El viajero interdimensional - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capitulo 26: Incineración de la humanidad
El recorrido por los inmaculados pasillos de Chaldea continuó, con Mash Kyrielight haciendo las veces de anfitriona consciente de su deber. La tensión que Rubén sentía, como un cable de acero tirante en su espalda, no parecía afectar a la joven Shielder. Ella, en un intento por llenar el silencio incómodo y ser cortés, comenzó a hablar con una amabilidad genuina.
“Chaldea puede parecer un poco fría al principio,” comentó, su voz suave contrastando con la esterilidad del entorno. “Pero todos aquí están dedicados a un propósito muy importante: preservar el futuro de la humanidad. El personal es muy amable, y el Dr. Roman siempre está dispuesto a ayudar, aunque a veces se distrae un poco.” Una sonrisa tímida asomó a sus labios. “La Directora Marie puede ser… estricta, pero solo quiere lo mejor para la organización.”
Koyuki, caminando al lado de Rubén, escuchaba con atención. Sus ojos analíticos escudriñaban cada puerta, cada cámara de seguridad, cada salida potencial. Para ella, este no era un lugar de trabajo; era una fortaleza bajo un asedio invisible, y cada detalle era crucial. Asentía ocasionalmente a las palabras de Mash, pero su mente estaba en la retirada calculada de Lev Lainur. El hombre del abrigo verde había desaparecido, pero su presencia fantasmal aún colgaba en el aire. Rubén no necesitaba decirle nada; la reacción instintiva de su cuerpo y la advertencia sorda de Ddraig eran más que suficientes para ponerla en máxima alerta. Cualquier interacción con ese individuo desde ahora sería tratada con la precaución de quien pisa un campo minado.
Finalmente, Mash se detuvo frente a una puerta marcada con un símbolo médico y la palabra “ENFERMERÍA”. Desde el interior, filtrados por el metal, llegaban sonidos familiares para cualquiera que conociera la dinámica de Chaldea: la voz aguda y furiosa de una mujer y las excusas placenteras de un hombre.
Mash dejó escapar un suspiro de resignación. “Ahí van de nuevo,” murmuró, antes de tocar suavemente el panel de la puerta, que se deslizó con un suave silbido.
La escena que se reveló era exactamente como Rubén la había visualizado. Olga Marie Animusphere, con su impecable uniforme blanco y negro y su cabello plateado recogido en un severo moño, estaba plantada frente al escritorio, sus mejillas teñidas de un rojo furibundo.
Frente a ella, Romani Archaman, con su túnica de médico y su cabello rosado despeinado, se encogía en su silla con una sonrisa nerviosa, rodeado de envoltorios de donas y con una pantalla que mostraba claramente un juego de apuestas hípicas.
“¡Romani! ¡Esto es inaceptable! ¡Tenemos calibraciones de rayos en una hora y tú estás aquí, holgazaneando y… ¡¿comiendo donas again?!” gritaba Olga Marie, golpeando la palma de su mano con el puño.
“P-Per-Directora, es mi descanso, y solo estaba revisando unos… datos metabólicos… muy importantes,” tartamudeó Romani, escondiendo rápidamente un envoltorio de celofán.
Mash carraspeó suavemente. “Disculpen, Directora, Dr. Roman.”
Ambos se giraron hacia la puerta. La ira en el rostro de Olga Marie fue reemplazada por una sorpresa irritada al ver a los dos desconocidos. Romani, por su parte, pareció aliviado por la interrupción.
“Mash? ¿Quiénes son estos?” preguntó Olga Marie, su mirada escrutadora pasando de Rubén a Koyuki, evaluando sus ropas civiles con desaprobación.
Mash procedió a explicar, con la eficiencia de un reporte militar. “Directora, Dr. Roman. Ellos son el Sr. Rubén González y la Sra. Koyuki Akashi. Fou los encontró en el pasillo central. Sin embargo, no aparecen en los registros de ingreso de hoy. El Sr. Lev les sugirió que vinieran con ustedes.”
En ese momento, el corazón de Rubén pareció detenerse. El nombre de Lev había sido pronunciado. Sintió el peso de la mirada invisible del demonio sobre ellos, incluso en su ausencia. Romani se puso serio de inmediato, sus dedos volando sobre el teclado holográfico.
“¿No están en el registro? Eso es… muy extraño,” murmuró el médico, su rostro mostrando genuina preocupación. “El sistema de Chaldea es infalible. A menos que…” Su voz se apagó, y Rubén pudo ver el destello de paranoia en sus ojos. En un lugar como Chaldea, una brecha de seguridad podía significar una catástrofe.
Olga Marie cruzó los brazos, su expresión se volvió peligrosamente fría. “Explíquense. ¿Cómo llegaron aquí? ¿Cuál es su identificación?”
Rubén se esforzó por mantener la calma. “Directora Animusphere, como le dijimos a Mash, llegamos hace poco. Debe de haber un error en el sistema. Nombres, Rubén González y Koyuki Akashi.” Internamente, su mente era un torbellino. Si no aparecían, serían considerados intrusos, posiblemente espías. Las consecuencias podían ir desde la encarcelación hasta algo peor en una instalación de este nivel.
Los segundos se sintieron como horas mientras Romani tecleaba frenéticamente, sus ojos escaneando líneas de código y bases de datos. El silencio en la enfermería era opresivo. Koyuki, al lado de Rubén, mantenía una postura relajada pero lista, sus pies firmemente plantados en el suelo, lista para reaccionar si la situación se tornaba hostil.
Entonces, Romani parpadeó. “¡Ah! ¡Aquí están!” exclamó, con un suspiro de alivio tan profundo que pareció desinflarse. “González, Rubén. Akashi, Koyuki. ¡Asignados al… Equipo B de Masters de Avanzada! Llegada programada… para hoy, pero el sistema los marcó con un código de prioridad baja. Un error de sincronización con el servidor principal. Lo siento mucho, debe de haber sido el último parche de seguridad.”
Rubén contuvo el aliento que no sabía que estaba conteniendo. ¿Cómo era posible? Su habilidad, Caminante de Umbrales, no solo los había transportado, sino que había tejido una identidad para ellos en la realidad de este mundo, integrando sus nombres en los sistemas de Chaldea. Era una capa de protección que ni siquiera había anticipado.
Olga Marie despegó los brazos, su rostro se suavizó ligeramente, aunque la desaprobación no desapareció del todo. “El Equipo B, ¿eh? Llegaron con una semana de anticipación. Los miembros principales del Equipo A ya están aquí y siendo evaluados. Ustedes dos fueron considerados candidatos con potencial decente, pero no al nivel de los genios del Equipo A.” Su tono era frío y factual, no pretendía ser insultante, simplemente estaba estableciendo su lugar en la jerarquía. “Bien, sean bienvenidos a Chaldea. Soy la Directora, Olga Marie Animusphere. Él es el Dr. Romani Archaman, nuestro médico jefe.”
Romani les sonrió con calidez. “¡Un placer! Espero que no tengan que verme a menudo por aquí por razones médicas. Ahora, solo unas preguntas rutinarias: ¿alguna alergia medicamentosa conocida? ¿Problemas cardíacos? ¿Condiciones crónicas?”
Ruben y Koyuki respondieron lo más honestamente posible, inventando donde era necesario. “No, ninguna alergia.” “Salud en general, buena.” Mientras respondían, Olga Marie les dio una breve pero exhaustiva introducción a la misión de Chaldea: la observación del futuro a través de Sheba, la importancia de los Masters y su capacidad para formar contratos con Servants, los Spiritron Graphs…
Finalmente, la “letanía”, como Rubén la llamó mentalmente, terminó. “Mash,” ordenó Olga Marie, “llévalos a sus habitaciones en el ala de residentes del Equipo B. Que se instalen. Mañana comenzarán sus evaluaciones preliminares.”
