%

Interés Romántico:5% (Posesivo/Imperial)

Bonus de Estadísticas:

· Aumento del 5% a todas las estadísticas del Maestro.

· Aumento del 15% al daño infligido a Servants de las Siete Clases Standard (Saber, Archer, Lancer, Rider, Caster, Assassin, Berserker).

· Debuff del 15% a la defensa y daño contra Servants de Clases Extra (Alter Ego, Pretender, Avenger, Foreigner, Ruler, MoonCancer, Beast).

Olga y Roman estaban mudos. Finalmente, Olga encontró la voz. “¿B-Bestia? ¿Qué… qué es eso? ¿Una nueva clase? ¿Cómo es posible?”

Draco se rió, un sonido como campanillas envenenadas. “El mundo es más vasto de lo que tu limitada comprensión puede abarcar, pequeña directora. No necesitas entenderlo. Sólo aceptarlo.”

Rubén se obligó a respirar. Esto era… complicado. Estadísticamente imposible. Pero allí estaba. Había invocado a un ser que estaba, por definición, por encima de las reglas del sistema. Una criatura cuyo mero propósito era la perdición de la humanidad, ahora atada a él.

“Bien… Draco,” dijo Rubén, manteniendo su voz firme a pesar del torbellino interno. “Soy Rubén González. Bienvenida al equipo.”

Draco sonrió, una expresión que no llegaba a sus fríos ojos de reptil. “Oh, prometo que será… divertido.”

El silencio incómodo que siguió fue interrumpido por un grito agudo y el retumbar de pasos. De entre las ruinas, figuras esqueléticas con armaduras y espadas oxidadas emergieron, sus órbitas oculares vacías ardiendo con una luz maligna. Eran Soldados Esqueletos, las fuerzas básicas de esta Singularidad.

“¡Enemigos!” gritó Mash, poniéndose en guardia con su escudo.

“¡Fujimaru, da órdenes!” ordenó Olga.

“¡Saber, Mash, al frente!” ordenó Ritsuka, su voz ganando confianza.

Artoria blandió su espada invisible, el aire distorsionándose a su alrededor. “¡Como ordene mi Maestra!”

Pero antes de que cualquiera de ellas pudiera moverse, una voz infantil y arrogante cortó el aire.

“¡No hace falta que se molesten, falso rey!” anunció Draco. Levantó su mano, y el Santo Grial que sostenía brilló. “¡Permitan que les muestren el poder de una verdadera Emperatriz! ¡Aestus Domus Aurea… incipiente!”

El mundo a su alrededor se distorsionó. No fue una manifestación completa de su Mar de Flores, sino una burbuja de realidad que se imponía sobre Fuyuki. El cielo se tiñó de dorado y carmesí, y el suelo bajo los esqueletos se convirtió en un mosaico de deseos decadentes. Pilares de energía dorada surgieron del suelo, envolviendo a los monstruos no-quemándolos, sino desintegrándolos a nivel conceptual, negando su misma existencia con un poder absoluto y despiadado.

En menos de un segundo, la horda de esqueletos había desaparecido, sin dejar rastro de polvo.

Todos se quedaron paralizados, excepto Rubén y Draco. Ella bajó la mano, sonriendo satisfecha. “Ves, Maestro? Eficiencia.”

Rubén miró a la Bestia a su lado, luego a Koyuki, cuya expresión era una mezcla de asombro y profunda preocupación, y finalmente a Ritsuka y Mash, que lo miraban con una mezcla de gratitud y aprensión. Su vida en Dragon Ball Z había sido aterradora por su impotencia. Su tiempo en Hunter x Hunter le había dado poder a través del esfuerzo. Pero ahora, en Chaldea, se encontraba en una cuerda floja sobre un abismo de poder divino y maldad, con una emperatriz-niña-dragón-bestia como su “leal” sirviente, una novia celosa y poderosa, y el destino de la humanidad en sus manos.

Suspiró profundamente, una sonrisa resignada y un poco alocada asomando a sus labios. La Singularidad de Fuyuki acababa de volverse infinitamente más interesante, y más peligrosa, de lo que nadie, excepto quizás él, podría haber imaginado. El camino por delante estaba pavimentado con umbrales que ni siquiera él había soñado con cruzar, y el primer paso, junto a Draco, ya estaba dado.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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