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Emperador De Reyes : La Gloria de una Bestia - Capítulo 56

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Capítulo 56: 0.5: Maternal

En los siguientes días, el invierno se arrastraba con pesadez sobre la provincia de Mico, trayendo consigo noticias que goteaban como sangre fría desde los frentes de batalla. En los pasillos del palacio de Meret, los mensajeros susurraban sobre el estancamiento de Murem en el norte, donde el barro parecía engullir la voluntad de los hombres; hablaban del sangriento vaivén entre Oren y el rebelde Yem, del interminable asedio de Pasur contra los muros de Riol y de la encarnizada disputa por cada tramo de la Ruta del Vino. Cada reporte llegaba envuelto en una neblina de rumores: ciudades saqueadas, generales caídos y el nacimiento de leyendas que se alimentaban de la carnicería.

En lo más alto del palacio, tras subir los interminables escalones de piedra pulida, se encontraba la habitación principal del príncipe. El aire allí olía a aceite de lámpara rancio, incienso de mirra y al aroma metálico del armamento recién aceitado. Las paredes estaban decoradas con relieves de caza y los suelos cubiertos por pesadas alfombras de lana teñida de púrpura. En el centro, Fizer yacía sentada sobre un cúmulo de cojines de seda, con la espalda recta y el rostro iluminado por la luz vacilante de los braseros. Ante ella, una mesa baja de madera de cedro estaba sepultada bajo tablillas de arcilla que exhalaban un olor a tierra húmeda y rollos de papiro que crujían al menor contacto.

Fizer sostenía el sello gubernamental de piedra con firmeza, con sus ojos recorriendo las líneas con una concentración gélida. Mientras tanto, en el balcón que dominaba la ciudad y los muros defensivos, Yacim descansaba en un sillón de ébano. A su alrededor, piezas de armadura y armas de bronce brillaban bajo la luz grisácea de la tarde. El príncipe tomó un hacha de combate, sopesando el equilibrio del mango forrado en cuero; de pronto, con un movimiento brusco y potente, golpeó una mesa pequeña cercana. La madera crujió y se agrietó bajo el filo de bronce.

—Estas armas son de una calidad excepcional —comentó Yacim con una sonrisa de satisfacción pura, acariciando el metal como si fuera un juguete nuevo—. Esos esclavos que maneja Esther son verdaderos profesionales, madre.

Fizer presionó el sello sobre la arcilla blanda con un golpe seco antes de levantar la vista.

—Por esa razón los contratamos —respondió ella, dejando el sello a un lado—. Pero no debes alabar su trabajo frente a ella. Su ego y su ambición ya son lo suficientemente altos como para alimentarlos más.

Yacim se puso de pie, realizando un tajo al aire con el hacha. El silbido del arma cortando el viento llenó el silencio de la estancia.

—Si tanto te molesta su ego, no debiste permitirle que siguiera adelante con ese asunto de los dátiles —dijo él, girándose hacia ella con una ceja arqueada.

—A veces es necesario reconocer las buenas ideas de los demás, por muy irritantes que sean —replicó Fizer, cerrando un papiro con un movimiento elegante—. Esa bebida puede ser la solución al descontento del pueblo. La escasez de cerveza está volviendo a la plebe peligrosa, y el hambre de alcohol es más difícil de controlar que el hambre de pan.

Yacim asintió, aunque su expresión se tornó confusa mientras dejaba el hacha para tomar un escudo.

—Entiendo el beneficio, pero sigo sin comprender por qué Irlam tiene que estar metido en medio de todo eso.

Fizer soltó una risa leve y cargada de ironía mientras organizaba los documentos terminados.

—Al parecer, tu hermano posee conocimientos sobre la elaboración de esa bebida. —Ella sonrió con gracia, una expresión que no logaba ocultar la malicia en sus ojos—. Esther intentó hacerme creer que toda la idea fue de Irlam. Quiso darme la impresión de que él es el genio detrás del proyecto.

Yacim soltó una carcajada seca y burlona.

