Emma en el bosque de bestias - Capítulo 31
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Capítulo 31: ¡Diles que nunca los olvidamos!

Emma
El suelo palpitaba.
El aire era tan espeso que me costaba respirar. Oía ruidos a lo lejos mezclados con los pálpitos. Eran gemidos, llanto, lamentos.
Me fui acercando.
-¿I…Ivan? -llamé, en un apenas audible susurro.
Al dar otro paso, vi algo colgando frente a mí. Mis piernas temblaron y mi respiración se cortó. Había seres, cuerpos… colgando de las paredes. Lo que quedaba de ellos, al menos. Su piel se derretía en tiras como si fuera plástico al calor. Se les caía a pedazos, y debajo, sus músculos y huesos quedaban expuestos. Supe que seguían vivos, pero sufrían, retorciéndose en el aire, con un líquido espeso cayendo sobre ellos desde arriba, quemándolos. Los gritos, los lamentos… ¡era horrible!

Llevé mis manos hasta mi boca en un sobresalto.
El estómago se me revolvió. Antes de que pudiera evitarlo, vomité. No era solo el asco, era el miedo, el dolor que sentía al verlos ahí, colgados y sufriendo. Sentí un escalofrío subir por mi espalda, y todo en mí gritaba que tenía que salir corriendo. Me di la vuelta, desesperada por escapar, por alejarme de ese infierno.
“Ellos no están ahí, ellos no pueden…”
Pero entonces escuché un grito. Un grito que me detuvo en seco.
-¡No te vayas! ¡Por favor, ayúdame!
Me giré lentamente y lo vi. O mejor dicho, la vi. Una mujer. O al menos eso parecía. Su piel estaba desgarrada, sus huesos a la vista, y en algunas partes de su cuerpo tenía mechones de pelo, bigotes… como si fuera parte animal. Parecía un monstruo, pero sus ojos… esos ojos no mentían. Pude llegar a creer que se trataba de una humana.
Yo, mareada, desorientada, pero algo en su voz me hizo quedarme, mirándola, luchando por no huir. Mi cuerpo me pedía que corriera, pero sus palabras…
-Por favor… ayúdame a encontrar a mi hermano -me rogó, con la voz apenas en un susurro-. Los Nimus… se lo llevaron, y yo los seguí hasta aquí.
Mi corazón se aceleró, el pánico seguía apretándome el pecho. Pero no pude moverme. Me quedé ahí, temblando.
El eco de sus palabras se clavó en mi cabeza. “Los Nimus… se lo llevaron”. Mis rodillas flaquearon, y sentí cómo el sudor frío empapaba mi frente. “¿Qué demonios son los Nimus? ¿Cómo ha podido ella sobrevivir en ese estado? Todos ellos”, mi mente no podía procesarlo.
-Yo… no… no sé cómo ayudarte -balbuceé. Mi voz sonaba extraña, como si no fuera la mía. Apenas podía escucharme entre los lamentos y el sonido de esa sustancia que seguía cayendo sobre los cuerpos, quemando todo a su paso.
Un nudo en mi garganta.
-¡Por favor! -su grito me sacudió. Su rostro se contorsionó en una mueca de dolor tan intenso que me hizo dar un paso atrás. Los pelos de su cara, esos bigotes que la hacían parecer parte gato, se erizaban cada vez que una gota del líquido la alcanzaba-. No puedo morir sin saber qué pasó con él. ¡No puedo dejarlo aquí! Tú… tienes que ayudarme.
Me llevé una mano al estómago, temblando.
-¿Có-cómo llegaron aquí? -logré preguntar, aunque mi voz se quebró al final. Quizás no era la pregunta correcta, pero era todo lo que pude emitir.
Ella bajó la cabeza, su cuerpo moviéndose entre los espasmos de dolor.
-Mi hermano… él… él desapareció en ese sendero maldito de flores amarillas. Lo vi… lo vi mientras los Nimus se lo llevaban, arrastrándolo a través de las sombras. Lo seguí… pensé que podía salvarlo, pero terminé aquí, atrapada, como todos los demás.
Sus palabras flotaban en el aire, mezclándose con los gemidos de los otros. Mi cabeza daba vueltas.
-¿Los Nimus? -musité.
-Seres pequeños y sin ojos, malignos. Despiadados hijos de las sombras y la oscuridad -contestó alguien desde la oscuridad de un rincón, entre llantos despavoridos.
