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Emma en el bosque de bestias - Capítulo 44

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Capítulo 44: Tú sabes que puedo-43



Ivan

Pueden romperse huesos en toneladas y gritar miles de voces distintas pidiendo ayuda tras de mí, y no me detendría. Porque es para lo que me preparé: para estar solo y no ver por nadie más. Incluso aparté a Aran para no tener debilidades. Vi morir a un niño porque no quise ayudarlo. Lo vi caer de rodillas al lodo… y después lo enterré.

Maté a humanos que se acercaron a mi casa y también los enterré. Mi cuerpo fue capaz de aguantar el frío cuando solo quería morir de hipotermia, e intenté encender el fuego miles de veces, pero la luna me hizo tan frío que apagué cada llama.

Y ahí, observando a una humana de piel blanca y cabellos rojos, fui capaz de perder las fuerzas. Como si fuera opio, ella adormecia hasta el ultimo rincón de mi sistema nervioso.

“Que me tiemblen las rodillas, es un signo de que estoy perdiendo la cabeza” pensé, mientras observaba a Emma dormida, sin señales de querer depertar.

Esa noche cuando Elisa, con un cuerpo formado por luciérnagas, se reveló ante todos, el cuerpo de Emma se elevó en el aire rodeada de aquellas diminutas luces parpadeantes. Pero poco después, ella, empezó a caer. Con la fuerza de un gigante, algo la estaba tumbando.

Por suerte logré sostenerla antes de que tocara el suelo. Sin embargo, su corazón no estaba latiendo. Y fue ahí cuando toda mi fortaleza comenzó a desvanecerse.

Y supe, que ya no había vuelta atrás…

“Sin ella, soy solo un animal sin alma”

La jefa Lilo me hablaba, pero yo… apenas escuchaba mi propia respiración. Me sentía perdido.

—¡Tráela, rápido! —gritó ella, indicándome que la siguiera con Emma en brazos.

Aran tuvo que quitármela de los brazos y correr hacia donde se le indicó.

—¡Ivan, muévete, no te quedes ahí como un fantasma! —Azumi me hizo reaccionar y corrí tras Aran.

Llegamos a una habitación: Lilo, Aran con Emma en brazos, Azumi y yo. Habían algunas Ninfas y salieron en cuanto entramos.

—¿Qué sucede? ¿Por qué no despierta? —interrogó Aran, mientras recostaba a Emma sobre un sofá blanco, iluminado apenas por la luz temblorosa de una vela.

—Su cuerpo absorbió energía maligna —respondió Lilo, justo cuando la puerta se abrió, dejando entrar a Naom.

—Solo una bruja puede traer esa clase de energía —comentó la ninfa de ojos rojos en cuanto la vio.

—Oh, claro, tú eres la experta en brujas —siseó Azumi con sarcasmo.

—No es momento para discutir, hermana —replicó Naom, seria.

—¿Qué debemos hacer? —pregunté, un poco aturdido.

—Hay que destruir la fuente de esa energía —dijo Lilo con firmeza.

—¿Eso quiere decir que alguien la trajo hasta aquí? —preguntó Aran.

—No necesariamente —respondió Lilo—. Pudo haber estado aquí desde antes, y no lo notamos.

Entonces vi un atisbo de miedo en los ojos de Naom.

—Cuando la energía de Elisa entró al cuerpo de Emma, abrió un espacio en su núcleo vital. Y fue ahí donde la energía maligna aprovechó para infiltrarse —explicó la jefa—. Tendremos que hacer un ritual de extracción, pero es muy peligroso. Y no hay quien lo haga, mis Ninfas no tienen la habilidad nata, solo lo que han aprendido.

—Vaya al punto —insistió Aran, seco.

—El punto es que, ellas son aprendices y Emma podría morir en el intento. Es lo que puede ocurrir con más seguridad —respondió.

Caminé por la habitación tratando de arreglar mis ideas.

—No, no… espere un momento. Sabe que si a Emma le pasa algo, los mataré a todos ¿verdad? —masculló Aran.

—No —dije, en seco.

Todos me miraron.

—No va a morir. Tú vas a salvarla —le dije a Lilo, colocándome frente a ella con la mirada fija en sus ojos color ámbar, brillaban bajo la luz tenue.

—Yo no tengo la habilidad ni la energía, y quienes lo aprenden deben hacerlo desde pequeñas, yo no…

—No me importa. —Podía sentir como la desesperación subía como espuma por mi pecho. Y con eso mis uñas de lobo empezaron a salir.

La jefa me miró con precaución pero a la vez, parecía estar dispuesta a enfrentarme.

—Te dije que yo no puedo hacerlo —emitió, firme —, pero buscaré a la mejor aprendiz que tengo.

Sus manos estaban en una posición extraña, pero característica de su raza, siendo un movimiento para utilizar su poder.

—Yo puedo ayudar —interrumpió una voz distinta a las que conocía. Era la hija de Lilo, que había aparecido tímida, pero decidida, en el umbral de la puerta.

Lilo dejó de mirarme para fijarse en la joven ninfa.

