Emperador De Reyes : La Gloria de una Bestia - Capítulo 55
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Capítulo 55: 0.4: Negocios
Mientras en la lejana provincia de Ziza el invierno golpeaba con saña el avance de las tropas de Murem, dificultando cada paso entre el barro y el frío calador, en Mico la estación era recibida con ofrendas. Para un pueblo forjado bajo el sol inclemente, cada gota de lluvia era un milagro que lavaba el polvo de los campos de cultivo y prometía vida para sus granos.
A las afueras de la ciudad principal, en una villa de labranza donde el olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma dulzón del grano almacenado, el trabajo no se detenía. Un grupo de veinte esclavos, con los torsos brillantes por el sudor y la lluvia fina, cargaban pesados sacos de semillas en carretas de madera que crujían bajo el peso. A un lado, Esther permanecía de pie junto a ocho nobles, cuyas túnicas de lino fino contrastaban con la rusticidad del almacén. La joven observaba el proceso con atención, contando cada bulto con la mirada.
Cuando la última carreta estuvo llena, los capataces, armados con varas de madera, arrearon a los esclavos hacia un rincón oscuro del patio. Faraj, el maestro de estudios del príncipe Cazam, se adelantó hacia Esther. Sus ojos, cargados de una gratitud calculada, recorrieron el rostro de la joven antes de tomar su mano y depositar un beso respetuoso sobre su piel.
—Le agradezco profundamente, señorita —dijo Faraj, con un tono suave—. Este préstamo es vital. Me ayudará a establecerme en esta región tras los disturbios.
Esther asintió con una leve inclinación de cabeza, manteniendo una expresión serena y distante.
—He cumplido con mi parte, maestro —respondió ella, con voz melódica—. Ahora solo restará esperar a que usted esté en posición de hacer lo mismo.
Faraj sonrió, alisando su barba con la mano libre mientras una mueca de suficiencia se dibujaba en su rostro.
—No lo dude. Tan pronto como la Ruta del Vino sea declarada libre de rebeldes, le haré llegar a su padre siete carretas —aseguró, gesticulando con amplitud—. Irán cargadas con los mejores recipientes de vino y las cervezas más finas que producen mis tierras en el oeste.
Esther volvió a asentir, paseando su mirada por el resto de los presentes. Soltó un suspiro contenido y, entornando los ojos con una fingida expresión de pesadumbre e ingenuidad, se dirigió al grupo.
—Es una pena, caballeros, pero esto es todo lo que puedo permitirme prestar por ahora —dijo, bajando la vista como si le doliera dar la noticia—. Temo que los demás nobles que me han buscado tendrán que intentar conseguir suministros en otra parte.
Los ocho nobles intercambiaron miradas de orgullo. Eran hombres vinculados por la sangre o por cargos en el gobierno de Yacim; no eran los más necesitados, pero sí los que más habían recibido, sabiendo que se repartirían el contenido de aquellas carretas entre ellos.
—No debe preocuparse, Esther —intervino Faraj, con una sonrisa de satisfacción—. Así son los negocios. Usted solo eligió a los que mejor ofertaban una devolución, pensando siempre en los intereses de su padre.
—Tiene razón, maestro —murmuró ella, encogiéndose de hombros con aparente inocencia—. No hay nada más que yo pueda hacer.
De pronto, uno de los escoltas privados de Esther se acercó a paso rápido, interrumpiendo la calma.
—Señorita, una gran caravana se aproxima desde el sur —anunció, señalando hacia el horizonte.
A lo lejos, una columna de polvo y el sonido rítmico de pezuñas y pies arrastrándose rompieron el silencio del campo. Carretas tiradas por bueyes y asnos avanzaban penosamente, seguidas por una larga hilera de hombres amarrados que caminaban con las cabezas bajas. Ante el nerviosismo de los nobles, Esther levantó una mano para tranquilizarlos.
—Estén tranquilos, señores. Son mis socios del reino de Nijam.
Los nobles cruzaron miradas, sorprendidos por entender el nivel de conexiones que manejaba la familia de Esther. Sin embargo, uno de ellos, con el ceño fruncido por la curiosidad, señaló un punto que se movía con mayor velocidad a un costado de la caravana.
—¿Qué es eso? —preguntó, extrañado.
Esther volvió la mirada hacia el camino. Separada de la pesada caravana, una unidad distinta se abría paso: un carruaje de madera pulida, tirado por caballos de paso firme y escoltado por diez jinetes armados. El grupo de nobles se tensó al instante; en una provincia donde los caballos eran un lujo escaso, solo había alguien que podía permitirse tal guardia.
El carruaje superó rápidamente a la caravana de Nijam y se detuvo frente a ellos, levantando salpicaduras de barro. Esther y los nobles bajaron la cabeza de inmediato. Las lonas se abrieron y dos sirvientas bien vestidas bajaron para tomar posición a los lados de la puerta.
Esther alcanzó a ver de reojo al príncipe Irlam. Montaba un caballo gris que parecía único en su clase y vestía una túnica de un rojo tan intenso que destacaba sobre el cielo plomizo.
—¡Esther! —llamó una voz autoritaria desde el interior.
La concubina Fizer descendió caminando lentamente, con clase y el mentón en alto. Vestía de un gris verdoso y sostenía un bastón que no parecía necesitar para sostener sus pasos firmes. Se acercó a Esther con una sonrisa que no revelaba sus pensamientos.
—Mi niña —dijo Fizer, extendiendo los brazos—. ¿Acaso no te alegras de verme?
Esther mantuvo la cabeza ligeramente inclinada, forzando una sonrisa tímida.
—No esperaba su visita en un lugar tan sucio, señora —respondió, mirando de soslayo el suelo embarrado.
Fizer exageró sus movimientos al mirar hacia todos lados, alzando una ceja con desdén.
—¿Sucio? —preguntó—. Solo veo charcos y el barro que dejó la lluvia de anoche. Nada de lo que debas avergonzarte, Esther.
Esther asintió fingiendo humildad. Vio entonces a la concubina Soria salir del carruaje y posicionarse detrás de Fizer, asumiendo una postura de absoluta sumisión, como si fuera una sirvienta más. Fizer notó la mirada de Esther y soltó un suspiro dramático.
—Soria e Irlam han venido a respirar un poco de aire fresco —explicó, mirando a los nobles con ojos gélidos—. Es sofocante estar siempre tras los muros del palacio. Aunque, para ser honesta, yo vine porque escuché que habías estado muy ocupada ayudando a estos señores.
Esther entrelazó sus manos frente a ella, manteniendo su fachada.
—Como ya he dicho antes, he estado haciendo negocios con quien lo necesite —respondió con suavidad.
—Eso mismo he escuchado de mis más cercanos amigos —replicó Fizer sin dejar de sonreír—. Todos agradecen el apoyo económico de Esther en estos tiempos tan difíciles.
Finalmente, el sonido de la caravana de Nijam se escuchó cerca. El tintineo de las cadenas y los quejidos de los esclavos llenaron el aire. Fizer observó la columna y comentó que se habían encontrado con ellos en el camino. Luego, clavó su vista en Esther.
—Dime, ¿tienes planeado comprar nuevos esclavos?
Esther negó con la cabeza, esbozando una sonrisa servicial.
