Enjaulada - Capítulo 54
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Capítulo 54: Cerrando los ojos
Primero fue Lucía. Un sonido tenue, casi tímido al principio, que resonó en el baño como un recordatorio brutal de su vulnerabilidad. Después, unos segundos más tarde, el de Karla. No había forma de ocultarlo, ni de suavizarlo. Era un ruido íntimo, expuesto, amplificado por el eco frío de los azulejos.
El ambiente se impregnó de un olor acre, inevitable, que se mezcló con el desinfectante del lugar. No era fuerte, pero sí lo suficiente para que todos lo percibieran.
Lucía cerró los ojos, deseando desaparecer.
Karla mantuvo la mirada fija en un punto del suelo.
Matías no sabía dónde poner los ojos. Su vergüenza era tan palpable como el olor en el aire.
El especialista, en cambio, permanecía impasible. Observaba la escena con serenidad. Para él, aquello no era humillante. Era control, un recordatorio de quién tenía el poder y quién no.
Cuando el sonido cesó, el silencio volvió a caer sobre el baño. Un silencio distinto, cargado, espeso, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado.
El especialista dio un paso adelante.
—Bien —dijo, como si acabaran de completar una tarea administrativa—. Ya podemos continuar.
—Hasta esta noche no nos moveremos —anunció el especialista—. Tenemos que descansar. Y me fío tan poco de vosotros…
No terminó la frase. No hacía falta.
Metió la mano en el bolsillo interior de su gabardina y sacó dos pares de esposas metálicas, frías, que tintinearon al chocar entre sí. Una se la lanzó a Matías sin mirarlo siquiera.
—Pónsela —ordenó—. En la muñeca que no está dañada.
Matías la atrapó al vuelo. El metal le pesó en la mano como si fuera algo más que acero. Se acercó a Karla con movimientos lentos, casi temblorosos. Ella no retrocedió, pero su mirada era un filo. Él le colocó la esposa alrededor de la muñeca sana. El clic del cierre resonó como un disparo.
El especialista ya estaba con Lucía. Ella intentó apartar el brazo, un gesto mínimo, casi instintivo. Él no lo permitió. Le agarró la muñeca con firmeza y tiró de ella hacia adelante, obligándola a extender el brazo. El cierre metálico se cerró con un chasquido seco.
—Vamos —dijo, tirando desde el otro extremo de las esposas.
Las chicas tuvieron que seguirlo. No había margen para resistirse. Matías caminó detrás, con la cadena de Karla en la mano, sintiendo cada paso como una traición.
Entraron en una habitación amplia, con varias literas alineadas contra las paredes. El aire olía a metal, a polvo y a algo más: a encierro. Las camas inferiores tenían tubos gruesos en el armazón, perfectos para sujetar a alguien.
El especialista señaló sin hablar.
Matías obedeció sin pensar.
Primero, Lucía. Luego Karla.
Las esposas quedaron fijadas a los tubos de las camas inferiores, dejándolas con movilidad reducida. No era un encierro total. Era peor: una vigilancia constante.
El especialista se dejó caer en una litera frente a Lucía, cruzando los brazos detrás de la cabeza. Su cuerpo se relajó de inmediato, como si pudiera dormir en cualquier sitio, en cualquier momento. Sin ningún tipo de remordimientos.
Matías se tumbó en la litera frente a Karla, rígido, incapaz de encontrar una postura que no le doliera por dentro.
—Ahora dejadnos dormir un poco —dijo el especialista, cerrando los ojos como si pudiera desconectar del mundo a voluntad.
El silencio cayó sobre la habitación con un peso extraño.
No era un silencio de descanso.
Era un silencio vigilante, lleno de respiraciones contenidas y de pensamientos que nadie se atrevía a expresar.
Lucía, desde su litera, observó al especialista. En reposo, con los ojos cerrados, parecía otra persona. Casi normal. Incluso atractivo, en un sentido frío, distante. Un hombre que podría pasar desapercibido en cualquier lugar, como si su verdadera naturaleza solo existiera cuando él decidía mostrarla.
Pero entonces abrió los ojos.
Como si hubiera sentido su mirada clavada en él.
Giró la cabeza hacia ella con una lentitud calculada y la observó sin parpadear. Su mirada recorrió cada centímetro visible de su piel, sin prisa, sin pudor, sin disimulo. No era deseo. No, exactamente. Era una forma de posesión silenciosa, una advertencia sin palabras
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por lo que él hacía, sino por lo que podía hacer cuando quisiera. Por la facilidad con la que podía cruzar cualquier límite sin que nadie lo detuviera.
Cerró los ojos, intentando encontrar una postura que la calmara, pero el catre era una trampa de hierro y nervios. Se retorció, buscó un hueco de comodidad que no existía, y cuando volvió a abrir los ojos…
Ahí estaban los suyos.
