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Elisse y los diez años que estremecieron al mundo - Capítulo 16

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Capítulo 16: CAPITULO 8: GOLPE DE ESTADO

09/octubre/1992

Las manos de Antonio penetraban la piel de Elisse. La apretaba con tanta fuerza que con un poco más de presión, ambos huesos cederían rompiéndose en 2.

—¡Père, me estás lastimando! —Intentaba no gritar del dolor.

—¡Dímelo ahora mismo! —Antonio la sacudía.

Elisse cerró los ojos del dolor, pero no quería mostrar debilidad ante su padre, no podía, si lo hacía, él podría suponer que esa gente, al torturarla, le sacó información.

No lo hacía tanto por ellos… Pensó en Thiago y Lucien, aún tenía que resolver el misterio de por qué tenían estos dones… cierto, sus dones.

—¡No lo sé, me tenían en un lugar escondido y me taparon la cara! Ese hombre los traicionó para liberarme, quería dinero, ¡él te lo iba a decir! ¡Pero acabas de matarlo! —apretaba los dientes y ya sollozaba.

Sí, esa era una buena coartada para evitar levantar sospechas.

Antonio la analizaba, apretando aún más las manos. Elisse quería soltarse, pero la fuerza de su padre simplemente era más, —¡Ya suéltame, père! —le gritó. Pasó un rato antes de que Antonio abriera las manos.

Elisse se sobó donde ya tenía marcas y unos hematomas.

—¿Cómo demonios sobreviviste? —Antonio revisaba su mirada.

—Me… estos tipos me secuestraron, los mismos que quemaron el circo, ¿qué más quieres saber? —Elisse se seguía sobando y se apartó un poco con las manos palidecidas.

Antonio arqueó la ceja desconcertado, ¿Los tipos que quemaron el circo? Se dio la vuelta y se marchó.

—¿No te da alegría ver a tu hija, no sé, con vida? —Elisse lo miraba irse.

—Ahora no, Elisse, tenemos invitados —Antonio señaló a una ventana de arriba.

Elisse vio a los otros generales. Volvió a ver a su padre, quien ya estaba subiendo las escaleras. Los saludó de forma elegante y comenzó a perseguirlo a toda velocidad.

Cuando por fin lo pudo alcanzar, comenzó a interrogarlo. —Père, ¿qué está sucediendo? ¿Por qué están todos los demás generales aquí?

—Lo que pasó en el circo, con tu hermano. Sabemos quiénes fueron.

—¿En serio? —Elisse esquivó a un soldado que pasó a toda prisa.

—Fueron los texanos, por algo el circo era estadounidense.

Esto no tenía sentido, pensó Elisse, ¿será que convencieron a Lucien para poder llegar hasta aquí sin que él supiera? Bueno, no tenía toda la información. —¿Y qué harán?

—Derrocaremos a la república para instaurar el tercer imperio. —Antonio sonrió. —Por fin los Aurelius vamos a gobernar. El gran emperador: Antonio Aurelius. —Sonrió.

Elisse se detuvo viendo lo dramático del asunto y luego continuó siguiéndolo, subiendo unas escaleras. —Père, ¿es en serio?

—¿Tienes más preguntas estúpidas? —Antonio le cerró la puerta del despacho casi provocando que Elisse chocara contra ella.

—No, solo que… —Elisse miraba la madera entristecida. —Yo también estoy feliz de verte… perè —Agachó la mirada y se quedó ahí varios segundos, suspiró para después girarse sobre sí misma, yendo hacia su habitación.

Tomó una ducha. Por fin, algo de agua caliente, un jabón caro, shampoo, perfumes que dejaban olores placenteros.

Ahí en una tina, estuvo por un buen rato sintiendo como si se excomulgara después de estar en un lugar tan nefasto. Agradecía no tener que volver a verlos… aunque eso era imposible con Thiago y Lucien viviendo allí.

Una vena recorrió su frente pensando que sí o sí tendría que volver allí. Carajo, ¿qué mas podía hacer?… Tal vez traerlos a ellos dos, esa seria una buena idea. Bueno no, seguramente su padre los mataría… Nada, tenía que volver allí, mientras su padre no supiera nada de esto, estaría bien.

Estaba comenzando a hundirse cuando de repente la puerta se abrió.

—¡Lo he encontrado por fin! —gritó el loco presumiendo su diente.

Al verlo, Elisse se sorprendió hundiéndose de golpe en la tina no sin antes lanzar un grito de terror y cubrirse.

—Cof cof cof —tosió. —¡¿Qué haces aquí?!

—Bueno, te seguí, porque necesitaba seguir contándote… —decía él, antes de ser interrumpido.

—¡No! ¡¿Me refiero a qué haces aquí en mi baño?! ¡¿No puedes esperar a que termine, pervertido asqueroso?! ¡Ten algo de respeto por las mujeres!

El loco miró el baño y a ella tapándose con la tina, agachada bajo el agua. Se sonrojó poco a poco. —Jo jo, perdón —cerró la puerta.

Cuando Elisse se terminó de bañar, salió con ropa por fin impecable… El loco estaba jugando arriba de la cama.

—¡Ey! ¡No! ¡Bájate de ahí! —Le aventó lo primero que encontró a la mano, era un pequeño perfume. Cosa que el loco no logró esquivar. Un porrazo fuerte golpeó en su cabeza, sacándolo de la cama.

Elisse se llevó las manos a la boca viendo que no lo atravesó. ¿No que era invisible?

El pobre anciano se sobó la cabeza, intentando bajar el ya chichón que salía. —¿Por qué me pegas? Podías decirme solo que me bajara.