—En absoluto, señora. Esto también es parte de la ayuda a los nobles. Les presentaré al más grande comerciante de esclavos del reino de Nijam.
La caravana de Nijam se detuvo con un chirrido de madera y el pesado resoplido de los bueyes. De una de las carretas saltó un hombre de piel bronceada por el sol del desierto; llevaba la barba oscura bien recortada y el cabello sujeto en trenzas apretadas. Vestía una túnica azul holgada que ondeaba con el viento, sandalias de cuero que brillaban por el aceite y una ostentosa colección de joyas de oro y lapislázuli que adornaban su cuello, muñecas y dedos. Lo acompañaba un grupo de escoltas de piel oscura, guerreros de facciones duras armados con espadas cortas y dagas, protegidos por armaduras de cuero endurecido que olían a animal rancio.
Basaraz sonrió al ver a Esther, mostrando unos dientes blancos que destacaban en su rostro curtido. Dio unos pasos hacia ella, asintió con familiaridad y la recorrió con una mirada de aprobación.
—Te has convertido en una mujer muy hermosa —comentó el mercader, con una voz profunda que denotaba años de regateo en los mercados.
Esther desvió la mirada con elegancia, forzando un leve sonrojo en sus mejillas.
—Han pasado muchos años, Basaraz —respondió ella antes de volverse hacia la concubina real—. Señora Fizer, le presento a Basaraz, el hombre más rico de todo el reino de Nijam.
Fizer se adelantó un paso, apoyándose con suficiencia en su bastón.
—Soy la concubina del rey y madre del príncipe Yacim —declaró, con una voz cargada de una autoridad que no admitía réplicas.
Basaraz se inclinó con un respeto exagerado, haciendo que sus collares tintinearan contra su pecho.
—Soy un hombre muy distraído, señora —dijo con una sonrisa astuta—. Debí saber que un miembro de la realeza estaba aquí al ver a tantos jinetes de élite.
Esther intervino con suavidad, señalando con un gesto delicado a los demás presentes.
—En realidad, hay tres miembros de la realeza aquí, Basaraz —aclaró ella, indicando a Soria, que permanecía inmóvil a un lado de Fizer, y luego a Irlam, quien admiraba el paisaje desde su caballo gris—. Ella es la concubina Soria y aquel es el príncipe Irlam.
El mercader reaccionó con rapidez. Inclinó la cabeza hacia Soria en un gesto breve y luego realizó una reverencia larga y profunda hacia Irlam; como hombre de mundo, sabía que los únicos varones en la familia real eran los príncipes y que su favor valía más que el oro.
—¿A qué se debe tu llamado, Esther? —preguntó Basaraz, volviendo su atención a los negocios.
—He realizado préstamos a estos nobles —explicó ella, señalando al grupo que aguardaba atrás—. Tienen intenciones de establecerse en esta región y necesitan recursos.
Basaraz levantó una mano, deteniéndola con un gesto cómplice.
—No tienes que explicar más. Obviamente, estos señores necesitarán personal para trabajar sus nuevas tierras y por eso estoy aquí.
Esther asintió, entrelazando sus dedos y fingiendo una timidez que suavizaba su imagen de negociadora.
—¿No le molesta que lo haya hecho venir por esto? —preguntó en un susurro.
Basaraz soltó una carcajada que resonó en el patio embarrado.
—Para nada. Tenía planeado viajar por todo Mico ofreciendo a mis esclavos en cada ciudad, pero tú me has facilitado el trabajo —el mercader se inclinó ante todos y se dirigió a los ocho nobles—. Si me permiten, iré a hacer negocios.
Los nobles recibieron al mercader con sonrisas agradecidas, ansiosos por adquirir la mano de obra que les devolviera su estatus. Esther se volvió hacia Fizer, que observaba la escena con una ceja alzada.
—Usted también debería ir a negociar, señora —sugirió Esther.
Fizer la miró con una sonrisa divertida, aunque sus ojos permanecían vigilantes.
—¿Y por qué debería hacerlo?
—Con tantos nobles refugiados en el palacio, seguramente las esclavas no se dan abasto con las tareas —contestó Esther, señalando a un grupo de mujeres jóvenes que aguardaban encadenadas en la caravana—. Podría obtener un buen precio por un par de ellas ahora que Basaraz está de buen humor.
Fizer soltó una risita y le dio un golpecito cariñoso en el hombro.
—Eres una muchacha lista —asintió la concubina antes de caminar hacia el mercader—. Dígame, Basaraz, ¿conocía usted a mi padre? Yo también soy de Nijam.
—La reconocí en cuanto escuché su nombre, señora —respondió el mercader, bajando la voz con respeto—, pero no quería ser atrevido.
Mientras las voces de la negociación empezaban a alejarse, Esther caminó lentamente hacia Irlam. Al notar su presencia, el príncipe bajó de su montura con un movimiento ágil. La saludó con una sonrisa educada, aunque sus ojos mostraban una chispa de curiosidad. Esther fingió nerviosismo, bajando la cabeza con una reverencia formal.
—Su alteza —murmuró ella.
—Tienes una hermosa villa, Esther —dijo Irlam, pasando una mano por el lomo de su caballo—. Incluso con el barro y los charcos se ve bien cuidada.
—Es por el buen trabajo de los esclavos expertos que tenemos —respondió ella, mirando de reojo hacia las barracas—. Los enviaré a descansar el resto del día como recompensa.
Irlam arqueó las cejas, sorprendido.
—Eres muy piadosa. Otros amos mandarían a sus esclavos a hacer cualquier otra tarea antes de permitirles el descanso.
—En mi familia se prioriza la obediencia por medio de la lealtad más que por el miedo —explicó Esther, repitiendo las palabras que tantas veces le había escuchado a su padre—. Según dice mi padre, de esa forma los esclavos pierden el interés en huir y no son necesarios tantos capataces vigilándolos.
Irlam volteó a mirar a los esclavos de Esther. Estaban sentados en un rincón, hablando entre ellos en voz baja mientras compartían raciones de pan seco. Notó que, a diferencia de otros lugares, estos hombres no tenían marcas de látigos ni cicatrices recientes en sus espaldas.
—Eso explica por qué no hay heridas visibles en ellos —añadió Irlam, volviendo su mirada a Esther—. Sour maneja una filosofía interesante. Me gustaría conocerlo algún día.
—Tal vez algún día sea posible —respondió ella con una sonrisa enigmática.
Al notar que Irlam seguía observando el horizonte con interés, Esther señaló hacia una colina cercana que dominaba la villa.
—Hay un lugar alto desde donde se pueden ver otras villas y los caminos del sur —propuso ella—. ¿Le gustaría ir a ese lugar, príncipe?
Irlam miró hacia el grupo donde su madre y los nobles seguían absortos en la compra de esclavos.
—Sí —respondió él—, me gustaría ver ese lugar.
Ambos se alejaron del bullicio de la caravana sin que nadie lo notara, seguidos a una distancia prudencial por dos guardias reales y tres de los escoltas de Esther. Mientras subían por el sendero húmedo, Esther rompió el silencio con una pregunta cargada de falsa inocencia.
—He notado la cercanía entre su madre y la señora Fizer. ¿Acaso son amigas desde la infancia? Todos en el reino saben que ambas son nobles de Nijam.
