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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 171

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Capítulo 171: Rota II

El silencio regresó después de que Corina abandonó la habitación.

Eliza continuó mirando hacia el valle, aunque la noche ya había borrado casi por completo el paisaje que antes se extendía ante sus ojos. Las montañas eran ahora sombras profundas, y el bosque apenas una masa oscura que se perdía en la distancia. Solo la cascada seguía visible, una línea plateada cayendo eternamente desde lo alto del risco.

El murmullo del agua llenaba el aire.

Constante. Inmutable.

Como si nada en el mundo pudiera detenerlo.

Eliza permaneció inmóvil en el suelo del balcón, abrazando distraídamente sus propios brazos mientras el aire fresco de la noche rozaba su piel. Sus pensamientos seguían girando lentamente alrededor del mismo punto, como una aguja atrapada en un disco rayado.

Sofía estaba viva.

La idea seguía resultándole irreal.

Dolorosamente irreal.

Detrás de ella, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez el sonido fue más evidente.

Eliza no se giró al principio.

Pero escuchó las voces.

—Está ahí —susurró una de ellas.

—Lo sé —respondió otra con un hilo de preocupación.

Pasos suaves cruzaron la habitación.

Eliza cerró los ojos por un segundo antes de volver la cabeza lentamente.

Madison fue la primera en aparecer en el balcón.

Su cabello oscuro caía suelto sobre los hombros y su expresión normalmente vivaz estaba ahora marcada por una preocupación que no intentaba ocultar. Ashley apareció justo detrás de ella, con su melena recogida en una trenza suelta que le caía por la espalda; como una luna, se decía ella misma.

Ambas se detuvieron al verla.

Sentada en el suelo.

Pálida.

Inmóvil.

Madison fue la primera en hablar.

—Dioses… Eliza.

No lo dijo como un reproche.

Lo dijo como si el corazón se le hubiera encogido en el pecho.

Ashley avanzó un paso más, observándola con una mezcla de ternura y tristeza.

—¿Has estado aquí todo el día?

Eliza no respondió de inmediato.

Sus ojos se deslizaron brevemente hacia ellas antes de volver al horizonte oscuro.

—Creo que sí —murmuró finalmente.

Su voz seguía áspera.

Lejana.

Madison intercambió una mirada rápida con Ashley.

No dijeron nada en voz alta.

Pero ambas pensaron lo mismo.

Esto era peor de lo que habían imaginado.

Madison se acercó despacio hasta quedar frente a ella y se agachó en el suelo, quedando a su altura. No invadió su espacio de inmediato. Solo la miró durante unos segundos, evaluando su rostro cansado, su cabello enredado, la forma en que sus hombros parecían más pequeños de lo habitual.

—Corina nos dijo que no has comido —dijo con suavidad.

Eliza no contestó.

Ashley se acercó también, sentándose en el suelo junto a ellas.

—Ni te has bañado —añadió con una pequeña sonrisa triste.

Eliza frunció apenas el ceño.

Como si esa información le resultara curiosamente irrelevante.

Madison extendió una mano y apartó con cuidado un mechón de cabello rubio del rostro de Eliza.

—Ven —dijo con una voz tan suave que parecía una caricia—. Vamos a levantarte de aquí.

Eliza no opuso resistencia.

Tampoco colaboró demasiado.

Simplemente dejó que ambas amigas la ayudaran a ponerse de pie, sus piernas ligeramente entumecidas después de tantas horas sobre la piedra fría.

El interior de la habitación estaba tibio.

Las velas encendidas proyectaban luces doradas sobre las paredes de piedra clara, y el aroma tenue de lavanda flotaba en el aire.

El baño estaba preparado, tal como Corina había prometido.

El vapor escapaba suavemente desde detrás de la puerta entreabierta.

Ashley guio a Eliza hacia dentro mientras Madison comenzaba a desatar con delicadeza los cordones de su vestido.

—Esto va a ser rápido —murmuró Madison con un tono tranquilizador—. Agua caliente, jabón, y luego te pondremos algo bonito.

Eliza parpadeó lentamente.

—No hace falta…

Ashley la miró con una sonrisa suave.

—Hace falta para nosotras.

El vestido cayó suavemente al suelo.

El agua de la bañera estaba tibia, perfumada con aceites suaves de flores blancas que llenaban el aire con un aroma delicado. Ashley ayudó a Eliza a entrar con cuidado mientras Madison recogía una esponja y comenzaba a humedecer su cabello.