—¡No, Sol! Te he dicho que no te metas en estas cosas —saltó Lilo, segura de que con eso, sería suficiente para detener a su hija.

—Pero mamá, yo puedo hacerlo. Tú sabes que puedo —insistió Sol, con los ojos brillantes de determinación—. Soy la única que puede hacerlo.

Me adelanté y me paré frente a ella.

—¿Cómo crees poder ayudar?

Lilo se interpuso de inmediato entre los dos.

—Mi hija no puede hacer nada. Retírate, Sol.

Pero la pequeña ninfa me miró directo a los ojos. Sin titubear, respondió:

—Tengo la habilidad de dominar energías vitales. Puedo extraer esa energía.

—¡Sol! —riñó Lilo, llamando la atención de todos—. Sabes que es muy peligroso. La última vez… casi mueres.

—La última vez era una niña. Y aun así lo logré. ¡Te salvé la vida! —Sol no bajó la mirada ni un segundo.

—Sigues siendo una niña —recordó la madre.

Madre e hija se miraron por varios segundos, una lucha silenciosa de amor y autoridad. Una batalla que parecía tener mucho tiempo conteniéndose.

—¿Cómo lo harás? —pregunté, ignorando a Lilo por completo.

—Debo preparar la sala y conectar con su energía —nos señaló—. Nadie puede salir ni entrar durante el proceso.

En ese momento, Naom se disponía a salir, pero Aran cerró la puerta frente a ella y dijo con voz firme:

—¿No escuchaste? Nadie va a salir de aquí.

Naom se quedó inmóvil, con el rostro pálido y la respiración entrecortada. Había algo que claramente la perturbaba.

Comenzaron a tocar la puerta con insistencia.

—¡Abran la puerta, quiero entrar! —era Toke, al otro lado.

—Lo siento —avisó Aran—. Queda prohibida la entrada o salida hasta que esto termine.

—¿Qué necesitas para prepararte? —pregunté, acercándome a Sol. Uñas desaparecieron y traté de mantener la calma.

—Sol, como tu madre y jefa, te ordeno que salgas de aquí ahora mismo —intervino Lilo, alzando la voz.

—Necesito energía, y que no haya nada cerca. Vamos a recostar a Emma en el centro de la sala y la vamos a rodear. Ahora —dijo Sol, sin mirar a su madre.

Lilo se enojó. La sujetó del brazo con fuerza, tan fuerte que le clavó las uñas.

—Me vas a obligar a paralizarte.

Pero Sol la sostuvo de vuelta y le habló con una fuerza que sorprendió a todos:

—Si no me das tu permiso hoy, lo haré mañana a escondidas. Tarde o temprano cruzaré esas cercas que me mantienen a tu lado y bajo tu poder, y nunca volverás a verme. O me apoyas… y seguimos juntas. Tú decides, mamá.

La mirada de Sol era firme, profunda. Hablaba en serio. Y la de su madre… era la de alguien que por fin entendía que su hija estaba creciendo, y que no había forma de detenerlo sin perderla.

—Ya despejé la sala —avisó Azumi desde el fondo.

—Bien. Llévenla al centro —ordenó Sol, alejándose de su madre. Tenía marcas rojas en el brazo por las uñas.

Llevé a Emma con cuidado y la recosté en el centro. Aran la cubrió con una sábana por el frío, y luego formamos un círculo a su alrededor.

Lilo temblaba. Era entendible: su hija estaba a punto de hacer algo que podría matarla. Pero lo que no entendía… era por qué Naom estaba tan preocupada. Caminaba de aquí allá como si buscara una manera de salir.

—¿Cuáles son los riesgos al hacer esto? —preguntó Azumi, con los brazos cruzados, pero más interesada que crítica.

—Abran la puerta. Jefa Lilo, yo puedo ayudar —insistió Toke.

—Si algo sale mal, esa energía puede consumir la fuerza vital de mi hija… hasta matarla. También podría destruir la de Emma —respondió Lilo.

—¿Y qué cosas podrían hacer que salga mal? —quiso saber Aran.

—No… no se dicen las debilidades. No sabemos dónde está la fuente de energía en esta habitación, ni dentro de qué cuerpo. Así que no digan nada que pueda afectarnos —advirtió Sol, mientras se preparaba.

—Dime qué necesitas —dije con seriedad.

—Necesito que concentren sus energías en mí, mientras entro al núcleo energético de Emma. No sé con qué me voy a encontrar ahí dentro, así que necesitaré toda su ayuda.

Lilo suspiró. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Mamá, voy a estar bien. ¿Confías en mí?

Lilo asintió, con el corazón en vilo.

—Siéntense alrededor, cierren los ojos y empiecen a contar de cinco hacia atrás… —pidió Sol, mientras sus dedos temblaban apenas perceptiblemente—. Y voy a necesitar… —tragó saliva— que Azumi y Naom, por favor… quédense cuidando la puerta. Nadie debe entrar… ni salir.

Me pareció extraño que Azumi no se quejara ni pusiera los ojos en blanco. Solo asintió en silencio, como si lo que estaba pasando también le pareciera preocupante. Ella se colocó en guardia con los brazos cruzados.