Irlam guardó silencio por un momento, sopesando su respuesta mientras sus sandalias crujían sobre la hierba mojada. Esther se apresuró a corregirse.
—Disculpe mi atrevimiento, su alteza. No debí preguntar algo tan personal.
—No hay problema, Esther —respondió Irlam con un suspiro cansado—. Solo tienes curiosidad, como cualquiera la tendría al ver la actitud de mi madre.
El príncipe se detuvo un momento, mirando hacia el carruaje que habían dejado atrás.
—Ambas son nobles de Nijam, es cierto, pero nunca ostentaron el mismo estatus —explicó—. Fizer es la hija de un alto consejero del rey de Nijam. Ella viajó con su familia para sellar una alianza con Cicim, y en el proceso, el rey Musem la tomó como concubina. Mi madre, en cambio, era de la baja nobleza; su familia servía a la de Fizer. Por eso llegó aquí como su dama de compañía.
Esther escuchaba con atención, procesando cada palabra.
—Dos años después, el rey Musem tomó a mi madre como concubina también —continuó Irlam con un tono amargo—. Legalmente, eso la hacía igual ante Fizer, pero en la práctica, Soria nunca dejó de ser su dama de compañía. Sigue atrapada en esa jerarquía.
Esther asintió lentamente. Por un instante, la máscara de ingenuidad desapareció de su rostro y sus ojos dorados brillaron con una luz calculadora.
—Eso es… muy interesante —susurró para sí misma.
Una vez en la cima de la colina, el mundo parecía extenderse en una sucesión infinita de parcelas verdes y doradas. A la distancia, pequeñas siluetas de esclavos se movían con rítmica pesadez, terminando de llenar los almacenes con la última cosecha de granos antes de que el cielo terminara de cerrarse. Irlam cerró los ojos y aspiró el aire frío con una profundidad inusual, como si buscara limpiar sus pulmones del aire viciado del palacio.
Esther lo observó de soslayo, notando la sutil expansión de su pecho.
—¿Le gusta el aire de las villas, príncipe? —preguntó ella con suavidad.
Irlam sonrió sin dejar de mirar el horizonte y asintió levemente.
—Es distinto. Se siente… real —respondió él antes de señalar con un gesto elegante hacia los campos vecinos—. ¿De quién son todas esas tierras?
Esther entrelazó sus manos y bajó la vista, fingiendo una modesta timidez.
—Todas pertenecen a mi padre, su alteza.
Irlam se tensó visiblemente. Sus ojos recorrieron nuevamente el paisaje, tratando de encontrar el final de aquellas propiedades que se perdían donde el cielo gris tocaba la tierra.
—¿Cómo es eso posible? —preguntó, con una nota de asombro genuino en su voz—.
—Mi padre tiene una visión particular —explicó Esther, mientras caminaba un par de pasos por la hierba húmeda—. Según él cuenta, hace unos diez años la gente de Mico se obsesionó con la minería y el pastoreo. La región se centró tanto en extraer metales y producir carne que se volvieron dependientes del grano que traían de otras provincias. Mi padre aprovechó eso; compró tierras que todos llamaban “pobres” porque no tenían vetas de metal, y las convirtió en estos campos de cultivo. En menos de un año, ya controlaba el abastecimiento del mercado interno.
Irlam guardó silencio, procesando la magnitud de la estrategia. Soltó una risa seca, casi carente de humor, y negó con la cabeza.
—Cada vez me agrada más ese hombre —admitió el príncipe—. Sabe reconocer una oportunidad donde otros solo ven tierra seca.
—Si de verdad lo cree así, sin duda le presentaré a mi padre algún día —dijo Esther, mirándolo fijamente.
—¿Me lo prometes? —insistió Irlam, devolviéndole la mirada.
—Lo prometo.
Se quedaron un momento más en silencio, compartiendo la quietud del paisaje antes de iniciar el descenso. Cuando regresaron al patio principal de la villa, el ambiente era distinto. Los negocios habían concluido. Los nobles los vieron llegar y las sonrisas no tardaron en aparecer al notar la cercanía entre la joven y el príncipe. Soria mostró una expresión de aprobación silenciosa, mientras que Fizer mantenía una mirada analítica, casi gélida. A su lado, el mercader Basaraz sonreía con una picardía que delataba sus pensamientos.
—¿Ya han terminado con sus asuntos? —preguntó Esther, acercándose al grupo.
Los nobles se aproximaron a ella para agradecerle una vez más. Uno de ellos señaló las densas nubes que se arremolinaban sobre sus cabezas.
—Debemos marcharnos ya —dijo el hombre, ajustándose la túnica—. Si no nos damos prisa, la lluvia nos alcanzará en el camino.
—Les deseo mucha suerte y las bendiciones del dios Rico —respondió Esther con una inclinación de cabeza.
Basaraz comenzó a gritar órdenes a sus capataces para repartir a los esclavos recién vendidos entre los carros de los nobles, asegurándose de que los escoltas vigilaran cualquier intento de motín durante el traslado. Una vez que el caos comenzó a ordenarse, el mercader se acercó a Esther.
—Te agradezco por esto, Esther —dijo Basaraz con voz ronca—. No solo he conseguido clientes de alto estatus, sino que también he acordado suministrar productos exóticos directamente al palacio del gobernador.
Esther frunció el ceño, la confusión asomando en su rostro por un segundo.
—¿Al palacio? —preguntó, mirando de reojo a Fizer—. Se suponía que mi familia se encargaba de todos los suministros de la corte.
Fizer sonrió, una expresión carente de calidez, y dio un paso al frente apoyándose en su bastón.
—Me enteré de que Basaraz era quien te traía los animales, las telas y las joyas más finas, Esther —explicó la concubina con tono autoritario—. Así que aproveché el momento para empezar a hacer tratos directamente con él. No me digas que eso es un problema.
Esther negó rápidamente con la cabeza, recuperando su máscara de humildad. Basaraz, que no era ajeno a la tensión que vibraba en el aire, intervino con su voz profunda.
—Escucha, Esther. Ahora yo te debo un gran favor —dijo el mercader, ignorando la mirada de Fizer—. Has hecho un sacrificio por mí hoy al cederme este contacto. Por eso, ahora tienes mi completa lealtad. Puedes pedirme lo que quieras, cuando quieras.
Esther alzó la mirada y le dedicó una sonrisa ganadora, una que por un instante no fue fingida.
—Se lo agradezco, Basaraz —murmuró.
Fizer lanzó una mirada rápida de desdén al mercader antes de forzar una nueva sonrisa.
—Al final, todos salimos ganando —sentenció la concubina.
—Así es —asintió Basaraz, soltando un suspiro—. Ahora debo irme a festejar este rápido negocio. Aunque, lamentablemente, tendré que brindar con cerveza cara o vino barato, dadas las circunstancias.
Irlam, que se mantenía a un lado observando la interacción, intervino con curiosidad.
—¿A qué se refiere con eso?
—Debido al control rebelde en la Ruta del Vino, el transporte se ha detenido casi por completo —explicó Esther, volviéndose hacia el príncipe—. Como nuestra provincia no produce suficiente bebida, los precios se han disparado.
Basaraz asintió, visiblemente molesto.