El agua corrió por sus mechones dorados.

Lenta.

Tranquila.

Madison lavó su cabello con paciencia, masajeando suavemente el cuero cabelludo mientras Ashley limpiaba con delicadeza los brazos y los hombros de Eliza.

Ninguna habló durante un rato.

Solo el sonido del agua.

El vapor.

La respiración tranquila de las tres.

Poco a poco, la rigidez en los hombros de Eliza comenzó a aflojarse.

No mucho.

Pero lo suficiente para notarse.

Cuando finalmente la ayudaron a salir de la bañera, Ashley envolvió su cuerpo en una toalla suave mientras Madison comenzaba a desenredar su cabello con un peine de marfil.

—Mira esto —dijo Ashley unos minutos después, sosteniendo el vestido frente a ella.

Era hermoso.

De un color azul cielo muy pálido, casi luminoso, como el tono del firmamento justo antes del amanecer.

La tela era ligera, fluida, hecha de una gasa delicada que parecía capturar la luz.

El corpiño estaba adornado con encajes finísimos bordados con hilos plateados, formando pequeños motivos de hojas y flores que trepaban suavemente desde la cintura hasta el escote.

Las mangas eran translúcidas, hechas de encaje floral, cayendo hasta los codos con pequeños bordes ondulados que parecían pétalos.

La falda se abría en capas suaves de tela ligera que se movían con cada paso, y en el borde inferior un bordado de pequeñas estrellas plateadas brillaba discretamente.

Madison sonrió mientras ayudaba a Eliza a ponérselo.

—Perfecto.

Ashley terminó de peinar su cabello en una trenza suelta que comenzaba a un lado de su cabeza y caía sobre su hombro, dejando algunos mechones suaves enmarcando su rostro.

El maquillaje fue mínimo.

Un toque suave de rubor.

Un poco de brillo en los labios.

Y un delicado resplandor dorado en los párpados que hacía resaltar el azul claro de sus ojos.

Cuando terminaron, Madison la giró lentamente hacia el espejo.

Eliza observó su reflejo.

Por un momento pareció no reconocerse.

Ashley apoyó suavemente las manos sobre sus hombros.

—Mejor.

Madison sonrió.

—Mucho mejor.

Unos minutos después, las tres salieron nuevamente hacia el balcón.

Pero esta vez el sol ya estaba alto.

La mañana había reemplazado completamente a la noche.

La luz dorada inundaba el valle, extendiéndose sobre el bosque y reflejándose en la cascada como miles de pequeñas chispas brillantes.

Madison colocó una pequeña mesa en el balcón.

Pan.

Fruta.

Miel.

Ashley tomó la mano de Eliza y la guio hacia una silla.

—Solo siéntate aquí.

Eliza obedeció.

El sol tocó su rostro.

Cálido.

Suave.

La luz atravesó sus párpados cuando cerró los ojos.

Y por primera vez en dos días…

Sintió algo.

No fue inmediato. No fue claro.

Pero estaba ahí.

No era felicidad. No era alivio. Ni siquiera podía llamarlo paz. Era algo más tenue, más frágil… una chispa tibia que comenzaba a encenderse muy despacio bajo su piel, como si su cuerpo —terco, persistente— se negara a olvidar del todo cómo se sentía estar viva.

Como si, en algún rincón profundo, todavía supiera cómo volver a respirar.

Eliza parpadeó lentamente.

La luz dorada de la tarde se filtraba a través de los ventanales altos del comedor, deslizándose sobre la mesa, sobre la madera pulida, sobre sus manos inmóviles. El calor era suave, casi cuidadoso… como si no quisiera asustarla.

Madison fue la primera en moverse.

Deslizó el plato frente a ella con un gesto delicado, empujándolo apenas, lo suficiente para invadir su espacio sin imponerse. El aroma de la comida —caliente, especiado, vivo— llegó hasta Eliza, pero no provocó hambre. Aún no.

—Solo un bocado —dijo con suavidad, como si hablara con algo más frágil que una persona.

Ashley, al otro lado de la mesa, le dedicó una sonrisa tranquila, sin presión, sin expectativas.

—El sol está de nuestro lado hoy —añadió, con ese tono ligero que intentaba, sin forzarlo, empujar la oscuridad un poco más lejos.

Eliza abrió completamente los ojos.

No respondió de inmediato.

