Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 172
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Capítulo 172: Vientos de Guerra
El jardín del castillo estaba en silencio, envuelto en esa calma engañosa que solo existía en los lugares donde la guerra aún no había tocado la superficie… pero ya había echado raíces debajo. La luz de la tarde caía en tonos dorados sobre los senderos de piedra, filtrándose entre las ramas altas de los árboles antiguos que rodeaban el lugar como guardianes silenciosos. El aire olía a tierra húmeda, a flores abiertas y a algo más sutil… algo que recordaba a hogar, aunque para Eliza ese concepto comenzaba a volverse cada vez más difuso.
Sentada en una de las bancas de concreto tallado —frías incluso bajo el sol—, Eliza sostenía un libro abierto entre las manos. Una novela romántica. Las páginas estaban ligeramente dobladas por sus dedos, pero sus ojos no seguían las líneas. No realmente. Su mirada pasaba por las palabras sin detenerse, sin comprenderlas, como si su mente se negara a anclarse a algo tan simple como una historia de amor cuando la suya propia se había convertido en algo… imposible de nombrar.
Sus ojos estaban apagados.
No había lágrimas, no en ese momento, pero sí un cansancio profundo, una tristeza que se le había asentado en el pecho como una piedra pesada que ya no sabía cómo mover. Desde que había aparecido Sofia era como si ella ya no existiera para el que era su esposo… incluso para su primer esposo.
Pasó una página sin haber leído la anterior.
Un gesto automático.
Vacío.
El sonido de pasos sobre la grava rompió la quietud.
Eliza se tensó apenas.
No levantó la mirada de inmediato. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, un leve endurecimiento en los hombros, un pequeño ajuste en su postura… como si prepararse le diera una mínima sensación de control.
Pero cuando finalmente alzó los ojos, lo vio.
Lucian.
El aire cambió.
Siempre lo hacía.
Pero esta vez no fue esa tensión eléctrica que la desarmaba, ni el calor incómodo que solía invadirla con su cercanía. No. Esta vez fue… otra cosa.
Frío.
Distante.
Como si algo invisible se hubiera interpuesto entre ellos.
Lucian avanzó por el sendero sin prisa, sus pasos firmes, seguros… pero ausentes. Su expresión era dura, cerrada, los músculos de su mandíbula tensos como si estuviera conteniendo algo que amenazaba con romper la superficie en cualquier momento.
No la estaba viendo.
No realmente.
Sus ojos pasaron por ella… pero no se detuvieron.
Y eso dolió más de lo que Eliza esperaba.
Porque por un instante —uno pequeño, casi ridículo— había pensado que él… que su conexión… que la marca…
Nada.
Lucian se detuvo finalmente a unos pasos de la banca.
El silencio entre ellos se estiró, incómodo, pesado… como si ninguno de los dos supiera exactamente qué hacer con la presencia del otro.
Eliza cerró el libro lentamente.
El sonido seco de las páginas al juntarse pareció demasiado fuerte en medio de ese vacío.
—Lucian… —murmuró.
Su voz salió más baja de lo que pretendía.
Más frágil.
Lucian no respondió de inmediato.
Sus ojos se desviaron ligeramente, como si algo más capturara su atención en su propia mente. Su respiración era controlada, demasiado controlada… pero había una tensión evidente en la forma en que sus manos se cerraban y abrían apenas a los costados de su cuerpo.
Sofía.
Todo en él estaba en otra parte.
En otra habitación.
En otra realidad.
Lucian no podía pensar en otra cosa que no fuera la pequeña loba que se estaba recuperando.
Parpadeó una vez, como si acabara de recordar dónde estaba.
Como si acabara de recordarla a ella.
Sus ojos finalmente se posaron sobre Eliza… pero no hubo suavidad en ellos. No hubo reconocimiento real. Solo una especie de ajuste tardío, como alguien que se obliga a prestar atención a algo que no estaba en su mente.
—Eliza.
Su nombre salió correcto.
Pero vacío.