—Es una injusticia. La cerveza es tan esencial como el pan y ahora vale casi el triple. Y ni hablar del vino… claro que puedo pagarlo, pero sigue siendo un robo —el mercader miró a Fizer y bajó la cabeza ligeramente—. Sin ánimo de ofender, señora.
—Entiendo la molestia —respondió Fizer, encogiéndose de hombros—. Mico es una provincia dedicada al metal, y por desgracia, nuestra tierra es demasiado dura para producir ciertas cosas.
Basaraz se apoyó contra el borde de una de las carretas, cruzando sus brazos adornados con oro. Miró hacia los enormes graneros que dominaban la villa y luego volvió sus ojos hacia Esther con una chispa de picardía.
—Tienes una cantidad inmensa de campos aquí en Mico —dijo el mercader, señalando con la cabeza los costales que los esclavos terminaban de acomodar—. ¿Por qué no empiezas a producir tu propia cerveza? Vi esos masivos sacos de granos mientras venía y sé que todos son tuyos.
Esther levantó el mentón, manteniendo una postura rígida frente al viento frío.
—Lamentablemente, eso no es posible —respondió con firmeza—. Esos granos están destinados al mercado. Si los convirtiera en cerveza, la escasez sería de pan, y no permitiré que la gente pase hambre por un capricho.
Basaraz soltó una risita burlona mientras se ajustaba una de sus joyas.
—Tal vez la gente estaría más feliz con una jarra en la mano que con un trozo de pan seco.
Esther negó con la cabeza, permitiendo que una pequeña sonrisa asomara en sus labios ante la ocurrencia del hombre, aunque sus ojos permanecieron serios. Fizer, que observaba la interacción con los labios apretados, dio un paso adelante, no queriendo quedar fuera de la conversación.
—Tal vez deberían buscar una alternativa —sugirió la concubina, golpeando suavemente su bastón contra el barro—. Debido a los grandes árboles y matorrales de esta zona, suelen aparecer muchos panales por todos lados. Quizás es hora de sacarles provecho y producir hidromiel.
Esther y Basaraz intercambiaron una mirada rápida. Ambos conocían bien el problema técnico de esa idea, pero el peso del estatus de Fizer les impedía corregirla con libertad. Sin embargo, una voz clara y segura rompió el silencio.
—Eso no es posible, Fizer.
Todos se voltearon con brusquedad, sorprendidos por el tono tajante. Incluso los nobles, que terminaban de asegurar sus pertenencias en los carros, detuvieron sus movimientos para mirar al príncipe Irlam.
Fizer arqueó una ceja, su rostro transformándose en una máscara de indignación contenida.
—¿Y por qué no? —preguntó con voz gélida.
Irlam sostuvo la mirada, enderezando la espalda.
—La hidromiel necesita al menos seis meses para fermentarse correctamente —explicó con una seguridad que rayaba en la burla—. Para cuando terminen de producirla, es muy probable que la Ruta del Vino ya esté libre.
Fizer emitió un sonido de desprecio, apretando el puño sobre el mango de su bastón.
—Está bien —dijo con amargura—. Yo no lo sabía, ya que no soy experta en comercio ni en cosas como esta.
Dio unos pasos lentos hacia Irlam, deteniéndose justo al lado de su montura. Lo miró fijamente a los ojos, su rostro a pocos centímetros del suyo en un gesto claramente desafiante.
—Pero tú sí tienes estudios especializados en comercio y producción —continuó ella con veneno en la voz—. Así que tal vez tengas una mejor idea. Dime, príncipe, ¿sabes cómo resolver este problema?
Bajo la presión de la mirada de Fizer y el escrutinio de los presentes, la confianza de Irlam se evaporó. Bajó la mirada hacia el suelo, luciendo de pronto como un muchacho apenado y vulnerable. Esther sintió un nudo en el estómago; buscó una solución en su mente, pero la presión del momento la dejó en blanco.
Fue entonces cuando sintió un toque rápido en su codo. Miró a Basaraz, quien le hizo una seña casi imperceptible con los ojos hacia una de sus carretas.
—Vino… dátiles —susurró el mercader apenas moviendo los labios.
Esther reaccionó al instante. Caminó con paso decidido, sobrepasando a Fizer e Irlam, y llegó hasta la carreta señalada. Con un movimiento brusco, tiró del cuero grueso que cubría la carga, revelando un cargamento masivo de dátiles e higos secos que desprendieron un aroma dulzón y terroso.
Un solo pensamiento cruzó su mente: algo que solo alguien con avanzados estudios en comercio y métodos de producción sabría. Miró a Irlam y forzó una expresión de alivio mientras mentía descaradamente.
—Aquí está lo que quería, su alteza —dijo Esther, señalando los frutos.
Irlam miró los dátiles e higos. En su mente, las lecciones de sus maestros sobre una bebida del este, capaz de fermentar rápido y reemplazar a la cerveza, encajaron como piezas de un rompecabezas. Miró a Esther, tratando de asimilar el salvavidas que ella le estaba lanzando.
—Hace unos momentos, en la colina, el príncipe me contó sobre una bebida similar al vino, pero tan fácil de producir como la cerveza —mintió Esther, dirigiéndose a Fizer con una fingida ignorancia—. Una hecha con dátiles e higos secos.
Irlam captó la señal y asintió, su rostro recuperando algo de color.
—En la colina hablamos sobre la escasez de cerveza en la provincia —continuó Esther, gesticulando con las manos como si recordara una charla profunda—. Hablamos de cómo esto afectaría la moral y el rendimiento del pueblo, y por eso el príncipe sugirió esta alternativa.
Esther fingió confusión, tocándose el mentón con un dedo.
—Yo no sé mucho sobre este tema, así que mejor deje que sea el príncipe quien se lo cuente, señora.
Soria, que hasta entonces había parecido una sombra tras Fizer, dio un paso al frente. Un brillo de orgullo genuino iluminó sus ojos verdes.
—¿En verdad has estado interesado en esto, Irlam? —preguntó con voz trémula.
Fizer lanzó una mirada fulminante a Soria, quien de inmediato bajó la vista y retrocedió, recuperando su papel de sirvienta. Esa reacción terminó de convencer a Irlam quien se acercó a la carreta junto a Esther.
—Efectivamente, yo sugerí eso —aseguró Irlam, mirando la carga con una seriedad profesional—. Pero confieso que había descartado la idea por no saber cómo conseguir frutos secos en una cantidad tan grande.
Basaraz alzó la voz desde su posición.
—Cuando inicié mi viaje estaban frescos, pero la combinación de sol ardiente y las lluvias repentinas no ayudaron. Se secaron en el camino.
Fizer entornó los ojos, analizando a los tres. Había algo que no cuadraba en su mente.
—Hace unos instantes —dijo Fizer, cruzando los brazos—, el príncipe parecía no saber nada de la escasez.
Irlam no vaciló esta vez.
—Lamento la confusión, Fizer —respondió con calma—. Hace un momento no pregunté por la escasez, sino por el hecho de que un hombre tan rico como Basaraz se quejara de los precios de algo tan básico.
Basaraz soltó una carcajada ronca para romper la tensión.
—Soy rico, alteza, pero también soy avaro —bromeó el mercader.
Unas sutiles risas se escaparon entre los nobles y las sirvientas, aligerando la pesadez del ambiente. Fizer, sin embargo, no cedió del todo.
