El Vínculo de los Fragmentos: Crónica de las Bestias del Éter - Capítulo 1
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1: Capítulo 1: El Vínculo de Sombra 1: Capítulo 1: El Vínculo de Sombra La lluvia no caía desde hacía tres ciclos lunares en la Colmena D-43.
El aire estaba denso, saturado de polvo metálico y humo de las torres de fundición.
A esa hora, incluso los recolectores de chatarra se ocultaban bajo los domos, pero Kael Draven no.
Él caminaba solo, envuelto en su abrigo raído, rumbo a las ruinas prohibidas del Sector 9.
A su espalda, una voz susurraba como viento atrapado en un tubo oxidado.
—No deberías estar aquí —gruñó la sombra a su lado.
Kael no respondió.
Estaba acostumbrado a los comentarios de Rho, su Bestia Guardiana.
Desde el día del vínculo, aquella criatura espectral lo había seguido como un reflejo, invisible para la mayoría, palpable solo para él.
Rho parecía un lobo, pero no lo era.
Tenía pelaje hecho de humo denso y ojos plateados que brillaban aun en la oscuridad.
Su presencia era como la brisa de una tormenta lejana: inquietante, eléctrica, viva.
—Hoy cumples diecisiete —murmuró la bestia, su voz retumbando dentro de su mente—.
Hora de enfrentar tu primera mazmorra.
Kael se detuvo frente a una compuerta semienterrada, marcada con el símbolo del antiguo Éter: un círculo fracturado por una línea diagonal.
Su mano tembló al acercarse al lector de huella.
BIP.
ACCESO DENEGADO.
Sonrió.
Esperaba eso.
Nunca fue bienvenido en los archivos del gobierno central.
Entonces Rho se adelantó y apoyó una zarpa en la compuerta.
El metal crujió, se partió con un gemido lento… y se abrió.
—¿Cómo…?
—susurró Kael.
—No todos los caminos se abren con llaves —dijo Rho—.
Algunos responden a la oscuridad que llevas dentro.
El corredor descendía en espiral, iluminado solo por cristales de éter azul incrustados en las paredes.
Kael descendió con cautela.
Sabía que no era una mazmorra cualquiera.
Aquella era una protoestructura, una tumba de pruebas construida por los antiguos para forjar a los primeros guardianes.
El aire se volvió frío.
A lo lejos, se escuchaban cadenas arrastrándose… o quizá eran tentáculos.
—¿Qué debo buscar aquí?
—preguntó Kael, su voz apenas audible.
—Tu miedo.
Tu recuerdo más oscuro.
Tu decisión —respondió Rho con solemnidad—.
La primera mazmorra no te da poder… te lo arrebata todo, para ver si lo mereces.
Kael apretó los puños.
Pensó en su hermano, en el día en que la mazmorra se lo tragó sin dejar rastro.
Pensó en los gritos, en la sangre en la piedra.
En la promesa que había hecho ante su tumba vacía.
“Volveré por ti, Rael.
Aunque tenga que cruzar el mundo roto.” Al llegar al núcleo de la cámara, una figura emergió del suelo: un espejo negro, cubierto de grietas, flotando sobre un altar de cristal.
En él, Kael no se reflejaba… pero sí su hermano.
—Kael —dijo la figura—.
¿Por qué viniste?
—Para encontrarte.
—¿Y si ya no soy yo?
El reflejo se desvaneció.
El altar estalló en llamas sombrías.
De él emergió un Éter Fragmentado, una criatura hecha de odio, pérdida y memoria.
Tenía forma cambiante, tentáculos de humo, ojos sin pupilas.
Era el guardián de la prueba.
—Prepárate —gruñó Rho—.
O peleas ahora… o mueres con tu culpa.
Kael desenvainó la hoja de acero éterico de su cinturón.
Su mano no temblaba más.
—No vine a morir.
Vine a subir.
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