Mash asintió. “Sí, Directora.”
El recorrido final a través de Chaldea fue más tranquilo. Mash les mostró el comedor, la sala común y finalmente el corredor de las habitaciones. “Esta es la suya, Sr. González,” dijo, abriendo una puerta que revelaba una habitación pequeña, funcional y minimalista. “Y la Sra. Akashi estará justo al lado.” La habitación contigua era idéntica.
“Gracias, Mash,” dijo Rubén, con genuina gratitud.
“De nada. Si necesitan algo, no duden en preguntar. Que tengan una feliz estancia en Chaldea.” Fou, que había estado sentado tranquilamente en el hombro de Rubén durante todo el tiempo, emitió un último “Fou!” antes de saltar al de Mash y desaparecer con ella por el pasillo.
En el momento en que la puerta de la habitación de Koyuki se cerró, Rubén entró rápidamente en la de ella, asegurándose de que estuviera bloqueada. El rostro calmado que había mantenido se descompuso en una expresión de grave preocupación.
“Koyuki,” comenzó, su voz era un susurro urgente. “El mundo en el que caímos… es un nido de víboras.”
Ella lo miró, sus ojos oscuros brillando con intensidad. “Ese hombre, Lev. Es el enemigo, ¿verdad?”
“Sí. Y es mucho más que un simple saboteador.” Y entonces, Rubén lo soltó todo. Le habló de la Incineración de la Humanidad, del Rey Demonio Goetia y su plan para incinerar la historia y recrear el mundo. Le explicó el concepto de los Singularities, las distorsiones en el tiempo que tendrían que corregir. Le habló de los Servants, héroes legendarios invocados como espíritus para luchar por ellos, y de la Grand Order, la misión última para salvar la humanidad.
“¿Y ese hombre… Lev?” preguntó Koyuki, su rostro era una máscara de concentración.
“Es uno de los pilares de Goetia. En unos días, traicionará a Chaldea. Actuará desde dentro, destruyendo los sistemas y asegurándose de que seamos los únicos sobrevivientes, atrapados en una misión imposible mientras el mundo arde.” La voz de Rubén temblaba ligeramente al describir la magnitud de la traición.
Koyuki, la guerrera, vio la solución obvia. Sus ojos se endurecieron. “Entonces lo detenemos. Ahora, mientras duerme. Acabamos con la amenaza en su origen.”
Rubén negó lentamente, con un pesar profundo en sus ojos. “No podemos.”
“¿Por qué no?” preguntó ella, un destello de frustración en su voz. “Si sabemos lo que hará…”
“Porque si lo hacemos,” explicó Rubén, “cambiamos el curso de la historia de este mundo de una manera que no podemos predecir. La Grand Order debe suceder. Es la única forma en que la humanidad tiene una oportunidad de sobrevivir. Si detenemos a Lev ahora, Goetia simplemente encontrará otra forma, quizás una peor. Nosotros… nosotros tenemos que pasar por el fuego. Tenemos que sobrevivir a la explosión, a la caída, y convertirnos en los últimos Masters de Chaldea.”
Miró a Koyuki directamente a los ojos. “Y hay otra razón, una más egoísta. La escala de poder aquí… Koyuki, los enemigos que enfrentaremos, los Servants, los Reyes Demonios… su poder es comparable al de los dioses destructores de planetas de nuestro mundo. Incluso con nuestro Nen, incluso con mi Boosted Gear, no somos rival para ellos. No sin un Servant a nuestro lado. Nuestra única esperanza es seguir el guión, convertirnos en Masters, formar un contrato y ganar poder a través de las Singularities. Es la única forma de volvernos lo suficientemente fuertes no solo para salvar este mundo, sino para sobrevivir al nuestro.”
Koyuki guardó silencio por un largo momento, procesando la abrumadora verdad. No era solo una misión; era una prueba existencial. Tenían que permitir que una catástrofe sucediera, sobrevivir a ella, y luego cargar con el peso de salvar todo lo que quedaba. Era una lógica retorcida y desgarradora, pero la entendió. Como guerrera, entendió la diferencia entre una batalla táctica y una guerra estratégica. Esta era una guerra por la realidad misma.
Finalmente, asintió. Su expresión era de determinación resignada. “Entiendo. Jugaremos nuestro papel. Seremos los fantasmas en esta máquina, sobreviviremos al fin del mundo y lucharemos en las ruinas.” Se acercó a él y tomó su mano. “Juntos.”
Rubén apretó su mano, un alivio inmenso inundándolo al ver que ella comprendía la magnitud y la terrible paradoja de su situación. Estaban atrapados en una profecía, bailando en el filo de la navaja de la historia. El escenario estaba listo, los actores en su lugar, y el telón estaba a punto de levantarse para el primer acto de la tragedia. Y ellos, dos caminantes de umbrales en un mundo condenado, tenían que asegurarse de que el final no fuera el que el villano había escrito.
Los días en Chaldea se convirtieron en una rutina meticulosamente coreografiada, un ballet de pruebas, entrenamiento y observación silenciosa. Para Rubén y Koyuki, cada momento era una oportunidad para fortalecerse y afinar sus estrategias para el cataclismo que sabían que se acercaba.
Las evaluaciones preliminares para los candidatos a Master del Equipo B comenzaron, y fue aquí donde la naturaleza de su poder realmente brilló. Mientras los otros candidatos luchaban por activar sus rudimentarios Circuitos Mágicos, canalizando ínfimas cantidades de mana con gran esfuerzo, Rubén y Koyuki operaban en una liga completamente diferente.
El Nen, la energía vital que emanaba de su propio ser, no requería de los anticuados y a menudo defectuosos Circuitos Mágicos que la familia Animusphere y Chaldea utilizaban como métrica. Cuando se les pidió que demostraran su capacidad para sostener un suministro de energía, Rubén simplemente activó su Ten. Una capa estable e impenetrable de aura lo envolvió, tan densa y controlada que los sensores de Spiritrones de Chaldea se saturaron momentáneamente, interpretando la señal como una reserva de mana anormalmente estable y potente. Koyuki, por su parte, demostró un Ren explosivo pero perfectamente contenido, una demostración de poder bruto que hizo que los técnicos se rascaran la cabeza.
Olga Marie, observando desde la sala de control, no podía ocultar su perplejidad. “¿Qué está pasando aquí, Romani? Sus lecturas… no se corresponden con ningún patrón de Circuito Mágico conocido. Es como si su energía surgiera de su propia existencia física, no de un sistema esotérico heredado.”
Romani, mordisqueando una dona de fresa, asintió con interés. “Es fascinante. Es casi… más puro. Menos dependiente de la herencia y más del cultivo personal. Tu padre, el anterior director, siempre teorizó sobre formas de energía alternativas, pero… ¿habrá cometido un error al subestimarlos para el Equipo A? Su potencial es, como mínimo, comparable al de Kadoc o a la Srta. Animusphere.”
La mención de su difunto padre hizo que Olga frunciera el ceño. Era un tema delicado. Miró las pantallas, donde Rubén y Koyuki completaban las pruebas de resistencia y compatibilidad con una facilidad exasperante. Una punzada de duda cruzó su mente. ¿Había pasado por alto dos joyas en bruto debido a prejuicios sobre sistemas mágicos no tradicionales? Pero era demasiado tarde para cambios. El Equipo A estaba sellado.
