Elisse y los diez años que estremecieron al mundo - Capítulo 23
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Capítulo 23: INTERLUDIO 12
19/agosto/1992
Andrea estaba sentada en la iglesia, entre sus padres, con el rostro inclinado y la tristeza apretándole el pecho. Últimamente sus padres habían comenzado a acudir a misa con más frecuencia; ella no sabía si lo hacían por mandato de la junta militar o porque buscaban refugio en la fe durante aquellos días oscuros. El incienso flotaba en el aire como una nube densa, y el canto de Candy desde el convento llenaba las bóvedas con su voz angelical. Cantaba hermoso, eso nadie lo podía negar, pero dudaba del porqué estaba allí y otros tantos compañeros y vecinos. Aunque su familia no era de ir todas las semanas, sí iban cada cierto tiempo, pero desde hace unos meses notó cómo la gente creía con más firmeza. Incluidos sus padres.
Candy giró el rostro hacia ella y la atravesó con una mirada de desprecio antes de apartar los ojos. Miranda, oculta bajo su velo para pasar desapercibida, no perdió el instante y clavó en Candy una mirada tan filosa que la muchacha se estremeció, bajando los párpados con pavor. Andrea regresó también a ponerse los pupilentes. Su madre le comentó que se los pusiera, por alguna razón habían comenzado rumores sobre cosas raras, una bruja o algo por el estilo, entre la gente: que no moría, que curaba a los enfermos y a los que peleaban contra los opresores, que era una diosa. Y por el miedo que eso suponía, su madre la hizo ocultar sus ojos por seguridad.
Al terminar la misa, inquieta, Andrea se levantó y caminó hasta el confesionario. Imaginó que quizás un hombre de la fe podría escucharla. Se inclinó y murmuró. —Padre… necesito hablar con alguien… sobre todo lo que me ha pasado.
Una voz masculina serena respondió desde el interior: «Hija mía, fruto de mí, puedes contarme lo que gustes. No hay sol ni noche en los que no te estuviese escuchando».
Andrea cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso. —No sé qué hacer, por cómo me miran mis amigos. Veo a mis padres asustados… y tengo miedo por Miri. Miedo de que la encuentren… No quiero perder la biblioteca, Padre. No sé qué hacer. —Se cubrió los ojos.
La voz respondió con ternura majestuosa: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. No olvides que donde dos o tres se reúnan en tu nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Porque yo soy en ti y tú eres en mí».
Andrea entreabrió los ojos confundida.
«Mi hija» —continuó la voz— «eres mi testimonio en esta generación. No temas a los hombres, porque mayor es la luz que he encendido en ti que todas las sombras de los ejércitos. Tú serás guía de aquellos que caminan en el temor: ilumínalos con tu fe, fortalécelos con tu esperanza, levanta al que tropiece y, sobre todo… perdona al que te traicione. No permitas que caminen en la oscuridad aquellos que puedan iluminar al mundo».
Andrea se quedó callada, un poco incómoda, pero más que nada atónita. ¿Qué tenía que ver todo eso?
«Espera», dijo la voz, «a que el alba rompa la noche. Porque aún en la más honda oscuridad, la aurora siempre llega. Y la fuerza que buscas ya mora en tu mente, desde el principio de tus tiempos».
Andrea sonrió por educación. —Muchas gracias, padre, por escucharme. —Se levantó más confundida que aliviada, volteándose a la salida, no sin antes voltear a ver por última vez el confesionario. Los sacerdotes eran raros.
Lo que Andrea ignoraba era que había estado sola todo ese tiempo.
CAPITULO 12: BIENAVENTURADOS LOS QUE PERDONAN
17/agosto/1993
Miranda contenía la respiración. Su cara se estaba poniendo hinchada cuando un pinchazo le sacó el aire.
—¡Buah! —exhaló con fuerza.
—Perdóname, Miri —exclamó la señora Ortiz.
—Duele mucho, ya van como 3… ¡Auch! —otro pinchazo la interrumpió.
—Es que, tomar tus medidas es difícil teniendo tantas curvas. Linda, estás muy desarrollada para tu edad —la señora Ortíz puso el último alfiler— Y.. Listo. —finalizó y comenzó a sacar la tela de Miranda. —Bueno, tengo todo lo que necesito.
—Espero que sea un lindo vestido el que me hará, je —Miranda terminó de sobar los pinchazos.
—Oh, sí, será algo especial, je, je, je —La señora Ortiz se volteó, pero se detuvo unos segundos. Bajó la mirada, recordando las especulaciones que había en la TV, luego se perdió en la casa.
En eso ingresó el padre, quien se estaba haciendo un café —Buenos días, Miri.
—¡Oh! Buenos días, señor Ortiz.
—Así que te usó como conejillo de indias, ¿eh?
—Sí, fue doloroso, mucho, mucho.
—Créeme, algo está planeando, así que lo que sea que estés esperando, será algo completamente distinto —Bebió de su café —¿Has visto a Andrea, por casualidad?
—Ummm… ha estado en su habitación desde que volvimos de la iglesia.
—No le pegó bien que cerraran la biblioteca a mi niña —puso su taza en la mesa— A propósito, Miri, necesito tu nombre completo, quiero revisar si puedo encontrar alguna forma de que… Bueno, quiero revisar algunas cosas de ti, para ayudarte —sonrió— Quiero ver cómo ponerte una nueva identidad. No sé, je, capaz te pongamos como una hija nuestra.
Miranda sonrió —¡¿En serio?! —Se sonrojó acomodando el pelo.