—¿Por qué entonces Esther asumió que tú no sabías de la escasez si estaban hablando de eso en la colina? —preguntó, clavando su vista en la joven.
Esther reaccionó con rapidez. Se llevó una mano a la frente y soltó un suspiro de agotamiento, fingiendo una debilidad que no sentía.
—Últimamente se me olvidan muchas cosas por el estrés de manejar tantos negocios —dijo con voz suave—. Casi no duermo y olvido conversaciones que acabo de tener.
Esther extendió su mano y tomó la de Irlam con firmeza frente a todos. Lo miró a los ojos con una expresión de súplica.
—Por favor, príncipe, disculpe mi torpeza. No piense que no le doy importancia a lo que me dice.
Irlam le devolvió el apretón, sus dedos envolviendo los de ella con una calidez que sorprendió a ambos.
—Después de esto, nunca lo pensaría —susurró él.
El silencio cayó sobre el patio. Los nobles murmuraron entre ellos mientras subían a sus carretas; las sirvientas de Fizer intercambiaron miradas de asombro ante semejante muestra de afecto público. Soria sonrió con un orgullo contenido, mientras que Fizer mostró una sonrisa gélida, la sonrisa de quien finalmente ha entendido el juego que se desarrolla ante sus ojos.
—Ya es hora de volver —sentenció Fizer, dándose la vuelta hacia el carruaje.
Soria subió tras ella sin decir palabra. Irlam, sin soltar la mano de Esther, miró hacia el carruaje.
—Me quedaré un poco más —anunció el príncipe con voz firme—. Ayudaré a Esther y a Basaraz con este nuevo emprendimiento de los dátiles.
En los siguientes días, el invierno se arrastraba con pesadez sobre la provincia de Mico, trayendo consigo noticias que goteaban como sangre fría desde los frentes de batalla. En los pasillos del palacio de Meret, los mensajeros susurraban sobre el estancamiento de Murem en el norte, donde el barro parecía engullir la voluntad de los hombres; hablaban del sangriento vaivén entre Oren y el rebelde Yem, del interminable asedio de Pasur contra los muros de Riol y de la encarnizada disputa por cada tramo de la Ruta del Vino. Cada reporte llegaba envuelto en una neblina de rumores: ciudades saqueadas, generales caídos y el nacimiento de leyendas que se alimentaban de la carnicería.
En lo más alto del palacio, tras subir los interminables escalones de piedra pulida, se encontraba la habitación principal del príncipe. El aire allí olía a aceite de lámpara rancio, incienso de mirra y al aroma metálico del armamento recién aceitado. Las paredes estaban decoradas con relieves de caza y los suelos cubiertos por pesadas alfombras de lana teñida de púrpura. En el centro, Fizer yacía sentada sobre un cúmulo de cojines de seda, con la espalda recta y el rostro iluminado por la luz vacilante de los braseros. Ante ella, una mesa baja de madera de cedro estaba sepultada bajo tablillas de arcilla que exhalaban un olor a tierra húmeda y rollos de papiro que crujían al menor contacto.
Fizer sostenía el sello gubernamental de piedra con firmeza, con sus ojos recorriendo las líneas con una concentración gélida. Mientras tanto, en el balcón que dominaba la ciudad y los muros defensivos, Yacim descansaba en un sillón de ébano. A su alrededor, piezas de armadura y armas de bronce brillaban bajo la luz grisácea de la tarde. El príncipe tomó un hacha de combate, sopesando el equilibrio del mango forrado en cuero; de pronto, con un movimiento brusco y potente, golpeó una mesa pequeña cercana. La madera crujió y se agrietó bajo el filo de bronce.
—Estas armas son de una calidad excepcional —comentó Yacim con una sonrisa de satisfacción pura, acariciando el metal como si fuera un juguete nuevo—. Esos esclavos que maneja Esther son verdaderos profesionales, madre.
Fizer presionó el sello sobre la arcilla blanda con un golpe seco antes de levantar la vista.
—Por esa razón los contratamos —respondió ella, dejando el sello a un lado—. Pero no debes alabar su trabajo frente a ella. Su ego y su ambición ya son lo suficientemente altos como para alimentarlos más.
Yacim se puso de pie, realizando un tajo al aire con el hacha. El silbido del arma cortando el viento llenó el silencio de la estancia.
—Si tanto te molesta su ego, no debiste permitirle que siguiera adelante con ese asunto de los dátiles —dijo él, girándose hacia ella con una ceja arqueada.
—A veces es necesario reconocer las buenas ideas de los demás, por muy irritantes que sean —replicó Fizer, cerrando un papiro con un movimiento elegante—. Esa bebida puede ser la solución al descontento del pueblo. La escasez de cerveza está volviendo a la plebe peligrosa, y el hambre de alcohol es más difícil de controlar que el hambre de pan.
Yacim asintió, aunque su expresión se tornó confusa mientras dejaba el hacha para tomar un escudo.
—Entiendo el beneficio, pero sigo sin comprender por qué Irlam tiene que estar metido en medio de todo eso.
Fizer soltó una risa leve y cargada de ironía mientras organizaba los documentos terminados.
—Al parecer, tu hermano posee conocimientos sobre la elaboración de esa bebida. —Ella sonrió con gracia, una expresión que no logaba ocultar la malicia en sus ojos—. Esther intentó hacerme creer que toda la idea fue de Irlam. Quiso darme la impresión de que él es el genio detrás del proyecto.
Yacim soltó una carcajada seca y burlona.
—Parece que esa muchacha aún no te conoce bien si cree que puede engañarte con trucos tan evidentes.
Ambos compartieron una mirada de complicidad, un breve momento de unidad en su desprecio por los demás. Fizer dejó el sello y comenzó a leer las tablillas de impuestos, mientras Yacim tomaba una espada de bronce y comenzaba una serie de estocadas de práctica. El sonido del metal chocando contra el aire rítmicamente marcaba el paso del tiempo.
—Aún no entiendo qué hay entre ellos —comentó Yacim sin detener su entrenamiento—. Si Irlam fuera un hombre normal, pensaría que simplemente busca meterse bajo las faldas de Esther. Es una mujer radiante, después de todo.
Fizer detuvo su lectura de golpe. Alzó la cabeza y clavó sus ojos oscuros en su hijo.
—¿A qué te refieres con un hombre “normal”? —preguntó con voz gélida.
Yacim se detuvo, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—Irlam es joven y no tiene responsabilidades reales, pero no actúa como alguien de su posición —explicó con un gesto de desdén—. No bebe hasta perder el sentido, no frecuenta las casas de juego, no entrena hasta el agotamiento y, lo más extraño de todo, jamás llama a ninguna mujer a sus aposentos. —Yacim esbozó una sonrisa pícara y ladeada—. En este palacio hay más de doscientas sirvientas jóvenes y hermosas, y ni una sola ha pasado por su cama todavía.
Fizer soltó un suspiro de decepción, volviendo la vista a las tablillas como si la respuesta de su hijo le resultara irrelevante.
—No todos los hombres se desahogan con la primera mujer que encuentran —dijo ella con desdén—. Algunos buscan algo único, algo difícil de alcanzar.
—No creo que Irlam sea ese tipo de hombre —insistió Yacim, encogiéndose de hombros.