Mientras tanto, Rubén y Koyuki ejecutaban su plan de evasión a la perfección. Lev Lainur era una sombra que evitaban con la precisión de un radar. Si él entraba en un comedor, ellos salían. Si lo veían en un pasillo, tomaban una ruta alternativa. Sus miradas nunca se cruzaban, pero la sensación de ser observados por el demonio era constante, una presión sutil que solo su agudeza entrenada podía detectar.
«El gusano sospecha,» comentó Ddraig en la mente de Rubén durante una sesión de meditación. «Sabe que lo evitan. Su orgullo de demonio se resiente. Tened cuidado. Una bestia acorralada es más peligrosa.»
“Lo sé,” pensó Rubén en respuesta. “Pero no podemos darle una razón para que actúe antes de tiempo. Solo tenemos que aguantar un poco más.”
Sus tiempos libres los dedicaban a entrenar en los simuladores de combate de Chaldea, con el permiso renuente de Olga, quien veía su “método de cultivo físico” como poco ortodoxo pero innegablemente efectivo. Allí, lejos de miradas indiscretas, practicaban con su Nen. Rubén estaba en la fase final de su Hatsu. El concepto de su “Persona”, un sistema de buffos y habilidades inspirado en sus videojuegos favoritos, estaba completamente esbozado en su mente. Las mecánicas eran claras: una invocación que no consumía Nen para materializarse, pero cuyas habilidades sí drenarían su reserva, con efectos potenciados. Solo le faltaba el toque final: la forma.
Rebobinó mentalmente los diseños de las Personas iniciales de Persona 3, 4 y 5. Orpheus, Izanagi, Arsène… Cada uno tenía una estética única. Pero fue el diseño de Izanagi, del Persona 4, el que resonó con más fuerza en su ser. La figura esculpida en plata y negro, con su postura erguida y desafiante, su largo cabello plateado y esa mirada serena pero poderosa. Encarnaba la rebelión contra el destino y la búsqueda de la verdad, conceptos que se alineaban perfectamente con su propia lucha como Caminante de Umbrales contra un futuro apocalíptico. Decidió que esa sería la forma de su Persona.
Koyuki, por su parte, exploraba los límites de su afinidad como Conjuradora. Su narcisismo y necesidad de control se reflejaban en sus creaciones. No quería un arma, quería un arsenal. Experimentó materializando diferentes armas, cada una con condiciones únicas y draconianas que, al cumplirse, maximizaban su potencia.
Un puñal silencioso que solo podía ser usado desde un ángulo ciego y cuyo filo se volvía capaz de cortar el acero si el oponente había subestimado verbalmente su habilidad.
Un escudo de hielo que solo se materializaba para bloquear un ataque que ella hubiera previsto con al menos tres segundos de antelación, volviéndose temporalmente indestructible.
Un lazo de energía que solo podía inmovilizar a un objetivo que hubiera fallado un ataque previo contra ella, aprovechando su momento de vulnerabilidad.
La única condición universal que aplicaba a todas sus creaciones era un juramento grabado en su propia alma: “Ninguna de mis creaciones podrá, por acción u omisión, causar daño a Rubén González o a mí misma.” Era una cláusula de seguridad absoluta, un reflejo de la lealtad inquebrantable que definía su relación.
Finalmente, llegó el día. Rubén, en la privacidad de su habitación, cerró los ojos. Visualizó cada línea de código de su Hatsu, cada flujo de energía, cada detalle de Izanagi. Respiró hondo y, por primera vez, no solo lo conceptualizó, sino que lo materializó.
Un ser de unos dos metros y medio de altura se materializó a su espalda. No era una ilusión; era tangible, una figura esculpida en plata y sombras, con un largo cabello plateado que flotaba como en una brisa etérea. Sus brazos cruzados transmitían una calma imponente, y sus ojos cerrados sugerían un poder latente. Izanagi estaba aquí. Rubén podía sentir la conexión, un nuevo canal de poder que ahora formaba parte de su ser. No lo usaría a la ligera; sería su carta definitiva en las batallas que se avecinaban.
Unos días después, mientras caminaba por los pasillos hacia el comedor, Rubén vio a Mash. Pero no estaba sola. A su lado, hablando con una timidez amable pero con una chispa de determinación en los ojos, estaba una joven de cabello naranja y rostro amable. Ritsuka Fujimaru. La versión femenina.
El corazón de Rubén dio un vuelco. Allí estaba. La piedra angular. La protagonista de esta historia de dolor y esperanza. Verla confirmó la línea temporal y solidificó la realidad de lo que estaba por venir. La historia estaba en movimiento, y ya no había vuelta atrás.
Esa noche, en la habitación de Koyuki, con la puerta asegurada, Rubén se reunió con ella por última vez antes del caos.
“La he visto,” dijo, su voz grave. “Ritsuka. Es hoy. O mañana a más tardar. Flauros no esperará.”
Koyuki asintió, sus ojos brillaban con una calma mortal. “El plan está listo.”
Su estrategia no era cambiar el destino, sino navegarlo con una ventaja. Sabían que la explosión inicial y el colapso de Chaldea eran inevitables. Su objetivo era triple:
Posicionamiento: Asegurarse de estar lo más cerca posible del Rayshift Chamber cuando ocurriera el sabotaje, para no quedar separados o atrapados en una zona de peligro.
Protección de Activos: Usar su Nen para proteger sus cuerpos de la explosión inicial y de los escombros mejor de lo que lo haría un escudo mágico convencional. El Ten experto de Rubén y la capacidad de Koyuki para conjurar barreras momentáneas serían cruciales.
Observación: Mantenerse cerca de Mash y Ritsuka sin interferir. Ellas eran el núcleo. Su supervivencia y su unión eran la prioridad absoluta.
“No podemos salvar a todos,” recordó Rubén, con amargura. “Olga… Romani… muchos morirán. Nuestro trabajo es asegurarnos de que nosotros, Mash y Ritsuka, sobrevivamos para llegar a Fuyuki.”
Koyuki puso una mano en su hombro. “Es una carga pesada. Pero no la cargarás solo.”
La miró, y en sus ojos encontró la fuerza que necesitaba. Ella era su roca, su rival, su amante. Juntos, eran más que la suma de sus partes. Con Ddraig en su interior e Izanagi a sus espaldas, se sentía tan preparado como podía estarlo para enfrentar el fin del mundo.
El aire en Chaldea, siempre estéril, ahora parecía cargarse con una electricidad ominosa. El silencio no era pacífico; era el silencio de la calma antes de la tormenta. Una tormenta de fuego, traición y cenizas que se avecinaba, y en cuyo ojo se encontrarían ellos, los Caminantes de Umbrales, listos para escribir su propio capítulo en la Grand Order. El destino de la humanidad pendía de un hilo, y ellos estaban listos para sostenerlo.
El aire en la habitación de Rubén era denso, cargado no por la ansiedad, sino por la concentración pura. Él y Koyuki estaban sentados espalda con espalda en el suelo, sus ojos cerrados, respirando al unísono. No meditaban para calmar sus nervios, sino para afilar su arma más poderosa: su Nen. Visualizaban su aura, ese torrente de energía vital, no como un escudo estático, sino como una armadura viviente, dinámica y reactiva. Rubén imaginaba su Ten experto, ese bonus pasivo del +65% a todas sus estadísticas, no como un número, sino como una segunda piel de acero espiritual, capaz de absorber y disipar impactos brutales. Koyuki, por su parte, refinaba su control, asegurándose de que su propio Ten fuera tan eficiente como el de él, una red elástica lista para contener la metralla y el fuego.