Sus dedos se movieron apenas sobre la mesa, un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que ambas lo notaran. No tomó el tenedor. No comió.

Pero estaba presente.

Y eso… ya era algo.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue… cuidadoso.

Como si las tres entendieran, sin decirlo, que cualquier movimiento brusco podría romper ese momento diminuto que apenas comenzaba a formarse.

Ashley intercambió una mirada breve con Madison.

No fue larga.

Pero fue suficiente.

Un lenguaje silencioso, construido a lo largo de años, donde no hacían falta palabras para entenderse. En los ojos de Ashley brilló una preocupación contenida, una decisión que ya había tomado antes incluso de formularla. Madison respondió con un leve asentimiento, sus labios apretándose apenas en una línea fina… como si también supiera que estaban caminando sobre terreno delicado.

Entonces Ashley se puso de pie.

Sin dramatismo.

Sin prisas.

—Vamos —dijo suavemente, pero con una intención clara bajo la calma—. No te vamos a dejar aquí encerrada todo el día.

Eliza frunció el ceño apenas.

Fue un gesto mínimo, casi automático, como un reflejo de lo que antes habría sido una protesta real. Pero ahora… ahora no había suficiente energía en ella ni siquiera para oponerse como antes.

Se veía distinta.

No solo por la palidez que suavizaba su piel, ni por la forma en que sus hombros parecían caer ligeramente hacia adelante, como si cargara un peso invisible. Era algo más sutil. Más profundo. Sus ojos, normalmente brillantes, estaban opacados, como si la luz dentro de ellos se hubiera atenuado sin apagarse del todo.

Como una vela que aún arde… pero lucha contra el viento.

—No tengo ganas de… —murmuró, su voz perdiéndose antes de terminar la frase.

No porque no supiera qué decir.

Sino porque decirlo implicaba admitirlo.

Y eso… dolía más de lo que quería enfrentar.

—Lo sabemos —interrumpió Madison con calma, levantándose también.

Pero esta vez, su expresión era distinta.

Más firme.

Había dulzura, sí… pero también determinación. Sus ojos no se apartaron de Eliza, sosteniéndola con una suavidad que no cedía, que no permitía escapatorias.

—Por eso no es una opción quedarte sola.

No hubo dureza en sus palabras.

Ni presión evidente.

Pero había algo inquebrantable en la forma en que lo dijo. Como una red invisible que se cerraba alrededor de Eliza sin hacer ruido, sin lastimar… pero sin dejarle espacio para desaparecer dentro de sí misma.

Ashley, a su lado, cruzó los brazos suavemente, inclinando apenas el peso de su cuerpo hacia una pierna. No añadió nada, pero su mirada permanecía fija en Eliza, atenta, observando cada pequeño cambio en su expresión… como si temiera que en cualquier momento se quebrara.

Eliza sintió ese peso.

No como una carga.

Sino como algo… imposible de ignorar.

Suspiró.

El aire salió de sus labios lento, cansado, llevándose con él la poca resistencia que le quedaba.

No era un sí.

No había convicción en ello.

Pero tampoco era un no.

Y eso… bastó.

Ashley suavizó apenas la tensión en sus hombros. Madison relajó ligeramente la mandíbula, como si ambas hubieran estado conteniendo el aliento sin darse cuenta.

No celebraron.

No hicieron comentarios.

Solo se movieron.

Minutos después, caminaban por los pasillos del castillo.

El eco de sus pasos se extendía a su alrededor, rebotando contra los muros de piedra alta, mezclándose con el murmullo lejano de voces, de vida, de una manada que seguía funcionando… incluso cuando el mundo de Eliza parecía haberse detenido.

Ella caminaba entre ellas.

Pero no del todo con ellas.

Su paso era más lento, más medido, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente. Sus manos colgaban a los costados de su cuerpo, los dedos relajados, sin tensión… sin intención. Su mirada no se detenía en nada en particular, deslizándose por los pasillos, por las antorchas encendidas, por los detalles del castillo… sin realmente verlos.

Como si todo estuviera cubierto por un velo fino.

Distorsionado.

Lejano.

Ashley, a su derecha, la observaba de reojo de vez en cuando, asegurándose de que no se quedara atrás. Madison, al otro lado, caminaba apenas más cerca de lo necesario, como si con esa proximidad pudiera sostenerla sin tocarla.

Ninguna dijo nada.

Porque el silencio… no era incómodo.