Taladrándola.
Como si no hubiera dejado de mirarla ni un segundo.
Y de pronto, sin transición, la ignoró por completo. Cerró los ojos y su respiración se volvió lenta, profunda, casi perfecta. En cuestión de instantes, parecía dormido. Como si nada hubiera ocurrido. Como si no hubiera dejado una grieta abierta en ella.
Lucía permaneció inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas, preguntándose si realmente dormía… o si simplemente esperaba a que todos los demás lo hicieran.
Karla observó a Matías desde su litera, con la muñeca aún sujeta al tubo metálico. Él estaba tumbado en la cama de enfrente, boca arriba, mirando fijamente el colchón de la litera superior como si necesitara un punto neutro donde anclar la mente. No se atrevía a mirarla. No se atrevía a mirar nada que pudiera delatar lo que sentía.
Su cuerpo, rígido al principio, empezó a ceder poco a poco al cansancio. El catre era estrecho, duro, incómodo, pero para él debía de sentirse como un lujo después de horas de tensión. Karla lo vio acomodarse, mover un hombro, luego el otro, como si buscara una postura que no existía. Su respiración era corta, irregular, cargada de culpa.
Ella también estaba agotada. No recordaba la última vez que había descansado de verdad. Su cuerpo comenzó a aflojarse sin permiso. Los músculos se le rendían uno a uno, como si hubieran decidido que ya no podían sostener más miedo por el momento.
Los ojos le pesaban.
Le ardían.
Le pedían cerrarse.
Matías, al otro lado, dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Luego otro. Su pecho empezó a subir y bajar con un ritmo más lento, más profundo. Cerró los ojos despacio, como si temiera que el especialista lo oyera incluso dormirse. Su respiración se volvió pausada, casi tranquila, aunque su cuerpo seguía tenso, como si incluso en sueños necesitara estar alerta.
Karla lo observó un instante más.
No porque buscara consuelo.
Sino porque, en medio de aquel encierro, él era la única presencia que no le resultaba hostil.
El silencio de la habitación se volvió más denso, más pesado, pero también más humano. Por primera vez desde que despertó en aquella sala fría, Karla sintió que su cuerpo cedía. Que el sueño la arrastraba. Que, aunque fuera solo por unos minutos, podía dejar de luchar.
Y mientras los párpados se le cerraban, lo último que vio fue el perfil de Matías, respirando despacio, como si el sueño fuera lo único que aún podía salvarlo de sí mismo.
En el mismo momento, pero fuera de la Base Aérea, la furgoneta de la cuadrilla de Lobo estaba aparcada en una zona discreta, lejos de las cámaras de la base aérea. Desde fuera parecía un vehículo cualquiera, uno más entre los que dormían en los márgenes de la carretera. Pero dentro, la tensión era un animal vivo.
Lobo había ordenado descansar, aunque él mismo no parecía dispuesto a hacerlo. Permanecía sentado en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados y la mirada fija en la oscuridad más allá del parabrisas. No confiaba en la noche. Ni en el tiempo. Ni en Luis.
Por eso había insistido en que los padres de Karla se quedaran dentro, donde pudiera controlarlos.
Olga dormía en uno de los asientos, envuelta en un saco que usaba como manta. Su respiración era suave, casi imperceptible, como si temiera ocupar demasiado espacio incluso dormida. El cansancio la había vencido por fin, después de horas de tensión contenida.
Luis, en cambio, no dormía. Estaba sentado en el suelo de la furgoneta, apoyado contra una de las paredes laterales, con las rodillas flexionadas y las manos entrelazadas. Tenía los ojos abiertos, clavados en un punto indefinido del suelo. No hablaba. No se movía. Solo respiraba, como si cada inhalación fuera un recordatorio de que su hija seguía ahí fuera, en algún lugar que él no podía alcanzar.
Los demás miembros del equipo habían caído en un sueño ligero, incómodo. Algunos en los asientos, otros dentro de sacos extendidos en el suelo. El interior de la furgoneta estaba cargado de ese olor a metal, tela y humanidad que solo aparece cuando demasiadas personas comparten un espacio pequeño durante demasiado tiempo.
Rivas dormía con un brazo sobre los ojos, como si quisiera bloquear cualquier pensamiento que intentara colarse en su mente. Otro de los hombres roncaba suavemente, un sonido que se mezclaba con el murmullo lejano de la base aérea.
Lobo miró de reojo a Luis. Sabía que, si cerraba los ojos, ese hombre sería el primero en intentar salir. No por imprudencia. Por desesperación.
—Intenta descansar —murmuró Lobo, sin apartar la vista del parabrisas.
Luis no respondió. Ni siquiera pareció oírlo.
Afuera, la base aérea seguía respirando en silencio.
Adentro, la furgoneta contenía un ejército de pensamientos que no dejaban dormir a nadie.
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