«El olor a traición es más denso que nunca,» rugió Ddraig en la mente de Rubén, su voz era un bajo continuo de alerta. «El aire huele a azufre y a corazones humanos apagándose. ¡Prepárate, Portador!»
No hubo necesidad de más advertencias. Un suave tono de alerta sonó en el interfono de la habitación. La voz de Da Vinci, artificialmente alegre, los convocaba al Centro de Comando para la sesión informativa. Era la hora.
Se miraron. No hubo palabras. Un asentimiento, un destello de determinación en sus ojos, y se pusieron en pie. Caminaron por los pasillos con una calma que contrastaba con el bullicio habitual de Chaldea. Otros empleados pasaban apresurados, pero ellos se movían con la precisión de dos depredadores que saben que la trampa está a punto de cerrarse.
Al llegar al Centro de Comando, el vasto espacio circular con su pantalla holográfica central, se dirigieron directamente a los asientos del frente, tal como lo habían planeado. Se sentaron, sus posturas erguidas pero no rígidas. Rubén podía sentir el peso de las miradas: la de Olga Marie, impaciente; la de Romani, nerviosa; y, sobre todo, la gélida y calculadora mirada de Lev Lainur, que observaba desde las sombras con una sonrisa de comisario fina y desagradable.
Mash llegó poco después, saludándolos con una pequeña inclinación de cabeza antes de tomar su lugar. La tensión en el ambiente era palpable. Rubén deslizó su mano hacia la de Koyuki, entrelazando sus dedos. No era un gesto de miedo, sino de conexión. Sentir su firmeza, el flujo constante de su Nen, lo anclaba a la realidad. Sabía que su energía los protegería. Las explosiones, por poderosas que fueran, eran fenómenos puramente físicos, mundanos. Contra el Nen, una energía de un orden superior forjada en la voluntad y el espíritu, serían como olas rompiendo contra un acantilado. A lo sumo, saldrían con magulladuras o quemaduras superficiales, pero intactos.
Los minutos pasaron. Olga comenzó su discurso, explicando la importancia de la misión, los protocolos del Rayshift… Su voz era un zumbido lejano para Rubén, que escaneaba mentalmente la sala, identificando puntos estructurales débiles, rutas de escape, la ubicación exacta de cada persona.
Entonces, las puertas del elevador se abrieron de par en par. Una joven de cabello naranja, jadeando y con el rostro sonrojado, irrumpió en la sala. Ritsuka Fujimaru. Llegaba tarde.
“¡Fujimaru!” La voz de Olga cortó el aire como un látigo. “¡Tu falta de puntualidad es una falta de respeto a toda Chaldea! ¿Tienes alguna idea de la importancia de esta reunión?”
Ritsuka se disculpó entre jadeos, agachando la cabeza. Rubén observó la escena con una mezcla de empatía y fatalismo. Esta pequeña comedia humana era el preludio de la tragedia. Ritsuka se apresuró a tomar asiento, pero la fatiga y el estrés de su llegada apresurada, combinados con el monótono discurso de Olga, hicieron mella en ella. Poco a poco, su cabeza comenzó a inclinarse, sus párpados a pesar… hasta que se quedó dormida.
Olga Marie, al verla, estalló. “¡¿FUJIMARU?! ¿ESTÁS DURMIENDO EN MI SESIÓN INFORMATIVA? ¡ESTO ES INCREÍBLE!” Su grito hizo temblar los cristales de la sala.
Ritsuka se despertó sobresaltada, balbuceando disculpas. Rubén sabía lo que venía. Siguiendo el guión, Olga, furiosa, ordenó a Ritsuka que abandonara la sala inmediatamente para ser reprendida en privado. La chica salió cabizbaja, y una pesada quietud cayó sobre el Centro de Comando.
Fue entonces cuando Rubén susurró a Koyuki, tan bajo que solo ella podía oírlo. “Ahora.”
Ambos cerraron los ojos por un instante. No para rezar, sino para activar sus defensas al máximo. Su Ten se intensificó, volviéndose tan denso que el aire a su alrededor pareció vibrar levemente. Pero Rubén no se detuvo allí. Era el momento de probar su Hatsu.
“Izanagi,” murmuró mentalmente.
La figura plateada y negra se materializó a su espalda, silenciosa e imponente, sus ojos cerrados. Solo Rubén y Koyuki podían percibirla. Con un acto de voluntad, Rubén canalizó su Nen a través de su Persona.
“Marakukaja!” Una onda de energía verde y tranquilizadora emanó de Izanagi y se extendió sobre Rubén y Koyuki. Sintieron cómo su resistencia física, su defensa, se elevaba a un nuevo nivel, reforzando su Ten ya formidable.
“Masukukaja!” Una segunda onda, esta vez de color cyan, los envolvió. Sus sentidos se agudizaron al extremo, y una sensación de agilidad sobrehumana los invadió. Sus reflejos estaban ahora afinados para esquivar incluso los escombros más veloces.
En el preciso instante en que los buffs se activaron, el infierno se desató.
Una explosión sorda, seguida de otra, y luego una cadena ensordecedora de detonaciones sacudió los cimientos de Chaldea. Las luces parpadearon y se apagaron, sumiendo la sala en una penumbra rota por las llamas anaranjadas y las chispas de los equipos electrocortocircuitados. El techo comenzó a colapsar, enviando vigas y paneles de metal llameantes hacia abajo. Las pantallas estallaron y el griterío de los técnicos fue ahogado por el estruendo.
Pero en el epicentro del caos, donde Rubén y Koyuki estaban sentados, sucedía algo milagroso. Los escombros que caían sobre ellos se estrellaban contra un muro invisible, desviándose o astillándose contra la barrera de Nen potenciada por Marakukaja. Las llamas lamían su aura, pero no podían traspasarla; el calor se convertía en una molestia lejana, como el sol de un verano intenso. Gracias al Masukukaja, sus cuerpos se movían con una fluidez instintiva, esquivando los trozos de metal al rojo vivo que salían disparados como proyectiles.
Permanecieron en sus asientos, intactos, como dos islas de calma en un mar de destrucción. Observaron, con una serenidad aterradora, cómo el mundo a su alrededor se convertía en un infierno. Vieron a Romani gritando órdenes contradictorias antes de que una explosión lo derribara. Vieron a Lev Lainur, de pie en medio del caos, con una sonrisa de triunfo absoluto y desprecio, antes de desaparecer en la oscuridad.
Cuando las explosiones cesaron, dejando un silencio roto solo por el crepitar de los incendios y los gemidos de los heridos, el Centro de Comando era un cementerio humeante. Rubén y Koyuki se pusieron de pie entre los escombros, sin un rasguño. Su ropa estaba intacta. El poder del Nen había sido tan abrumadoramente superior a la destrucción física que era casi absurdo.
Entonces, Rubén escuchó un débil quejido. Mash. Su mirada se dirigió a un montón de vigas y cables retorcidos. Sabía que este era el momento en que podían intervenir. Salvar a Mash no cambiaría el curso de la historia; era parte de él. De hecho, era esencial.
“Allí,” dijo a Koyuki, señalando.
Se acercaron al montón de escombros. Rubén se agachó, y sus manos, recubiertas de un Shu intenso que potenciaba su fuerza y protegía su piel, se cerraron alrededor de una viga de acero del tamaño de un árbol pequeño. Con un gruñido de esfuerzo que no era solo físico sino también de pura voluntad, la levantó como si fuera de cartón. La potencia de su estadística de Fuerza, potenciada por su Ten y los buffos de Izanagi, era monumental.