Era necesario.

La biblioteca las recibió con un silencio distinto.

No vacío.

Sino lleno.

Denso.

Antiguo.

El aire ahí era más fresco, cargado con el aroma profundo de papel envejecido, de madera pulida, de tinta seca… de historias acumuladas durante generaciones, de secretos guardados entre páginas que pocos se atrevían a abrir.

Las estanterías se alzaban altas, imponentes, tocando casi el techo, repletas de libros de distintos tamaños y edades. Algunos nuevos. Otros tan antiguos que sus lomos parecían a punto de deshacerse con solo mirarlos.

La luz se derramaba desde las ventanas altas en haces suaves, casi etéreos, filtrándose entre los cristales como si el sol mismo caminara con cuidado dentro de aquel espacio sagrado. Cada rayo atrapaba diminutas partículas de polvo suspendidas en el aire, haciéndolas brillar con un fulgor tenue… como si no fueran simples restos olvidados, sino fragmentos de algo más antiguo, más lento, más ajeno al tiempo.

La biblioteca no respiraba como el resto del castillo.

Se sentía… detenida.

Aislada.

Un lugar donde el mundo exterior no tenía permiso para entrar.

Un refugio.

Ashley la guió sin apuro hasta uno de los sillones amplios junto a la ventana. El tapizado era suave, ligeramente hundido por el uso, acogedor de una forma silenciosa, como si hubiera sido hecho para sostener cuerpos cansados sin hacer preguntas. La luz cayó sobre Eliza en cuanto se sentó, envolviéndola en ese calor dorado que no exigía nada a cambio, que no esperaba respuestas, que simplemente… estaba.

Iluminó su rostro.

Las sombras suaves bajo sus ojos.

La palidez delicada de su piel.

Y ese vacío contenido que aún habitaba en su mirada.

Madison se acomodó cerca, sin invadir, sin forzar. Dejó un libro sobre la mesa baja con un gesto casi inconsciente, pero no descuidado… como si ya hubiera imaginado ese momento, como si supiera que, tarde o temprano, Eliza necesitaría algo a lo que aferrarse, aunque fuera por unos minutos.

No dijeron nada.

No hicieron preguntas.

No intentaron llenar el silencio con palabras innecesarias.

Solo… se quedaron.

Ashley apoyó un brazo en el respaldo de un sillón cercano, observando el movimiento lento de la luz, pero con la atención siempre regresando a Eliza. Madison entrelazó los dedos sobre su regazo, su postura relajada en apariencia, pero sus ojos atentos, vigilando sin que pareciera vigilancia.

Era una presencia constante.

Suave.

Pero firme.

El tiempo comenzó a deslizarse de forma distinta.

Sin prisa.

Sin peso.

Los segundos dejaron de caer como golpes medidos en el pecho de Eliza. Ya no había esa urgencia silenciosa, esa opresión que la obligaba a ser consciente de cada instante que pasaba.

Por primera vez en mucho rato…

pudo simplemente existir.

Respirar sin sentir que el aire se quedaba a medio camino.

Pensar sin que todo doliera.

O, al menos… doler un poco menos.

Hasta que la puerta de la biblioteca se abrió.

El sonido fue leve.

Un roce de madera.

Un susurro en el aire.

Pero suficiente.

Suficiente para romper esa burbuja frágil que se había tejido alrededor de ellas.

El mundo volvió a entrar.

Eliza no se movió.

Pero lo sintió.

Ashley y Madison alzaron la mirada casi al mismo tiempo.

El hombre en la entrada no necesitó anunciar su presencia más allá de eso. Su figura llenaba el marco de la puerta con una autoridad silenciosa. Alto, recto, con los hombros firmes y la postura impecable de alguien acostumbrado a la disciplina, a las órdenes, a la estructura inquebrantable de la manada.

Sus ojos recorrieron la escena con respeto.

Pero sin titubeo.

—Las están buscando —anunció con voz firme, controlada—. La Luna las necesita.

Las palabras no fueron urgentes.

Pero llevaban peso.

Ashley intercambió una mirada rápida con Madison.

Fue breve.

Pero cargada.

En los ojos de Ashley brilló una duda momentánea, una resistencia que no llegó a convertirse en palabras. Madison exhaló despacio, como si ya supiera que no había elección real.

Deber.

Siempre el deber.

—Ya vamos —respondió Ashley finalmente.