—Parece que esa muchacha aún no te conoce bien si cree que puede engañarte con trucos tan evidentes.

Ambos compartieron una mirada de complicidad, un breve momento de unidad en su desprecio por los demás. Fizer dejó el sello y comenzó a leer las tablillas de impuestos, mientras Yacim tomaba una espada de bronce y comenzaba una serie de estocadas de práctica. El sonido del metal chocando contra el aire rítmicamente marcaba el paso del tiempo.

—Aún no entiendo qué hay entre ellos —comentó Yacim sin detener su entrenamiento—. Si Irlam fuera un hombre normal, pensaría que simplemente busca meterse bajo las faldas de Esther. Es una mujer radiante, después de todo.

Fizer detuvo su lectura de golpe. Alzó la cabeza y clavó sus ojos oscuros en su hijo.

—¿A qué te refieres con un hombre “normal”? —preguntó con voz gélida.

Yacim se detuvo, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Irlam es joven y no tiene responsabilidades reales, pero no actúa como alguien de su posición —explicó con un gesto de desdén—. No bebe hasta perder el sentido, no frecuenta las casas de juego, no entrena hasta el agotamiento y, lo más extraño de todo, jamás llama a ninguna mujer a sus aposentos. —Yacim esbozó una sonrisa pícara y ladeada—. En este palacio hay más de doscientas sirvientas jóvenes y hermosas, y ni una sola ha pasado por su cama todavía.

Fizer soltó un suspiro de decepción, volviendo la vista a las tablillas como si la respuesta de su hijo le resultara irrelevante.

—No todos los hombres se desahogan con la primera mujer que encuentran —dijo ella con desdén—. Algunos buscan algo único, algo difícil de alcanzar.

—No creo que Irlam sea ese tipo de hombre —insistió Yacim, encogiéndose de hombros.

—No importa lo que Irlam sea —sentenció Fizer sin levantar la vista—. Al final, es Esther quien intenta acercarse a él con un propósito claro.

—Entonces entiendo menos qué le ve ella a él.

—Un título —respondió Fizer con una frialdad que pareció bajar la temperatura de la habitación.

Yacim soltó la espada sobre una mesa, haciendo que el bronce resonara con un estrépito metálico.

—Si solo buscara un título, habría aceptado mi propuesta de ser mi concubina —dijo él, cruzándose de brazos.

Fizer dejó de leer por segunda vez. Sus ojos se entrecerraron y su postura se volvió rígida.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó; su voz ahora era un susurro peligroso.

Yacim hizo memoria, rascándose la barba incipiente con despreocupación.

—Cuando la conocí, le propuse ser mi concubina. Pero antes de que pudiera darme una respuesta, nos interrumpieron —explicó, mirando a su madre.

Fizer se levantó lentamente de los cojines, con su figura proyectando una sombra alargada sobre los papiros. Caminó hacia él; su rostro era una máscara de escrutinio.

—¿Por qué le ofreciste tal cosa? ¿Acaso esa plebeya te interesa tanto?

—A cualquier hombre con sangre en las venas le interesaría una mujer como ella, madre —respondió Yacim con una sonrisa pícara—. Es una belleza exótica.

Fizer guardó silencio unos instantes, procesando la información. Caminó hacia el balcón, mirando hacia la ciudad que se extendía abajo.

—Es inteligente, educada, tiene recursos y contactos en el extranjero —murmuró para sí misma antes de endurecer el gesto—. Pero sigue siendo una plebeya.

—Por eso le pedí ser mi concubina y no mi esposa —añadió Yacim con naturalidad.

Fizer hizo una mueca de asco genuino, arrugando la nariz.

—Ni lo pienses. Tu esposa debe ser una noble con un linaje que esté a la altura de una reina. No permitiré que una hija de mercaderes ocupe ese lugar.

Yacim asintió, aceptando la lógica de su madre.

—Entonces, ¿estuvo bien proponerle ser concubina?