Koyuki, con la agilidad aumentada por el Masukukaja, se deslizó bajo el espacio liberado y, con cuidado pero con firmeza, arrastró a Mash hacia la seguridad. La Shielder estaba inconsciente, su armadura estaba abollada y su cuerpo sangraba por múltiples heridas. Su respiración era superficial y entrecortada. No sobreviviría sin ayuda inmediata.
En ese momento, la puerta del Centro de Comando, medio derribada, se abrió de un golpe. Ritsuka Fujimaru apareció en el marco, su rostro pálido y lleno de horror.
“¡Mash!” gritó, pero su voz se atascó en la garganta al ver la escena: dos extraños, a los que apenas reconocía como compañeros del Equipo B, de pie entre las ruinas, ilesos, con Mash herida pero a salvo en brazos de Koyuki.
“E-está viva,” dijo Rubén, su voz era grave pero calmada, un contraste surrealista con el entorno. “Pero está muy mal.”
Antes de que Ritsuka pudiera responder, las puertas restantes del Centro de Comando se cerraron de golpe con un chirrido metálico. Un resplandor azul eléctrico llenó la sala, y la voz distorsionada de Romani, desde algún panel de emergencia que aún funcionaba, resonó en la sala.
“¡…Protocolo de Rayshift de emergencia activado! ¡Todos los sistemas… fallando! ¡La Singularidad F… Fuyuki… es el único destino posible! ¡Cuenta regresiva iniciada!”
Ritsuka miró a su alrededor, aterrada. Solo estaban ellos cuatro en la sala: ella, Mash inconsciente, y los dos enigmáticos supervivientes, Rubén y Koyuki, que la miraban no con pánico, sino con una determinación resignada.
El zumbido del Rayshift se intensificó, llenando sus oídos. El mundo comenzó a desdibujarse, a desintegrarse en un torbellino de luz y datos.
Rubén sintió la mano de Koyuki buscando la suya una vez más. Miró a Ritsuka, la chica que debería cargar con el peso del mundo, y luego a la Mash herida que yacía en el suelo. No habían cambiado el destino, pero habían llegado a él con una ventaja. Estaban intactos, eran fuertes, y ahora formaban parte del núcleo de los últimos Masters de Chaldea.
El zumbido se convirtió en un rugido, y la realidad se disolvió. Cuando la luz los envolvió por completo, Rubén supo que su primera batalla en la Grand Order no sería en Fuyuki, sino que acababa de terminar. Y la habían ganado. Ahora, la verdadera lucha por la historia humana estaba a punto de comenzar.
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La transición del Rayshift fue un desgarro violento de la realidad, una sensación de ser disueltos y recombinados en un molde de pesadilla. Cuando la luz cegadora y el zumbido ensordecedor cesaron, Rubén y Koyuki se encontraron de rodillas, jadeando, en un suelo agrietado y cubierto de cenizas.
El aire era espeso y picante, una mezcla nauseabunda de humo, carne quemada y una oscuridad mágica que se adhería a la garganta. Abrieron los ojos a un paisaje dantesco. No era una ciudad en ruinas; era un cadáver de ciudad. Esqueletos de edificios se alzaban contra un cielo perpetuo de rojo y negro, como si el mismo firmamento estuviera sangrando. Calles enteras estaban cubiertas por un manto de llamas bajas y persistentes que no consumían, solo ardían con una rabia silenciosa. Pero lo más horripilante eran las estatuas. No eran de piedra, sino de carne y ropa carbonizadas, preservadas en sus últimos momentos de agonía. Algunas, con las bocas abiertas en un grito eterno, miraban con terror hacia el centro de la ciudad. Otras, capturadas en medio de la huida, tenían sus cuerpos retorcidos en un intento inútil de escapar de una amenaza invisible. Era una galería de horror congelado, un testimonio mudo de una aniquilación instantánea y total.
Rubén se giró inmediatamente hacia Koyuki, sus manos buscando las de ella. “¿Estás bien?” Su voz era áspera por el aire contaminado.
Ella asintió, aunque sus ojos, usualmente tan llenos de confianza, reflejaban el horror del paisaje. La escala de la destrucción era algo que ni la Torre Celestial había podido igualar. En respuesta a su preocupación, se inclinó y le plantó un beso suave y rápido en la mejilla. “Estoy bien. Contigo aquí, este infierno es solo otro campo de entrenamiento.” Su sonrisa era un faro de determinación en la oscuridad.
El momento de ternura fue brutalmente interrumpido por un sonido siniestro y familiar para cualquier jugador de videojuegos de fantasía: un traqueteo seco y huesudo. Del suelo carbonizado, como brotando de la tierra misma, emergieron docenas de esqueletos. Sus cuencas vacías se fijaron en los recién llegados, y sus huesos, sostenidos por una energía profana, chirriaban con cada movimiento. Empuñaban espadas oxidadas y hachas melladas.
Sin necesidad de comunicarse, Rubén y Koyuki se pusieron en guardia. Sus auras de Nen se activaron simultáneamente, envolviéndolos en un resplandor apenas visible para los sentidos normales, pero que para ellos era una segunda piel de poder absoluto.
“Yo me encargo de los de la izquierda,” dijo Koyuki, su voz era ahora la de la guerrera de la Torre.
“Los de la derecha son míos,”afirmó Rubén, una sonrisa feroz en sus labios.
Se lanzaron a la batalla. Para ellos, estos esqueletos, los siervos más débiles de la Singularidad, eran un chiste. Koyuki se movió como un torbellino, sus patadas, ahora potenciadas por el Nen, destrozaban cráneos y columnas vertebrales con la facilidad de quien aplasta uvas. Cada patada circular, cada talonazo preciso, era un movimiento de su Danza de la Garza Escarlata, adaptada para aniquilar no-vivos. Rubén, por su parte, era eficiencia pura. No necesitaba la Hermana Oscura para esto. Sus puños y codos, reforzados por su Ten y su fuerza sobrehumana, reducían a los esqueletos a montones de huesos astillados. Un golpe directo hacía añicos una caja torácica; una patilla baja desintegraba una pelvis.
Mientras combatían, Rubén notó con una parte de su mente los pequeños números que aparecían en su interfaz mental. +180 EXP… +155 EXP… +190 EXP… Derrotó a 42 esqueletos. Koyuki, con su estilo más expansivo, acabó con una cantidad similar. Comparado con la experiencia obtenida de los maestros de la Torre Celestial, era una miseria. Esto confirmaba que los enemigos más débiles aquí darían pocas recompensas; la verdadera experiencia estaría en los Servants y los seres más poderosos.
Una vez que el último esqueleto se desmoronó en polvo blanco, un silencio inquietante volvió a caer sobre el páramo. No sabían dónde estaban, ni qué dirección tomar. Hasta que, llevado por el viento cargado de ceniza, llegó un sonido: el metálico choque de armas, unos gruñidos guturales y, inconfundible, la voz aguda y desesperada de Olga Marie Animusphere gritando órdenes.
“¡Por todos los cielos, Shielder! ¡Mantén la línea! ¡Fujimaru, quédate detrás de mí!”
Intercambiando una mirada, Rubén y Koyuki echaron a correr. Recorrieron calles devastadas, esquivando escombros y las aterradoras estatuas humanas. Los sonidos de combate se hicieron más fuertes, más urgentes. Al doblar una esquina, la escena se desarrolló ante ellos.