—Claro, yo siempre quise tener muchos hijos, pero mi esposa no era muy fanática, dijo que con Andrea basta —El señor puso sus manos en su propia cintura, riendo a cantajarros. —Ja, ja, ja. Además, ya nos hemos acostumbrado a ti en la casa.
—¡Muchas gracias, señor! —Miri tomó el papelito, escribiendo todo lo que recordaba de su documentación.
Despidió al señor Ortiz a su trabajo, al que en la mañana le preparó el desayuno. Se giró sobre sí misma y miró hacia las escaleras. Hacia la habitación de su amiga.
Tomó un libro de los tantos que tenía la señora Ortiz y se fue a leer. Últimamente le estaba empezando a agarrar mucho gusto a la poesía de Rumi.
Leía viendo por la ventana, pero se detuvo de golpe. «Familia». Agachó la mirada recordando a su padre. ¿Qué será de él?
20/agosto/1993
En la escuela, Andrea yacía inerte en sus pensamientos, pensando en la librería. Era su sitio favorito, su recuerdo más viejo era jugar entre los estantes de libros. A veces pensaba que era allí donde su mamá la tuvo. Gracias a estar desde muy temprano en los libros, es que siempre tenía buenas calificaciones.
Pasó el día y Andrea estaba en el patio comiendo. Cuando de repente miró a varios estudiantes al fondo discutiendo: era un grupo de unas catorce personas.
Comenzaron los empujones e insultos, haciéndola temblar, pero el grupo se dividió en dos y cada uno fue por su rumbo.
Uno de ese grupo se encaminó a ella: un nerdo en todo el sentido de la palabra, eso la asustó. —Oye, tú eres Andrea, ¿no?
—E-eh, sí —respondió guardándose en su juguito de boint.
—Me presento, soy José, líder del movimiento estudiantil por un mundo mejor —le alzó las manos, regalándole una sonrisa— Nos hemos enterado del problema que padece la biblioteca. He querido venir a ayudarte a evitar que la cierren.
Una sonrisa se alzó en Andrea, quien se paró de golpe tirando sus alimentos —¿¡En serio!? —saltó.
—¡Claro! Claro, solo necesitamos organizar una colecta y eso es todo, je, je —respondió haciéndole unos gestos con las manos —Síguenos.
Andrea platicaba con el grupo en un salón, que era su lugar de reunión —Bueno, Andrea, sé bienvenida al movimiento por un mundo mejor —dijo José. —Como verán, todas y todos aquí, juntas y juntos, comenzaremos una colecta para reunir algunos fondos para poder pagar el alquiler, la luz y el agua de la biblioteca este mes, y con eso, conseguir mantenerla a flote, porque la cultura es lo más importante en una sociedad. Sin ella, no somos nada. —Agradeció a todos alzando la mano mientras le aplaudían.
—Compañero José —preguntó una chica.
—¿Sí?
—¿Cómo pensamos hacer algo así?
—Bueno, he hablado con la bibliotecaria para armar un pequeño festival en el parque más cercano a la biblioteca, con autorización de la junta militar, nos dejarán vender platillos típicos de la región, con lo cual podremos igual acercar a la población con los pueblos originarios. Al mi tío enseñarme las recetas que un amigo indígena le preparó —Añadió y todos aplaudieron de la emoción nuevamente.
—¡Es la mejor idea que has tenido, José!
Justo en eso un tipo entró, era uno del grupo con los que hubo empujones al inicio.
—¿Qué quieres aquí, josefino? —preguntó José.
—¡Vete a la mierda, tibio! —Josefino lo rempujó haciéndolo a un lado— Solo vine por nuestras cosas y me marcharé —añadió, ante la mirada de todos, quienes en el grupo lo miraban con enojo, excepto Andrea, que agachó la mirada, este no era su asunto.
Rápidamente, en una bolsa, comenzó a meter algunas cosas, cartulinas, cachivaches y utilería.
Cuando al fin finalizó, se dirigió a la puerta, se detuvo en seco y los volteó a ver. —¡Buag! ¿Cómo puedes estar preocupado por eso, cuando él lleva meses preso? Y con esa profeta allí afuera. ¿Te preocupa más una biblioteca que lo que se viene? —Le escupió en la cara, marchándose.
—Bue… —Miró a todos limpiándose —No es nada —agitó la palma de su mano para que todos se sentaran. —Comencemos. Je —puso el seguro en la puerta para asegurarse que no regresara.
22/agosto/1993
Pasaron dos días. Andrea terminaba junto con los demás lo último que faltaba para la quermés, en casa pintaban cartulinas, adornaban papel maché con Miranda y Carmilla.
El brillo le regresó rápido a los ojos al ver que podría hacer algo por el lugar que amaba.
Ese día, Miranda le ayudó a cargar todo en el auto, con apoyo del señor Ortiz y Carmilla. —Bueno, creo que es todo, hora de irnos —finalizó el hombre subiendo al auto.
—Je, je, muchas gracias por todo —Andrea se subió al auto, no sin antes darle un abrazo a Miri. —Dile a ma’ que vuelvo en la nochecita.
—Nos vemos en la tarde —respondió Miranda al verlos irse, no pudo evitar recordar ese día en la mañana, cuando despidió a su propio padre otra vez… Bajó lentamente la mano, vio cómo el auto se alejaba. «¿Qué será de él ahora?» Volvió a pensar. «¿Pensará en ella?» Agachó la mirada y solo pudo pensar en que siquiera pudo decirle adiós. Eso de ser adoptada sonaba bonito, pero ella no era huérfana.
Se iba a meter a la casa cuando un grito del cuarto de artes de la señora le detuvo.
—¡Miri! ¡¿Puedes venir un momento?!