Fizer asintió pensativamente, golpeando rítmicamente el pomo de su bastón contra el suelo.

—Dime una cosa… hiciste la propuesta, pero la interrupción impidió que ella se negara, ¿cierto?

—No me rechazó —confirmó Yacim—, pero tampoco dijo que sí.

Fizer se acercó a él y le puso una mano en el hombro, mirándolo fijamente a los ojos con una sabiduría cruel.

—Hijo, debes aprender algo sobre las mujeres: cuando una mujer quiere decir “no”, lo dice con claridad. Pero cuando está considerando decir “sí”, se queda callada. Su silencio es su forma de sopesar el precio.

Yacim parpadeó, confundido por la lógica de su madre.

—¿Entonces tengo una nueva concubina o no?

Fizer suspiró, volviendo hacia su mesa de trabajo con un aire de finalidad.

—Primero debemos esperar a ver cómo resulta ese negocio de los dátiles. No quiero tener a una fracasada vinculada a la familia real, por muy útil que sea su padre.

Más tarde en el palacio, El sol se filtraba entre las pérgolas del jardín, pero el ambiente permanecía cargado con la humedad pesada de las lluvias recientes. El aroma dulzón y asfixiante de los lirios se mezclaba con el olor a tierra removida. La princesa Siram, envuelta en un vestido de lino púrpura que delataba su alto rango, permanecía sentada en un banco de piedra, arrancando pétalos de una flor con movimientos mecánicos y bruscos. El suelo a sus pies estaba salpicado de fragmentos de colores, un rastro de su evidente hastío.

Deibra, de pie a unos pasos, recorrió el jardín con una mirada vigilante, asegurándose de que nadie escuchara antes de alzar la voz hacia su hija.

—¿Ya has terminado de jugar? —preguntó Deibra, con un tono que no admitía réplicas.

Siram soltó un suspiro cargado de frustración y dejó caer los restos de la flor marchita.

—No estoy jugando —respondió sin mirar a su madre—. Solo paso el rato.

—Si es así, puedes pasar el rato en tu habitación —replicó Deibra. Se giró hacia una de las sirvientas que aguardaba en la sombra y le señaló los macizos de flores con un gesto tajante—. Recoge tantas flores como puedas y llévalas a los aposentos de la princesa. Así tendrá con qué entretenerse allí dentro.

Siram soltó un quejido de protesta, pero sus palabras se ahogaron al ver un movimiento al otro lado del sendero. Por el camino de grava, el príncipe Cazam avanzaba con paso firme, acompañado por su madre, Soria, que caminaba un paso por detrás. Cazam llevaba su cabello blanco recogido en una trenza impecable que contrastaba con su piel bronceada. De inmediato, Siram se puso de pie y corrió hacia ellos ignorando el protocolo.

—¡Cazam! —exclamó, llamándolo por su nombre.

El joven príncipe se detuvo en seco, con una expresión seria y disciplinada. Soria también se detuvo e inclinó la cabeza con una humildad que parecía grabada en sus huesos mientras la princesa se acercaba.

—¿Te diriges otra vez a entrenar? —preguntó Siram con una sonrisa, tratando de ignorar el sudor que empezaba a brotar en su frente por la carrera.

Cazam asintió y señaló el rollo de papiro que sostenía en su mano derecha.

—Ya he terminado mis estudios con los maestros —respondió con voz plana—. Como todos los días, ahora me toca el entrenamiento con lanza.

Deibra llegó hasta ellos con paso apresurado, con el rostro tenso por la falta de decoro de su hija.

—Siram, te he dicho que no vuelvas a correr de esa forma tan repentina —le recriminó, con la respiración ligeramente agitada.

—Ni siquiera he salido del jardín, madre —replicó Siram, haciendo un gesto de fastidio—. Solo quería alcanzar a Cazam.

Deibra cruzó su mirada con la de Soria por un instante; hubo un destello de desprecio antiguo en sus ojos antes de desviar la vista hacia Cazam. De inmediato, Deibra realizó una leve inclinación de cabeza.