—Eso fue por haber desaparecido anoche y por entrar a mi baño sin permiso. No tienes nada de modales y eso me molesta. —Elisse cruzó sus brazos.

—Pero no desaparecí, solo intenté buscar mi diente —él intentaba justificarse. —En donde está mi cuerpo, es un lugar tan vacío que encontrar cosas puede tomar mucho tiempo.

—¿Qué quieres aquí? —Elisse caminó hacia el espejo para terminar de acicalarse.

—Bueno, no me dejaste terminar de contarte cómo funciona el regalo que me diste… —dijo él, sentándose en el suelo.

—No creo que haya más que decir, o sea… solo sé curar. Soy como una paracetamol ¿ No? —respondió mientras se peinaba.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Paracetamol, qué gracioso. Ja, ja, ja!

Elisse ladeó un poco la cabeza viendo que alguien además de su hermano se reía de sus malísimos chistes.

El tipo sacó nuevamente su libro.

Elisse lo miró detenidamente por el reflejo del espejo. Se volteó sobre sí misma, sentándose en una silla mientras se secaba el pelo, prestando atención.

Dibujos de una niña con una varita mágica, rodeada de plantas, lluvia, rocas, árboles y animales.

La misma niña con un corazón y lo que parecía una espada.

Otro dibujo de la misma, con unos músculos bien grandes cargando cosas, y un corazón dibujado en su pecho con una flamita en su interior.

La misma niña, con una carita enojada, sonriendo con fuego en sus manos y una ciudad quemándose detrás de ella y lo que parecían unas vías de tren con varias leches en las vías.

La misma niña con una sonrisa y los ojos cerrados con rayitos en su cabeza y al lado, ella dibujada varias veces flotando en nubes con circulitos de mareo en sus ojos.

Y… Un rayo golpeando un televisor con un niño en su interior, feliz.

Elisse se paró y tomó el libro. Varios recuerdos vinieron a su memoria. Ella siendo una niña, llorando en su cama. «¡No hay nadie aquí, entiende Elisse!», sonó en su cabeza.

Estando en una sala dibujando. «Qué lindos dibujos Elisse». Escuchó la voz de Elienor.

«¡Ya te lo dije, este dibujo no es real, ella no existe, solo estoy yo, tu madre soy yo!» sonó en su cabeza por última vez. «¡Bien! ¡Si no quieres que sea tu madre, no lo seré mas!

Se sentó sobre sus piernas. Puso el libro sobre su pecho. —Conque no era mi imaginación.

—Me lo regalaste para qué tuviera algo que leer en ese sitio ya que no sabías como sacarme de allí —rió el anciano.

Un último flashback vino a su mente.

La mañana siguiente después que Elienor lanzara el libro por la ventana.

Elisse se levantó muy temprano, buscaba el libro en el patio por todos lados.

—¡Lo encontré! —dijo ella.

«Si vuelve a ver que lo tienes, esta vez sí te va a castigar», dijo una voz atrás de ella.

Elisse chiquita se volteó sobre sí misma. Estiró sus manos —Por eso se lo daré a mi amigo guardabosques —soltó una carcajada. —Llévaselo, él seguro se aburre mucho en los campos elíseos.

—Yo te lo di… —murmuró.

—Síup. Por cierto —El tipo se acostó boca abajo recargando su cabeza en sus manos. —Te perdiste el funeral de Louis.—Elisse agachó la mirada,pero el loco le sonrió. —Oh, no, no te sientas triste. Solo vino Elienor. Te hizo una pequeña tumba con palitos que encontró ahí mismo a lado del gran mausoleo que le construyó a Louis.

—Sí, mi madre siempre lo quiso más a él. Todo el tiempo le decía que su deber era preservar el legado milenario del apellido Aurelius, el último romano, después del de ella, los Girmaldy. Ahora que se ha perdido debe estar triste. Tal vez por eso papá está enojado conmigo.

—Pero ¿por qué? Llevas su sangre. Eres una Aurelius también.

—No puedo darle un heredero, mi hijo tendrá la sangre de otro. —Elisse se apretó un poco el pecho. —Por eso nunca me llevé bien con… Elienor. Ya que… —se negó a contestar.

El loco se arrastró como gusanito hacia Elisse, haciendo que ella frunciera el rostro un poco asqueada. —Aún eres una Aurelius, ¿por qué no le demuestras a Antonio que Elisse también existe? Total, siempre fuiste mejor que tu hermano en todo. Si no vengas tú, a tu hermanito, ¿quién lo hará?

Elisse se quedó perdida en esa última frase. El loco aprovechó eso para rebuscar entre las cosas de Louis. —Tu hermano era muy lindo. —Dijo.

—¿Eh? —Elisse se volteó viendo lo que hacía y corrió para detenerlo.

—¿Por qué tus padres terrenales jamás sonríen, diosa Elisse?

Elisse vio que el tipo tenía la foto familiar que tanto Louis atesoraba.Se lo arrebató, era cuando ella se perdió en el Gran Cañón.

La miró por unos segundos y esbozó una sonrisa. —Louis me decía que siempre la llevaba consigo porque pensó que jamás me volvería a ver. Cuando todos comenzaron a dar por terminada la búsqueda por mi desaparición. Dice que después en la noche aparecí en la carretera llorando. —miró de reojo al hombre —Porque disque balbuceaba que no podía sacar a un señor…

Se quedó pensando cuánto su hermano se preocupaba por ella. No podía permitir que quienes provocaron aquel crimen vivieran impunes. Lo había decidido.

Elisse entró de nuevo al despacho sin preguntar. —¡Perè, quiero ingresar al ejército!