Al ingresar, miró a la señora ojerosa, tiznada y sudada por el calor de los focos.
—Me pasé todos estos días aquí, pero, cof, cof, ya está —dijo jadeante.
—Que calor hace aquí, debería salir un poco, señora —Miranda comenzó a soplarse con su blusa, dejando ver un poco de sus pechos enormes.
—No… no te preocupes yo. Uff, yo, por fin acabé —Le tomó de las manos y la encaminó con ella hacia algo que estaba bajo una sábana vieja.
Miranda sabía que allí había un regalo, pero no le arruinaría a la mujer el suspenso, así que comenzó a fingir que no entendía el porqué estaba allí. —¿Está todo bien? ¿Qué pasa?
—Fiu, estuve pensando en lo que tú eres: tu don, tú… bueno, tu posible destino.
Ok, eso sí era una sorpresa para Miranda, esta señora estaba hablando de una forma muy caricaturesca.
—Miri, ya has escuchado los rumores que corren por la ciudad últimamente, ¿no? La de la señorita que no muere, que es inmortal, que cura a los enfermos… y que está con los desprotegidos. Ahora que está en boca de todos, me puse a leer sobre los viajes de aquellos que obtienen favores de los dioses, aquellos que acompañan a la humanidad en momentos históricos como los que son ahora, y pensé… ¿Qué necesita todo héroe? ¿Qué necesita Miri o esa señora? —La mujer tomó la manta y comenzó a arrastrarla. De ella apareció una armadura color plateada y corazones amarillos, con lo que solía ser su velo.
Miranda abrió los ojos a más no poder, eso era algo sumamente hermoso y hecho a su medida… Quería decir algo, pero no hallaba las palabras, su única respuesta fue acercarse a la armadura.
—Pensé en algo que se te viera bien, algo que dijeras “es mío y me representa” ¿qué te parece? —la señora Ortiz se limpió el sudor con las sábanas, expectante ante la respuesta de Miri. —Por lo que vi ese día, tú te vinculaste a tu arma por un evento que te marcó, algo que te hizo lo que hoy eres ahora, que te definió, así que espero que esto un día haga lo mismo para ti —tomó su mano.
Miranda se sonrojó… Fue entonces porque murió la niña que era… sacó su arma. El arma ese día mató a 3 personas en realidad.
—Tal vez creas que por haber matado a ese policía eres una asesina, pero puedes ser algo más que eso, tal vez una heroína, como ya lo eres para mi princesita. Usa ese don que tienes para salvar a los demás y hacer lo correcto. —Dijo la mujer levantando la quijada de Miranda, acomodando su pelo, le sonrió. —No eres una mala persona, ni te vinculaste por el odio. Lo que hiciste fue hecho con el impulso de tu amor.
Miranda se dio cuenta: su don no podía solo usarlo para matar… debía hacer algo con él, algo para ayudar a los demás como a los que salvó.
—¿No quieres probártela? —preguntó la mujer acercándola a la armadura— Es tuya, Miri. Capaz logres vincularte a ella ahora —finalizó sonriendo.
La mujer esperaba que Miranda se vinculase con su regalo, pero nada. Lo intentaron por dos horas enteras.
—Hay algo que falta —Murmuró Miri exhalando por el calor que había dentro de la armadura.
—Bueno, intentemos después —respondió la señora Ortiz ayudándola a quitársela, pero Miranda se negó.
—Creo que lo seguiré intentando. —Decía concentrándose.
El pequeño banquete había comenzado al lado de la escuela para reunir los fondos.
La gente de la zona se reunió. El aire estaba impregnado de olores deliciosos y familiares: hamburguesas chisporroteando sobre parrillas de carbón, el dulzor tostado del maíz asado y el aroma espaciado de platillos que las madres del comité habían preparado desde temprano. Había puestos de enchiladas, empanadas, espagueti con albóndigas, hot dogs, tamales, arroz con leche, brownies y aguas frescas de colores vibrantes: horchata, jamaica, tamarindo y limonada rosa con rodajas de frutas, pero llamadas con nombres autóctonos, aunque el club en realidad no conocía ni se mezclaba con ningún grupo indígena de la zona.
El grupo vendía la comida al por mayor, Andrea apoyaba dando servilletas con ropa de mesera y una coleta en su pelo. Aunque lo recaudado no era suficiente como esperaban. Tuvieron que abaratar más los precios, por la latente pobreza que había incluso entre los presentes, que no eran precisamente las clases más bajas de la ciudad, sino la “clase media” de Nueva Rosita: gerentes, profesionistas, pequeños burgueses y medianos.
Las familias charlaban entre bocados, compartiendo anécdotas, consejos, risas. Los abuelos se abanicaban con programas impresos de propaganda del Tercer Imperio, mientras veían a sus nietos correr, y los profesores paseaban entre las mesas con rostros amables y servilletas en mano. Felices ante tanta tristeza que inundaba la ciudad.
En eso el grupo liderado ahora por Patissón husmeaba el sitio.
—¿Cómo se atreve a hacer algo como esto esa hipócrita? —dijo la líder de las chicas, la cual tenía la nariz chueca.
—Está intentando limpiar su cara ante los demás para que se olviden que mató a Magda —respondió Patissón.
—¿Y vamos a permitir que haga eso?
Candy le detuvo el paso a los dos. —Oigan, no creo que debamos meternos ya con ella, viste lo que te hizo su amiga.
—¡Deja de ser tan cobarde, Candy! —la líder le dio un golpe en el pecho a la colegiala que gimió dulcemente —Ven, vamos. Tengo un plan.