—Mi príncipe —dijo, reconociendo su estatus.

Cazam no le devolvió el saludo ni le dedicó una mirada. Ignorándola por completo, se dirigió a su hermana con una amabilidad inusual.

—¿Qué hacías tú? —preguntó.

Siram volvió a suspirar e hizo caer los hombros.

—Morir lentamente de aburrimiento.

—¡Siram! —advirtió Deibra, frunciendo el ceño.

—Es la verdad —insistió la princesa, gesticulando con las manos—. Me paso los días durmiendo, mirando por el balcón o contando flores. Estoy sola. Se suponía que Esther era mi amiga y vendría a acompañarme, pero ahora dice estar siempre ocupada en sus negocios y ya ni pisa el palacio.

Cazam arqueó una ceja, mostrando una pizca de interés.

—¿Te refieres a esa señorita Esther? Algunos dicen que antes era tu dama de compañía.

Siram negó con la cabeza con vehemencia, calmándose tras respirar profundamente.

—Esther nunca fue mi dama, es mi mejor amiga —aclaró, aunque su voz aún denotaba amargura—. Entiendo que esté haciendo algo importante, no me malinterpreten, pero me frustra estar encerrada aquí sin poder salir a visitarla ni ver cómo maneja sus asuntos.

Cazam soltó una risita seca, casi una burla.

—Seguro que lo que te molesta es que Irlam pueda salir cada día a verla y tú no.

—¡Me parece injusto! —exclamó Siram—. Yo conozco a Esther desde hace años. ¿Por qué Irlam es el único que tiene permitido frecuentarla?

Soria, que había permanecido en un silencio absoluto y sumiso, intervino con voz suave.

—Su alteza podría salir si lo deseara —comentó, mirando a Siram de soslayo—. Solo tendría que llevarse un par de guardias con ella.

Deibra se giró hacia Soria con una mirada cargada de hostilidad y apretó los labios.

—Como refugiadas en esta provincia, no podemos exponernos a los peligros de la ciudad —sentenció Deibra con dureza—. Sería una imprudencia salir solo por un capricho infantil.

Soria dio un paso atrás de inmediato, bajando la mirada hacia sus sandalias en un gesto de sumisión absoluta.

—Solo le recordaba a su alteza que, si quisiera, podría hacerlo —murmuró con tono humilde.

Deibra levantó el mentón, intentando imponer su autoridad, pero la voz de Cazam cortó el aire con la fuerza de un mando real.

—Mi madre tiene razón —dijo el príncipe, mirando a Deibra con frialdad—. Si un príncipe o una princesa desea dar un paseo por la ciudad, basta con pedir una escolta y salir. No hay más que discutir.

Deibra bajó la mirada, visiblemente incómoda y apretando los puños entre los pliegues de su túnica. Siram, notando la tensión que vibraba entre los adultos, intervino para suavizar el ambiente.

—Lo pensaré, Cazam. Quizás mi madre tenga razón y sea peligroso —dijo la princesa.

—Ya tenemos que retirarnos —añadió Deibra, inclinando la cabeza con premura.

—Si Siram está tan aburrida, tal vez podría entrenar conmigo —interrumpió Cazam, deteniéndolas—. Sé que ha recibido entrenamiento, como dicta la ley del reino.

Siram hizo una mueca y negó con la cabeza.

—Las armas no son lo mío, ya lo sabes.

—Aun así, tengo curiosidad por ver a qué nivel llega tu entrenamiento —insistió Cazam, sopesando su lanza de práctica—. ¿O tienes miedo?

—Seguro que limpiarías el suelo conmigo —respondió Siram con una sonrisa débil.

Soria miró a su hijo y luego a la princesa.

—Cazam, si la princesa no desea hacerlo, debes respetar su voluntad —dijo con suavidad.

Cazam ignoró las palabras de todos. Se acercó un paso más a Siram y, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que solo ella pudo captar, le habló al oído:

—Si me das una buena lucha, te diré la verdadera razón por la que Irlam va tanto a ver a Esther.