Los generales, junto con el general de división Rodrigo, quienes fumaban voltearon rápido.

Antonio con una mirada cortante fue rápido hacia ella. —¿Qué demonios crees que estás haciendo? —la tomó del brazo para sacarla, pero Elisse se lo quitó de encima. —¡No! Perè, basta, me he graduado de la academia con honoris causa, con el rango de capitán. Quiero y puedo aportar para vengar a Louis.

—Ejem. —Rodrigo tosió.

Elisse guardó compostura, saludó como un militar debe saludar. —Una disculpa, general. Tenía una discusión informal con mi padre, al no ser un miembro activo de las fuerzas armadas. —Continuó —General de división Rodrigo. Me presento: soy Elisse Aurelius, hija del general brigadier Antonio Aurelius. Me he graduado de la academia militar con honoris causa, con notables calificaciones, desempeño en campo de batalla y adiestramiento en los primeros años, pero una vez graduada fui removida por motivos ajenos a mi desempeño. Recientemente fui secuestrada por un grupo en un atentado. Logrando conseguir convencer a uno de ellos para liberarme y entregar información de su movimiento.

Señor, sé que puedo contribuir a destruir la insurgencia en la región y si se me da la oportunidad, vengar a mi hermano.

Rodrigo sonrió y caminó hacia ella. —Hasta que te dignaste a valorarte, Elisse… —alzó su rostro, tomándola con las yemas de sus dedos —. Me había parecido una pena la decisión de Antonio de elegir a Louis y no a ti… De ser la heredera de tu milenario apellido, claro, je…Ahora demuéstrame que mereces vivir y no haber muerto en ese circo —la soltó y regresó a su asiento. —Te incorporarás a la brigada de esta región.

—Capitana Elisse. Retírese ahora mismo a su cuartel para su incorporación inmediata —dijo Antonio indignado, tragándose su coraje ante la decisión de un superior. Elisse al escuchar esto le ganó una sonrisa que se borró en un instante, saludando —Generales —se marchó cerrando la puerta.

Hizo un gesto rápido con las manos súper feliz —¡Sí! — chilló intentando contener su emoción y se marchó a su cuartel.

—Tranquilo Antonio, no se me ha olvidado que es tu hija, pero ¿sabes? nos vendría bien usarla como propaganda, sobrevivió a un atentado y ahora está peleando con nosotros. Que sea la que dirija una compañía, cual caballero, tú sabes, tomarse fotos peleando, show mediático. Esta chica tiene ciertos dones. Mira que sobrevivir la semana del guerrero sin ampollas y sin nada de sueño, ni desarrollar hipotermia… aún con todos los obstáculos que sabemos que le pusiste. Cuando me enteréde que decidiste matarla en Bunny Boom, pensé que pudimos haber perdido a una Subotai. —Antonio lo miró de reojo enojado, pero Rodrigo sonrió. —Si fueras menos explosivo, la hubieses elegido a ella y no a Louis en tu intento de limpiar tu reputación. No sabes cuánto desperdicias a tu hija. Por eso cuando vimos cómo la recibiste, nos confirmaste que quien debe subir como primer ministro debo ser yo. Ya que no tienes la capacidad de ver el potencial de quienes son mejores que tú. Ay Antonio, casi lograbas tu venganza contra Andras. Continuemos. —Rodrigo le invitó a sentarse. —Es una orden, general.

16/octubre/1992

Una semana después, un noticiero se encendió de la nada.

NOTICIA DE ÚLTIMA HORA

Una junta militar, dirigida por el general de división Rodrigo Montés de Oca, ha comenzado un golpe militar por los eventos dados en Nueva Rosita. Apoyado por varios generales del ejército, la marina, las fuerzas aéreas y la policía. Se informa que los ataques se han dado en todos los órganos del país, en la Cámara de Diputados, la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el Palacio Nacional. Se dice que el presidente de la república intentó huir de la Ciudad de México para mantener el poder, pero ha sido traicionado por sus guardaespaldas. No sabemos con exactitud su paradero, si sigue vivo o muerto. Tampoco sabemos cuánto tiempo mantendremos la comunicación. El ejército está ingresando en estas instalaciones. Yo, como la voz más critica de la alianza con Estados Unidos, probablemente sea la última vez que me dirija hacia ustedes. Tenga linda noche quienes puedan tenerla. Este ha sido por última vez Hugo Gómez de Elerisa —dijo el presentador. De repente la señal se perdió por completo.

A las afueras del Palacio Nacional, estaba Antonio junto con Rodrigo viéndolo con llamas, unos aviones de combate les pasaron encima. Había varios vehículos incendiados, de las tropas que se mantuvieron leales al presidente Motari. Uno que otro sandbag.

Varios militares caminaban llevando presos a altos funcionarios y otros a lo lejos ejecutándolos.

—Mi Primer Ministro. Hemos terminado. —Antonio caminaba entre las llamas y la destrucción.

—¿Dónde está ese imbécil?

—Achicharrado junto con el vicepresidente. —Antonio encendió un habano —Nos hemos asegurado de que ese cobarde acabase bien muerto —le pasó unas fotos. Allí estaba Motari, con ropa civil y varios tiros, en el vehículo militar donde intentó salir.

—Bastardo inútil, solo tenías que ir a la guerra contra Texas —Rodrigo arrugó las fotos, tirándolas al fuego. —Bueno, general de división Antonio, tengo que ir a hablar con mis socios ya que me informan que el ahora destituido secretario general no quiere cederme el poder, tengo que ir a mostrarle quien es el nuevo líder de este país. Con su permiso —finalizó marchándose.