Del sitio de conserjería, Patissón sacó un spray con acetona y se lo pasó a la líder que sonrió —¿Neta? —dijo riendo.
Candy mordió su paleta, sonriendo asustada. —No creo que debamos llegar a algo así. Ya me vengué de ella —musitó, pero la líder la tomó de la blusa.
—Si no lo haces, yo misma te desfiguraré como me desfiguró la putita de su amiga —La zangoloteó varias veces y la rempujó, tirándola al suelo. Los demás se juntaron para mirarla con desdén. Candy no le quedó de otra que aceptar.
—Harán esto… —Patissón comenzó a explicarle el plan.
Rápidamente, todos se mezclaron en el grupo esperando su oportunidad.
La comida, la música, todo era felicidad… y distracción.
Candy se acercó a Andrea por atrás. ¿Su objetivo? El pelo. A su lado iba Patissón con una gorra y un encendedor en la mano.
Del otro lado, la líder se subió al escenario para subirle a la música. Esa era la señal.
Poco a poco subía para que pasara cualquier sonido desapercibido.
—Es… u… erte la… sica —dijo Andrea al organizador, José, pero este no le entendía.
Atrás ya estaban Patissón y Candy.
Justo cuando el presentador se distrajo, ella roció el spray en toda la coleta, rápidamente, Patissón encendió el pelo y cuando por fin prendió, los 2 salieron corriendo.
Andrea frunció el ceño y giró la cabeza, buscando de dónde venía el olor a quemado. Algunos estudiantes reían, otros corrían con platos de comida. Nadie parecía notarlo. Entonces sintió el calor.
Primero, un leve cosquilleo en la nuca. Luego, un ardor súbito. Se giró bruscamente, pero ya era tarde. La parte baja de su cabello ardía en una pequeña llamarada, devorando mechones oscuros mientras el humo empezaba a dibujar una estela ascendente. Un grito se escapó de su garganta. —¡Ay, ay, ay no! ¡No! —Corrió en círculos, sacudiendo la cabeza, los ojos abiertos por el pánico, las manos tratando de alcanzar el fuego sin quemarse. El humo comenzaba a alarmar a los que estaban cerca.
Fue entonces que escuchó la risa. —¿Necesitas ayuda, Reina del Drama? —preguntó la líder, pero Candy no le dejó disfrutar, le arrojó una jarra de jamaica, para apagarlo y evitar que su plan de que quedase pelona acabase. Miró de reojo a la líder y fingió que aún le apoyaba.
El líquido carmesí tiñó los mechones restantes, resbaló por su cuello y le manchó la blusa. El azúcar pegajosa se mezcló con el olor quemado.
—Abrán paso, no se ha apagado —dijo Patissón y le lanzó lo que quedaba de su caldo de comida.
Andrea no gritó. Solo retrocedió paso a paso. Con el cabello quemado, la ropa empapada, las mejillas encendidas de la vergüenza. Se limpió los ojos y allí miró a la líder sonriendo.
—¿Qué pasa? —dijo Candy mientras se llevaba la mano al pecho y abrió la boca —Yo solo te aventé el agua para salvarte, amiga —Siguió comiendo la paleta, pero la líder se acercó y se la arrebató, haciendo que bajara la cara.
Volteó a ver al otro lado, y allí estaba Patissón con un plato, fingiendo —¿Estás a salvo?
Andrea estaba a punto de llorar, pero de repente escuchó a alguien al fondo: «Pobre estúpida, bien merecido te lo tienes, asesina».
Volteó a ver a Patissón: «Esto es poco a como la vi quemarse ese día, asesina».
Ninguno movió los labios, y aún así lo escuchó, quería llorar, pero no, esto fue el colmo. Corrió.
Candy le regresó la mirada a la líder quien le alzó la barbilla y ella volvió a agachar la cabeza.
Carmilla se acercó, pero ya era tarde. —¿Andrea? —volteó rápido a ver a Candy y a Patissón. Miró sus platos y jarras. No necesitaba más, entendió, así que fue a perseguirla. Candy intentó correr hacia ella, sintiendo que se habían pasado de la raya, pero se tropezó, por un puntapié que le puso la líder.
Andrea dedujo que mientras siguiera estudiando allí, la situación jamás acabaría, lo había decidido.
Abrió la puerta rápido de su casa —Ma’ —ahora sí, rompiéndose— Ma… sniff, ma’, ¿dónde estás? —lloró quebrándose la garganta.
La señora que ya dormitaba en su cuarto de arte, al escuchar su llanto corrió rápido junto con Miranda.
—Andrea, ¿qué te pasó? —La tomó de los brazos y la llevó consigo a la sala— Estás toda empapada… Y tu pelo.
—Ma’, quiero cambiarme de escuela. Por favor.
—¿Por qué? —Su madre la abrazó con todas sus fuerzas.
—No importa, sniff sniff. Solo cámbiame de escuela. —Se abrazó a su madre ocultándose en sus brazos.
Casi que al instante llegó Carmilla, jadeando por el cansancio, se tomó unos segundos para tomar aire antes de poder hablar. —¡Oh! Señora, a Andrea esos mismos chicos le volvieron a hacer maldades, ellos hicieron eso —señaló el pelo achicharrado— Lo de su pelo. Se rieron enfrente de ella…
La mujer le descubrió de su pecho —¿Es en serio Andrea? —Intentó encontrar su mirada, pero Andrea no podía alzar los ojos de la vergüenza.
La señora Ortiz miró a Miranda seria, le hizo una seña con los ojos apuntando a la cocina para que la siguiera —Carmilla, quédate con Andrea, tengo que hablar con su padre.