En una plaza relativamente despejada, Mash Kyrielight, ahora vestida con su armadura de Shielder blanca y púrpura y blandiendo su enorme escudo, Galahad, luchaba contra una horda de esqueletos. Su estilo era defensivo, contundente, pero la cantidad de enemigos era abrumadora. Detrás de ella, Ritsuka Fujimaru, pálida y temblorosa, gritaba palabras de aliento, pero era evidente su impotencia. No tenía el entrenamiento ni los Circuitos Mágicos para lanzar hechizos de apoyo.
Y luego estaba Olga Marie. Con el rostro desencajado por el esfuerzo y el dolor, lanzaba pequeños rayos de energía mágica con sus manos. Cada hechizo parecía costarle un esfuerzo sobrehumano; sus Circuitos Mágicos, aunque de buena línea, no estaban acostumbrados a este nivel de estrés continuo. Sudaba profusamente, y su respiración era entrecortada. Estaba en su límite absoluto, protegiendo el flanco de Ritsuka de los esqueletos que lograban pasar por Mash.
Sin vacilar, Rubén y Koyuki intervinieron.
“¡Koyuki,cubre a Olga y a Ritsuka!” ordenó Rubén.
Ella asintió.En sus manos, el aire se distorsionó y una naginata de aspecto mortal y elegante se materializó. No era un arma cualquiera; era su Hatsu, una creación de Nen. La había concebido en ese instante, forjada con la condición de ser supremamente efectiva contra seres de naturaleza oscura o no-muerta, una regla que potenciaba su filo y su capacidad de daño en esta Singularidad.
Mientras Koyuki se abalanzaba sobre los esqueletos que se acercaban por la retaguardia, su naginata trazaba arcos plateados que desintegraban huesos con un solo corte, Rubén se concentró. “Izanagi,” susurró.
La figura plateada y negra apareció a su espalda. Esta vez, Rubén no buscaba defensa. “Matarukaja!” ordenó mentalmente.
Una onda de energía carmesí y dorada, visible solo para los sensitivos a la energía (Mash y, en menor medida, Olga), estalló desde Izanagi y se expandió, envolviendo a los cinco: Mash, Ritsuka, Olga, Koyuki y a él mismo. Inmediatamente, Mash sintió una oleada de poder. Su siguiente golpe con el escudo no solo bloqueó un ataque, sino que hizo añicos a tres esqueletos a la vez, enviando sus restos volando. Olga, por su parte, sintió que su siguiente rayo mágico salió con más fuerza y precisión, pulverizando dos esqueletos que se le acercaban. Se sintió más fuerte, más segura.
Koyuki, ya de por sí letal, se convirtió en un torbellino de destrucción. Su naginata, ahora potenciada, cortaba a través de las huestes esqueléticas como si fueran hierba seca. Rubén, con sus puños, se unió a la refriega, cada golpe suyo ahora era un impacto de artillería.
La batalla, que antes era una lucha desesperada por la supervivencia, se transformó en una operación de limpieza eficiente. En veinte minutos, la plaza estaba limpia. Rubén había derrotado a otros 35 esqueletos, sumando una experiencia aún insignificante pero útil.
Una vez que el último enemigo cayó, el grupo se reunió, jadeante. Olga los miró a Rubén y a Koyuki con una mezcla de alivio y asombro. “¿Ustedes…? ¿Cómo es que están… intactos?”
“Entrenamiento especializado, Directora,” respondió Rubén evasivamente. “Priorizamos la resistencia física.”
Antes de que Olga pudiera presionar más, se giró hacia su terminal de muñeca, intentando contactar a Chaldea. Solo recibió estática. Después de varios intentos frenéticos, la voz entrecortada de Romani logró abrirse paso.
“¡Olga!¡Gracias a Dios! ¿Están bien?”
“¡Romani!¡Claro que no estamos bien! ¿Qué está pasando? ¿Dónde está Lev? ¡Él debería estar al mando!”
“¡Lev…!No lo encontramos, Directora! Lo más probable es que… que estuviera en el epicentro de la explosión. No pudo haber sobrevivido.”
Rubén, al oír esto, intercambió una mirada significativa con Koyuki. No se confíen, decía su mirada. Él está vivo, urdiendo en las sombras. Koyuki le respondió con un leve asentimiento, sus ojos diciendo Lo sé.
Romani continuó, su voz cargada de tristeza. “Los únicos signos vitales que pudimos rastrear después del Rayshift de emergencia son los de ustedes cuatro. Fujimaru, González, Akashi y Mash. Son… los únicos Masters que quedan.”
Olga palideció aún más, si era posible. “¿Yo? Pero… yo no tengo compatibilidad con el Rayshift… ¿Cómo…?”
Rubén contuvo la respiración. Sabía la verdad. La Olga Marie que estaba frente a ellos no era más que un espectro, un alma atrapada en la Singularidad sin un cuerpo físico al que regresar. Estaba muerta, pero su conciencia, su orgullo y su dolor, seguían existiendo, atrapados en este infierno. No podía decírselo. Sería una crueldad infinita. Sintió una mano cálida tomando la suya. Era Koyuki. “Estoy aquí,” susurró ella, sin necesidad de más palabras. Él apretó su mano con fuerza, agradecido por su presencia.
Olga, sacudiendo su confusión, se recompuso con su habitual autoridad. “Bien. Entonces somos los últimos. Para sobrevivir, necesitamos más poder. Mash es una Demi-Servant, pero necesitamos Servants completos. Debemos encontrar una línea ley, un nodo de poder en esta tierra maldita, y usar el sistema de invocación de Chaldea para traer refuerzos.”
Empezó a explicar los principios básicos: cómo las líneas ley concentraban el mana necesario, cómo el sistema de Chaldea podía usar ese poder para llamar a héroes del Trono de los Héroes.
Ritsuka, que había estado escuchando con una expresión de abrumadora confusión, se acercó titubeante a Rubén. Él parecía entender todo con una claridad pasmosa.
“Disculpa,González, ¿podrías…?” comenzó a decir, su voz era un hilo de voz.
Fue en ese preciso instante que el universo, o más bien, la maldita habilidad de Rubén, decidió que era el momento perfecto para una comedia de enredos. Ritsuka, agotada y desequilibrada, tropezó con un pedazo de escombro. Con un grito ahogado, cayó directamente hacia adelante.
Rubén, instintivamente, extendió los brazos para atraparla.
El resultado fue una escena digna del peor de los animes de comedia romántica. Ritsuka terminó encima de Rubén, quien, en su intento por evitar que se cayera, había terminado con una mano agarrando firmemente uno de sus pechos, mientras su otro brazo la rodeaba por la espalda, apretándola contra su pecho. La posición era íntima, comprometedora y terriblemente embarazosa.
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo durante un segundo eterno.
“¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!¡INDECENTE!” chilló Olga, su rostro se sonrojó de indignación.
Ritsuka,completamente escarlata, emitió un grito agudo de sorpresa y vergüenza antes de separarse de él como si lo hubiera electrocutado.
Koyuki simplemente dejó escapar un suspiro largo y sufrido,poniendo los ojos en blanco. “Ahí vamos de nuevo,” murmuró para sí misma, una sonrisa de resignación en sus labios.
Mash,inocente y confundida, solo parpadeó. “¿Senpai? ¿Rubén? ¿Están bien?”
Rubén, mortificado, se puso de pie rápidamente, limpiándose las manos en los pantalones de manera nerviosa. “Fue un accidente, lo juro.”
Pero el daño, o el “beneficio”, según la lógica retorcida de su habilidad, ya estaba hecho. En la pestaña de relaciones de Caminante de Umbbrales, una nueva entrada apareció junto a las de Koyuki y Ddraig.