Antonio lo miraba irse, con su rostro lleno de venganza —Maldito imbécil, ya te llegará tu hora también a ti, y quien lidere este país será otro —se giró para seguir supervisando las ejecuciones y arrestos en el sitio.

19/octubre/1992

3días después del golpe de Estado, en una zona militar cercana a Nueva Rosita, estaba Elisse junto con otros 3 capitanes escuchando a su mayor. —Escuchen ahora mismo, todos ustedes. Se nos ha encomendado una tarea importante. —Decía caminando enfrente a ellos —Tenemos que depurar las zonas aledañas más pronto que tarde, el general Montes de Oca necesita este lugar limpio de cualquier mierda roja. Serán desplegados en todos los alrededores del norte del estado, donde darán caza a cualquier insubordinación. —El mayor se paró justo en frente de Elisse. —No me importa de quién sean hijos, no quiero para nada fallos, no los perdonaré —la miró directo a los ojos. Elisse no apartó la mirada viendo a la nada. —¡¿Escucharon?! —gritó con todas sus fuerzas al rostro de Elisse.

—¡Señor! ¡Sí, señor! —respondieron todos en secuencia.

El mayor se marchó y los capitanes comenzaron a discutir a dónde habían sido enviados. 1 fue asignado a la ciudad de Nueva Rosita, los otros 3 fueron asignados a las zonas aledañas. Elisse miró el mapa: fue asignada a una zona cercana a la hacienda, pero estaba marcada como una zona muy peligrosa, donde ya 2 capitanes habían perdido sus compañías y sido destituidos.

Esto la hizo pensar demasiado… ¿Por qué?

—¿Te asusta la tarea, hija de papi? —dijo uno de los capitanes. El asignado a Nueva Rosita, pero Elisse negó con la cabeza

—Pues deberías, el último no se sabe qué fue de él, tras sufrir la ira de tu padre —carcajeó. —Probablemente te asignaron ahí para que puedas —el tipo hizo comillas con las manos —“convencerlos de que traicionen a su causa”. Cómo te inventaste, Niña pacifista. Ja, ja, ja, ja —todos comenzaron a reírle.

Elisse indignada, notó quela veían con desprecio. Era inaceptable ver cómo una mujer sin nada de experiencia ahora esté en un rango tan alto por puro nepotismo. Uno escupió al suelo y se marcharon del sitio, no sin antes uno golpearle con el hombro.

La chica miró al suelo, se limitó a tomar los papeles que le asignaron, los hojeó, miró a la nada y exhaló un poco enojada, pero ¿qué podía hacer? Salió a mirar a su compañía al instante.

El ventilador, arriba de un foco con una luz tenue, sonaba por su oxidación, sobre la mesa había un mapa desgastado marcado con varios alfileres.

Allí había 4 tenientes: Ortega, Marquez, Salgado y Martinez. Todos hombres con experiencia.

El teniente Marquez rezaba en una esquina mientras Ortega, junto con los otros 2 leían el mapa. En eso llegó Elisse.

—Formación —dijo guardando la carta —Seré su nueva capitana, soy Elisse Aurelius de la compañía 49. —Los 4 tenientes saludaron —Bien muchachos, a las 0500, la compañía 49 se dividirá en 3 grupos de reconocimiento en el sector delta-16. Reconocimiento armado. Presencia insurgente confirmada. Eliminación o captura, esas son las directrices, cada pelotón tiene que revisar uno de los 3 puntos designados por el alto mando. Salgado junto con Marquez revisarán el punto norte, donde se rumora de un pequeño ejido levantándose a las armas. Martínez revisará y hará rondines por todas las carreteras municipales que conecten con la carretera federal. Ortega y yo revisaremos un pueblo cercano a tal ejido. —Les pasó sus hojas para leer los detalles de la operación.

Marquez frunció el ceño de golpe y dio una calada profunda; Salgado alzó una ceja; Martínez evitó hacer contacto visual pero le esbozó una sonrisa; Ortega no se inmutó y solo se limitó a leer.

—¿Permiso para hablar, mi capitana? —preguntó Salgado.

—Concedido.

—¿Tiene experiencia real en zona roja?

—¿Es preocupación o reproche, teniente? —Elisse alzó su ceja.

Márquez continuó mirando a Salgado un poco enojado. —¿Sabe que ese ejido tiene presencia de más de 300 personas armándose? —se cruzó de brazos —Al menos eso fue lo que nos comentó la última compañía que fue relevada hace unos días por nosotros. —Hizo una mueca.

—No irán a enfrentarlos aún, Márquez, solo irán a hacer reconocimiento —respondió ella.

Márquez negó con la cabeza —Capitana, en esta zona ya han habido bajas por la propia población, no se puede solo ir a hacer reconocimiento —respondió enojado.

—¿Está cuestionando las órdenes del alto mando, teniente? — Elisse se paró frente a él.

—No capitana, solo comento que somos muy pocos —intentó aguantarse el mentarle la madre.

Martínez Habló —¿Tiene algún plan especifico para la misión mi capitana?

—Sí, obedecer las ordenes del alto mando, teniente —respondió ella. —Ahora, reúnanse con sus pelotones y prepárense para la misión, confíen en mí. —Finalizó marchándose.

Márquez al verla salir, tiró la hoja lejos. —¡¿Lo escucharon?! “Confíen en mí” —Se acercó a la puerta para verla irse —¿Confiar en qué? Esa chamaquita rica jamás ha ido a una misión y quiere darnos ordenes, la hija de Papi de mierda —se volteó a ver a sus colegas —Nos va a llevar a todos al carajo, ¿Y me dejaron a mí hablar solo?