Su tono era respetuoso… pero más tenso de lo que habría sido en cualquier otro momento.

Eliza no se movió.

No giró la cabeza.

No reaccionó de inmediato.

Como si esa parte del mundo… no le perteneciera del todo en ese instante.

El silencio volvió a asentarse cuando el hombre se retiró, cerrando la puerta con la misma discreción con la que había entrado.

Entonces, y solo entonces, Eliza habló.

—Vayan.

Su voz fue baja.

Pero clara.

Ashley y Madison se giraron hacia ella al mismo tiempo.

La preocupación regresó a sus rostros sin que pudieran ocultarlo.

—Eliza… —empezó Madison, dando un paso hacia ella.

Pero Eliza alzó la mirada.

Y algo en ese gesto… las detuvo.

—Estoy bien —dijo.

Y no lo estaba.

No del todo.

Pero tampoco era la misma respuesta vacía de antes.

Había algo distinto en sus ojos.

No era luz.

No todavía.

Pero tampoco ese abismo absoluto que había amenazado con tragársela horas atrás.

Era… un punto intermedio.

Frágil.

Inestable.

Pero real.

Eliza bajó la mirada un segundo, como si ordenara sus pensamientos antes de continuar.

—No tengo ánimos para eso —añadió en voz más baja—. Pero… puedo ir al jardín.

Sus dedos se movieron apenas sobre el brazo del sillón.

Un gesto pequeño.

Casi insignificante.

Pero en él había algo distinto… una intención que no había estado ahí antes. No era decisión firme, ni mucho menos seguridad. Era más frágil que eso. Más inestable. Como si estuviera probando el peso de una idea antes de sostenerla por completo.

—Tomar un poco de sol… —murmuró, su voz suave, todavía algo distante—. Leer.

Las palabras no salieron con convicción, pero tampoco vacías. Se deslizaron entre ellas con una delicadeza extraña, como si Eliza las hubiera elegido con cuidado, tanteando qué tanto podía permitirse sentir… o intentar.

Su mirada se desvió lentamente hacia uno de los libros cercanos.

No lo tocó.

Pero lo observó.

Como si reconociera en él algo lejano, algo que alguna vez le perteneció… una versión de sí misma que aún sabía perderse entre páginas sin que el mundo real pesara tanto.

Ashley la estudió en silencio.

No solo miró el gesto.

Lo analizó.

Sus ojos recorrieron el rostro de Eliza, deteniéndose en los pequeños detalles: la forma en que su mandíbula se mantenía apenas tensa, como si aún estuviera conteniéndose; la manera en que sus hombros no estaban completamente caídos, pero tampoco erguidos… suspendidos en un punto intermedio.

Buscando grietas.

Buscando señales de que aquello era real… o simplemente otra forma de evitar quebrarse frente a ellas.

—¿Lo prometes? —preguntó al final.

Su voz fue suave.

Pero había algo firme en el fondo.

No era una exigencia.

Era una necesidad.

Eliza levantó la mirada hacia ella.

Sostuvo sus ojos un segundo.

Y luego asintió despacio.

Un movimiento lento, medido… como si cada parte de su cuerpo necesitara acompañar esa promesa para que fuera válida.

—Lo prometo.

No fue una declaración fuerte.

No tuvo peso en el aire.

Pero no se sintió falsa.

Y eso… bastó.

Madison dejó escapar un suspiro contenido, casi imperceptible, como si hubiera estado sosteniendo la respiración sin darse cuenta. Dio un paso hacia Eliza, acortando la distancia con cuidado, como si acercarse demasiado rápido pudiera romper algo delicado entre ellas.

Se inclinó apenas.

Y rozó su hombro.

El contacto fue breve.

Ligero.

Pero cargado de algo más profundo que cualquier palabra. Protección. Cariño. Una necesidad silenciosa de asegurarse de que Eliza… seguía ahí.

—No tardes demasiado —murmuró.

No fue una orden.

Fue una preocupación disfrazada.

—No lo haré —respondió Eliza, casi en un susurro.

Y por primera vez… su voz no sono completamente perdida.

Ashley tomó aire lentamente, como si aceptara esa respuesta aunque no fuera perfecta. Luego intercambió una última mirada con Madison, una de esas que decían demasiado sin necesidad de palabras.

Cuidémosla.

Aunque no estemos.

Sus pasos fueron suaves al alejarse, casi respetuosos con el silencio que dejaban atrás. La puerta se abrió con un leve crujido… y volvió a cerrarse con la misma delicadeza.