“Así se llaman aquellos que se habían llevado a mis amigos. Esto es una trampa” pensé. Me sostuve de no sé qué pero, tuve intención de irme.
-No me dejes aquí -susurró la mujer-, chica, Ninfa de agua o de tierra, quien quiera que seas, ten piedad de mí y ayúdame.
Miré a las luces parpadeantes sobre mi cabeza.
-Po-podemos ayudarlos -les dije.
Ellas parpadearon dos veces más lento. Y luego emitieron su respuesta.
-Lo lamentamos mucho, Emma. Solo podemos iluminar tu camino y conversar contigo.
Sentí que todo se desmoronaba a mi alrededor. El peso del lugar, de lo que estaba viendo, lo que estaba sintiendo. Pero… no podía ignorarla.
-Pero… -pensé en mis amigos. Si ellos estuvieran ahí, me hubiera gustado que alguien los ayudara. Si mi hermana estuviese ahí, no quisiera que la dejaran en ese estado.
No podía simplemente darme la vuelta y seguir corriendo.
-Está bien… te voy a ayudar, resiste, por favor -pedí, aunque cada fibra de mi ser dudaba de poder hacerlo. Ella ya estaba muerta en vida.
Pero eso no me iba a detener.
Me acerqué con cautela, mi corazón latiendo tan fuerte que creí que me estallaría el pecho.
No tenía ni idea de cómo sacarla de ahí, ni siquiera sabía cómo salvarme yo misma. Pero, por alguna razón que no podía explicar, su desesperación me había atado a ella.
Tenía que intentarlo.
Me acerqué lentamente a la mujer, mis manos temblaban, y sentí un nudo en la garganta que casi me asfixiaba. Mi mirada buscaba algo, cualquier cosa que pudiera usar para liberarla de ese infierno. Fue entonces cuando vi las paredes, cubiertas de esa extraña materia orgánica, como raíces retorcidas. Entre esas raíces, una rama sobresalía, dura y afilada.
La agarré con fuerza y tiré de ella con todas mis fuerzas. El dolor punzante en mis palmas al arrancarla apenas me hizo pestañear; el miedo era más grande. Sabía que no tenía mucho tiempo. Esa sustancia, ese líquido hirviente seguía cayendo como una lluvia maldita.
-Allá voy -avisé, mi voz sonaba lejana incluso para mí.
-Puedes hacerlo, puedes hacerlo… -gimió, apenas pudiendo sostener su cabeza en alto.
Me incliné hacia ella, levantando la rama e intentando cortar las grotescas lianas que la mantenían atrapada, cuando de repente… mis pies resbalaron. El suelo estaba cubierto de una capa viscosa, resbaladiza como grasa. Tropecé y caí hacia adelante, el mundo girando mientras mi cuerpo se lanzaba directamente hacia el charco de ese líquido infernal.
Todo pasó en un segundo, pero sentí que duraba una eternidad. Pude ver el reflejo de mi rostro en la superficie del líquido, hirviendo, burbujeando, como si esperara mi piel fundiéndose en sí. El calor subió de golpe por mi rostro, casi quemándome antes de tocar siquiera el suelo.
“¡No! ¡No puedo caer!” Mis manos arañaron el aire, tratando de aferrarse a algo, cualquier cosa. Justo cuando mis dedos rozaban la superficie caliente, logré aferrarme a la rama. Me balanceé, colgando por un momento antes de recuperar el equilibrio. Pero sentí una mano sostener mi brazo, y luego otra, hasta que ya estaba rodeada de ellas.
-¡No! -grité-¡suéltenme!
-¡Intenta de nuevo, inténtalo! -gritó la mujer, con voz desgarradora- ¡Ayúdame, ayúdame!
Pero no fue la única
Al principio, apenas escuché las súplicas a mi alrededor. Luego, los demás empezaron a moverse, retorciéndose en sus lugares, levantando sus rostros mutilados hacia mí, sus ojos -o lo que quedaba de ellos- llenos de desesperación.
-¡A mí también! -dijo una figura al fondo, con la piel derretida, dejando ver los huesos de su rostro-. ¡No puedo dejar a mi hija sola!
Las gotas de ácido salpicaban sobre mi ropa y piel.
-¡Por favor! -gritó otra voz, más cerca-. ¡Ellos se llevaron a mi esposo! Lo seguí aquí para traerlo de vuelta.
-¡A mi hijo! -gritó otro, con los brazos destrozados, casi convertidos en muñones-. ¡Se lo llevaron! Lo busqué por días…
-¡Déjenme! ¡Ayuda! -exclamé-Ya… paren, por favor -pedí, a punto de desmayarme.