El silencio se llenó en la habitación. Salgado solo se tensó, pero no respondió, Martínez bajó la vista.

Márquez miró a Ortega, se le acercó poco a poco. —¿No vas a decir nada? ¿También le vas a lamer las botas como buen soldado? ¿Viste dónde te han enviado? La zona que domina Selenia ¿Vas a dejar que una mocosa con cara de puta te mande al matadero?

Ortega lo miró lento. No habló de inmediato. Tenía la mirada cansada, era un hombre con demasiados traumas por el oficio pero de una carrera destacable. —Delta-9 es tierra de comunistas. Actualmente se le considera una zona sin control del Estado, los alcaldes de allí fueron expulsados o han sido asesinados junto con las policías locales, y los cuerpos militares han sido eliminados en algunos intentos de contenerles. Una sola compañía no es suficiente para contener a Selenia y esto solo se esparce por todo el estado—respondió.

—Antonio no me perdonó. Jum.

—Parece ser que el alto mando relevó sus verdaderas fuerzas para que nosotros los mediocres, viejos o inútiles sirvamos como mártires —Salgado se quitó el casco —Qué porquería. No entiendo por qué matarnos cazando comunistas y no mejor esperar al siguiente año que peleemos con Texas. Antonio no es de desperdiciar recursos así.

—Entonces dile eso a la princesa, ¿o qué? ¿Tienes los huevos demasiado chicos? Tal vez te los quiten y se los pongan a ella —Marquéz tomó su casco—Es claro que lo que quiere Antonio es deshacerse de la capitana. Y de los de peores soldados de la división.

—Márquez, tú no serás el que morirá con la princesa, sino yo… —Ortega se acomodó la correa del casco y su fusil, caminando a la salida —A ver como salgo de esta. Tal vez solo le meta un tiro, antes de siquiera entrar al ejido. Será mejor que desgastes ese crucifijo tuyo rezando para librarnos de esa mujercita.

Márquez se quedó mirando a la puerta. —No te tardes.

Los dos pelotones, uno de Ortega y otro de Elisse, iban rumbo al pequeño ejido. En un rato dejaron la carretera principal para meterse a un camino de terracería. Las llantas saltaban, Ortega miraba a la nada, vigilando a Elisse quien estaba un poco nerviosa, con sinceridad. De repente, el camión se detuvo en seco.

—¿Qué pasa allí? —Elisse crepitó por la radio.

—Capitana. Tenemos obstáculos en el perímetro.

Elisse no le quedó de otra que bajar del vehículo. Todos los demás le siguieron desenfundando sus armas. Allí, una parte del terreno deslavado cubría el camino.

—Parece que tendremos que ir a pie, Capitana —dijo Ortega.

Elisse ordenó que 10 se quedaran en el vehículo y los otros 20 le siguieran.

Cruzaron el deslave a pie, volteó arriba, viendo que el deslave parecía más producto de una maquinaria que algo natural.

Hicieron una formación: 3 enfrente, 3 atrás, y uno hasta atrás, el resto en medio. El calor del desierto era algo abrazador, haciendo que la frente de Elisse se perlara.

Piedra, cactus, y más piedra. Ya llevaban más de dos horas subiendo por laderas resquebrajadas. Como sabía Elisse desde el inicio: el pueblo era muy aislado y de tierra. Solo animales, vehículos especializados y a pie se podía alcanzar esos caminos sin luz ni pavimento, pero no había informes de un deslave. Eso que el informe de reconocimiento fue apenas antier.

Después de dos horas y media de marcha entre piedras sueltas, polvo y maleza, por fin vieron el pueblo

—Contacto visual, capitana, no hay movimiento ni indicio de vida —dijo un soldado, ajustando los binoculares desde una colina.

Elisse no respondió.

Ortega frunció el ceño. —Imposible que no haya nadie —cruzó los brazos, desconfiado.

—Probablemente nos vieron venir y se largaron, teniente —intervino un sargento llamado García.

—Yo creo que olieron el fuerte olor que sale del culo del sargento García y por eso huyeron —comentó un cabo llamado Gutierres.

La compañía comenzó a reír. Todos menos Ortega.

Pasó el rato, Elisse se mantenía firme y en silencio, mirando por la mira de su fusil, sin aflojar ni un músculo.

—Cinco al frente —ordenó. —Formación de abanico. Revisen el perímetro.

Los cinco soldados descendieron con cautela entre las casas de adobe agrietado. Pasaron minutos. Luego la voz por la radio: “Nada, capitán. Cero movimiento”. —Descansen, pero mantengan vigilancia —dijo Elisse.

El resto entró. Comenzaron a dispersarse en el pequeño pueblito. Entraban a las pequeñas casas, levantaban mantas, movían trastos. No había casi nada. Fogatas recién apagadas. Leña lista. Platos con frijoles secos. Ropa de niño en un rincón.

—Demasiado tranquilo —murmuró Elisse, girando sobre sus talones. —Días así son los mejores capitana —respondió Ortega, bebiendo de su cantimplora con calma.

—Tiene razón teniente —Elisse alzó la mano por el agua que le ofreció Ortega, bebiendo un poco. Se detuvo en un instante. ¿Por qué había tomado con tanta naturalidad agua tan corriente?

En la esquina del pueblo, el Cabo Gutierrez se alejaba a toda prisa. Llevaba horas aguantándose las ganas de orinar. —¡Oh! Dios… al fin —susurró bajándose el cierre. Cerró los ojos suspirando aliviado.

Entonces, un crujido acompañado de un silbido lo alertó.