Ambas caminaron afuera, al taller de la mujer. Abrió la puerta con un fuerte patadón y buscó entre sus cosas —Estos malditos, esto no se va a quedar así, ya me tienen harta —refunfuñaba mientras tiraba sus herramientas de trabajo.
Miranda la seguía con la mirada, de repente vio cómo sacó una espada algo oxidada. —¡Aquí está! —se giró sobre sí misma. —Ten —La extendió hacia Miri.
Miranda alzó su mano hacia aquel artefacto, su cara se volvió melancólica. —¿Qué quiere que haga?
—No me importa lo que hagas, ya intentamos de todo. Golpéalos, mutílalos o lo que quieras, Miri —Se postró frente a ella —Pero detén lo que estos malditos le hacen a mi hija.
Miri vio su reflejo en la espada, casi por sorpresa, una silueta femenina blanca de pelo morado detrás del reflejo, por una milésima apareció, pero no le dio importancia, supuso que era su abuela.
Caminó hacia la salida y dejó que el viento la golpease, reflexionó. ¿Matar, golpear o hacer el bien, como dijo la señora Ortíz? Por alguna razón, sentía cómo su cuerpo se expandía, sentía cómo el frío del viento golpeaba la armadura como si fuese su piel. Si iba a ayudar a su amiga, debía hacerlo… de manera justa. No solo sentía cómo la armadura se unía a ella, sentía cómo esta misma la ayudaba a hacerse más fuerte; se sentía más ligera, más dura, más ágil, más aguda con sus sentidos.
De repente, un brillo iluminó todo el patio y ella flotó unos centímetros, cayendo de rodillas.
Hubo un silencio de varios segundos. Ya más o menos entendía, se unía a las cosas que legítimamente amaba.
—Voy a pedirle información a Carmilla de dónde están —dijo la mujer que estaba demasiado enojada para sorprenderse.
Miri se sentía ofendida por cómo esos chicos ignoraron sus amenazas. Así que tampoco pudo darle su debido tiempo para saborear su nueva unión.
Un fuerte salto al techo como una sombra emergió del patio.
Miranda era tan leve como una pluma, su peso no hizo ningún ruido al ascender, eso le emocionó. Quería gritar de la emoción, pero debía llegar rápido al lugar antes que todos esos chicos se fueran.
Corría y saltaba de techo en techo a la velocidad y agilidad de un gato. Por alguna razón sentía que todo el desgaste lo absorbía la armadura. «Héroe, héroe, héroe.» —¡Soy una heroína!
Dio un salto de un techo girando sobre su propio eje, con una sonrisa —Ji, ji, ji. ¡Siento que puedo volar! ¡Wuuf! —gritó agudo, cayendo de pie en el otro tejado. —Muy bien, bullis, les daré una lección que no olvidarán.
Patissón seguía explicándoles a los organizadores el porqué Andrea era mala. Aunque en realidad era una forma que tenía para que no subiera la tensión en el sitio, ya que después que se fue, el organizador junto con sus amigos intentaron golpearlo.
Miranda aterrizó en una esquina con un último salto justo enfrente del convivio, allí los vio platicando con el organizador. Se detuvo a escuchar.
—Esa tipa es una asesina, aceptó el plan para robarles el dinero o algo peor, no pueden confiar en ella.
—A mí me rompió la nariz, y ella es peligrosa —dijo la líder tomando un vaso de agua de jamaica, junto a Candy, mostrando su nariz chueca.
—No, no puedo creer cómo es Andrea en realidad, pensé que era una buena persona —respondió el organizador negando con la cabeza— Mañana será expulsada de todo esto, e intentaremos que los fondos acaben en manos directamente con la bibliotecaria… —Decía, pero un fuerte golpe en medio del evento los distrajo. El humo por el choque hizo que todos se cubrieran con las manos.
—Creo haberles dicho que, si volvían a hacerle algo, les iba a hacer mucho daño, ¿no? —Miranda se levantó entre el polvo.
Patissón miró asombrado a la diosa que tenía enfrente, la armadura de Miranda brillaba de forma majestuosa.
La espada yacía en su espalda, y su pelo se movía cual princesa amazónica, cosa rara porque no había viento.
—Es-es ella… —Tartamudeó Candy retrocediendo —Es otra vez ella y se ve muy enojada.
Era la primera vez que usaba esta cosa, y realmente se sentía como una superheroína. Quería que la primera vez que se presentara fuera memorable para todos, y recordó esos poemas sufíes.
Les advertí: no hicieran llorar ojos tan inocentes. Volvieron con veneno. Quemaron su cabello, pero no su espíritu. —Desenvainó la espada.
Ella no mató. Pero ustedes la matan cada día. No seré juez,
sino el fuego que ardió
en sus mechones.
Nadie dijo nada del asombro de tan peculiar poema.
Miranda estaba sonrojada. Saludó a todos y al instante regresó a su seriedad. No quería matarlos, hacerlo sería provocar que tacharan a Andrea de asesina o de alguna líder sicaria. Solo podía hacer una cosa.
Se aventó hacia Patissón, apareciendo casi al instante frente a él, sorprendiéndolo. Le soltó un leve golpe a puño limpio, intentó no darle tan duro para no matarlo, o en el peor de los casos, atravesarlo, ya que como con su arma, sabía que si exageraba podía hacer un desastre, pero aun así fue lo suficientemente fuerte para sacarle todo el aire y hacerlo volar 3 metros en línea trasera.
—¡Puah! —escupió un poco de saliva y se rodó en el piso. Poco a poco se desmayó.