Todo daba vueltas.
-Por favor, ya paren… -cubrí mis oídos.
Los brazos se les desprendían cuando yo los jalaba con fuerza. Y cuando al fin me liberé del último, caí.
Me aferré a la rama sobresaliente en el suelo. El calor del ácido subía amenazando mis pies con lo peor.
Empecé a gritar con cada esfuerzo por subir.
-¡No voy a morir!
Logré subir. Llevaba el alma en las manos y los nervios de punta.
Me arrastré, quería estar lejos de esos seres.
Pero… una voz suave, diminuta, infantil, me llamó.
-Ayúdeme, por favor -Era un niño, en lo profundo de un montón de cuerpos amontonados.
Se me rompió el corazón.
-Yo… yo.. -quise decir algo. Lo que fuese. El nudo en mi garganta no lo permitió.
Apreté los puños, mi impulso fue intentar sacarlo, hasta que:
-¡Escucha! -me gritó alguien. La voz era grave, rota por el sufrimiento, pero clara-. ¡Escúchame!
Lo busqué entre los cuerpos colgantes. Vi hacia donde provenía la voz. Era un hombre, colgando de una pared cercana. Su rostro estaba cubierto por cicatrices, su piel deshecha, pero sus ojos brillaban con una intensidad que me dejó paralizada.
-Jovencita… -me llamó, con voz ronca, apenas un susurro-. Escapa. No podrás salvar a nadie aquí.
Mis labios se abrieron, pero no pude decir nada.
-Hu… huye… -repitió con dificultad, tosiendo entre las palabras, como si estuviera gastando sus últimas fuerzas solo para hablar-. Si llegas a encontrarte con nuestros seres queridos… si los ves en algún lugar… diles… diles que jamás dejamos de buscarlos.
Mi corazón se rompió en mil pedazos en ese instante.
-¡Diles que nunca los olvidamos! -gritó otra voz desde el fondo, rasgando el aire con desesperación-. ¡Si encuentras a mi pequeña Jiseel, dile que mamá la ama!
-¡No! ¿¡Qué estás haciendo!? ¡Vuelve! -pedían los demás, a gritos despavoridos.
-¡Huye! -gritó el hombre, sus ojos llenos de lágrimas que apenas podían deslizarse sobre su piel quemada-. ¡Corre mientras puedas, antes de que sea demasiado tarde para ti también!
-Lo siento tanto… -traté de decir, pero solo pude mover mis labios con la intención de pronunciar.
-¡Vete!
Di un paso atrás, luego otro. Mi mirada se cruzó una última vez con la de la mujer, la que me había pedido ayuda primero. Sus labios temblaban, su rostro destrozado por la desesperanza.
Miré al frente… no me atreví a mirarla otra vez. Corrí. Sin embargo, aunque cubría mis oídos, los gritos seguían siendo audibles.
“Me toca ser fuerte, me toca ser quien no se rinda, porque hay quienes me necesitan”
Me adentré en la oscuridad de aquel túnel de tejido vivo, decidida a encontrar una salida. O quizás, a enfrentar a la misma muerte, cuerpo a cuerpo.
Ivan

Cuando Aran desapareció, fue como si el mundo se congelara por un instante, dejando tras de sí un momento sordo. Mis ojos no podían apartarse del lugar donde su cabeza yacía junto al fuego, pero ahora no quedaba nada. Me paralicé.
Y de pronto, un sonido desgarrador rompió ese instante de silencio.
Uno de los prisioneros empezó a gritar. Los Nimus, que comían como si en su interior no hubiera fondo, comenzaron a sacar a todos los prisioneros, uno por uno, de sus jaulas. El primero fue arrastrado hacia el fuego, su cuerpo quemándose lentamente, las llamas retorcidas alrededor de su carne como serpientes devorándolo. Sus gritos eran insoportables, llenando el aire de desesperación. Quise moverme, hacer algo, pero estaba paralizado, incapaz de procesar lo que mis ojos veían. Cada segundo que pasaba, sentía cómo mi pecho se apretaba más y más, la impotencia clavándose como cuchillos.
Luego, un grupo de Nimus apareció desde una puerta oscura, y con ellos, tres pequeños igual a ellos, pero no estaban cubiertos de lodo negro. Su piel era blanca, casi pálida, sus ojos grandes como los de muñecas de porcelana y sus rostros pequeños y delgados. Eran Nimus bebés.