Una explosión lo partió en dos. La onda expansiva lanzó metralla por todas direcciones, golpeando a dos soldados más. No hubo tiempo para pensar, se vino todo el infierno sobre ellos.

Desde los flancos del pueblo —árboles secos, techos, barrancos —comenzó a llover fuego.

Las ametralladoras y fusiles impactaban las casas, levantaban polvo mientras partían piernas u hombros.

Por lo rápido de la emboscada, una bala alcanzó a Ortega desgarrando un gran trozo de carne, aventándolo lejos.

El primer grito de auxilio vino de la izquierda.

—¡Ahhhhh! ¡Me alcanzaron, me alcanzaron!

Elisse cayó al suelo, rodando hasta una pila de leña.

Miró alrededor. Todo era fuego, caos y gritos. —¡A posiciones! ¡Cúbranse! ¡Cúbranse! ¡Flaqueo izquierdo! —gritó sin pensar.

Un soldado arrastró a Ortega con una mano mientras disparaba con la otra.

—¡Nos están rodeando, capitana! –gritó alguien detrás de ella.

Eran por lo menos 50 campesinos con armas, bien organizados. —¡Cubran a la tercera escuadra! ¡Nos están cortando la salida! —gritó otro sargento antes de recibir un tiro limpio al pulmón.

En dos minutos ya habían caído 5 hombres más. Otros 2 estaban sangrando en el suelo inertes. Elisse disparó hacia una sombra en el techo a la que no le logró dar. Pero hubo otro disparo de vuelta y sintió una quemadura en la pierna. No era profundo, pero ardía como el infierno. Por suerte la rozó. —¡Ahora, retrocedan al centro! ¡Junten posiciones! —ordenó parándose a correr. Un cabo activó un par de granadas de humo y las lanzó hacia los flacos.

El pueblo se llenó de niebla gris y ruido de madera rota. García corrió con dos soldados más hacia una choza, pero una bala le voló la rodilla y se fue de cara contra el lodo.

—¡Capitán! ¡Vamos a morir aquí! —gritó uno desde dentro de una casa. Elisse estaba cubierta de polvo y sudor, de repente su casco cayó. Su oreja y pómulo comenzaron a sangrar. El dolor era de puta madre. No fue un tiro directo, pero bastó para llenarle la cara de sangre caliente y destruirle el pómulo.

Cayó al suelo, aturdida. El zumbido en la cabeza era como si le hubieran clavado una campana en el cráneo.

No escuchaba nada. Se arrastró tras una pared a medio caer y apoyó la espalda, con el fusil cruzado sobre el pecho. Jadeaba. Le costaba enfocar, sentía que el mundo entero la estaba empujando hacia el suelo. —Mierda…mierda, mierda. —Se le nublaba la vista. Tragó saliva, el pecho le ardía, no se dio cuenta, pero cuando se arrastró, otro impacto la golpeó en el pecho y el brazo izquierdo.

Puso los dedos en el rostro y sintió el enorme hueco en su cara. Pudo haber sido instintivo, pero puso la mano sobre su oreja.

No había tiempo, lo hizo. La carne se cerró y el dolor se contrajo, el zumbido desapareció como si nunca hubiera existido y la sangre paró.

Elisse abrió los ojos. Estaba entera. El fusil vibraba en sus manos. La metralla se seguía compartiendo en ambos lados. Se incorporó y salió de su cobertura disparando. Tres tiros, un cuerpo caído. Disparó al que se asomó desde la trinchera. Otro. Luego otro.

Uno de los campesinos se asomó detrás de una pila de palos. Le apuntó y disparó.

¡Crack!

Le dieron en el abdomen. Se dobló como si le hubieran reventado el alma. Otra bala le atravesó el hombro izquierdo. Cayó de rodillas escupiendo sangre.

—¡La capitana ha caído! —gritó un soldado, pero no. Elisse no cayó.

Con las manos temblando, puso una sobre su estómago ensangrentado. Cerró los ojos un instante y la herida sanó.

Frunció el ceño. —¡Ah! — se puso de pie. Otra bala le rozó el muslo. Casi la derribó, pero entonces la piel rota comenzó a reconstruirse mientras caminaba y sangraba. Siguió avanzando.

Los campesinos vieron cómo la sangre dejaba de brotar, las perforaciones desaparecían, y la mujer que debía estar muerta seguía caminando.

— ¡No mame, no se muere! —gritó uno.

Otro retrocedió, tropezando. El uniforme de Elisse se estaba llenando de agujeros, su fusil ya casi no tenía parque, así que sacó la pistola.

Los insurgentes entraron en pánico.

—¡Es un demonio!—Gritó uno.

—¡Es una bruja! —Gritó otro.

—¡Retirada, retirada! —Gritó el último huyendo.

Elisse se quedó sola, de pie, en medio del humo y los cadáveres respirando hondo. Seguía apuntando pero sin disparar mientras el pelo le cubría el rostro, viendo al último marcharse a lo lejos.

El fuego cesó. Solo quedaba el zumbido de la metralla en el aire y los ecos de los gritos. Entonces, los soldados empezaron a salir de sus coberturas. Primero uno, luego dos, luego el tercero, rengueando. Salieron con las armas bajas, la mirada perdida.

Uno se santiguó. Otro simplemente vomitó. La vieron a ella de pie., cubierta de agujeros, con el uniforme hecho jirones, pero sin una herida abierta y sus ojos, exhaustos.

—Capitana … —murmuró un cabo, con la voz cascada —¿Está… viva?

