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Emma en el bosque de bestias - Capítulo 53

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Capítulo 53: capitulo 50

El llamado del alma

Su luz casi me hizo perder la vista.



Era una mujer de piel blanca y cabello del mismo color. Vestía ropas doradas, y sobre su cabeza llevaba una corona que parecía una imitación del sol mismo. En sus ojos, pequeños destellos brillaban en la línea inferior de los párpados, como si la luz se negara a abandonarla. Sus labios rosados, suaves y delicados, recordaban a pétalos de rosa recién abiertos.

Su mirada era serena, en perfecta armonía con cada una de sus facciones.

Qué belleza tan imposible, pensé.

Entonces volvió a hablarme.

—¿Hijo del bosque? —preguntó, con una suavidad incrédula, como si temiera estar equivocada.

A su lado había un hombre alto y fuerte, de expresión severa. Apenas lo noté; toda mi atención seguía atrapada en ella.

No respondí. Permanecía hipnotizada por su presencia. Pero la escuché cuando, ladeando la cabeza y cubriéndose la boca con la mano, susurró a su acompañante:

—¿Están seguros de que es este? Parece… tan pequeño.



El hombre extraño respondió únicamente con un gruñido grave.

En ese momento, la seriedad de la mujer se desvaneció. En su rostro apareció una mezcla de diversión y un leve rastro de… ¿confusión?

—En fin —dijo con calma—. Él es Taniw, el guardián de las puertas de almas. Y yo soy Nahiara, Tu guía en el mundo de los espíritus.

Al escuchar su nombre, todo encajó. Los rasgos que me resultaban tan familiares se volvieron evidentes. Aran era un reflejo de ella. Ella era Nahiara, la hermosa madre de mi querido Aran.

Antes de que pudiera detenerme, ya la estaba abrazando. Mi cabeza quedaba a la altura de su pecho. Era alta, cálida, y su aroma a flores me envolvió por completo.



—Oye… ¿estás bien? —preguntó con sorpresa, manteniendo los brazos levantados, sin saber qué hacer.

—Necesito llevarle este abrazo a un amigo —murmuré, con la voz quebrada.

—¿Qué dijiste, pequeño? No logré escucharte —respondió.

Pero al notar mi tristeza, al verme a punto de llorar, bajó lentamente los brazos y me envolvió con cuidado.

—Está bien… todo está bien —susurró—. Aquí estás a salvo.

Me separé despacio. No logré ocultar las lágrimas que se acumulaban en mis ojos.

—No tengas miedo —dijo, tomando mi mano con firmeza y ternura—. Caminaré contigo. Nada te sucederá mientras esté a tu lado.

Su sonrisa era cálida, llena de amor y paciencia. Una nobleza tranquila, digna no solo de una reina, sino de una madre.

Caminamos juntos. A lo lejos se extendía un campo de girasoles altos, mecidos suavemente por el viento.

Se detuvo frente a una puerta que parecía no pertenecer a ningún lugar. No había paredes, solo madera flotando en medio de la nada.



—Esta puerta se va a abrir —dijo con voz profunda y serena—. A través de ella llegaran las almas que te seguirán en este viaje. Les entregarás la energía que despertará sus dones.

Cuando lo hagas, sus destinos quedarán unidos al tuyo. Dejarán de ser jóvenes espíritus y se convertirán en guerreros. Verán lo que antes les estaba oculto.

Hizo una pausa, como si eligiera cada palabra con cuidado.

—Algunos vivirán. Otros morirán. Así es el equilibrio.

Pero si decides no entregarles la energía… morirán igualmente. Porque nacieron para esto. No debieron existir, y aun así lo hicieron. Tú decides, hijo del bosque.

Sus palabras se anudaron en mi pecho, apretando mi alma. Si lo hacía, los condenaba a la guerra. Si no lo hacía, los condenaba a la muerte.

¿No podía alguien más decidir por mí?