Sin peso.
Sin… nada.
Eliza apretó ligeramente el libro entre sus manos.
No dijo nada de inmediato. No supo qué decir. Porque cualquier palabra que cruzara ese espacio se sentía inútil antes de siquiera formarse.
—No sabía que estabas aquí —añadió él después de un segundo.
Y ahí estuvo.
La verdad.
Cruda.
Sin intención de herir… pero haciéndolo de todas formas, había existido un momento en donde el aparecía simplemente porque la sentía, o porque ella estaba triste o lo necesitaba… incluso extraña cuando aparecía sin realmente querer que llegara.
Eliza sintió algo apretarse en su pecho.
había sido tan ilusa como para pensar que el siempre estaría detrás de ella; que siempre la amaría…
Pero ahora, era como si el no le importara, no la recordara y mucho menos pensaba en ella.
Su mirada bajó apenas, un segundo, lo suficiente para esconder el golpe antes de volver a alzarla.
—Sí —respondió con suavidad—. Corina me convenció de salir a tomar el aire.
Las palabras se sintieron extrañas en su propia boca; ya no sabia si podía seguir dependiendo de Corina, al final, ella era de la manada de Lucian; se iría con Sofia ahora que había vuelvo o se quedaría aquí hasta que todo se solucionara.
Lucian asintió levemente, como si esa respuesta fuera suficiente, como si no hubiera nada más que agregar. Su atención ya comenzaba a dispersarse otra vez, como si quedarse ahí fuera un esfuerzo que no tenía interés en sostener.
El silencio volvió.
Más pesado.
Más incómodo.
Eliza lo observó un instante más, estudiando su rostro, la tensión en su cuerpo, la distancia en sus ojos… y lo entendió.
No necesitaba que él dijera el nombre.
Podía sentirlo.
Sofía.
La forma en que su energía estaba completamente volcada hacia otro lugar.
La forma en que su presencia, que antes la consumía por completo, ahora apenas la rozaba.
Eliza tragó saliva lentamente.
—Deberías… estar con ella —dijo al final, en voz baja — Seguro le hará bien que estes ahí.
No fue un reproche.
Ni siquiera una pregunta.
Fue… aceptación.
Lucian no negó.
No corrigió.
No intentó disfrazarlo.
Solo la miró un segundo más, como si evaluara algo… o como si ya hubiera tomado una decisión antes incluso de llegar ahí.
—Sí.
Una sola palabra.
Suficiente.
Definitiva.
Y con eso, dio un paso atrás.
Luego otro.
No hubo despedida.
No hubo una última mirada cargada de significado.
Solo se giró… y se fue.
Dejándola ahí.
Sentada en aquella banca fría, con el concreto filtrándose a través de la tela como un recordatorio constante de dónde estaba —y de lo poco que le pertenecía ese lugar—, Eliza permaneció inmóvil. El libro descansaba cerrado entre sus manos, sus dedos aún aferrados a la cubierta como si soltarlo implicara aceptar algo que todavía no estaba lista para nombrar.
El vínculo en su pecho latía.
No con fuerza.
No con calidez.
Sino con esa presión sorda, persistente… como una herida que no sangra, pero que tampoco deja de doler.
Antes había sido distinto.
Antes la conexión con Lucian era fuego, electricidad, algo salvaje que la arrastraba incluso cuando ella luchaba en contra. Pero ahora… ahora se sentía desplazada. Como si ese lazo, que debería unirlos, se hubiera tensado hacia otra dirección. Como si él… ya no estuviera realmente al otro lado.
Eliza inhaló despacio.
El aire no llenó del todo sus pulmones.
Y en ese pequeño fallo, en ese mínimo espacio de vacío… algo dentro de ella se resquebrajó un poco más.
No hizo ruido.
No hubo un momento dramático.
Solo una fractura silenciosa que se extendió bajo la superficie, fina, casi imperceptible… pero irreversible.
—¿Sabes que sigues siendo su compañera, verdad?