Elisse no respondió, se giró y miró alrededor. El suelo era un cementerio. Diez de los suyos estaban tirados, algunos gimiendo, otros irreconocibles. Y entre ellos, los cuerpos de los insurgentes: jóvenes, viejos, hombres de campo con rifles baratos, algunos con los ojos abiertos aún de espanto. Se tambaleó, dejando caer su arma, y se recargó en una pared, donde se hiperventiló.

—¡Ustedes! —gritó con la voz ronca —¡Reúnan a los que aun estén con vida! ¡Ya!

Nadie se movió. Aún estaban paralizados.

Ella giró el rostro, lo descargó de golpe con un sonido seco. — ¡Carambas! Les estoy hablando.

Como si ese grito les devolviera el alma, los soldados corrieron. Cayeron de rodillas junto a los cuerpos. Comenzaron a revisar, a levantar y cargar.

—¡Este respira capitana! —A este lo tenemos que sacar ya, capitana o no podrá ir a ver al amor de su vida y después a su esposa!

—García ¡aguante, cabrón!

Otro Cabo se le acercó —¿Qué hacemos con nuestros muertos y los caídos capitana.

Elisse no respondió de inmediato. Miró a uno. Muy joven, fue al que le dio primero con el disparo limpio en el pecho. Tenía una foto de una mujer y un niño que sobresalía de la camisa. Tomó la foto. Un niño de apenas unos 3 años… Era aquel chico de la Varbie en la cena. Sus ojos se apretaron. Buscaron a los suyos. Uno de los soldados gemía contra la pared, presionando una herida en el abdomen. Su teniente respiraba con dificultad, el rostro lleno de esquirlas. Uno tenía la pierna colgando, solo un hilo de carne lo conectaba del muslo al tobillo.

Un cabo apareció detrás suyo —Capitana… tenemos que llevarlos a un hospital, no resistirán mucho tiempo.

Elisse no respondió. Miraba a los heridos como si les pidiera perdón con los ojos. —Sáquenlos de aquí. —Respondió.

—¿ Adonde? —A esa casa de adobe. La que tiene la puerta azul.

La puerta se abrió de golpe, con una patada del cabo, cargaba a uno de los suyos, al más herido, que aún resistía. Lo recostó, el cual dejó un rastro de sangre a su paso aún con el torniquete improvisado. Uno a uno fueron entrando dejando a solo 7 de los 10 caídos.

El cabo ya tenía la boca pálida y estaba desmayado, su palpitación era tan débil que ninguno le daba nada de esperanza.

Elisse se detuvo frente a él —Cabo —dijo sin voltearse —Tráigame su pierna.

—¿Qué? —El cabo tragó saliva, pero ya estaba demasiado asustado para querer saber la respuesta.

Caminó hasta donde el pedazo de pierna, la levantó con cierto asco.

Se la dio. Elisse la acomodó con exactitud para que concordara. Puso sus manos sobre las heridas —Tenía que intentarlo —hizo lo mismo que hizo con Lucien y entonces… la carne comenzó a reconstruirse. Los músculos se soldaron. El hueso se cerró. El color de los labios regresó. Cuando terminó, el soldado estaba dormido.

Sus hombres de pie abrieron los ojos, el cabo detrás suyo dio dos pasos. Se apoyó contra la pared. No dijo nada, pero sus ojos lo gritaban. —¿Qué carajos es usted…? —susurró.

—No voy a dejar que se mueran si puedo evitarlo —respondió Elisse, aún de rodillas.

Ortega, tumbado contra la pared, le costaba respirar. Había estado resistiendo, pero su cuerpo ya no aguantaba. Vio lo que hizo, estaba asustado y cuando Elisse se le acercó, puso la mano intentando levantarla.

—Ni se te ocurra —dijo Elisse, poniendo sus manos sobre él.

—No me gusta que me toquen sin mi permiso capitana, eso es violación —tosió, con medio pulmón lleno de sangre.

Elisse apoyó las manos sobre la herida. —Luego le invito un café, teniente. —Ortega sonrió pero se le borró al instante mientras veía cómo todo se cosía, dio un respiro hondo y en este sentía como su pulmón dejaba de doler.

—¡¿Qué demonios?! —jadeó, tocándose el costado completamente cerrado, aún caliente.

Elisse no respondió. Siguió con el siguiente herido.

Los soldados de pie en la entrada ya no sabían si rezar, huir o arrodillarse.

Al finalizar, Elisse se dejó caer en una esquina polvorosa de la casa. La espalda contra la pared y el fusil lo dejó caer a un lado. Respiraba hondo, con la boca abierta. Se limpió la cara e intentó beber un trago largo de agua de la cantimplora de Ortega, pero esta tenía un impacto de bala. Sus manos temblaban, del miedo de lo que vendría ahora que vieron lo que hacía.

Frente a ella, los soldados curados se habían comenzado a acomodar como podían. No hablaban aún, solo se miraban entre ellos, incrédulos.

—¿Cómo …carajos me curé? —dijo uno. Otro con media cara aún manchada de sangre seca levantó la manga de su chaleco.—Tenía una herida hasta el hueso. Juraría que me vi el tendón colgando. Ahora… —No logró terminar la frase.

—¿Qué es ella? —preguntó el cabo que pasó la pierna —¿Es una bruja? ¿Un ángel? ¿Un dios? ¿Un… un pinche Ñ-men?

—¿Ustedes escucharon si rezó? Yo no escuché oraciones —dijo otro.

—A mí me pusieron las manos encima, y solo sentí… como si el cuerpo se calentara, y luego frio, como si nada hubiera pasado.

—Tal vez todos estamos muertos y esto es el purgatorio —bromeó uno, tratando de encender un cigarro, pero sus manos temblorosas se lo impidieron.

