Emma en el bosque de bestias - Capítulo 46
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Capítulo 46: Qon-44 parte 2
Emma
En ese momento, cuando vi al ser deforme frente a mí, supe quién era.
—Eres al que llaman Infierno —señalé, sintiendo mi voz temblar.
—¿Ese es el nombre que me han dado los seres de este bosque? —se movía de manera lenta, acercándose.
Di un paso atrás y me detuve. Mis rodillas temblaban.
—¿Qué otro nombre para algo tan destructivo y aterrador? —solté.
Una risa burlona se escuchó, apenas audible.
—Tienes razón, pero… —comenzó a caminar en círculos, rodeándome— es muy fácil decidir sobre los demás sin conocer la otra parte de la historia.
—Elegiste ser malvado… —acusé—. ¿Qué más debo saber?
—No —interrumpió—, nunca me dieron a elegir.
—¿Por qué haces esto? —quise entender.
—¿Hacer qué? —hizo una pausa, como esperando una respuesta que sabía que no obtendría—. Ah… ¿sobrevivir? —Se acercó hasta quedar frente a mí. Me observaba con lo que se suponía era su cabeza.
—Querida hermana, tú y yo venimos del mismo fuego, hijos de los mismos creadores. Somos iguales.
—¡No somos iguales! —repliqué, queriendo sonar firme, pero mi voz temblorosa me delató.
Él rió.
Su voz era la de un joven; ronca, cansada y vacía.
—Fuimos creados de la unión de los mismos seres. Éramos una sola cosa que se dividió en dos. Pero tú te quedaste con la parte más importante… —con cuidado, un dedo largo y rojo acarició la piel de mi brazo.
Di otro paso atrás.
Sentía que sus palabras eran ciertas, pero no quería creer nada. Era un asesino, un ser maligno. ¿Cómo podría creerle?
—¿Alguna vez leíste la Biblia? —pregunté.
—He escuchado a través de ti. No mucho, pero creo saber algo. Escuché sobre ese libro que cuenta la historia de un Dios que vivió a través de los humanos.
Tragué saliva; se sintió como una piedra en mi garganta.
—Más o menos… pero en la Biblia habla de los hijos de Dios. Ahí está Jesús, y el diablo. Son hermanos, creados por el mismo ser omnipotente. Sin embargo, no son iguales. Jesús es amor y salvación. El diablo es desobediencia y destrucción.
Él se enderezó, y mientras lo hacía, sus huesos crujieron como platos de cristal al romperse.
—Comprendo lo que me estás diciendo… soy el diablo. Eso dices.
Lo escuché reír de forma baja y burlona.
—Eres parecido —mencioné.
—Pero tengo entendido que ese tal Jesús murió para salvar a su pueblo. Y el diablo es el encargado de castigar a los pecadores. Entonces, la muerte del hijo bueno fue una pérdida de tiempo. Yo castigué a los que me crearon y me trataron como un ser maligno.
—¿Castigar? Vi parte de todo lo que hiciste. Dañaste, destruiste, mataste… eres peor que el diablo.
—Soy el Infierno, según ustedes… el diablo me trae a los pecadores —rió maliciosamente.
—Deberías desaparecer —dije, apretando los dientes por el enojo contenido.
—Tú y yo nacimos para estar juntos. No peleemos, hermanita —dobló su cuerpo lentamente, hasta que nuestras caras casi se rozaron.
—Nunca —dije, mirándolo directo a lo que se suponía era su rostro.
—Eres terca.
—…
—Ya que no sabes nada de mí, yo sí sé mucho de ti. Sé quiénes fueron tus padres humanos, tu hermana falsa, y lo que viviste en aquel mundo lleno de monstruos de carne y hueso. También sé cómo sufriste en el orfanato con las brujas.
—¿Tú… estuviste en el orfanato? —mi semblante cambió. Ya no era de miedo ni de enojo, sino de tristeza y curiosidad.
—Aún no comprendes… yo soy una parte de ti. Yo veo, siento y escucho tu sufrimiento y tus alegrías.
