Emma en el bosque de bestias - Capítulo 49
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Capítulo 49: Primer beso de verdad
Lilo caminó en medio de todos y, con voz firme aunque con los ojos cansados, dijo:
—En vez de estar amenazando, preocúpense por hacerse más fuertes. El enemigo, aunque lo saquen del vientre de Naom, seguirá existiendo. No se gana la guerra con una sola batalla.
—¿Sugiere que la dejemos tener a ese monstruo? —preguntó Aran, incrédulo.
—Sobre eso… matar no es la única manera. Le doy la opción de irse. Naom, Toke y el bebé pueden marcharse lejos. Es mi sugerencia.
—Ningún cuerpo aguanta ese mal por mucho tiempo —murmuró Sol—. Si se va lejos, la energía en el bebé no podrá desarrollarse y se consumirá. No tendrá de qué alimentarse.
—¿Dices que, si se queda, el bebé se alimentaría de Emma y así sobreviviría? —cuestionó Toke.
Sol asintió.
—Y no solo de ella. También de Aran, de Azumi, de Iván… incluso de mí —respondió la chica.
Lilo la miró, extrañada.
—¿Y de ti por qué? —quiso saber—. Solo se alimentaría de quienes poseen energía espiritual de… —se detuvo de pronto, como si hubiera comprendido algo, y negó despacio con la cabeza.
Sol observó a cada uno de nosotros.
—Yo también recibí energía de Emma cuando entré a su núcleo.
Levanté la mirada.
—Entonces eso quiere decir que tú también eres… —dije.
—También soy una guardiana —completó.
—No es posible, nunca vi ninguna marca. Tú siempre fuiste normal y nunca… —Lilo parecía nerviosa.
—Madre, la marca siempre estuvo a la vista. Pero como nunca me has mirado a los ojos para conocerme, fue inexistente para ti.
La marca dorada en el ojo izquierdo de Sol brilló bajo la luz de la vela. Tenue, pero visible; lo suficiente para que todos la atestiguaran.
Lilo tuvo que sostenerse de la mesa para no caer.
—¿Ahora solo falta un guardián? —interrogó Azumi con burla—. ¿No es demasiada coincidencia que justo aquí aparezca una “guardiana”? Yo no pienso participar en esto. Me parece una locura. Un juego tonto.
—Te recuerdo, ninfa —dijo Aran—, que si ese ser se apodera del bosque, tu madre, tu reino, todos vamos a morir. Así que si vas a huir como cobarde, hazlo. Sabes escapar mientras todavía puedes. Y no te juzgo —Aran miró a Naom—, pareciera que lo llevan por instinto en la sangre.
Lo miré para que guardara silencio, y extrañamente lo hizo. Se veía enojado. Azumi y él cruzaron una dura mirada, pero fueron interrumpidos:
—Yo me iré muy lejos… —dijo Naom de pronto.
Toke la miró con extrañeza.
—Nos iremos al castillo de donde viene Toke. Está lo suficientemente lejos y estaremos a salvo. No hay nadie allí, está destruido, pero podemos sobrevivir. Yo salvaré a mi hijo.
—No —intervino Toke—. No nos iremos.
Su mirada se desvió unos segundos hacia Azumi. Ella no lo notó, pero Naom sí.
—Debemos irnos —masculló ella—. Es por nuestro hijo.
Toke se pasó la mano por la cara, frustrado.
—¡Esa cosa no es mi hijo!
En ese instante, algo dentro de Naom se rompió. Lo vi en sus ojos rojos, brillantes por las lágrimas.
El silencio nos envolvió, hasta que Toke continuó:
—No me iré de aquí. Ese monstruo… tienes que deshacerte de él. ¿Y si nos mata?
Naom tenía la mirada fija en su esposo. Sin palabras, lo llamaba: “Traidor”.
—Debemos hacer lo correcto —insistió él.
Naom, con dificultad, enderezó su cuerpo. Aunque se notaba su esfuerzo, trató de ocultarlo.
—Dime la verdad —musitó con voz fría.
Él, confundido y nervioso, preguntó:
—¿De qué hablas? —pero lo sabía.
—¿Es por ella, verdad? —Naom lo miraba sin pestañear.
La mirada del ninfo tembló hacia Azumi.
—No quieres alejarte de ella porque aún la amas.
Azumi frunció el ceño y dio un paso al frente.
Toke quiso defenderse, pero al final suspiró y bajó la cabeza.
—Siempre ha sido así y lo sabes —confesó.
Naom esbozó una sonrisa rota, cargada de dolor, pero también de ironía.
—Esto debía pasarme. Debía haber un castigo… y han sido muchos los que me ha dado la vida, pero esto… esto es el colmo.