—Sí, claro, idiota —le respondió otro —Lo creo, que más penitencia que seguir viendo tu horrible rostro.

Las risas nerviosas empezaban a salir.

Ortega se seguía buscando las heridas. Volteó a ver a Elisse y notó cómo sus manos temblaban. Ahí lo entendió. No le quedó de otra que usar sus dones para salvarlos.

Se paró, cruzado de brazos. —Soldados, ¿esa es la forma de hablar de su superior? —El silencio guardó la casa. —Parece que se les olvida que esta mujer acaba de salvarles la vida a todos. ¿Así es como agradecen? Ni un solo gracias.

Una voz más osada masculló. —¿Y qué pasará cuando el alto mando se entere, teniente? Lo que hizo. Cuando vean que revivimos como si nada.

Ortega se acercó, lento como un animal. —¿Quieres que te metan en un cuarto blanco con un espejo y un bisturí? ¿Quieres saber qué hará el alto mando cuando se enteren que ustedes fueron curados por… ella y que prácticamente regresaron de la muerte? Te lo dejo de tarea, cabo. Todos se quedaron viendo los unos a los otros

—Pero teniente, gastamos balas, tenemos impactos de balas. ¿Y el parque que gastamos? ¿La ropa rota? Lo tendremos que reportar, ¿Qué vamos a decir? —Todos se quedaron callados.

Ortega se volteó a verla —Capitana…

Elisse tardó en responder. —¿Oui?

—¿Qué haremos?

Elisse volvió a tomarse su tiempo para pensar. Recordó la flor que había arreglado y pensó si podría hacer lo mismo.

Alzó la cantimplora de Ortega. Acarició suavemente el borde de la bala, pensó en que se vería mejor arreglada, recordando los pasos que hizo con la flor. Poco a poco, el impacto de bala comenzó a cerrarse ante la mirada atónita de sus hombres.

Un cabo soltó un jadeo y luego se desmayó. Todos lo miraron y uno escupió —No me pidan a mí que lo despierte con un beso capitana, no me he lavado la boca.

Las carcajadas reventaron de golpe. Al fin. Incluso Ortega rio. Cansado, pero sincero. Necesitaban aliviar la tensión.

Elisse exhaló señalando a Ortega para que tomara su cantimplora —Pueden hacer lo que quieran chicos, yo no podía dejarlos morir… son mi responsabilidad.

Se hizo nuevamente el silencio. No por miedo, sino por respeto.

Uno ayudaba a levantar al desmayado. —Capitana, nosotros diremos lo que usted nos diga que digamos. Se lo debemos.

Todos la miraron.

—Meh, aquí no pasó nada, ¡Solo aparecieron unos tipos mal armados, y nosotros con la gran guía de nuestra capitana, pudimos repelerlos como unos verdaderos machitos! —sugirió García.

Una carcajada general estalló en toda la sala. Hasta Ortega giró el rostro para que no se le viera sonreír.

Elisse sacudió la cabeza, riéndose. —Muchas gracias, muchachos. —Ortega le extendió la mano ayudándola a levantarse —Continuemos nuestro a trabajo. —Se giraron hacía la puerta —Busquen insurgentes que aún estén respirando. Nos los llevamos.

—¡Sí, mi capitana! —respondieron todos al unísono. Salieron uno por uno, aún cojeando, y entre murmullos ahora más maravillados que asustados. Ortega fue el último en quedarse. La miró un momento —Gracias —le dijo, sin adornos, antes de seguir a los demás.

Elisse no respondió. Volvió a poner el casco e intentó beber un poco de agua, pero aunque reparada, no tenía.

Elisse estaba de pie enfrente a la línea de árboles. Anotando en una hoja la situación. El humo de la batalla aún salía de las casas, y algunas maderas ardían.

Vaya forma de conseguir aliados.

Miró hacia donde los insurgentes se habían marchado. No sabía si volverían con más personas. No pensaba en la victoria, pensaba en todo lo que había usado… todo lo que había mostrado.

Detrás de ella, los cuerpos enemigos eran apilados junto a una casa destruida. Los que aún vivían eran arrastrados, vendados a medias, temblando por la sangre. Elisse quería curarlos pero, al convertirse en prisioneros, podrían hablar. No podía arriesgarse aún más. Sus hombres reunieron a los que sí la vieron y les metieron un tiro.

Elisse lo vio, exhaló un poco y lo único que le vino a su mente fue ese niño y las palabras de Thiago: «Imagina si personas como tú hubiesen estado en el lugar de personas como ellos».

Agachó la mirada y sacó el trapo de Thiago, lo miró por varios segundos, reflexionando.

Sus soldados se movían despacio. Anotando igual en hojas. Tomando fotografiás, Thiago tenía razón.

Ortega se acercó detrás de ella. Su ojo izquierdo estaba cerrado por el sudor que venia del calor del arduo trabajo. —¿Quién más lo sabe?

Elisse le dirigió la mirada. —Solo ustedes, los que huyeron y algunas personas más al interior de la zona roja.

Ortega no apartó la mirada de la hoja donde anotaba. —¿Tu padre? —No.

Silencio.

—Será secreto de tus hombres. —se volvió sobre si mismo a continuar con lo suyo.

“De tus hombres” esa palabra hizo que algo dentro de Elisse brotara.

Comenzaron a caminar de regreso. Los insurgentes más heridos eran transportados en camillas improvisadas. Otros caminaban cojeando. Al llegar al vehículo blindado, los diez soldados que lo habían estado custodiando los recibieron.

Ortega adelantó el paso de todos. Se paró enfrente de ellos. Los miró uno por uno. —Tenemos que hablar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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