Los tambores cesaron. Incluso los prisioneros dejaron de gritar, como si ya conocieran las partes de lo que estaba a punto de comenzar.
Uno de los Nimus se subió sobre lo alto de una piedra cuadrada y, desde allí, levantó su arma afilada.
-Una nueva generación “hijos de las sobras” está a punto de entregar sus almas a la oscuridad. Dejamos los ojos en el pasado para que nuestros sentidos más desarrollados nos guíen. Por primera vez, nuestros hijos e hijas comerán la carne prohibida, pero que para nosotros es el inicio de nuestras vidas -una vez terminó de hablar, se acercó a los pequeños que, frente a él, lo miraban confundidos.
Luego, tomó a uno de ellos por el cuello y, con la otra mano, presionó el ojo con dos de sus dedos en forma de gancho, hasta que se lo arrancó dejándolo caer al fuego. El pequeño no gritó, no se movió ni se quejó. Realmente parecían ser seres sin alma.
Una vez le retiró ambos ojos, el pequeño Nimu comió de la carne quemada que colgaba sobre su cabeza. Carne de algún prisionero. Luego, otros nimus cubrieron la piel del pequeño pequeño engendro con lodo negro.
-Dios mío -musitó Azumi-, siempre creí que su piel era negra.
-Ahora, para completar esta ceremonia, elige a uno de nuestros prisioneros para ser la primera muerte en tus manos -indicó el Nimu a su “nuevo integrante”.
El pequeño eligió uno entre las jaulas.
-Cada vez salen más nimus de esa puerta, y supongo que todos se gradúan hoy -comentó Azumi, con una chispa de sarcasmo en sus palabras-, y si cada uno elige a un prisionero como trofeo, en menos de una hora estaremos muertos.
Los Nimus iban avanzando. Era cierto lo que decía Azumi. Pero, por más que busqué la manera de escapar sin causar sospechas, no encontré ninguna.
Otro prisionero fue el siguiente, su cuerpo retorciéndose en agonía mientras los Nimus lo sometían a la misma suerte. Uno por uno, todos comenzaban a caer.
El pequeño niño, oculto entre los brazos de Emily -la mujer lobo de cabello morado-, temblaba. Y ella miraba a todos lados, como si, al igual que yo, buscara una salida.
Azumi trataba de abrir el candado, algo imposible. El tamaño de ese metal era increíble. Los Nimus pensaron que algunos seres podrían tener una fuerza mayor, por lo que no eran tan torpes como parecían.
-Ivan, nos van a comer vivos -comentó Azumi.
Tragué saliva, estaba enojado, airado, preocupado.
“Emma… Aran…”
“Esos niños…”
“Todos aquí dentro.”
“Solo hay una manera… utilizar magia negra, aunque eso pueda matarme. Pero Emma me necesita.”
Intenté recordar las letras en las cartas de mi madre, aquellas en las que me decía con detalle cómo invocar el poder que, como herencia, corría por mis venas, pero que apenas lograba comprender. Lo sentía dentro de mí, como un río subterráneo que fluía con furia, pero cada vez que intentaba concentrarme en él, algo me detenía. No era la falta de voluntad, sino la maldita realidad: estaba herido, debilitado, sangrando. Mis fuerzas se estaban desvaneciendo.
“Aún no cae la noche, si tan solo pudiera tener energía de la luna” pensé “tendré que utilizar todo lo que me queda.” Apreté los puños. “Concéntrate, Iván…”, me repetía a mí mismo, mientras las llamas devoraban a otro. Mi corazón latía con violencia. Cerré los ojos y traté de apartar el dolor, el miedo. Sentí un calor recorrer mis venas, pero no el calor del fuego… era algo más. Algo antiguo, poderoso, incontrolable. Estaba ahí, al alcance de mis manos, pero tan lejos como si perteneciera a otra vida.
“No funciona, este poder está muy lejos de mi alcance”
Mi herida ardía, como si también estuviera siendo consumida por las llamas. Cada respiración era un tormento. “¡Puedes hacerlo!” grité en mi interior. Si no lo haces, todos moriremos, Iván. Emma morirá.
Entonces, su nombre. Su rostro “Emma” ella es la luna que necesito. Con eso me basta.
Abrí los ojos, el mundo a mi alrededor se desvaneció, como si todo dejara de existir. Solo quedaba el sonido de mi respiración entrecortada y el fuego rugiendo a lo lejos.