—¡Pa-Patissón! —gritó Candy llevándose las manos a la boca aterrada, pero en ese mismo instante, un rodillazo la sacó del trance. Miranda la alzó con su rodilla, ya que la sentía muy ligera. —Yo-yo no quise, yo-yo intenté de-detenerlos —Murmuró, intentando conjugar palabras, pero el golpe fue lo suficiente para que ella se desmayara. Miranda apartó su rodilla dejándola caer. —¿Quién más falta?
Miró por la multitud a los demás del grupo, reconociendo rápido a la líder, que ya corría. La señaló. —Tú…
Ella corría rempujando a la gente, pero Miranda dio un fuerte salto hacia ella, cayendo enfrente, cerrándole el paso.
—¡No! —gritó al verla. —¡Pe-perdoname, por favor, prometo ya no molestarla! —La líder se hincó— ¡Prometo no solo no molestarla, sino cuidarla de que no le hagan nada los demás! —Comenzó a llorar, usando su mano para apartarla.
Miranda sonrió y se llevó una mano a la cadera, sacando su espada, la cual se prendió fuego.
Eso asustó a todos y la chica comenzó a chillar muy agudo. —¡Perdóname! ¡Por favor! ¡Ya no la molestaré, lo prometo, lo prometo! —Se cubrió temblando— ¡No me hagas nada!
Miranda puso la punta caliente justo sobre su nariz chueca. Y en su soberbia tosió afinando garganta, movió la espada al hombro de la chica, puso la mano en su cadera y alzó la ceja, poniendo piquito en su boca.
Los perdono.
Pero no por ustedes,
sino por ella.
Desde hoy
serán escudo y vela de Andrea,
ante todos.
Donde fallaron,
protegerán.
Donde se burlaron,
callarán a los que aún ríen.
Así será.
Y esta espada será testigo o verdugo.
—Sí, sí —lloró, besándole los pies, pero Miri los apartó. Le dio cosita. —¡Lo prometo! ¡Lo prometo!
—Puedes irte —se apartó para abrirle el paso.
Ella no esperó, salió disparada.
Miri notó la multitud que no dejaba de mirarla. —¡Miranda Carvalho se despide! —refunfuñó hincándose para dar un fuerte salto y empuñando su espada al aire, guardándola en el proceso del salto, levantando demasiado polvo.
En un techo, unas cuadras más adelante fue que aterrizó —¡No puedo creer lo que hice! ¡Je, je, je! —Rio y saltó girando sobre sí misma varias veces. —Me vi súpercool. Jijiji. Ah… soy toda una heroína.
La señora cortaba el pelo de Andrea en su habitación y lo peinaba para eliminar lo quemado, dejándolo en un nivel medio.
—Listo mi niña hermosa —Acarició el rostro de su hija.
Andrea miraba al suelo casi sin vida, completamente apagada. El bullying que sufría no la dejaría dormir. Lo sabía. Sintió una tercera mano acariciar la cabecera de su pelo en consuelo, pero no le dio importancia.
Miranda saltó al patio y caminó dentro con el sonido del metal crujiendo con sus pisadas, iba a subir las escaleras, pero fue interrumpida por un “Miranda” que vino de atrás.
Volteó a ver y era el padre, quien estaba no serio, pero sí desconcertado —¿Qué traes puesto?
—Es el regalo de su esposa… —Respondió.
—Miri… revisé cómo podría ayudarte y me topé con que, estás siendo acusada por matar a un oficial y a tu abuela, ¿por qué no me dijiste?
Miri ni siquiera sabía que tenía cargos —¿Cómo? … ¿Por qué?… —murmuró.
Los demás salieron de la habitación.
—Andrea, ¿y tu pelo? —El señor Ortiz dejó caer su portafolio.
—Esos muchachos volvieron a atacar a Andrea y Miranda fue a darles su merecido —La señora Ortiz bajaba por las escaleras con Andrea abrazada.
—No me digas qué…
—No… no los maté… solo los golpeé, ahora piensan que a Andrea la cuida una superheroína —Miranda llevó su mano hacia su otro brazo, apretándolo, sintiéndose juzgada, agachando la cabeza.
El hombre se le acercó y le pasó un boletín oficial de su rostro —La policía de Sonora te busca por asesinato agraviado, terrorismo, ya que algunos policías lograron identificarte ese día del evento, cuando huiste fuera de la ciudad. O eso dice el informe.
Miranda se golpeó la frente con la palma y arrastró la mano por su rostro. Joder, había dicho su nombre, y se paseó con una armadura, no creía que ellos fueran a delatarla, pero el riesgo ya estaba ahí. Otra vez, su imprudencia… carajo.
—Miri, ¿mataste a tu abuela? —La señora Ortiz la miraba incrédula.
Miranda recordó ese día otra vez, cómo forcejeó con el policía y, profundizando, cómo él no alcanzó el gatillo, pero ella sí disparando con miedo las 3 veces… Ella lo había hecho, era hora de reconocerlo, pero antes de poder hablar, Andrea la interrumpió.
—No fue tu culpa, tú solo intentaste de-defenderte —Andrea se descubrió de los hombros de su madre—, incluso intentaste huir para no vengarte. —Miranda se volteó un poco desconcertada porque ni siquiera abrió la boca—. Pero, yo no quería que fueras y recitaras poemas e hicieras que esa chica se hincara frente a ti, o que los golpees en el pecho, solo quería salirme de esa escuela, —Miró al suelo— Al final sí soy responsable. Sniff sniff. Como tú, mis acciones llevaron a Magda a Bunny Boom. Sniff. Yo soy la responsable de que ella y Patissón fueran allí por mi cobardía y egoísmo. Sniff, sniff, yo maté a Magda.