Siram lo miró de cerca, intrigada.

—Es por la bebida de dátiles —susurró ella de vuelta.

Cazam le guiñó un ojo, una expresión cargada de una malicia que no encajaba con su edad.

—Esa es solo la excusa —susurró él antes de apartarse y seguir su camino hacia el patio de entrenamiento sin mirar atrás.

Siram se quedó inmóvil, mirando su vestido púrpura y sopesando sus opciones. De pronto, la emoción iluminó su rostro.

—¡Espérenme en el patio de entrenamiento! —exclamó dirigiéndose a las dos concubinas—. Iré a cambiarme para entrenar con mi hermano.

Antes de que Deibra pudiera objetar, la princesa echó a correr hacia el interior del palacio. Deibra hizo el amago de seguirla para detenerla, pero la mano de Soria se cerró sobre su brazo con una firmeza inesperada.

—La princesa nos ha dado una orden —dijo Soria, con una voz que había perdido parte de su sumisión.

Deibra se soltó con un movimiento brusco, mirando a Soria con puro odio.

—¡Yo soy su madre! —siseó.

Soria desvió la mirada, recuperando su máscara tranquila, aunque no retrocedió.

—Aun así, debemos obedecer la orden de su alteza y esperarla en el patio —replicó Soria con calma—. No querrá contrariar a un miembro de la familia real, Deibra.

En el patio de entrenamiento, el aire era denso y olía a polvo levantado y a sudor agrio. Bajo la sombra de una pérgola de madera labrada, las dos concubinas permanecían de pie, observando con rigidez cómo el príncipe Cazam derribaba a dos soldados veteranos. El sonido de las astas de madera chocando y el seco impacto de los cuerpos contra la tierra apisonada rompían rítmicamente el silencio del lugar. Deibra, con el mentón alzado y una postura que irradiaba una autoridad casi marcial, habló sin desviar la vista del combate.

—No entiendo por qué insiste en probar sus habilidades con Siram —comentó Deibra, entornando los ojos—. Es evidente que él es muy superior a su hermana.

Soria, que mantenía las manos entrelazadas frente a ella y la mirada fija en el suelo, asintió levemente.

—Le agradezco el halago hacia mi hijo, señora —respondió con un tono suave y sumiso.

Deibra soltó un suspiro de impaciencia, girando el rostro apenas lo suficiente para escrutar a la otra mujer.

—Dime, ¿cómo te ha ido últimamente? —preguntó con una curiosidad que parecía más un examen que un interés real.

Soria pareció sorprendida por la pregunta; sus dedos se apretaron ligeramente.

—Como a todos, supongo —dijo Soria, alzando la vista solo un instante—. Pidiendo a los dioses que esta guerra termine pronto.

—Mi hijo Murem se encargará de eso —sentenció Deibra, volviendo su atención a Cazam, quien acababa de desarmar a uno de los guardias con un movimiento circular—. Él logrará la victoria y pondrá fin a este conflicto.

—Sin duda así será —asintió Soria, con una sombra de sonrisa melancólica—. La capacidad del príncipe Murem está más que comprobada. Lograr que toda una provincia acatara su decreto de reclutamiento forzoso sin que estallara una sola represalia es una proeza que pocos podrían igualar.

Deibra hinchó el pecho, satisfecha por el reconocimiento.

—El pueblo confía en quien los gobierna desde joven —afirmó con orgullo—. En alguien que pelea batallas junto a sus tropas, como debe ser un futuro rey.

—Así mismo debe ser —repitió Soria, manteniendo su tono neutral.

Frustrada al sentir que sus indirectas no estaban golpeando donde quería, Deibra endureció el gesto y decidió ir directamente al grano.

—¿Y cómo le va a Irlam? —preguntó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Cómo van sus estudios y su entrenamiento militar?

—Últimamente está más concentrado en ese proyecto con la señorita Esther —respondió Soria, bajando la voz.