El sonido fue pequeño.

Pero definitivo.

El silencio regresó.

Pero no era el mismo.

No era ese vacío pesado que oprimía el pecho y llenaba cada rincón con ausencia.

Este silencio… respiraba.

Se sentía más amplio.

Menos hostil.

Eliza permaneció sentada unos segundos más.

Inmóvil.

Con la mirada fija en algún punto indefinido, como si aún pudiera sentir el eco de sus voces, el calor de su presencia, incluso después de que se hubieran ido.

Su promesa… quedó suspendida dentro de ella.

Asentándose.

Pesando lo justo.

No como una carga.

Sino como algo que debía sostener.

Un pequeño hilo al que aferrarse.

Inspiró.

Más profundo esta vez.

Luego, lentamente… se inclinó hacia adelante.

Su mano se extendió.

Dudó un segundo en el aire.

Y finalmente tomó el libro.

El contacto fue frío al principio, la cubierta firme bajo sus dedos, real. Más real de lo que muchas otras cosas se habían sentido en las últimas horas.

Lo sostuvo contra su pecho por un instante.

No por necesidad.

Sino como si necesitara asegurarse de que seguía ahí.

Luego salió de la biblioteca camino al jardín, el único lugar que nadie en este castillo disfrutaba.

El jardín del castillo estaba en silencio, envuelto en esa calma engañosa que solo existía en los lugares donde la guerra aún no había tocado la superficie… pero ya había echado raíces debajo. La luz de la tarde caía en tonos dorados sobre los senderos de piedra, filtrándose entre las ramas altas de los árboles antiguos que rodeaban el lugar como guardianes silenciosos. El aire olía a tierra húmeda, a flores abiertas y a algo más sutil… algo que recordaba a hogar, aunque para Eliza ese concepto comenzaba a volverse cada vez más difuso.

Sentada en una de las bancas de concreto tallado —frías incluso bajo el sol—, Eliza sostenía un libro abierto entre las manos. Una novela romántica. Las páginas estaban ligeramente dobladas por sus dedos, pero sus ojos no seguían las líneas. No realmente. Su mirada pasaba por las palabras sin detenerse, sin comprenderlas, como si su mente se negara a anclarse a algo tan simple como una historia de amor cuando la suya propia se había convertido en algo… imposible de nombrar.

Sus ojos estaban apagados.

No había lágrimas, no en ese momento, pero sí un cansancio profundo, una tristeza que se le había asentado en el pecho como una piedra pesada que ya no sabía cómo mover. Desde que había aparecido Sofia era como si ella ya no existiera para el que era su esposo… incluso para su primer esposo.

Pasó una página sin haber leído la anterior.

Un gesto automático.

Vacío.

El sonido de pasos sobre la grava rompió la quietud.

Eliza se tensó apenas.

No levantó la mirada de inmediato. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, un leve endurecimiento en los hombros, un pequeño ajuste en su postura… como si prepararse le diera una mínima sensación de control.

Pero cuando finalmente alzó los ojos, lo vio.

Lucian.

El aire cambió.

Siempre lo hacía.

Pero esta vez no fue esa tensión eléctrica que la desarmaba, ni el calor incómodo que solía invadirla con su cercanía. No. Esta vez fue… otra cosa.

Frío.

Distante.

Como si algo invisible se hubiera interpuesto entre ellos.

Lucian avanzó por el sendero sin prisa, sus pasos firmes, seguros… pero ausentes. Su expresión era dura, cerrada, los músculos de su mandíbula tensos como si estuviera conteniendo algo que amenazaba con romper la superficie en cualquier momento.

No la estaba viendo.

No realmente.

Sus ojos pasaron por ella… pero no se detuvieron.

Y eso dolió más de lo que Eliza esperaba.

Porque por un instante —uno pequeño, casi ridículo— había pensado que él… que su conexión… que la marca…

Nada.

Lucian se detuvo finalmente a unos pasos de la banca.

El silencio entre ellos se estiró, incómodo, pesado… como si ninguno de los dos supiera exactamente qué hacer con la presencia del otro.

Eliza cerró el libro lentamente.

El sonido seco de las páginas al juntarse pareció demasiado fuerte en medio de ese vacío.

—Lucian… —murmuró.

Su voz salió más baja de lo que pretendía.

Más frágil.