—¿Cómo supiste todo eso? —Miranda ladeó la cabeza.
—A-acabas de decirlo —Andrea se separó poco a poco, frotándose los ojos.
—Igual que ese día que me respondió lo que pensé —Carmilla bajaba las escaleras.
Todos se le quedaron viendo.
Andrea no entendía nada. Se puso roja por la presión de las miradas.
Un movimiento rápido de Miranda la alzó a su torso con muchísima alegría. —¡Kya! —fue lo único que pudo gritar.
—¡No puedo creerlo! ¡Tienes dones como yo, Andrea! —La movía como si fuera un bebé gracias a la fuerza de su armadura, lanzándola y atrapándola una y otra vez.
Su madre llevándose las manos a la boca.
Mientras Miri la bajaba, sus padres la abrazaron y giraron con ellas. —¡Mi niña tiene dones! —gritó emocionado su padre.
Por el fervor de sus dones, sus padres se olvidaron o dejaron para después el tema de Miranda. Cenaron y nuevamente Carmilla se quedó con ellas para una nueva pijamada.
Esa noche, las 3 jugaron con su armadura, adivinanzas con lo que pensaban. Miranda contó con lujo de detalles y poses cómo se presentó en el evento recitando sus poemas sufíes. Carmilla se probó la armadura de Miranda y fingió pelear, pero se cansó al notar que era muy muy pesada.
La noche comenzaba a ponerse y ninguna de las 3 se dio cuenta del peculiar color que la luna tenía, un tono verde que se dejaba traspasar por la ventana.
23/agosto/1993
El día siguiente había llegado y Andrea no tenía más miedo de ir a la escuela, ya no. Tenía que disculparse por todo el desastre del evento.
Era hora de disculparse con Patissón, con la amiga de Magda y con sus compañeros. Era hora de dejar de tener miedo, como le dijo Carmilla.
En la escuela, lo primero que hizo fue dirigirse hacia el salón de los activistas, pero vio un pintarrajeado en un muro, gigantesco en la entrada de la escuela.
“La guerra es inminente, únete a ella, una diosa está con el pueblo”
Varios estaban en la entrada reunidos, viendo el pintarrajeado: padres y compañeros; algunos que estuvieron anoche en el convivio vieron a Andrea llegar y se apartaron del miedo. Mientras Andrea se acercaba, podía escuchar los murmullos y miradas de las personas relacionándola con el grafiti.
No se sentía cómoda con esto, pero en lo personal, prefería eso a que la siguieran golpeando… en realidad preferiría que la siguieran golpeando a que le temieran.
Miró por varios segundos el grafiti. ¿Se referirían a Miri? ¿Cómo que unirse a Miri? ¿Se referirían a los rumores de la mujer de la que todos hablaban?
Decidió dejarlo ahí e ir con los activistas.
Justo cuando iba a entrar, escuchó unas voces.
—No solo tomaron todo el dinero, también lo que quedaba de utilería.
—¿Entonces ahora no solo no tenemos el dinero, sino que podremos ser acusados de insurrección?
—¿Les preocupa eso? Ese tipo dijo que ella lo curó y ayudó a escapar. Lo entregamos para nada… significa que …
Andrea no pudo resistir más y tocó.
—Shh shhh —José abrió la puerta. Al ver a Andrea, quiso cerrar, pero ella lo detuvo poniendo su pie, cosa que le valió apretar la cara del dolor.
—¿Qué quieres? —preguntó forcejeando— Tu amiga nos dejó claro ayer que te dejáramos en paz, no te culpamos de nada, pero por favor, ya no queremos problemas con ella.
—Y-yo, quiero saber si recaudamos los fondos y pedirles una… —respondió Andrea, cosa que, al escucharlo, el tipo soltó la puerta.
—No. Nos robaron o, debería decir, vino tu amigo por él.
—¿Qué?
—Escucha, la situación se ha vuelto peligrosa y no queremos tener nada que ver contigo. No somos soldados, no creemos que los cambios vengan así, queremos diálogo, paz, democracia, que todos nos llevemos bien, lo que sea que esté pasando no es nuestro asunto, lo siento. Si tu plan fue usarnos para recaudar dinero para esa mujer de pelo rubio, te salió, pero ya no nos metas en esto. —El tipo cerró la puerta y se quedó detrás de ella viendo la sombra de Andrea, esperando que se fuera.
Ella no entendía lo que decía, solo se fue consternada… No tenían ya el dinero para la biblioteca, todo para nada, ¿pero qué fue todo eso de su amigo que vino por el dinero’ ¿Y de qué mujer hablaba? De repente, un sonido del megáfono sonó.
“Atención, estudiantes. Atención, personal docente.
Por órdenes directas de la Junta Militar Nacional, se instruye la presencia inmediata de todos los alumnos en el patio central.
El plazo máximo para este llamado es de cinco minutos a partir de este momento.
Se solicita a profesores y asistentes colaborar para asegurar una salida rápida, ordenada y en silencio.
La Dirección extiende su agradecimiento al Secretario General y Primer Ministro Rodrigo Montes de Oca, por su respaldo constante y su firme liderazgo en estos tiempos de reorganización nacional.
Reiteramos: todos los alumnos, al patio central. Inmediato. Cinco minutos.
Fin del comunicado.”
La puerta del salón se abrió y José intercambió miradas con Andrea, aterrado.
La directora estaba arriba del escenario, temerosa, con varios militares rodeándola. Otros rodeando las entradas y esquinas de toda la formación estudiantil con armas de combate, las tenían desenfundadas y los miraban a todos con coraje, preparados para cometer alguna masacre de ser necesario.