“Las pecas salpican su rostro como estrellas, su voz es una melodía inconfundible. Sus manos delicadas y su cabello del color del fuego cuando arde la noche en él. Mi luna.”
“El poder no es una herramienta, es parte de ti. No intentes controlarlo… déjalo fluir a través del alma” las letras de mi madre surgieron junto a la imagen de Emma en mi mente.
“Déjalo fluir” repetí, mientras el sudor corría por mi frente. Flexioné mis dedos, aún temblorosos por la debilidad, y levanté una mano, intentando canalizar esa energía que sabía que existía. Podía sentirla arremolinándose en mi interior, como una tormenta atrapada.
La herida en mi cabeza palpitaba con un dolor insoportable, y cada intento de concentrarme hacía que el dolor aumentara, haciendo imposible cualquier tipo de control. Sentía que me ahogaba, que estaba al borde de la oscuridad.
“Iván, confío completamente en ti”, esa era la voz de Emma.
“No puedo fallar.”
-¿Iván, qué ocurre? -preguntó Azumi, pero su voz era tan lejana que apenas la escuché.
Con un último esfuerzo, intenté invocar lo que fuera que aún me quedaba. El poder respondió, pero no como esperaba. Fue como abrir una compuerta a un torrente imparable. El suelo tembló bajo mis pies, y una ráfaga de energía explotó de mí, descontrolada, envolviendo todo a mi alrededor. Las paredes vibraron, y por un instante, todo pareció detenerse.
-Las brujas nacieron para ayudar, para sanar, para mantener homeostasis entre la vida y la muerte. No para destruir, jamás para dañar -a lo lejos, la figura de una mujer que emitía aquellas palabras-. Tú, hijo mío, desde hoy, no puedes ocultar lo que eres. Siéntete orgulloso. Siéntete poderoso. Porque así debe ser.
El fuego se apagó de golpe. Los Nimus se quedaron inmóviles, como si un manto invisible hubiera caído sobre ellos. Todo estaba en silencio. Solo uno que otro sonido de asombro era emitido.
Mi cuerpo cedió, y caí de rodillas, jadeando, mientras la oscuridad empezaba a apoderarse de mi visión. Había liberado el poder… pero no sabía qué había hecho, ni cuánto tiempo podría mantenerlo a raya. Mis fuerzas estaban agotadas, y no sabía cuánto más podría soportar. Hasta que, tras inhalar aire a profundidad, lo solté de golpe, y con eso, las jaulas cayeron al suelo. Los gritos empezaron, la gente nerviosa. La magia salió de mi cuerpo y caí sobre el metal frío.
-¡Iván! -gritó Azumi, mientras corría a ayudarme.
Abrí los ojos. No se veía casi nada, pero noté las puertas abiertas. El caos de la gente luchando por salir.
-Debemos salir de aquí -logré decir, mientras me sostenía de ella.
Los Nimus encendieron antorchas, comenzando así a atacar a los prisioneros que intentaban escapar, lanzando machetazos sin piedad.
-Los niños, ¿dónde están? -interrogué, mirando a mi alrededor.
-Están aquí -contestó Naom, levantándose despacio del suelo.
Emily y el pequeño estaban a su lado.
-Vamos a tratar de salir por aquella puerta -señalé.
Caminamos entre la gente que huía despavorida. De pronto, aparecieron más Nimus. Adultos, pequeños y no muy pequeños. Y todos ellos contra nosotros.
Azumi se colocó delante de mí, llevó su mano a donde se suponía que debería estar su espada, pero recordó que se la habían quitado. Aún así, se mantuvo firme al frente. Pero la aparté y tomé el lugar.
-Manténganse detrás -ordené.
-Pero estás herido -observó ella.
Sinceramente, yo veía doble.
-Iván Sfaa, acabas de confirmar que eres a quien busco-mencionó la chica lobo de cabello morado-, déjame luchar a tu lado. Puedo hacerlo.
La miré de reojo.
-Les he dicho que se queden detrás -volví a decir.
Los Nimus nos atacaron. Pude defenderme de unos cuantos, Azumi también me ayudó. Incluso esa chica, Emily, se convirtió en un lobo de pelaje morado y negro, y peleó para defender al niño y a Naom, que aún seguía herida y débil.
Pero, aún así, eran muchos Nimus. Nosotros nos cubrimos las espaldas uno con otros.
-Este es el fin -jadeó Naom.
Quise poder contradecir lo que dijo, pero… no había otra cosa más clara que esa en ese momento.
-Fue un placer conocerlos -comentó Emily.
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