Los demás nos sentamos en círculo. El suelo estaba frío. Cerramos los ojos. Yo tenía dudas, claro, pero tampoco tenía otra idea mejor.

—Cinco… cuatro… —empezamos todos con la voz baja, casi en susurro—. Tres…

Sentí mi ceño fruncirse, el músculo tenso entre mis cejas marcaba lo mucho que desconfiaba, pero ya no había marcha atrás.

—Dos… uno…

Y entonces, cuando Sol llegó al uno, todo cambió.

La oscuridad tras mis párpados se volvió un blanco infinito. Abrí los ojos y ya no estábamos en el cuarto, sino de pie, flotando en una especie de vacío luminoso. Todos llevábamos túnicas blancas que flotaban como si estuviéramos sumergidos en agua, excepto Sol. Ella brillaba con un vestido azul profundo que ondeaba como un río vivo.

Respiraba con rapidez, los dedos le temblaban, pero en sus ojos ardía una determinación inquebrantable. Extendió las manos frente a nosotros. Murmuró algo en una lengua que no reconocí. Las palabras eran suaves, antiguas, y parecían resonar directamente en mis costillas.

—No la dejen ir —dijo al final, con voz quebrada—. No la dejen ir.

Entonces comencé a ver todo.

Frente a ella, empezaron a dibujarse en el aire unos lazos blancos, delgados como hilos de seda, que salían desde nuestros pechos, flotando, conectándose lentamente con los dedos extendidos de Sol. Yo sentí algo salir de mí: un calor, una especie de suspiro invisible, como si mi alma se alargara para tocar la suya.

Los lazos comenzaron a girar, a trenzarse entre ellos. Como raíces vivas, se envolvían alrededor del cuerpo de Sol, y ella los aceptaba con el rostro bañado en sudor. Su respiración se agitó, y una de sus piernas tembló, pero no se detuvo.

—Emma… —susurró.

Entonces, dio un paso al frente. Y como si el cuerpo de Emma fuera transparente, traspasó su mano lentamente hasta hundirla en el centro de su pecho. No hubo sangre ni herida. Solo una luz roja, muy tenue, latiendo dentro. El corazón de Emma.

Sol cerró los ojos y se sumergió.

El núcleo de Emma era un lugar oscuro, húmedo, lleno de ecos. Las paredes parecían hechas de carne palpitante. Un río de sangre fluía entre ellas, y en medio de ese torrente, estaba Emma, ahogándose.

Gritaba, pero no se oía nada.

La sangre la cubría por completo. Chapoteaba, hundida hasta el cuello, mientras sus manos arañaban el vacío sin encontrar apoyo. Sol corrió hacia ella, pero algo más la vio primero.

Un ser emergió de la sangre. Era una figura humanoide, sin rostro, hecha enteramente de líquido rojo. Goteaba, rezumaba, y sus brazos eran largos como látigos. Sin emitir sonido alguno, abrazaba a Emma por detrás, hundiéndola más, alimentándose de su desesperación.

Sol no lo dudó. Alzó sus manos y los lazos blancos reaparecieron, esta vez desde su propio pecho. Se extendieron como serpientes de luz hacia el monstruo, envolviéndolo. El ser chilló sin boca, y por un momento, pareció disolverse. Pero se aferró a Emma con más fuerza.

—¡No perteneces aquí! —gritó Sol, con voz temblorosa, pero firme—. ¡Sal de ella!

Las energías vibraron.

—Yo no pertenezco… me pertenece… —respondió en un susurro aquel ser.

Sol se arrodilló frente a Emma y sin miedo de ensuciar su vestido, se hundió en la sangre. Sin mucho esfuerzo la sacó del charco, para que Emma volviera a respirar.

El ser sangriento, sin ojos ni boca, la observaba con una fijeza que helaba el alma… mientras ella lo señalaba y él se llebaba de pequeños lunares blancos.

—Eres un fragmento de algo mucho más grande —dijo sol, temerosa pero firme.

—Si conoces lo poderoso que puedo ser, ¿por qué te entrometes, ninfa? —cuestionó el intruso.

—Porque tu no me conoces a mí, ni lo poderosa que soy —respondió Sol—. Ahora sal de aquí y vuelve al núcleo de energía en el que te ocultabas. ¡Ahora!

Como si con sus palabras la ninfa hubiera oprimido un botón, el ser aquel, explotó. Abri los ojos. Todos habíamos despertado, pero Sol estaba inconsciente. Lilo corrió a tratar

De despertar a su hija, mientras que Aran y yo fuimos con Emma.

Emma abrió los ojos, y lo primero que hizo fue… abrazar a Aran.

Yo me congelé.

Pero entonces, Emma murmuró algo, tan suave que apenas lo oí:

—Esa cosa… va a nacer.

Su mirada no era de alivio. Era de advertencia.

Me giré, y lo vi.

Sol estaba de pie. Pero sus ojos ya no eran los mismos. Con una mano alzada, sujetaba a Naom por el cuello, elevándola sin esfuerzo.

—Tú, eres culpable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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