—Pero, ¿cómo? ¿Qué más sabes? ¿Hay algo que tú sepas y yo no?
—El “cómo” es complicado de explicar. A mí también me cuesta comprender muchas cosas. Aunque sí… hay cosas que yo sé y tú no —se incorporó y continuó caminando a mi alrededor. De su cuerpo brotaba un frío que helaba mi piel—. Las monjas del orfanato… ellas son brujas de un nivel tan bajo que, cuando salieron del Bosque de las Bestias, jamás pudieron volver. Se reproducen en el mundo humano y cometen atrocidades. Emma, yo viví tu dolor. Lo sentí. Escuchaba tu voz sin saber cómo hacer que tú escucharas la mía. Luego llegaste al mundo de las bestias y sentí tu energía. Cuando nos separaron, quedé solo. Los líderes intentaron eliminarme y tuve que defenderme. Nací consciente, pero sin un cuerpo que me permitiera usar todo lo que soy. Luego las brujas me encontraron y me ayudaron. A cambio, las ayudé con su causa.
—¿La causa? —pregunté.
—Sí… ellas también fueron tratadas con desprecio. Por tener sangre humana y poderes oscuros, fueron consideradas la plaga del Bosque de las Bestias y humilladas. Torturadas por miles de años. Entonces, un día, llegó alguien que las hizo pensar en venganza.
—Fuiste tú —lo acusé.
—No… tú fuiste creada para detener un mal que ya existía. Y yo llegué contigo.
—Entonces, ¿quién?
El crujir de sus huesos era un sonido constante en la oscura habitación.
—Eso es algo que incluso yo quiero saber…
—Aun así, no debiste unirte a las brujas. Te utilizaron. Tú las hiciste más fuertes. Les ayudaste a destruir —dije.
—Cuando estás solo, y alguien te da un poco de atención, eso es lo único que ves en medio de la oscuridad de un “quiero”. No me culpes.
—Sigues haciendo daño. Y la guerra ya terminó —lo acusé.
—Ya no más. Porque ahora que estás aquí, ya no necesito nada. Eres mi familia. Mi hogar.
En ese momento, sentí un gran dolor. Algo aplastó mi pecho. Como si necesitara creerle y tenerlo cerca. Pensé que se trataba de algún poder suyo, una manipulación.
—Ya no quiero estar solo. Te he esperado tanto, que cuando te vi, mi alma quiso cambiar —estiró su mano para que yo la tomara.
Un sentimiento profundo invadió mi pecho.
Mi entrecejo se relajó.
“¿Por qué le creo?” pensé.
—¿Dejarías de ser maligno? —pregunté en un susurro—. Si me lo prometes, yo te ayudaré.
Se acercó a mí, y con su mano ensangrentada, sostuvo mi barbilla con delicadeza.
—Yo solo quiero ser feliz —contestó—. Te lo prometo.
Tragué saliva mientras pensaba:
“Todos merecen una segunda oportunidad.”
Él extendió su mano para que la tomara.
—Toma mi mano, y acéptame de nuevo como parte de ti.
Su mano ya no era de sangre. Se estaba convirtiendo en piel: pálida y suave. Y cuando miré hacia arriba, vi un rostro. Lo que antes era deforme había tomado forma: el chico de cabellos rojos y ojos verdes frente a mí desprendía luz que me permitía verlo. La calidez de su sonrisa me distrajo. Y su voz:
—Déjame volver a ti —me dejó sin palabras.
Tomé su mano. Y entonces, él me abrazó con cariño.
Querido lector, yo sentí que conocía a ese chico. Que no había maldad en él. Estaba segura de que no mentía. Pero…
—Mi nombre es Qon, hermanita —continuó—. Te voy a sumergir hasta que toda mi energía pueda viajar hasta donde estás —comenzamos a hundirnos en la sangre del piso. Y yo… ya no me podía mover—. Solo duerme, y déjame tomar tu lugar.
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