Fujimaru Ritsuka – Relación: Amigos | Enamoramiento: 5%
Rubén miró a Ritsuka, quien evitaba su mirada, todavía roja como un tomate, y luego a Koyuki, que lo miraba con una expresión que decía “Ya te arreglaré esto después”. Con un suspiro interno, supo que navegar la Grand Order no solo sería una cuestión de sobrevivir a Reyes Demonios y ejércitos esqueléticos, sino también a los impredecibles caprichos de su propia y peculiar maldición. El camino por delante sería largo, sangriento y absurdamente complicado.
Claro, aquí tienes la continuación detallada de la historia.
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El aire en Fuyuki era pesado, cargado con el polvo de la civilización incinerada y el eco silencioso de miles de almas petrificadas. Rubén González, aún con el brazo dolorido por los pellizcos de Koyuki, mantenía una distancia prudente de Ritsuka Fujimaru. El “incidente pervertido” —un tropiezo absurdo, un forcejeo torpe y unas manos en lugares equivocados que habían durado un segundo eterno— seguía flotando entre ellos como un espectro embarazoso. El efecto pasivo de la Boosted Gear y su Suerte de Pervertido habían convertido un accidente en un momento de tensión cargada, elevando el porcentaje de enamoramiento de Ritsuka del 0% a un 5% tangible que Rubén podía sentir en la incomodidad de la chica.
Koyuki, a su lado, caminaba con los brazos cruzados y las mejillas aún ligeramente infladas. No estaba genuinamente furiosa —la barra de su relación con Rubén estaba sólidamente en el 100%, sellada con una rivalidad y un amor feroz—, pero el instinto posesivo de quien había sido la primera y, hasta ahora, única en su dimensión, se agitaba ante una nueva potencial competidora.
“Vamos, no fue tan grave,” murmuró Rubén, bajando la voz.
“Fue lo suficientemente grave como para que ella te mirara como un pastel recién horneado,” refunfuñó Koyuki, sin mirarlo. “Tu maldita ‘suerte’… y ahora ese dragón en tu brazo no ayuda.”
“Boost, no ‘maldita suerte’,” corrigió Ddraig, su voz resonando directamente en la mente de Rubén, una nota de orgullo en su tono. “El encanto del usuario es una característica documentada. Acepta tu destino, compañero.”
“Callar es una opción, Ddraig,” pensó Rubén con firmeza, haciendo que el espíritu del Dragón Rojo emitiera una risotada interna.
La directora Olga Marie Animusphere, ignorando por completo la tensión adolescente, marchaba al frente con determinación. Mash Kyrielight, con su escudo pesado listo, servía como su vanguardia perfecta. La comunicación del Doctor Roman se coló a través de los dispositivos de comunicación.
“¡La leylente está justo delante! ¡Es perfecta!” anunció la voz del doctor.
Olga se detuvo y señaló un claro entre las estatuas humanas. “Mash, despliega tu escudo. Fujimaru, prepárate para la invocación.”
Mash asintió, clavando el borde inferior de su enorme escudo en la tierra. “Desplegando el Círculo de Invocación de Réplicas.”
Ritsuka se acercó, nerviosa, los sellos de comando en el dorso de su mano brillando tenuemente. Roman volvió a intervenir, su voz llena de pánico.
“¡Espera, directora! ¡Es contra las reglas! ¡Un Maestro no puede tener múltiples Servants! La carga mágica, la compatibilidad… es un riesgo incalculable!”
Olga lo cortó con un gesto de la mano, tan afilado como una cuchilla. “En circunstancias normales, tendría razón, doctor. Pero ¿estas se parecen en algo a ‘circunstancias normales’? Si la Humanidad tiene un día menos de existencia, necesitamos toda la fuerza de fuego que podamos reunir. Yo asumiré toda la responsabilidad. Fujimaru, ¡procede!”
Ritsuka, con una mirada de determinación que superaba su nerviosismo, colocó su mano sobre la superficie del escudo. Inmediatamente, orbes de luz azulada, idénticos a los que Rubén veía en su propia pestaña de invocación de Caminador de Umbrales, surgieron y comenzaron a girar, trazando un círculo complejo en el aire. La energía mágica crepitó, el viento arremolinó el polvo a su alrededor, y un pilar de luz blanca se alzó hacia el cielo ceniciento de Fuyuki.
Rubén contuvo el aliento. Había visto esta escena incontables veces en su vida pasada, pero presenciarla en persona era algo completamente distinto. La realidad se distorsionaba, el tejido del mundo cedía ante la llegada de un héroe de otro tiempo.
La luz se disipó. De pie en el centro del círculo, con una armadura azul y plateada, una falda blanca y una capa que se mecía en una brisa inexistente, estaba una figura que Rubén reconocería en cualquier universo, en cualquier realidad. Cabello rubio como el lino, ojos verdes serenos y llenos de una autoridad innata, y una presencia que aplanaba el espacio a su alrededor.
“Servant, Saber,” anunció la mujer con una voz clara y resonante. “He respondido a tu llamado. Pregunto, ¿eres tú mi Maestro?”
Ritsuka, boquiabierta, sólo pudo asentir con fuerza. “S-sí. Yo soy Ritsuka Fujimaru. Un placer conocerte, Saber.”
“El placer es mío,” respondió Artoria Pendragon, inclinando ligeramente la cabeza. Un destello de luz selló el contrato, y Rubén pudo sentir el vínculo formarse, un nuevo hilo en el tapiz de destino que se estaba tejiendo a su alrededor. En su interfaz mental, una nueva entrada apareció en la pestaña de “Servants” de Ritsuka: Artoria Pendragon (Saber) – Lealtad: 70% – Interés Romántico: 0%.
“Bien,” dijo Olga, satisfecha. “Ahora tú, Akashi.”
Koyuki avanzó, con una expresión de concentración. Colocó su mano en el escudo, imitando a Ritsuka. Los segundos pasaron. Nada sucedió. Frunció el ceño, centrando su energía Nen, intentando forzar una conexión que simplemente no estaba allí. El círculo permaneció inerte.
“¿Qué sucede?” preguntó Olga, impaciente.
“No… no siento nada,” admitió Koyuki, retirando su mano con frustración. “Es como intentar abrir una puerta con la llave equivocada.”
Roman aprovechó para intervenir. “Revisando los escáneres… Sí, lo veo. La Señorita Akashi tiene una densidad mágica extraordinaria, una especie de energía interna increíblemente potente, pero… su circuito de Magia de Crest es casi inexistente. No tiene la aptitud para ser una Maestra.”
El rostro de Koyuki se ensombreció. Después de todo su entrenamiento, de haber dominado el Nen y haber llegado al piso 199 de la Torre Celestial, se encontraba con una barrera que no podía superar con fuerza bruta. Se sintió, por un momento, inferior.
Rubén se acercó a ella y le puso una mano en el hombro. “Oye,” murmuró, su voz era un bálsamo. “Esto no te define. Tú eres la que puede patear through a un edificio con pura técnica. Tú eres la que perfeccionó el Soru y el Tekkai a un nivel sobrehumano. La directora Olga tiene uno de los linajes mágicos más prestigiosos y tampoco puede ser Maestra. Algunas puertas se abren con una llave, otras necesitan ser derribadas a patadas. Tú eres experta en lo segundo.”
Koyuki lo miró, y una pequeña sonrisa asomó en sus labios. La tensión en sus hombros se disipó. Tenía razón. Su camino siempre había sido el del esfuerzo directo, no el de los atajos mágicos.
“Gracias, idiota,” susurró, apretándole la mano.
“De nada, novia celosa,” respondió él con una sonrisa.
Olga carraspeó, un poco incómoda con el momento. “Bien, entonces. González, te toca a ti.”