La voz llegó desde un costado.
Eliza se sobresaltó, el corazón golpeándole el pecho con fuerza repentina, desacompasada, como si hubiera olvidado por un segundo cómo latir correctamente. Giró el rostro de inmediato, los ojos abriéndose un poco más de lo normal, todavía atrapados entre la tristeza y la sorpresa.
Caleb emergió desde detrás de un arbusto alto, apartando apenas las ramas como si no fuera nada, como si no llevara —probablemente— más de lo debido ahí, observando.
Sus ojos estaban puestos en ella.
No había burla en su expresión.
Ni juicio.
Solo… una especie de conocimiento incómodo.
Demasiado claro.
Demasiado consciente.
Eliza desvió la mirada un instante, bajando el libro a su lado sobre la banca como si de pronto ese objeto le resultara absurdo, fuera de lugar… como todo lo demás.
—No creo que él me quiera a su lado —dijo finalmente, su voz más baja de lo habitual, pero estable.
Eso era lo peor.
No tembló.
No se rompió al decirlo.
Porque en el fondo… ya lo había aceptado.
Se puso de pie con lentitud, sintiendo el peso en su cuerpo, en sus pasos, en cada pequeño movimiento mientras se acercaba a Caleb. La distancia entre ellos se redujo rápido, demasiado rápido, como si su cuerpo reconociera en él algo seguro antes de que su mente pudiera intervenir.
Caleb no dudó.
Abrió los brazos.
Y Eliza entró en ellos.
El abrazo fue inmediato, firme, envolvente… cálido de una forma que dolió más de lo que debería. Porque no era el abrazo que su cuerpo buscaba ahora. No era el que su vínculo reclamaba.
Pero era el único que la sostenía.
Caleb cerró los brazos alrededor de ella con una familiaridad que venía de tiempo atrás, de memorias compartidas antes de que todo se volviera complicado, antes de marcas, de alianzas, de guerras silenciosas creciendo bajo la superficie.
Antes… de que todo cambiara.
Por un instante, fue fácil recordar.
Las risas en los pasillos.
Las discusiones sin importancia.
Los días en que el mayor problema era el drama constante entre Luna y Damian, y no… esto. No destinos impuestos. No vínculos que desgarraban más de lo que unían.
Porque en un mundo sencillo, sin marcas ni guerras, Caleb había sido una opción real. Segura. Posible.
En ese entonces, Caleb había querido casarse con ella, fue una lastima que ella encontrara a su compañero.
Ahora ella estaba atada a Lucian.
Marcada.
Reclamada.
Y Caleb…
Caleb había encontrado a su compañera, lo peor… atada a un enemigo.
Eliza cerró los ojos un segundo dentro del abrazo, dejando que ese pensamiento terminara de asentarse, de doler exactamente donde debía.
Nada encajaba ya.
Nada volvía a ser lo que fue.
El abrazo se sostuvo un poco más de lo necesario… o quizá no lo suficiente.
Porque cuando finalmente se separaron, el aire entre ellos se sintió distinto.
Más pesado.
Más real.
Eliza bajó la mirada un instante, recomponiéndose en silencio, mientras el viento movía suavemente las hojas a su alrededor, susurrando entre los árboles como si el propio jardín fuera consciente de lo que se estaba gestando.
Porque no era solo ella.
No era solo Lucian.
No era solo Sofía.
Algo más grande se estaba acomodando en las sombras.
Algo inevitable.
Caleb la observó en silencio, su expresión endureciéndose apenas, como si también pudiera sentirlo.
Como si todos, en el fondo, lo supieran.
Eliza alzó la vista nuevamente.
Y por primera vez desde que Lucian se había ido… no pensó en él.
Pensó en lo que venía.
En lo que se estaba formando.
En lo que ninguno de ellos iba a poder detener.
Porque el aire ya no olía solo a flores ni a tierra húmeda.
Olía a tensión.
A decisiones.
A sangre.
Todo… absolutamente todo… olía a guerra.
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