Nahiara apretó suavemente mi mano.

—Lo sé —dijo con dulzura—. Es una carga pesada. Pero existe otra forma de elegir.

Alzó la mirada hacia la puerta.

—Cuando las almas entren, no verás rostros. Solo colores.

Las almas azules te seguirán siempre. Representan la lealtad absoluta; jamás te abandonarían.

Las rojas dudan. No están seguras de aceptar su destino.

Y las verdes… aún no conocen el suyo. Tal vez todavía no han nacido del todo.

Volvió a mirarme, con infinita paciencia.

—Ellos también pueden elegirte a ti.

Podían elegirme…

¿y si no quieren? pensé.

—Dime cuándo estés lista —dijo con una voz suave, profunda, cargada de paciencia.

No lo estaba.

No estaba preparada.

No estaba segura de nada.

Y aun así, asentí.

Ya entendía que había nacido para tomar decisiones como esas. Para aceptar cargas que no podían ser evitadas.

Su mirada, al ver que asentía, se llenó de una sorpresa silenciosa.

—¿Tan rápido? —murmuró—. Eres una deidad latiente. Tu alma tiene un color dorado tan brillante como el sol. Jamás había visto una igual. Esa luz define una pureza valiosa… muy parecida a la de alguien que conocí.

—¿Usted puede ver mi alma? —pregunté.

—Me dijeron que el hijo del bosque era un niño —respondió con serenidad—. Pero la delicadeza de tus colores me dice que eres una niña. No puedo ver tu rostro, ni tu piel, ni siquiera tus ojos. Solo el alma que resplandece sobre ti.

—¿Quién es esa persona con un alma parecida a la mía? —quise saber.

Nahiara sonrió. En su expresión se mezclaron la nostalgia y un amor tan profundo que dolía.

—Mi pedacito de cielo —dijo—. Su alma posee rayos de luz dorada. Su existencia, por sí sola, es mi sol. Su nombre es Aran. Mi hijo.

—La puerta está a punto de abrirse —anunció el hombre de pronto, recordándome que seguía allí.

—Yo… yo conozco a Aran —dije con rapidez, al ver que la puerta comenzaba a moverse.

Los ojos de Nahiara se abrieron por completo.

—¿Conoces a mi hijo? —preguntó, con la voz temblando—. ¿Cómo está él?

—Él está… él…

No pude terminar.

La puerta se abrió.

El primero en cruzarla fue Aran. Lo supe sin dudarlo. Su alma llevaba rayos dorados y un azul tan intenso como sus ojos.

Nahiara llevó ambas manos a su boca. Ella también lo reconoció.

Se acercó despacio, sabiendo que no podía tocarlo. Las lágrimas se acumularon en sus ojos y, con dedos temblorosos, rozó el contorno de su alma, como si tocara agua sagrada. Las lágrimas cayeron como perlas.

—Aran… —murmuró—. Has crecido.

No sabía si aquello era posible, pero el alma de Aran comenzó a brillar, a parpadear, como si ese contacto invisible hubiera alcanzado su corazón.

—Mi hijo es uno de los guardianes —dijo, con una preocupación llena de amor—. Y por lo que veo, te seguirá hasta el fin del universo. Jamás he visto un azul tan intenso en un alma.

Me llevé la mano al pecho.

—Él es maravilloso —dije—. Es mi mejor amigo.

Nahiara negó suavemente con la cabeza y sonrió.

—Mi pequeño Aran… es feliz.

Sentí entonces cómo la energía despertaba dentro de mí. Era cálida, antigua, viva.

Di un paso al frente.

—Te entrego a ti, Araneoe, la energía que activará tus dones —dije, con la voz firme pese al temblor en mi pecho—. Desde ahora, eres un guerrero.

El alma de Aran resplandeció con más fuerza.

Las almas siguieron entrando.