—No importa lo que Irlam sea —sentenció Fizer sin levantar la vista—. Al final, es Esther quien intenta acercarse a él con un propósito claro.
—Entonces entiendo menos qué le ve ella a él.
—Un título —respondió Fizer con una frialdad que pareció bajar la temperatura de la habitación.
Yacim soltó la espada sobre una mesa, haciendo que el bronce resonara con un estrépito metálico.
—Si solo buscara un título, habría aceptado mi propuesta de ser mi concubina —dijo él, cruzándose de brazos.
Fizer dejó de leer por segunda vez. Sus ojos se entrecerraron y su postura se volvió rígida.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó; su voz ahora era un susurro peligroso.
Yacim hizo memoria, rascándose la barba incipiente con despreocupación.
—Cuando la conocí, le propuse ser mi concubina. Pero antes de que pudiera darme una respuesta, nos interrumpieron —explicó, mirando a su madre.
Fizer se levantó lentamente de los cojines, con su figura proyectando una sombra alargada sobre los papiros. Caminó hacia él; su rostro era una máscara de escrutinio.
—¿Por qué le ofreciste tal cosa? ¿Acaso esa plebeya te interesa tanto?
—A cualquier hombre con sangre en las venas le interesaría una mujer como ella, madre —respondió Yacim con una sonrisa pícara—. Es una belleza exótica.
Fizer guardó silencio unos instantes, procesando la información. Caminó hacia el balcón, mirando hacia la ciudad que se extendía abajo.
—Es inteligente, educada, tiene recursos y contactos en el extranjero —murmuró para sí misma antes de endurecer el gesto—. Pero sigue siendo una plebeya.
—Por eso le pedí ser mi concubina y no mi esposa —añadió Yacim con naturalidad.
Fizer hizo una mueca de asco genuino, arrugando la nariz.
—Ni lo pienses. Tu esposa debe ser una noble con un linaje que esté a la altura de una reina. No permitiré que una hija de mercaderes ocupe ese lugar.
Yacim asintió, aceptando la lógica de su madre.
—Entonces, ¿estuvo bien proponerle ser concubina?
Fizer asintió pensativamente, golpeando rítmicamente el pomo de su bastón contra el suelo.
—Dime una cosa… hiciste la propuesta, pero la interrupción impidió que ella se negara, ¿cierto?
—No me rechazó —confirmó Yacim—, pero tampoco dijo que sí.
Fizer se acercó a él y le puso una mano en el hombro, mirándolo fijamente a los ojos con una sabiduría cruel.
—Hijo, debes aprender algo sobre las mujeres: cuando una mujer quiere decir “no”, lo dice con claridad. Pero cuando está considerando decir “sí”, se queda callada. Su silencio es su forma de sopesar el precio.
Yacim parpadeó, confundido por la lógica de su madre.
—¿Entonces tengo una nueva concubina o no?
Fizer suspiró, volviendo hacia su mesa de trabajo con un aire de finalidad.
—Primero debemos esperar a ver cómo resulta ese negocio de los dátiles. No quiero tener a una fracasada vinculada a la familia real, por muy útil que sea su padre.
Más tarde en el palacio, El sol se filtraba entre las pérgolas del jardín, pero el ambiente permanecía cargado con la humedad pesada de las lluvias recientes. El aroma dulzón y asfixiante de los lirios se mezclaba con el olor a tierra removida. La princesa Siram, envuelta en un vestido de lino púrpura que delataba su alto rango, permanecía sentada en un banco de piedra, arrancando pétalos de una flor con movimientos mecánicos y bruscos. El suelo a sus pies estaba salpicado de fragmentos de colores, un rastro de su evidente hastío.
Deibra, de pie a unos pasos, recorrió el jardín con una mirada vigilante, asegurándose de que nadie escuchara antes de alzar la voz hacia su hija.
—¿Ya has terminado de jugar? —preguntó Deibra, con un tono que no admitía réplicas.
Siram soltó un suspiro cargado de frustración y dejó caer los restos de la flor marchita.
—No estoy jugando —respondió sin mirar a su madre—. Solo paso el rato.
—Si es así, puedes pasar el rato en tu habitación —replicó Deibra. Se giró hacia una de las sirvientas que aguardaba en la sombra y le señaló los macizos de flores con un gesto tajante—. Recoge tantas flores como puedas y llévalas a los aposentos de la princesa. Así tendrá con qué entretenerse allí dentro.
Siram soltó un quejido de protesta, pero sus palabras se ahogaron al ver un movimiento al otro lado del sendero. Por el camino de grava, el príncipe Cazam avanzaba con paso firme, acompañado por su madre, Soria, que caminaba un paso por detrás. Cazam llevaba su cabello blanco recogido en una trenza impecable que contrastaba con su piel bronceada. De inmediato, Siram se puso de pie y corrió hacia ellos ignorando el protocolo.
—¡Cazam! —exclamó, llamándolo por su nombre.
El joven príncipe se detuvo en seco, con una expresión seria y disciplinada. Soria también se detuvo e inclinó la cabeza con una humildad que parecía grabada en sus huesos mientras la princesa se acercaba.
—¿Te diriges otra vez a entrenar? —preguntó Siram con una sonrisa, tratando de ignorar el sudor que empezaba a brotar en su frente por la carrera.
Cazam asintió y señaló el rollo de papiro que sostenía en su mano derecha.
—Ya he terminado mis estudios con los maestros —respondió con voz plana—. Como todos los días, ahora me toca el entrenamiento con lanza.
Deibra llegó hasta ellos con paso apresurado, con el rostro tenso por la falta de decoro de su hija.
—Siram, te he dicho que no vuelvas a correr de esa forma tan repentina —le recriminó, con la respiración ligeramente agitada.
—Ni siquiera he salido del jardín, madre —replicó Siram, haciendo un gesto de fastidio—. Solo quería alcanzar a Cazam.
Deibra cruzó su mirada con la de Soria por un instante; hubo un destello de desprecio antiguo en sus ojos antes de desviar la vista hacia Cazam. De inmediato, Deibra realizó una leve inclinación de cabeza.
—Mi príncipe —dijo, reconociendo su estatus.
Cazam no le devolvió el saludo ni le dedicó una mirada. Ignorándola por completo, se dirigió a su hermana con una amabilidad inusual.
—¿Qué hacías tú? —preguntó.
Siram volvió a suspirar e hizo caer los hombros.
—Morir lentamente de aburrimiento.
—¡Siram! —advirtió Deibra, frunciendo el ceño.
—Es la verdad —insistió la princesa, gesticulando con las manos—. Me paso los días durmiendo, mirando por el balcón o contando flores. Estoy sola. Se suponía que Esther era mi amiga y vendría a acompañarme, pero ahora dice estar siempre ocupada en sus negocios y ya ni pisa el palacio.
Cazam arqueó una ceja, mostrando una pizca de interés.
—¿Te refieres a esa señorita Esther? Algunos dicen que antes era tu dama de compañía.
Siram negó con la cabeza con vehemencia, calmándose tras respirar profundamente.
—Esther nunca fue mi dama, es mi mejor amiga —aclaró, aunque su voz aún denotaba amargura—. Entiendo que esté haciendo algo importante, no me malinterpreten, pero me frustra estar encerrada aquí sin poder salir a visitarla ni ver cómo maneja sus asuntos.
