Enjaulada - Capítulo 55
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Capítulo 55: Los despertares
Lucía comenzó a emerger del sueño como quien sube desde el fondo de un lago oscuro. No había descanso en su cuerpo, solo un aturdimiento espeso y una punzada creciente en el brazo derecho. Tardó unos segundos en recordar por qué no podía moverlo. Cuando lo intentó, el metal frío de la esposa tiró de su muñeca con un chasquido seco.
El dolor la atravesó de inmediato.
Soltó un gemido ahogado. Había dormido con el brazo extendido, atrapado en un ángulo antinatural, y ahora cada músculo protestaba como si hubiera sido retorcido durante horas. El hormigueo le bajaba hasta los dedos, que apenas sentía.
Respiró hondo y parpadeó varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron. Entonces notó que la litera de enfrente estaba vacía.
El especialista ya no estaba allí.
El colchón conservaba la marca de su cuerpo, la manta seguía arrugada, como si se hubiera levantado hacía muy poco. La ausencia era tan abrupta que la habitación parecía más grande, más fría. Lucía sintió un nudo en el estómago: no sabía si prefería verlo o no verlo. Su presencia era una amenaza constante, pero su ausencia… también.
Giró la cabeza, buscando a Karla.
Seguía dormida. Su respiración era lenta y profunda, casi plácida. Tenía una mano bajo la mejilla y el cabello desordenado le cubría parte del rostro. Por un instante, Lucía envidió esa calma que ella misma no recordaba haber sentido desde que todo comenzó.
Pero entonces vio a Matías.
Estaba despierto. Sentado en el borde de su litera, con los pies apoyados en el suelo y las manos entrelazadas. No se movía. No hablaba. Solo observaba a Karla dormir.
Lucía contuvo la respiración sin darse cuenta.
Había algo en la forma en que él miraba, que hacía que el silencio de la habitación cambiara de textura. Ya no era el silencio pesado de la noche. Era un silencio expectante, como si algo estuviera a punto de romperse.
El dolor en su brazo volvió a reclamar su atención, pero esta vez no intentó moverse. No quería llamar la atención de Matías. No quería romper ese frágil equilibrio que parecía sostener la habitación.
Karla despertó lentamente, como si su mente regresara a la superficie desde un lugar cálido y protegido. Parpadeó un par de veces, desorientada, hasta que la habitación volvió a tomar forma: las literas, la luz gris, el silencio espeso que parecía adherirse a las paredes.
Y entonces lo sintió.
Una mirada sobre ella.
No una mirada invasiva ni amenazante. Algo distinto. Algo que la envolvía con una suavidad inesperada.
Giró la cabeza y encontró a Matías sentado en el borde de su litera, observándola en silencio. No se movió cuando ella abrió los ojos. No fingió mirar hacia otro lado. Simplemente la sostuvo con la mirada, como si ese instante fuera demasiado frágil para romperlo.
Karla se quedó quieta, sorprendida por la calma que le produjo verlo así.
Por un momento, se permitió imaginarlo fuera de esas paredes.
En una cafetería.
En una playa.
En cualquier sitio donde la luz fuera real y no esta penumbra artificial.
Pensó que le habría encantado conocerlo en otro lugar, en otra circunstancia. Estaba segura de que serían amigos. O quizá algo más. Había entre ellos una energía cálida, casi antigua, como si sus almas se reconocieran desde mucho antes de encontrarse allí.
Matías tampoco habló. No quiso romper la magia de ese despertar. Había algo en los ojos de Karla que lo detenía, que lo hacía respirar más despacio. Se quedó mirándola como si pudiera perderse en ese color, como si en ellos hubiera un refugio que no sabía que necesitaba.
Por un instante, la habitación desapareció para él.
No había literas, ni esposas, ni miedo.
Solo la imagen de los dos tumbados bajo un sol amable, sintiendo el calor en la piel, el rumor del mar acercándose y retirándose, como si el mundo entero respirara con ellos. Un abrazo cálido, eterno, donde nada dolía y nada perseguía.
Karla no sabía qué veía él exactamente, pero lo intuía.
Lo sintió en la forma en que la miraba.
Y durante unos segundos, ambos permanecieron así, suspendidos en un espacio que no pertenecía a ese lugar.
Un espacio que solo existía entre ellos.
Y como toda calma acaba rota por la tormenta, aquella pequeña burbuja de silencio cálido se quebró en cuestión de segundos.
La presencia del especialista entró en la habitación como un golpe de aire helado. No hizo falta que hablara para que todos lo sintieran; su sombra bastó para que la temperatura bajara.
—Siento molestaros, parejita —soltó con un tono sarcástico y despectivo, como si hubiera estado esperando ese momento para destruirlo.
Karla se tensó de inmediato. Matías también, aunque intentó disimularlo. La magia del instante anterior se evaporó como si nunca hubiera existido.