Iván apareció después. Su alma era azul y plateada, tan intenso el color que lastimaba en los ojos. No dudé. Le entregué la energía, y su luz se afirmó, segura.

Luego llegó Azumi. Su alma era roja, inestable, vibrante, llena de dudas. Cerré los ojos un instante. Si no lo hacía, moriría. Si lo hacía, viviría para enfrentar su destino. Decidí que debía vivir. Cuando le entregué la energía, el rojo dejó de temblar, aunque la incertidumbre permaneció.

Después entró Sol.

Su alma era de un azul profundo, leal, inquebrantable. Al entregarle la energía, sentí una conexión clara, firme, como una promesa silenciosa.

Y entonces apareció otra alma.

Era verde.

Pero no un verde puro.

Estaba envuelta en una sombra negra brillante, como si la luz y la oscuridad coexistieran sin haberse aceptado del todo. Parpadeaba con una intensidad inquietante. Era poderosa… y desconocida.

Mi respiración se detuvo.

—Esa alma aún no ha despertado por completo —dijo Nahiara con voz baja—. Su destino no está definido.

—Entiendo… —susurré.

—Vas a volver a este lugar cuando esa alma esté preparada.

Asentí lentamente.

—¿Y usted estará aquí? —pregunté, aferrándome a esa esperanza.

Nahiara negó con suavidad.

—Al principio me pregunté por qué el hijo del bosque me había elegido como guía —confesó—. Luego comprendí que fue la conexión que tienes con mi hijo lo que te trajo hasta mí.

Hija del bosque… no volveremos a vernos.

Me abrazó con una ternura profunda, desesperada y amorosa a la vez.

—Por favor, no abandones a mi Aran. No lo dejes solo. Dile que lo amo. Que viva. Que sea feliz. —Su voz se quebró—. Abrázalo por mí. Llévale mi abrazo.

Gracias… gracias por darle razones para vivir. Él es feliz gracias a ti. Estoy en deuda contigo.

—Aran la ama —respondí—. Y sabe que usted también a él. Prometo que siempre estaré para él.

Ella me miró a los ojos como si buscara algo en ellos. Aunque no exactamente porque ella no podía verlos.

—Mi hijo enamorado… —musitó entre una sonrisa. Muchas gracias y Adios.

Y entonces, abrí los ojos y a quien abrazaba, era a Aran.

Escrito de la señora Moriha en una de las páginas sueltas del libro de Aran. Esa que encontrarán más adelante.



Diario de mis letras…

Ahora estoy en el bosque de las bestias, y quiero contarte cómo observé, con detalle, cada uno de los reinos de este lugar. Pero hoy, en estas páginas, quiero hablarte del reino de los lobos.

Lo que vi allí… de verdad me sorprendió.

Pero antes debes saber cómo llegué con vida hasta ese lugar.

Fui convertida en algo invisible, capaz de moverme por este bosque sin control. Así pude conocerlo todo. Déjame contarte, querido lector… o querido diario… o quizá, bestias.

Antes de ser una intrusa en el bosque, yo era una madre desesperada, buscando a su hijo.

Y así fue como me encontré con Aran.

Un joven noble, de cabello blanco como las nubes y unos ojos de un azul electrizante. Estaba rodeado de arañas. Eran como guardianas hambrientas caminando a su alrededor: grandes, pequeñas, de colores curiosos… nunca vi nada igual.

El joven me ofreció un rincón en su cueva, pero había un precio: regresar al pasado para ver a mi hijo, a cambio de entregar mi vida.

Por mi querido hijo, fui capaz de aceptar el peligro. ¿Qué importaba morir si podría volver a verlo?

Pero Aran… siendo tan bueno, no quiso dañarme.

Le conté mi historia, y en vez de hacerme daño, me dio una oportunidad. Me dejó ir.

Ay, mi joven Aran… tan bueno, tan valiente. Como una flor delicada, pero con la fuerza de mil hombres. Sin duda, fue el mejor ser que conocí en el bosque de las bestias.