Cazam soltó una risita seca, casi una burla.
—Seguro que lo que te molesta es que Irlam pueda salir cada día a verla y tú no.
—¡Me parece injusto! —exclamó Siram—. Yo conozco a Esther desde hace años. ¿Por qué Irlam es el único que tiene permitido frecuentarla?
Soria, que había permanecido en un silencio absoluto y sumiso, intervino con voz suave.
—Su alteza podría salir si lo deseara —comentó, mirando a Siram de soslayo—. Solo tendría que llevarse un par de guardias con ella.
Deibra se giró hacia Soria con una mirada cargada de hostilidad y apretó los labios.
—Como refugiadas en esta provincia, no podemos exponernos a los peligros de la ciudad —sentenció Deibra con dureza—. Sería una imprudencia salir solo por un capricho infantil.
Soria dio un paso atrás de inmediato, bajando la mirada hacia sus sandalias en un gesto de sumisión absoluta.
—Solo le recordaba a su alteza que, si quisiera, podría hacerlo —murmuró con tono humilde.
Deibra levantó el mentón, intentando imponer su autoridad, pero la voz de Cazam cortó el aire con la fuerza de un mando real.
—Mi madre tiene razón —dijo el príncipe, mirando a Deibra con frialdad—. Si un príncipe o una princesa desea dar un paseo por la ciudad, basta con pedir una escolta y salir. No hay más que discutir.
Deibra bajó la mirada, visiblemente incómoda y apretando los puños entre los pliegues de su túnica. Siram, notando la tensión que vibraba entre los adultos, intervino para suavizar el ambiente.
—Lo pensaré, Cazam. Quizás mi madre tenga razón y sea peligroso —dijo la princesa.
—Ya tenemos que retirarnos —añadió Deibra, inclinando la cabeza con premura.
—Si Siram está tan aburrida, tal vez podría entrenar conmigo —interrumpió Cazam, deteniéndolas—. Sé que ha recibido entrenamiento, como dicta la ley del reino.
Siram hizo una mueca y negó con la cabeza.
—Las armas no son lo mío, ya lo sabes.
—Aun así, tengo curiosidad por ver a qué nivel llega tu entrenamiento —insistió Cazam, sopesando su lanza de práctica—. ¿O tienes miedo?
—Seguro que limpiarías el suelo conmigo —respondió Siram con una sonrisa débil.
Soria miró a su hijo y luego a la princesa.
—Cazam, si la princesa no desea hacerlo, debes respetar su voluntad —dijo con suavidad.
Cazam ignoró las palabras de todos. Se acercó un paso más a Siram y, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que solo ella pudo captar, le habló al oído:
—Si me das una buena lucha, te diré la verdadera razón por la que Irlam va tanto a ver a Esther.
Siram lo miró de cerca, intrigada.
—Es por la bebida de dátiles —susurró ella de vuelta.
Cazam le guiñó un ojo, una expresión cargada de una malicia que no encajaba con su edad.
—Esa es solo la excusa —susurró él antes de apartarse y seguir su camino hacia el patio de entrenamiento sin mirar atrás.
Siram se quedó inmóvil, mirando su vestido púrpura y sopesando sus opciones. De pronto, la emoción iluminó su rostro.
—¡Espérenme en el patio de entrenamiento! —exclamó dirigiéndose a las dos concubinas—. Iré a cambiarme para entrenar con mi hermano.
Antes de que Deibra pudiera objetar, la princesa echó a correr hacia el interior del palacio. Deibra hizo el amago de seguirla para detenerla, pero la mano de Soria se cerró sobre su brazo con una firmeza inesperada.
—La princesa nos ha dado una orden —dijo Soria, con una voz que había perdido parte de su sumisión.
Deibra se soltó con un movimiento brusco, mirando a Soria con puro odio.
—¡Yo soy su madre! —siseó.
Soria desvió la mirada, recuperando su máscara tranquila, aunque no retrocedió.
—Aun así, debemos obedecer la orden de su alteza y esperarla en el patio —replicó Soria con calma—. No querrá contrariar a un miembro de la familia real, Deibra.
En el patio de entrenamiento, el aire era denso y olía a polvo levantado y a sudor agrio. Bajo la sombra de una pérgola de madera labrada, las dos concubinas permanecían de pie, observando con rigidez cómo el príncipe Cazam derribaba a dos soldados veteranos. El sonido de las astas de madera chocando y el seco impacto de los cuerpos contra la tierra apisonada rompían rítmicamente el silencio del lugar. Deibra, con el mentón alzado y una postura que irradiaba una autoridad casi marcial, habló sin desviar la vista del combate.
—No entiendo por qué insiste en probar sus habilidades con Siram —comentó Deibra, entornando los ojos—. Es evidente que él es muy superior a su hermana.
Soria, que mantenía las manos entrelazadas frente a ella y la mirada fija en el suelo, asintió levemente.
—Le agradezco el halago hacia mi hijo, señora —respondió con un tono suave y sumiso.
Deibra soltó un suspiro de impaciencia, girando el rostro apenas lo suficiente para escrutar a la otra mujer.
—Dime, ¿cómo te ha ido últimamente? —preguntó con una curiosidad que parecía más un examen que un interés real.
Soria pareció sorprendida por la pregunta; sus dedos se apretaron ligeramente.
—Como a todos, supongo —dijo Soria, alzando la vista solo un instante—. Pidiendo a los dioses que esta guerra termine pronto.
—Mi hijo Murem se encargará de eso —sentenció Deibra, volviendo su atención a Cazam, quien acababa de desarmar a uno de los guardias con un movimiento circular—. Él logrará la victoria y pondrá fin a este conflicto.
—Sin duda así será —asintió Soria, con una sombra de sonrisa melancólica—. La capacidad del príncipe Murem está más que comprobada. Lograr que toda una provincia acatara su decreto de reclutamiento forzoso sin que estallara una sola represalia es una proeza que pocos podrían igualar.
Deibra hinchó el pecho, satisfecha por el reconocimiento.
—El pueblo confía en quien los gobierna desde joven —afirmó con orgullo—. En alguien que pelea batallas junto a sus tropas, como debe ser un futuro rey.
—Así mismo debe ser —repitió Soria, manteniendo su tono neutral.
Frustrada al sentir que sus indirectas no estaban golpeando donde quería, Deibra endureció el gesto y decidió ir directamente al grano.
—¿Y cómo le va a Irlam? —preguntó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Cómo van sus estudios y su entrenamiento militar?
—Últimamente está más concentrado en ese proyecto con la señorita Esther —respondió Soria, bajando la voz.
—¡Ah, claro! Casi lo olvido —exclamó Deibra con una falsa ligereza—. Irlam ahora se aventura en el mundo de los mercaderes y comerciantes. El dios Rico debe estar complacido de tener a un príncipe siguiendo sus enseñanzas de ganancia y regateo.
Soria, envalentonada por la mención de su hijo mayor, enderezó un poco la espalda.
—Seguro que así es —replicó Soria—. Mi hijo ha elegido el camino de la riqueza y la prosperidad. Sin duda llegará muy lejos trabajando mano a mano con la familia de Esther.
La sonrisa de Deibra se desvaneció por un segundo. Miró al suelo, fingiendo recordar algo que le causaba pesadez.