—¡Ah, claro! Casi lo olvido —exclamó Deibra con una falsa ligereza—. Irlam ahora se aventura en el mundo de los mercaderes y comerciantes. El dios Rico debe estar complacido de tener a un príncipe siguiendo sus enseñanzas de ganancia y regateo.

Soria, envalentonada por la mención de su hijo mayor, enderezó un poco la espalda.

—Seguro que así es —replicó Soria—. Mi hijo ha elegido el camino de la riqueza y la prosperidad. Sin duda llegará muy lejos trabajando mano a mano con la familia de Esther.

La sonrisa de Deibra se desvaneció por un segundo. Miró al suelo, fingiendo recordar algo que le causaba pesadez.

—Es una lástima a cuánta gente ha afectado esta rebelión —suspiró Deibra—. No solo a los negocios, sino también a la política… a los nombramientos y ascensos que ya estaban decididos.

Soria frunció el ceño ligeramente, con la curiosidad asomando en sus ojos verdes.

—¿A qué se refiere, señora?

—Según me informaron algunos consejeros reales —continuó Deibra, saboreando cada palabra—, el plan original era que Irlam fuera nombrado gobernador de la provincia de Ziza.

Soria parpadeó, intrigada, pero forzó una pequeña sonrisa.

—Pero Mirial, su propia hermana, es la gobernadora de Ziza —recordó Soria—. ¿Acaso planeaban destituirla solo porque sí?

Deibra hizo una mueca de pesar fingido, aunque sus ojos brillaban con victoria.

—Ahí está la otra víctima de las circunstancias. Mi hermana Mirial iba a ocupar el mando del Consejo de Jueces de la Capital como consejera directa del rey. Es el puesto que dejó vacante el difunto ministro. Al cambiar de cargo, su puesto en Ziza quedaría libre… pero con la guerra, todo ha cambiado.

Soria no pudo evitar que un destello de molestia cruzara su rostro, pues la oportunidad de Irlam de gobernar una provincia se desvanecía en el aire. Deibra, al notar la reacción, levantó el mentón y miró hacia el frente, respirando el aire frío con satisfacción. Soria se quedó en silencio, con la mente fija en el nombre de Ziza.

En ese instante, Siram entró en el patio. Ya no vestía su seda púrpura, sino una túnica de tela delgada y cruda, sin mangas, con una falda corta por encima de la rodilla que le permitía moverse con libertad. Calzaba sandalias de cuero reforzado, similares a las de los soldados, y llevaba su cabello oscuro recogido en un moño apretado y funcional.

Cazam, al verla, hizo una seña a los guardias para que se retiraran. El sudor le corría por las sienes, empapando su trenza blanca.

—¿Estás lista? —preguntó el príncipe, sopesando su lanza de madera.

Siram tomó una lanza de entrenamiento del armero, probando el peso y la flexibilidad del asta. Estiró los brazos y el cuello, escuchando el crujir de sus propias articulaciones.

—Ten cuidado al inicio, Cazam —advirtió ella con una sonrisa desafiante—. Estoy un poco oxidada.

—Empezaremos despacio —respondió él, tomando una postura de combate con las piernas flexionadas.

Ambos mantuvieron la distancia, sujetando las lanzas con las dos manos. Comenzaron a dar vueltas en círculos, con los pies deslizándose sobre la arena suelta. Bajo la pérgola, las madres observaban con posturas impecables, pero sus manos apretadas delataban una preocupación real, como si sus hijos sostuvieran bronce afilado en lugar de madera.

—¿Por qué quieres combatir realmente, Cazam? —preguntó Siram, sin dejar de moverse, buscando una apertura.

—Quiero pelear con alguien que no me tenga miedo —respondió Cazam, lanzando una estocada rápida que Siram desvió con un golpe seco—. Estos guardias temen lastimarme y ser castigados por ello. Aunque juren que pelean en serio, siempre contienen sus golpes.

—Necesitas un oponente que busque herirte —asintió Siram, esquivando un tajo lateral—. Un enemigo real nunca se contendrá.