Más adelante, en mi viaje, encontré el lago de las ninfas. Un mundo acuático… magnífico. Pero no voy a describirlo. Está prohibido. Y aunque pudiera, prefiero respetarlo.

Si algún día, quien lea esto decide ir al lago de los peces flotantes por pura curiosidad… le recomiendo no hacerlo.

Puede ser peligroso.

Pero valdría la pena… por la belleza que se oculta en el fondo del agua.

Allí fui bienvenida. Aunque, al principio, casi me matan: me confundieron con una bruja.

Pero, con mis conocimientos como humana… como médico, logré salvar a la antigua reina, Aziom, quien padecía una enfermedad extraña para ellos, pero conocida para nosotros: la gripe.

En agradecimiento, me dieron una poción. Una hecha con sangre de ninfa, que me volvió invisible por unos días.

Gracias a esa invisibilidad, pude caminar por el bosque sin ser devorada.

Y así, querido diario, llegué a la aldea de los lobos.

Nunca vi algo tan majestuoso.

No por castillos ni elegancia… sino por algo más antiguo. Algo que recordaba a las historias de nuestros ancestros: chozas, fuego, libertad. Ropas nórdicas. Un aire casi tribal.

Era hermoso.

Pero, incluso en esa belleza… había algo pesado. Algo oscuro.

Y déjame contarte, brevemente, querido diario, lo que escuché.

Lo que una madre lobo le narraba a su pequeño hijo.

Y sé que debes estar preguntándote: “¿lobos que hablan?”

No sé si lo mencioné antes, pero me refiero a hombres lobo. Seres capaces de transformarse.

Y así fue como ella comenzó:

“Cuenta la leyenda, hijo mío, que la luna, una noche, bendijo a una mujer.

Una mujer de este bosque… que tuvo la oportunidad de conocer a los humanos y vivir entre ellos.

Pero un día, decidió regresar.

Era una bruja… aunque no nació para serlo.

Era hija de la luna, porque la luna la había escogido.

Creció entre lobos, pero fue llevada al mundo humano, ya que su sangre no pertenecía del todo a nuestro linaje. Su madre era una loba… su padre, un hombre.

Cuando su madre murió, fue obligada a vivir entre humanos. Pero con el tiempo, regresó… y formó una familia con el rey de estas tierras.

De ese amor nacieron tres hijos poderosos.

Dos eran fuertes.

Pero el más pequeño… de cabello oscuro… al transformarse, su pelaje se volvía blanco. Tan blanco como la luz de la luna.

Al principio creyeron que era débil.

Pero no lo era.

Esa debilidad… era un poder oculto. Uno capaz de destruir incluso las almas.

Ella, su madre, había sido bendecida desde su nacimiento. Mitad humana, mitad loba… y convertida en bruja, porque los humanos, al entrar en el bosque, despertaban un poder de las estrellas.

Vivieron en paz… hasta que llegó el día.

Ese día en que ella lo dio todo por él.

Por el hijo de la luna.

Por el menor.

Pero ese niño… no solo era especial.

Era un niño maldito.

Y su propio padre… lo desterró.

Lo envió a un lugar del que jamás pudo regresar.

¿Cómo puede un padre hacer algo así?

Tal vez… solo tal vez… lo hizo para proteger a los demás.

Sacrificando a uno de sus hijos… por el bien de todos.”

Diario…

Así, con esas mismas palabras, la madre le hablaba a su hijo.

Y ahora te dejo en manos de Aran.

Él te cuidará tan bien como yo… quizá incluso mejor.

Le enseñé a escribir poemas, aunque él los confunde con relatos de su propia vida.

Aun así… lo que escribe es hermoso.

Estás en buenas manos, querido diario.

Pero no te preocupes…

He conservado algunas de tus páginas.

Para que siempre estés conmigo, en mis aventuras.

(Hola🩷… perdon por la tardanza).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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