El especialista señaló a Matías con un gesto brusco.
—Tú. Muévete. No estás de vacaciones.
Matías se levantó despacio, sin apartar la mirada de Karla hasta el último segundo. Ella sintió un vacío extraño cuando él se incorporó, como si algo se hubiera roto dentro de ella.
El especialista continuó:
—Hay trabajo que hacer. Te están esperando fuera —dijo, señalando hacia la puerta donde uno de los conductores de los camiones aguardaba—. Necesitan ayuda para cargar la mercancía.
Matías asintió sin protestar. Sabía que cualquier palabra podía empeorar las cosas.
Justo cuando dio un paso hacia la salida, Lucía habló.
—Necesito ir al baño —dijo, intentando sonar neutra, aunque su voz tembló ligeramente—. ¿Puede acompañarme Matías?
El especialista arqueó una ceja, divertido.
Antes de que él respondiera, Karla intervino:
—Yo también necesito ir.
El especialista sonrió. Una sonrisa torcida, casi infantil, pero cargada de veneno.
—¿Y no preferís que os acompañe yo? —preguntó, disfrutando del silencio que siguió.
Nadie respondió. El aire se volvió denso, casi irrespirable. Lucía bajó la mirada. Karla apretó los labios. Matías se quedó inmóvil, como si estuviera esperando una orden que no quería recibir.
El especialista chasqueó la lengua, satisfecho con el efecto.
—Venga, Matías. Date prisa —ordenó al fin—. Las quiero de vuelta inmediatamente.
Se acercó un paso más, bajando la voz.
—Cuando terminen. Llévalas a la sala donde estuvieron cuando entraron a la base.
Matías tragó saliva y caminó detrás de las muchachas.
—Ponles las esposas en las muñecas. No quiero ni un solo error —ordenó, con una voz que no admitía réplica.
Matías se acercó a las chicas con movimientos medidos. Sus manos temblaban apenas, lo suficiente para que Karla lo notara, pero no tanto como para que el especialista pudiera usarlo en su contra. Les colocó las esposas con cuidado, intentando no hacer daño, intentando que ese gesto no se sintiera como una traición. Lucía evitó mirarlo, pero Karla sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, como si quisiera decirle que entendía que él también estaba atrapado.
Cuando terminó, el especialista hizo un gesto brusco hacia la puerta.
—En marcha.
El pasillo estaba sumido en una penumbra azulada, iluminado solo por luces de emergencia que parpadeaban de forma irregular. El sonido de sus pasos resonaba demasiado fuerte, como si el silencio amplificara cada movimiento. Lucía caminaba con el brazo ligeramente levantado por la cadena de la esposa, intentando que el metal no le rozara la piel. Karla avanzaba a su lado, con la mirada fija en el suelo. Matías iba detrás, vigilándolas, pero también vigilando la sombra del especialista que los seguía a distancia.
Había tensión en el aire. Una tensión que no venía solo del miedo. Había algo más, algo que ninguno de los tres se atrevía a nombrar.
Cuando llegaron a los baños, Matías empujó la puerta y entró primero. Revisó cada rincón: los cubículos, los lavabos, incluso detrás de la puerta. Solo cuando estuvo seguro de que estaban solos, les hizo un gesto para que entraran. La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe sordo.
Lucía fue la primera en romper el silencio.
—¿Dónde nos llevan? —preguntó en un susurro, con la voz cargada de un miedo que intentaba disimular.
Karla se acercó un paso, buscando respuestas en el rostro de Matías.
—Tiene que haber soldados aquí, ¿dónde se meten? —dijo, aferrándose a la idea como si fuera una cuerda en mitad del vacío—. No todos pueden estar bajo su mando. Quizá podamos pedir ayuda. Si encontramos al soldado que nos vio en la sala… podría ayudarnos. Lo vi en sus ojos.
Matías cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas para responder. Cuando habló, su voz era baja, pero firme.
—Sí, claro. Y luego nos mataría a los tres lentamente, como a él le gusta.
Sus palabras cayeron como un jarro de agua helada. Lucía sintió que el poco aire que había en el baño se volvía más denso. Karla bajó la mirada, como si la esperanza se le hubiera escapado entre los dedos.
Matías apoyó las manos en el borde del lavabo, respirando hondo. No quería destruir sus esperanzas, pero tampoco podía permitir que se aferraran a una ilusión que los pondría en peligro.
—No es tan simple —añadió sin mirarlas—. Aquí dentro nada lo es.
El silencio volvió a instalarse entre los tres, pesado, incómodo, lleno de cosas que ninguno se atrevía a decir. Al otro lado de la puerta, la sombra del especialista esperaba, impaciente, como si pudiera oír cada palabra, cada respiración, cada pensamiento.
Y los tres sabían que, cuando salieran de ese baño, nada sería más fácil.
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