—Es una lástima a cuánta gente ha afectado esta rebelión —suspiró Deibra—. No solo a los negocios, sino también a la política… a los nombramientos y ascensos que ya estaban decididos.
Soria frunció el ceño ligeramente, con la curiosidad asomando en sus ojos verdes.
—¿A qué se refiere, señora?
—Según me informaron algunos consejeros reales —continuó Deibra, saboreando cada palabra—, el plan original era que Irlam fuera nombrado gobernador de la provincia de Ziza.
Soria parpadeó, intrigada, pero forzó una pequeña sonrisa.
—Pero Mirial, su propia hermana, es la gobernadora de Ziza —recordó Soria—. ¿Acaso planeaban destituirla solo porque sí?
Deibra hizo una mueca de pesar fingido, aunque sus ojos brillaban con victoria.
—Ahí está la otra víctima de las circunstancias. Mi hermana Mirial iba a ocupar el mando del Consejo de Jueces de la Capital como consejera directa del rey. Es el puesto que dejó vacante el difunto ministro. Al cambiar de cargo, su puesto en Ziza quedaría libre… pero con la guerra, todo ha cambiado.
Soria no pudo evitar que un destello de molestia cruzara su rostro, pues la oportunidad de Irlam de gobernar una provincia se desvanecía en el aire. Deibra, al notar la reacción, levantó el mentón y miró hacia el frente, respirando el aire frío con satisfacción. Soria se quedó en silencio, con la mente fija en el nombre de Ziza.
En ese instante, Siram entró en el patio. Ya no vestía su seda púrpura, sino una túnica de tela delgada y cruda, sin mangas, con una falda corta por encima de la rodilla que le permitía moverse con libertad. Calzaba sandalias de cuero reforzado, similares a las de los soldados, y llevaba su cabello oscuro recogido en un moño apretado y funcional.
Cazam, al verla, hizo una seña a los guardias para que se retiraran. El sudor le corría por las sienes, empapando su trenza blanca.
—¿Estás lista? —preguntó el príncipe, sopesando su lanza de madera.
Siram tomó una lanza de entrenamiento del armero, probando el peso y la flexibilidad del asta. Estiró los brazos y el cuello, escuchando el crujir de sus propias articulaciones.
—Ten cuidado al inicio, Cazam —advirtió ella con una sonrisa desafiante—. Estoy un poco oxidada.
—Empezaremos despacio —respondió él, tomando una postura de combate con las piernas flexionadas.
Ambos mantuvieron la distancia, sujetando las lanzas con las dos manos. Comenzaron a dar vueltas en círculos, con los pies deslizándose sobre la arena suelta. Bajo la pérgola, las madres observaban con posturas impecables, pero sus manos apretadas delataban una preocupación real, como si sus hijos sostuvieran bronce afilado en lugar de madera.
—¿Por qué quieres combatir realmente, Cazam? —preguntó Siram, sin dejar de moverse, buscando una apertura.
—Quiero pelear con alguien que no me tenga miedo —respondió Cazam, lanzando una estocada rápida que Siram desvió con un golpe seco—. Estos guardias temen lastimarme y ser castigados por ello. Aunque juren que pelean en serio, siempre contienen sus golpes.
—Necesitas un oponente que busque herirte —asintió Siram, esquivando un tajo lateral—. Un enemigo real nunca se contendrá.
—Veo que aún recuerdas las lecciones básicas —dijo Cazam, lanzándose al ataque.
Siram atacó primero, apuntando directamente al pecho del príncipe. Cazam esquivó el golpe con un giro fluido y contraatacó hacia el hombro de su hermana. Siram desvió el asta enemiga y comenzó a realizar círculos rápidos con su lanza, creando una barrera de madera que evitaba nuevas estocadas. Los ataques se volvieron más frenéticos; Cazam buscaba la velocidad, lanzando golpes rítmicos que Siram bloqueaba con una defensa dominante y técnica. El sonido rítmico de la madera —clac, clac, clac— llenaba el patio junto al sonido de las respiraciones agitadas.
Sorprendentemente, a pesar de su cansancio previo, Cazam mantenía la presión, pero Siram parecía tener un control absoluto sobre el espacio. En un movimiento audaz, Cazam logró sobrepasar el alcance de la lanza de Siram, acercándose lo suficiente para golpearla con el pomo de su arma. Sin embargo, Siram soltó una mano de su lanza y, con una rapidez que dejó a los presentes mudos, lanzó un puñetazo directo al rostro de su hermano.
El golpe impactó de lleno en la mejilla de Cazam. El príncipe retrocedió varios pasos, tambaleándose por el impacto. Rápidamente, un moretón violáceo comenzó a marcarse sobre su piel bronceada. Siram sacudió su puño, haciendo una mueca de dolor por el impacto de sus nudillos contra el hueso.
Aprovechando la confusión, Siram lanzó una estocada final, pero Cazam, impulsado por el dolor, recuperó el equilibrio con una agilidad felina. Rodeó a Siram en un parpadeo; usando el asta de su lanza como una palanca, golpeó la parte posterior de las rodillas de la princesa. Siram cayó de espaldas contra la arena con un golpe sordo que le sacó el aire. Cazam alzó su lanza sobre ella, con el extremo apuntando a su garganta como si fuera a apuñalarla.
—¡Cazam! —gritó ella, con los ojos muy abiertos.
El príncipe se detuvo en el acto, con la punta de madera a escasos milímetros de su piel. Jadeando, Cazam bajó el arma y extendió una mano para ayudarla a levantarse.
De inmediato, las madres y los sirvientes corrieron hacia ellos. Deibra tomó la mano de Siram, inspeccionando el puño hinchado con horror, mientras Soria intentaba tocar la mejilla de Cazam.
—Para ser alguien que entrena tanto —dijo Siram, limpiándose la arena de la túnica—, no aguantas nada. Mira cómo tienes la mejilla, está morada.
Cazam apartó la mano de su madre con brusquedad, mirando a Siram con una chispa de respeto.
—Es porque nunca había recibido un golpe de verdad —admitió con una risa seca—. Mi piel es como la de un bebé porque nadie se atreve a tocarme.
Ambos rieron por un breve instante, compartiendo una conexión que sus madres no podían comprender, hasta que Cazam recuperó su semblante serio y ordenó a todos los presentes que se alejaran. Cuando estuvieron a solas en el centro del patio, Siram se acercó a él, bajando la voz.
—¿Me vas a decir lo que prometiste? —preguntó ella.
Cazam suspiró, mirando hacia el cielo plomizo que amenazaba con más lluvia.
—Deberíamos entrenar así más seguido —dijo él—. Escucha, Siram… Irlam quiere que todos, especialmente mi madre y Fizer, crean que solo le interesa Esther. Que está cautivado por ella.
Hizo una pausa, dejando que el silencio pesara antes de acercarse al oído de su hermana para susurrar.
—Pero la realidad es que a Irlam no le gusta, ni le gustará nunca, ninguna mujer. Nunca.
Cazam le guiñó un ojo, con una expresión que mezclaba la burla con una verdad peligrosa, y se dio la vuelta para marcharse, dejando a Siram inmóvil en el centro del patio, tratando de asimilar el peso de aquellas palabras.
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