Todos platicaban asustados, algunas abrazaban a sus amigas —Tengo miedo —Se escuchó cómo susurró una, mientras otras intentaban esconderse entre la multitud.
De repente, el mismo capitán de la biblioteca salió de detrás del escenario caminando hacia el centro. —Sabemos lo que está ocurriendo. En esta ciudad ha brotado la insubordinación como una plaga… —Caminó mirando las expresiones de los estudiantes —…circulan rumores de resistencia, de poder a los trabajadores, y ustedes seguramente lo han escuchado… pero sabemos que eso no es el problema, esos revoltosos son fáciles de controlar. —Dio un paso adelante —…El problema es que ahora circulan rumores de una mujer, una curandera, una amiga de los pobres, de los desprotegidos. Les digo desde ahora: esa mujer no existe, quien crea esa mentira será colgado por traición.
El murmullo de las personas por querer decir algo sobre Miranda se quedó trabado por el miedo. Le tenían más miedo a lo que vieron en ella que a insignificantes militares. El capitán, al ver los murmullos, frunció el ceño, su mirada se volvió fuego —Si alguno de ustedes ha presenciado comportamientos anómalos, habilidades que fingen ser fuera de lo natural o actos de desafío… si conoce a alguien que se hace pasar por especial, es momento de hablar.
Andrea siguió con los ojos a todos, ninguno quería inmiscuirse en esto más de lo que es un espectador que le importa un carajo todos estos temas, pero después, ella en el fondo, muy al fondo escuchó. «Hay que delatarla».
Sus ojos rápidamente siguieron el eco, allí estaba la líder diciéndole a Patissón y Candy con murmullos.
Candy se cruzó de brazos —Eso ya es mucho, piensa en lo que le harán.
Patissón bajó la mirada —Magda lo que menos querría es que la vengue así, no lo haré.
Andrea pensó… si la entregaba, si la líder lo hacía, significaría embarrar a su padre, madre, a Carmilla… a Miri.
No podía dejar que eso pasara, tenía que evitarlo, pero, ¿cómo? No podía hablar, ¡Tenía que actuar ya! Un momento, ¿si podía escuchar a la gente, tal vez podría hablarles?
«Por favor», pensó. La mirada de los tres cambió bruscamente. «Soy, Andrea. No lo hagan, por favor… mírenme, a su derecha».
Rápido, los tres hicieron eso, y allí vieron los ojos café de Andrea profundos como un anochecer. «Si fue mi culpa lo de Magda, perdónenme, pero por favor, no hagan lo que piensan hacer, ustedes no son asesinos… como yo…».
La líder la miró con desprecio. «Piensen en mis padres y Carmilla, que no tienen nada que ver. No lo hagan por mí, sino por ellos».
El grupo miró al piso. «Les prometo que me iré lejos, y ya no me verán jamás. Ya no les daré más problemas».
«¿Y por qué tú y la chica de la armadura no pelean contra ellos?», preguntó Candy.
Andrea abrió los ojos con asombro al escuchar la respuesta de Candy. Tanto Patissón como la líder se le quedaron viendo, sin entender cómo la escuchaban.
«¿No es tu amiga la que hablan todos y la que aclaman en esos grafitis? Ella parece una heroína… Te salvó de nosotros, que nos salve ahora. Por favor».
Agachó la mirada, sin poder responder a ello.
«Andrea, por favor, dile que nos salve, tengo mucho miedo», insistía e insistía Candy. «Por favor, Andrea, no me ignores, —temblor labial— todos sabemos lo que ellos piensan hacer aquí en la escuela, Andrea, Andrea…».
—Qué decepción —dijo el capitán— Muy bien. Entonces verán lo que significa no hablar.
Hizo un gesto. Dos soldados arrastraron a un profesor al centro del escenario. Sangraba de la boca y estaba algo aturdido.
Detrás de él, nueve estudiantes: cinco varones, cuatro mujeres. Entre quince y diecisiete años, caminaban lento, algunos lloraban.
«Andrea, por favor sálvalos». Insistía Candy, pero se cubrió en Patissón para no ver lo que iba a pasar, temblando.
Los colocaron en fila frente al alumnado, la directora soltó un grito mudo y se llevó las manos a la boca. Las piernas le temblaban. Uno de los soldados la sujetó para que no se desplomara y la llevó al medio, al lado del capitán.
—¿Ve lo que permitió, directora? ¿Ve lo que este hombre sembró? —El capitán señaló al profesor— Metió ideas enfermas en las cabezas de estos niños. Mundos nuevos, con dioses y mierdas así. Ahora ellos creían que podían desobedecer, que estaban antes que la patria. —Apretó el micrófono y le gritó con toda su fuerza. —¡Eso termina hoy en esta institución! ¡¿Les quedó claro?! ¡Hoy eliminamos el germen de todos estos malditos hijos de puta comunistas! —desenfundó su arma a toda velocidad y con un movimiento seco detonó su arma en la cabeza del profesor, haciendo temblar a Andrea.
Su gente le siguió, disparando al primer alumno. Patissón tembló al escuchar la detonación, apretando a Candy y la mirada.
¡Bang bang bang bang!
Uno tras otro. No hubo gritos, todos miraban aterrados.
La sangre comenzó a escurrir del escenario.
—¡¿Les quedó claro, bola de pendejos, que esto no es un juego?! —volvió a gritar.
Ninguno quería responder.
—¡Les pregunté, mierdas inútiles! ¡¿Me van a contestar o quieren desobedecerme?! —Todos respondieron— Señor. Sí señor.
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