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Emma en el bosque de bestias - Capítulo 47

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Capítulo 47: Latidos

(Escritos de Aran en su libro)

Querido libro…

No sabía que el amor era así. Me hace capaz de vivir a costa de otros latidos que no son los míos.

Antes no quería saber nada de lo que estaba fuera de mi cueva. Ahora, deseo ver colores tan intensos como el rojo de su cabello.

Ella no es mía. Y tampoco es de Iván. Ella es suya. Y eso me gusta. Quiero que siga siendo así. Por eso deseo protegerla. Para que nunca pierda su esencia.

Amigo mío, si alguna vez mi señorita llega a leer tus páginas, por favor, hazle saber, de la forma en que puedas, lo que siento. Moldea tus hojas y hazlas suaves, para que sus dedos no se vayan demasiado pronto. Que las letras se mantengan oscuras, firmes, para que no tenga que forzar la vista. Y si alguna lágrima cae, que no deje marcas. No quiero que esté triste. Eso es todo lo que te pido. Y ya es mucho. Porque es más fácil pedirte que respires. Te lo suplico… no quiero nada más.

Hoy, la señorita casi muere… otra vez.

Naom está embarazada de un monstruo.

Y Sol… demostró ser poderosa.

Emma despertó después de ser invadida por una energía oscura. Hubo discusiones, gritos, golpes. Pero ahora… estamos en calma. Bueno, ella y yo lo estamos. Porque el lobo se encuentra reunido con las Ninfas. Quiere arrancar al hijo del vientre de Naom.

Emma está recostada a mi lado mientras escribo. Guarda silencio mientras observa una esquina de la cabaña.

La cama de madera y lianas no es cómoda, pero ella no se queja. Tiene los ojos vidriosos y la nariz enrojecida. Está triste, mi pequeña humana está triste, libro.

Hace un rato hablamos:

Ella me preguntó si alguna vez había sentido algo tan fuerte en el pecho que me dieran ganas de desaparecer.

Le dije que no.

Pero la verdad es que sí.

—Aran… a veces quiero desaparecer y borrar la idea de que alguna vez estuve aquí —me confesó.

En ese instante, sentí que se había arrepentido de conocerme. Pensé que le habíamos hecho daño, que la habíamos lastimado más de lo que podíamos ver.

—Pero no es por ustedes —añadió rápidamente, como si hubiese leído mis pensamientos—. Es por las cosas que han pasado… por mi culpa.

No fue mi intención demostrar cuánto dolió oírla decir eso. Pero no pude evitar acercarme y pedirle en voz baja que guardara silencio.

—¿Por qué debo callar, si sabes que es verdad? —soltó, con una mezcla de dolor y certeza.

—Señorita… —susurré sin pensarlo—. Lo que para usted es su verdad, para mí es la mentira más vil de este mundo. Usted se siente culpable por sucesos inevitables. Pero aquí, usted es la cura… de una enfermedad casi indestructible.

Una vez leí un libro… creo que se llamaba Farmacología. En él explicaban cómo los medicamentos, los fármacos, deben pasar por muchos procesos antes de curar algo. A veces, antes de hacer bien, tienen que resistir mucho. Lo que quiero decir con esto es que todo es parte de un proceso. Nadie es culpable de lo que sucede en el camino. Sólo estábamos allí cuando ocurrió. Así lo veo yo.

Ella se sentó a mi lado en la cama. Tenía los ojos cansados, y la voz apenas le salía.

—Si yo soy el medicamento, y este bosque es el organismo… ¿quiénes son ustedes? Porque son ustedes los que me han sostenido. Sin ustedes, no habría llegado ni a la mitad de esto. Yo no soy la cura. Ustedes lo son.

—No —le tomé las manos con cuidado, mirándola a los ojos—. El vehículo se encarga de proteger y transportar el principio activo, mi hermosa. Nosotros sólo somos los guías. Y amo serlo.

Me miró confundida, hasta que una leve sonrisa apareció en sus labios.

—Sabes que no estoy entendiendo nada de lo que dices, ¿verdad? —dijo con ternura.

Sonreí también.

—Perdóneme.

Nuestras miradas no querían alejarse. Era como si algo nos sujetara el alma.

Un suspiro sutil se escapó de mi pecho, como si llevara dentro una verdad demasiado grande para esconderla.

—Usted… —miré sus manos, y luego volví a sus ojos—. Usted es todo para mí. No me arrepiento de nada. Sus ojos, su cabello, sus pecas, su existencia… es mi hogar.

—Aran…

—Espere. Déjeme terminar —tomé su mano derecha y la llevé hasta mi pecho. Se sorprendió, pero no le di tiempo de preguntar—. ¿Puede escuchar los latidos de mis corazones?

Ella asintió, insegura.

—Todos esos corazones que ahora escucha… debieron haber dejado de latir hace mucho tiempo. Pero usted es la razón por la que siguen haciéndolo. Amo vivir. Amo sentir. Amo tener su mano tan cerca de mí.

—¿Acaso tú…?

Sabía que su pregunta sería si yo la amaba. Pero temía que mi respuesta fuera el fin de todo.

—Su amistad… señorita… es el motor de mi existencia. No lo olvide.

Que no lo olvide… que se mantenga viva, que su corazón siga latiendo. Libro, que respire. Que camine… y yo la seguiré.

—Ay, Aran de mi corazón… eres mi mejor amigo.

Y esas palabras… esas palabras crearon la primera grieta en mi pecho.

Sentí flores caer bajo mi camisa, como si una lágrima, al no encontrar salida por los ojos, decidiera escaparse por una herida en mi piel.

Quise besarla y borrarle los recuerdos. Quise decirle cuánto la amaba. Que no se fuera nunca, o que me llevara con ella.

Sostuve su rostro con delicadeza. Acaricié su mejilla y ella recostó su cabeza en mi pecho.

Ay, libro… no podía moverme. Mi respiración se volvió lenta, en contraste con el temblor rápido de mis latidos.

—Sé que contigo estoy segura. Mi querido Aran. Pero quiero que tú estés seguro. Así como me cuidas, quiero cuidar de ti. Soy débil, lo sé… aun así, intentaré de todo para cumplirlo.

Ella quiere cuidarme, y aunque lo único que me importa es ella… saber que desea que yo esté a salvo, me hace querer seguir viviendo.

Al final, me dio un beso en la mejilla y se volvió a recostar en la cama. Han pasado dos horas y ella, abre y cierra los ojos. Pero no dice nada.

Ay libro… que feliz, pero que triste estoy.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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