—Veo que aún recuerdas las lecciones básicas —dijo Cazam, lanzándose al ataque.

Siram atacó primero, apuntando directamente al pecho del príncipe. Cazam esquivó el golpe con un giro fluido y contraatacó hacia el hombro de su hermana. Siram desvió el asta enemiga y comenzó a realizar círculos rápidos con su lanza, creando una barrera de madera que evitaba nuevas estocadas. Los ataques se volvieron más frenéticos; Cazam buscaba la velocidad, lanzando golpes rítmicos que Siram bloqueaba con una defensa dominante y técnica. El sonido rítmico de la madera —clac, clac, clac— llenaba el patio junto al sonido de las respiraciones agitadas.

Sorprendentemente, a pesar de su cansancio previo, Cazam mantenía la presión, pero Siram parecía tener un control absoluto sobre el espacio. En un movimiento audaz, Cazam logró sobrepasar el alcance de la lanza de Siram, acercándose lo suficiente para golpearla con el pomo de su arma. Sin embargo, Siram soltó una mano de su lanza y, con una rapidez que dejó a los presentes mudos, lanzó un puñetazo directo al rostro de su hermano.

El golpe impactó de lleno en la mejilla de Cazam. El príncipe retrocedió varios pasos, tambaleándose por el impacto. Rápidamente, un moretón violáceo comenzó a marcarse sobre su piel bronceada. Siram sacudió su puño, haciendo una mueca de dolor por el impacto de sus nudillos contra el hueso.

Aprovechando la confusión, Siram lanzó una estocada final, pero Cazam, impulsado por el dolor, recuperó el equilibrio con una agilidad felina. Rodeó a Siram en un parpadeo; usando el asta de su lanza como una palanca, golpeó la parte posterior de las rodillas de la princesa. Siram cayó de espaldas contra la arena con un golpe sordo que le sacó el aire. Cazam alzó su lanza sobre ella, con el extremo apuntando a su garganta como si fuera a apuñalarla.

—¡Cazam! —gritó ella, con los ojos muy abiertos.

El príncipe se detuvo en el acto, con la punta de madera a escasos milímetros de su piel. Jadeando, Cazam bajó el arma y extendió una mano para ayudarla a levantarse.

De inmediato, las madres y los sirvientes corrieron hacia ellos. Deibra tomó la mano de Siram, inspeccionando el puño hinchado con horror, mientras Soria intentaba tocar la mejilla de Cazam.

—Para ser alguien que entrena tanto —dijo Siram, limpiándose la arena de la túnica—, no aguantas nada. Mira cómo tienes la mejilla, está morada.

Cazam apartó la mano de su madre con brusquedad, mirando a Siram con una chispa de respeto.

—Es porque nunca había recibido un golpe de verdad —admitió con una risa seca—. Mi piel es como la de un bebé porque nadie se atreve a tocarme.

Ambos rieron por un breve instante, compartiendo una conexión que sus madres no podían comprender, hasta que Cazam recuperó su semblante serio y ordenó a todos los presentes que se alejaran. Cuando estuvieron a solas en el centro del patio, Siram se acercó a él, bajando la voz.

—¿Me vas a decir lo que prometiste? —preguntó ella.

Cazam suspiró, mirando hacia el cielo plomizo que amenazaba con más lluvia.

—Deberíamos entrenar así más seguido —dijo él—. Escucha, Siram… Irlam quiere que todos, especialmente mi madre y Fizer, crean que solo le interesa Esther. Que está cautivado por ella.

Hizo una pausa, dejando que el silencio pesara antes de acercarse al oído de su hermana para susurrar.

—Pero la realidad es que a Irlam no le gusta, ni le gustará nunca, ninguna mujer. Nunca.

Cazam le guiñó un ojo, con una expresión que mezclaba la burla con una verdad peligrosa, y se dio la vuelta para marcharse, dejando a Siram inmóvil en el centro del patio, tratando de asimilar el peso de aquellas palabras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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