Lucian no respondió de inmediato.

Sus ojos se desviaron ligeramente, como si algo más capturara su atención en su propia mente. Su respiración era controlada, demasiado controlada… pero había una tensión evidente en la forma en que sus manos se cerraban y abrían apenas a los costados de su cuerpo.

Sofía.

Todo en él estaba en otra parte.

En otra habitación.

En otra realidad.

Lucian no podía pensar en otra cosa que no fuera la pequeña loba que se estaba recuperando.

Parpadeó una vez, como si acabara de recordar dónde estaba.

Como si acabara de recordarla a ella.

Sus ojos finalmente se posaron sobre Eliza… pero no hubo suavidad en ellos. No hubo reconocimiento real. Solo una especie de ajuste tardío, como alguien que se obliga a prestar atención a algo que no estaba en su mente.

—Eliza.

Su nombre salió correcto.

Pero vacío.

Sin peso.

Sin… nada.

Eliza apretó ligeramente el libro entre sus manos.

No dijo nada de inmediato. No supo qué decir. Porque cualquier palabra que cruzara ese espacio se sentía inútil antes de siquiera formarse.

—No sabía que estabas aquí —añadió él después de un segundo.

Y ahí estuvo.

La verdad.

Cruda.

Sin intención de herir… pero haciéndolo de todas formas, había existido un momento en donde el aparecía simplemente porque la sentía, o porque ella estaba triste o lo necesitaba… incluso extraña cuando aparecía sin realmente querer que llegara.

Eliza sintió algo apretarse en su pecho.

había sido tan ilusa como para pensar que el siempre estaría detrás de ella; que siempre la amaría…

Pero ahora, era como si el no le importara, no la recordara y mucho menos pensaba en ella.

Su mirada bajó apenas, un segundo, lo suficiente para esconder el golpe antes de volver a alzarla.

—Sí —respondió con suavidad—. Corina me convenció de salir a tomar el aire.

Las palabras se sintieron extrañas en su propia boca; ya no sabia si podía seguir dependiendo de Corina, al final, ella era de la manada de Lucian; se iría con Sofia ahora que había vuelvo o se quedaría aquí hasta que todo se solucionara.

Lucian asintió levemente, como si esa respuesta fuera suficiente, como si no hubiera nada más que agregar. Su atención ya comenzaba a dispersarse otra vez, como si quedarse ahí fuera un esfuerzo que no tenía interés en sostener.

El silencio volvió.

Más pesado.

Más incómodo.

Eliza lo observó un instante más, estudiando su rostro, la tensión en su cuerpo, la distancia en sus ojos… y lo entendió.

No necesitaba que él dijera el nombre.

Podía sentirlo.

Sofía.

La forma en que su energía estaba completamente volcada hacia otro lugar.

La forma en que su presencia, que antes la consumía por completo, ahora apenas la rozaba.

Eliza tragó saliva lentamente.

—Deberías… estar con ella —dijo al final, en voz baja — Seguro le hará bien que estes ahí.

No fue un reproche.

Ni siquiera una pregunta.

Fue… aceptación.

Lucian no negó.

No corrigió.

No intentó disfrazarlo.

Solo la miró un segundo más, como si evaluara algo… o como si ya hubiera tomado una decisión antes incluso de llegar ahí.

—Sí.

Una sola palabra.

Suficiente.

Definitiva.

Y con eso, dio un paso atrás.

Luego otro.

No hubo despedida.

No hubo una última mirada cargada de significado.

Solo se giró… y se fue.

Dejándola ahí.

Sentada en aquella banca fría, con el concreto filtrándose a través de la tela como un recordatorio constante de dónde estaba —y de lo poco que le pertenecía ese lugar—, Eliza permaneció inmóvil. El libro descansaba cerrado entre sus manos, sus dedos aún aferrados a la cubierta como si soltarlo implicara aceptar algo que todavía no estaba lista para nombrar.

El vínculo en su pecho latía.

No con fuerza.

No con calidez.

Sino con esa presión sorda, persistente… como una herida que no sangra, pero que tampoco deja de doler.

Antes había sido distinto.

Antes la conexión con Lucian era fuego, electricidad, algo salvaje que la arrastraba incluso cuando ella luchaba en contra. Pero ahora… ahora se sentía desplazada. Como si ese lazo, que debería unirlos, se hubiera tensado hacia otra dirección. Como si él… ya no estuviera realmente al otro lado.