—Lo siento, pero de verdad nunca dejé de amar… —un golpe interrumpió a Toke.
Azumi le dio un puñetazo brutal que lo hizo caer al suelo.
—Ella vendió su alma y la de quienes amaba para que volvieras a la vida. Un amor capaz de vencer a la muerte. ¡Y tú te atreves a despreciarla! Su corazón es demasiado para ti. ¡No la mereces! —las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con la furia—. ¡Muérete y devuélveme a mi familia! —le dio una patada en el pecho que lo lanzó contra la pared. Luego caminó hacia él para seguir golpeándolo.
Naom lo miraba, sorprendida.
Lilo se cubría la cara con frustración.
Yo decidí salir de ahí.
—Espera, Iván —Lilo me detuvo en la puerta.
El bullicio de Aran calmando a Azumi se escuchaba detrás.
La miré para que continuara.
—Mañana, cuando salga el sol, los esperaré en la glorieta. Aprenderán a activar sus dones. La guerra está más cerca de lo que pensamos.
No respondí; solo asentí y caminé hacia la habitación de Emma, quien dormía rodeada de ninfas que la protegían.
—Ya pueden irse —les dije.
Ellas salieron y yo me acerqué a Emma.
Dormía tranquila, aunque con el ceño fruncido. No pude evitar sonreír: quizá soñaba algo que la enojaba. Me senté en el sofá de al lado y me incliné hacia ella. Con un dedo presioné suavemente su entrecejo, y lo relajó.
Al mirarla sentía que contemplaba mi propio corazón. Cuando mis dedos rozaban su piel pálida, mi pecho temblaba como un tambor golpeado desde dentro. Euforia y calma mezcladas. Ella era el punto medio entre lo malo y lo bueno. Lo malo porque temía perderla; lo bueno porque amaba tenerla.
Ya no me importaba si el hilo de la luna me obligaba. Si ese lazo se rompía, yo lo restauraría.
Qué ironía: siendo una bestia de cuerpo fornido y fuerza sobrenatural, mi mente y mi alma dependían de alguien tan delicada como una humana.
No sabía que necesitaba tanto ser vulnerable. Tampoco pensé que, al serlo, ella vendría en otro cuerpo: la debilidad.
Emma abrió los ojos despacio. Me vio observándola con calma.
—Vuelve a dormir —susurré.
Ella tomó mi mano y la arrastró hasta su rostro.
—Hace mucho frío, y tus manos son muy cálidas. Préstamelas.
Nos miramos a los ojos. La vela dorada iluminaba el ambiente. Mi corazón latía con fuerza. Ella se incorporó en la cama y dijo:
—Creo que… estoy enamorada de ti.
Tragué saliva. Algo ardía en mí.
Sentir de esa manera era nuevo. No sabía cómo funcionaba, así que me dejé llevar. Con cuidado deslicé mi mano por su cabello hasta la nuca, la miré a los ojos y luego a los labios. Respiré hondo. Su nariz se tornó roja.
—¿Qué has hecho conmigo? —susurré, embriagado por la sensación.
No quería que respondiera. Y ella no lo hizo. Cerró los ojos, exhaló despacio, y luego me miró de nuevo con esos verdes profundos que me atravesaban. Fue entonces cuando reclamé sus labios.
No fue brusco, pero sí firme.
Un beso. Uno que comenzó con su labio inferior atrapado entre los míos, y que por un instante pareció detener el mundo. Cada roce, cada contacto, llevaba todo lo que no podía decir con palabras: mi necesidad de protegerla, de cuidarla, de mostrarle que era mi todo, sin barreras ni reservas.
Sus manos descansaban sobre mi pecho, y las mías sostenían su rostro con fuerza y cuidado a la vez. No era un gesto simple; era la verdad de lo que sentía concentrada en un instante. Cada segundo del contacto era mío, pero también de ella.
Sentí cómo se estremecía, y con eso entendí que me aceptaba, que sabía lo que estaba pasando, que podía confiar.
Me aparté apenas unos centímetros y la vi con los ojos cerrados. Luego me miró, con una mezcla de sorpresa y alivio, entendiendo que en ese beso le estaba dejando algo de mí que nadie más vería: mi vulnerabilidad, mi amor, mi todo.
Volví a besarla, más lento, más consciente. Pasé de sus labios a su mejilla, luego a su frente… me acerqué a su cuello, rozando con la nariz su piel. Sentí cómo se erizaba al contacto, cómo su respiración cambiaba, y supe que debía detenerme antes de perder el control, aunque no quería.
En ese instante, no había frialdad. No había distancia. Solo estaba ella y yo, y todo lo que sentía por ella se concentraba en ese simple, silencioso y poderoso beso.
—Ivan… —musitó—. este es mi… mi primer beso de verdad.
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