Rubén asintió, respirando hondo. Se acercó al círculo, sus botas haciendo eco en el silencioso pavimento. Sabía lo que esto significaba. Su habilidad, su naturaleza como Caminador de Umbrales, y ahora la influencia de la Boosted Gear, todo ello convertía su invocación en una lotería cósmica. Rezó mentalmente, un mantra desesperado: “Que no sea un Servant rebelde. Que no sea un Servant rebelde. Que no sea…”
Colocó su palma sobre el frío metal del escudo de Mash.
La reacción fue inmediata y violenta.
Los orbes de luz que habían sido de un azul sereno para Ritsuka se tornaron de un carmesí profundo y siniestro. El aire se espesó, volviéndose pesado y opresivo. Una energía que no era santa, sino regia, decadente y abrumadoramente poderosa emanó del círculo.
“¡¿Qué está pasando?!” gritó Roman, su voz distorsionada por la estática. “¡Los medidores de energía se están volviendo locos! ¡Esta lectura… no se corresponde con ninguna clase de Servant conocida!”
El círculo giratorio se cerró, pero en lugar de un pilar de luz blanca, una columna de fuego carmesí y energía dorada se alzó hacia el cielo, teñiendo el paisaje desolado de rojo sangre. El viento aulló, y las estatuas cercanas parecieron gemir.
Cuando la luz se disipó, la figura en el centro no era la de un rey sabio o un héroe noble.
Era una niña. O al menos, tenía la apariencia de una. Llevaba un vestido blanco y rojo, decorado con motivos dorados que parecían latir con vida propia. Una corona dorada descansaba sobre su cabello rubio ceniza, y de su espalda baja surgía una cola de dragón, escamosa y poderosa. En sus manos, sostenía un objeto que hizo que el corazón de Rubén se detuviera: un Santo Grial, brillando con una luz interior malsana. Pero lo más impactante eran sus ojos: pupilas de reptil verticales, doradas e impregnadas de una arrogancia y un sadismo infinitos.
Era una Saberface, pero no era Artoria. Era la distorsión de un deseo, la encarnación del egoísmo más puro. Era Draco, el Vello de la Bestia VI, la que había llevado a la humanidad a su fin en una línea temporal alternativa.
“Ufufu…” Una risa baja, madura y llena de malicia escapó de sus labios infantiles. “Así que tú eres mi Maestro. Qué interesante. Hueles a… multiverso. A posibilidades.” Sus ojos dorados se posaron en Rubén, analizándolo, diseccionándolo. “Yo soy Draco. Mi clase es Bestia. Serviré a tus órdenes, mi querido Maestro… por ahora.”
Sin siquiera esperar a que Rubén respondiera, un contrato se forjó. Rubén sintió una oleada de energía abrumadora, diferente a todo lo que había experimentado antes, anclándose a su alma. No era el vínculo de compañerismo que sentía con Koyuki, ni la conexión de Ddraig. Era una cadena de autoridad y sumisión, un juramento forjado en el poder bruto.
En su pestaña de relaciones, bajo la nueva categoría de “Servants”, apareció una entrada ominosa:
Nombre: Draco (Bestia I/R)
Clase: Beast
Descripción:Intrigada por la naturaleza del Caminador de Umbrales. Considera a Rubén una posesión fascinante. Su lealtad es condicional a su continua fascinación y a que no la subestime.
Nivel de Lealtad:35%
Interés Romántico:5% (Posesivo/Imperial)
Bonus de Estadísticas:
· Aumento del 5% a todas las estadísticas del Maestro.
· Aumento del 15% al daño infligido a Servants de las Siete Clases Standard (Saber, Archer, Lancer, Rider, Caster, Assassin, Berserker).
· Debuff del 15% a la defensa y daño contra Servants de Clases Extra (Alter Ego, Pretender, Avenger, Foreigner, Ruler, MoonCancer, Beast).
Olga y Roman estaban mudos. Finalmente, Olga encontró la voz. “¿B-Bestia? ¿Qué… qué es eso? ¿Una nueva clase? ¿Cómo es posible?”
Draco se rió, un sonido como campanillas envenenadas. “El mundo es más vasto de lo que tu limitada comprensión puede abarcar, pequeña directora. No necesitas entenderlo. Sólo aceptarlo.”
Rubén se obligó a respirar. Esto era… complicado. Estadísticamente imposible. Pero allí estaba. Había invocado a un ser que estaba, por definición, por encima de las reglas del sistema. Una criatura cuyo mero propósito era la perdición de la humanidad, ahora atada a él.
“Bien… Draco,” dijo Rubén, manteniendo su voz firme a pesar del torbellino interno. “Soy Rubén González. Bienvenida al equipo.”
Draco sonrió, una expresión que no llegaba a sus fríos ojos de reptil. “Oh, prometo que será… divertido.”
El silencio incómodo que siguió fue interrumpido por un grito agudo y el retumbar de pasos. De entre las ruinas, figuras esqueléticas con armaduras y espadas oxidadas emergieron, sus órbitas oculares vacías ardiendo con una luz maligna. Eran Soldados Esqueletos, las fuerzas básicas de esta Singularidad.
“¡Enemigos!” gritó Mash, poniéndose en guardia con su escudo.
“¡Fujimaru, da órdenes!” ordenó Olga.
“¡Saber, Mash, al frente!” ordenó Ritsuka, su voz ganando confianza.
Artoria blandió su espada invisible, el aire distorsionándose a su alrededor. “¡Como ordene mi Maestra!”
Pero antes de que cualquiera de ellas pudiera moverse, una voz infantil y arrogante cortó el aire.
“¡No hace falta que se molesten, falso rey!” anunció Draco. Levantó su mano, y el Santo Grial que sostenía brilló. “¡Permitan que les muestren el poder de una verdadera Emperatriz! ¡Aestus Domus Aurea… incipiente!”
El mundo a su alrededor se distorsionó. No fue una manifestación completa de su Mar de Flores, sino una burbuja de realidad que se imponía sobre Fuyuki. El cielo se tiñó de dorado y carmesí, y el suelo bajo los esqueletos se convirtió en un mosaico de deseos decadentes. Pilares de energía dorada surgieron del suelo, envolviendo a los monstruos no-quemándolos, sino desintegrándolos a nivel conceptual, negando su misma existencia con un poder absoluto y despiadado.
En menos de un segundo, la horda de esqueletos había desaparecido, sin dejar rastro de polvo.
Todos se quedaron paralizados, excepto Rubén y Draco. Ella bajó la mano, sonriendo satisfecha. “Ves, Maestro? Eficiencia.”
Rubén miró a la Bestia a su lado, luego a Koyuki, cuya expresión era una mezcla de asombro y profunda preocupación, y finalmente a Ritsuka y Mash, que lo miraban con una mezcla de gratitud y aprensión. Su vida en Dragon Ball Z había sido aterradora por su impotencia. Su tiempo en Hunter x Hunter le había dado poder a través del esfuerzo. Pero ahora, en Chaldea, se encontraba en una cuerda floja sobre un abismo de poder divino y maldad, con una emperatriz-niña-dragón-bestia como su “leal” sirviente, una novia celosa y poderosa, y el destino de la humanidad en sus manos.
Suspiró profundamente, una sonrisa resignada y un poco alocada asomando a sus labios. La Singularidad de Fuyuki acababa de volverse infinitamente más interesante, y más peligrosa, de lo que nadie, excepto quizás él, podría haber imaginado. El camino por delante estaba pavimentado con umbrales que ni siquiera él había soñado con cruzar, y el primer paso, junto a Draco, ya estaba dado.
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