Eliza inhaló despacio.

El aire no llenó del todo sus pulmones.

Y en ese pequeño fallo, en ese mínimo espacio de vacío… algo dentro de ella se resquebrajó un poco más.

No hizo ruido.

No hubo un momento dramático.

Solo una fractura silenciosa que se extendió bajo la superficie, fina, casi imperceptible… pero irreversible.

—¿Sabes que sigues siendo su compañera, verdad?

La voz llegó desde un costado.

Eliza se sobresaltó, el corazón golpeándole el pecho con fuerza repentina, desacompasada, como si hubiera olvidado por un segundo cómo latir correctamente. Giró el rostro de inmediato, los ojos abriéndose un poco más de lo normal, todavía atrapados entre la tristeza y la sorpresa.

Caleb emergió desde detrás de un arbusto alto, apartando apenas las ramas como si no fuera nada, como si no llevara —probablemente— más de lo debido ahí, observando.

Sus ojos estaban puestos en ella.

No había burla en su expresión.

Ni juicio.

Solo… una especie de conocimiento incómodo.

Demasiado claro.

Demasiado consciente.

Eliza desvió la mirada un instante, bajando el libro a su lado sobre la banca como si de pronto ese objeto le resultara absurdo, fuera de lugar… como todo lo demás.

—No creo que él me quiera a su lado —dijo finalmente, su voz más baja de lo habitual, pero estable.

Eso era lo peor.

No tembló.

No se rompió al decirlo.

Porque en el fondo… ya lo había aceptado.

Se puso de pie con lentitud, sintiendo el peso en su cuerpo, en sus pasos, en cada pequeño movimiento mientras se acercaba a Caleb. La distancia entre ellos se redujo rápido, demasiado rápido, como si su cuerpo reconociera en él algo seguro antes de que su mente pudiera intervenir.

Caleb no dudó.

Abrió los brazos.

Y Eliza entró en ellos.

El abrazo fue inmediato, firme, envolvente… cálido de una forma que dolió más de lo que debería. Porque no era el abrazo que su cuerpo buscaba ahora. No era el que su vínculo reclamaba.

Pero era el único que la sostenía.

Caleb cerró los brazos alrededor de ella con una familiaridad que venía de tiempo atrás, de memorias compartidas antes de que todo se volviera complicado, antes de marcas, de alianzas, de guerras silenciosas creciendo bajo la superficie.

Antes… de que todo cambiara.

Por un instante, fue fácil recordar.

Las risas en los pasillos.

Las discusiones sin importancia.

Los días en que el mayor problema era el drama constante entre Luna y Damian, y no… esto. No destinos impuestos. No vínculos que desgarraban más de lo que unían.

Porque en un mundo sencillo, sin marcas ni guerras, Caleb había sido una opción real. Segura. Posible.

En ese entonces, Caleb había querido casarse con ella, fue una lastima que ella encontrara a su compañero.

Ahora ella estaba atada a Lucian.

Marcada.

Reclamada.

Y Caleb…

Caleb había encontrado a su compañera, lo peor… atada a un enemigo.

Eliza cerró los ojos un segundo dentro del abrazo, dejando que ese pensamiento terminara de asentarse, de doler exactamente donde debía.

Nada encajaba ya.

Nada volvía a ser lo que fue.

El abrazo se sostuvo un poco más de lo necesario… o quizá no lo suficiente.

Porque cuando finalmente se separaron, el aire entre ellos se sintió distinto.

Más pesado.

Más real.

Eliza bajó la mirada un instante, recomponiéndose en silencio, mientras el viento movía suavemente las hojas a su alrededor, susurrando entre los árboles como si el propio jardín fuera consciente de lo que se estaba gestando.

Porque no era solo ella.

No era solo Lucian.

No era solo Sofía.

Algo más grande se estaba acomodando en las sombras.

Algo inevitable.

Caleb la observó en silencio, su expresión endureciéndose apenas, como si también pudiera sentirlo.

Como si todos, en el fondo, lo supieran.

Eliza alzó la vista nuevamente.

Y por primera vez desde que Lucian se había ido… no pensó en él.

Pensó en lo que venía.

En lo que se estaba formando.

En lo que ninguno de ellos iba a poder detener.

Porque el aire ya no olía solo a flores ni a tierra húmeda.

Olía a tensión.

A decisiones.

A sangre.

Todo… absolutamente todo… olía a guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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