Enjaulada - Capítulo 58
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Capítulo 58: Estoy dentro
El vehículo se detuvo en el puesto de control de la entrada de empleados. Rivas mantuvo la calma, apoyando un brazo en la puerta como si aquel trayecto fuera parte de su rutina diaria. Dejó que el soldado auténtico hiciera todo el trabajo.
El militar del control se inclinó hacia la ventanilla.
—Hombre, ¿tú por aquí tan pronto? —Saludó al conductor, reconociéndolo al instante.
—Ya ves —respondió el soldado del coche—. Turno de mierda.
El del control frunció el ceño.
—No llevas la identificación.
—Ya, tío, se me habrá quedado en la mesa —dijo el conductor, riéndose—. No me jodas, que no me vas a montar un circo por eso.
El del control suspiró, resignado.
—Son órdenes.
—Venga hombre, me has visto pasar mil veces —replicó, señalando a Rivas con la cabeza—. Además, si no lo pones en el parte… te la debemos, ¿verdad?
El soldado del control miró a Rivas, evaluándolo.
Rivas sostuvo la mirada sin pestañear.
—Claro —dijo con naturalidad—. También te puede pasar a ti.
El del control se tocó el pecho instintivamente, como si de pronto dudara de llevar su propia identificación. No la encontró.
—Joder… —se rió—. Me la debí dejar en la garita. Venga, pasad.
Levantó el brazo y, desde la garita, subieron la barrera sin hacer preguntas.
Rivas había entrado en la base.
El vehículo avanzó hasta el segundo edificio y se detuvo en una zona de aparcamiento lateral. El conductor apagó el motor.
—Bueno, tío, suerte con tu oficial.
—Sí. Aguirre.
El soldado soltó una carcajada.
—Ese, ese sí que no nos perdonaría olvidar la identificación
Rivas se encogió de hombros, mientras abría la puerta.
—Gracias por traerme.
—Nada, hombre. Ya nos veremos por ahí.
Rivas cerró la puerta con suavidad y se alejó con paso firme hacia el edificio más cercano. No miró atrás.
Parecía un soldado más empezando su turno.
Pero en realidad, era un intruso caminando por el corazón de la base.
Barbas llevaba un buen rato apostado en su punto de vigilancia, con los prismáticos pegados a la cara y el viento helado golpeándole las mejillas. Aun así, tenía esa sonrisa torcida que solo le salía cuando algo le divertía de verdad.
—Lobo… —susurró por el intercomunicador, como si estuviera contando un secreto—. Vehículo entrando por la puerta de empleados. Dos soldados dentro.
Hubo un silencio breve, tenso.
—¿Algo relevante? —preguntó Lobo, con su tono habitual: plano, práctico, sin adornos.
Barbas tardó un segundo en responder. No porque dudara, sino porque estaba conteniendo la risa.
—Sí… —dijo al fin—. Uno se parece mucho a Rivas.
Lo dijo con una diversión tan evidente que incluso sin verle la cara se podía imaginar la sonrisa.
Lobo no reaccionó. No con palabras.
—¿Se le veía tranquilo? —preguntó simplemente.
Barbas soltó una carcajada que resonó por todo el canal, rebotando en los auriculares de la cuadrilla… y también en los de los padres de Karla.
—¿Tranquilo? —repitió Barbas, casi ahogándose de la risa—. ¡El cabrón ha tirado un beso al aire! ¡Un beso! Eso es señal de que todo va perfecto.
La madre de Karla se llevó una mano a la boca, entre el susto y la incredulidad. El padre frunció el ceño, sin saber si aquello era una buena señal o una temeridad absoluta.
Barbas siguió, ya sin poder contenerse:
—¡Qué grande es! Rivas está dentro… ¡y ha pasado por la puerta grande!
La risa de Barbas volvió a llenar el intercomunicador, esta vez más fuerte, más orgullosa, más contagiosa. Incluso uno de los chicos de la cuadrilla dejó escapar una carcajada nerviosa.
Lobo, en cambio, permaneció en silencio unos segundos.
Cuando habló, su voz fue baja, firme.
—Bien. Que nadie pierda su posición. A partir de ahora, cada movimiento cuenta.
La risa de Barbas se apagó poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen. El silencio que siguió fue distinto: más tenso, más expectante, más real.
Los padres de Karla se miraron entre sí. La madre tenía los ojos brillantes, mezcla de esperanza y miedo. El padre respiró hondo, como si necesitara anclarse a algo.
Barbas, aún con la sonrisa colgándole de la voz, añadió:
—Lobo… si ese tío sale sin un rasguño de ahí, le invito a una cena. De las caras.
—Concéntrate —respondió Lobo, sin dureza, pero sin permitir distracciones.
Barbas volvió a su vigilancia, pero la sonrisa no se le borró.
Rivas estaba dentro.
Y el plan —el plan que nadie más conocía— acababa de dar su primer golpe maestro.
Rivas no desentonaba en absoluto. Su cabello rapado al uno, el cuerpo atlético moldeado por años de disciplina y esa cara que aún conservaba un aire juvenil, pese a haber superado los treinta y cinco, le daban el aspecto perfecto para pasar por uno más.
Atravesó el vestíbulo del primer edificio al que había entrado. El espacio era más alto que ancho. Las paredes, pintadas en un gris claro institucional, estaban reforzadas en las esquinas con paneles metálicos que evitaban que el roce de cajas o equipamiento las deteriorara. Todo tenía un propósito. Nada era decorativo.
A la derecha, un mostrador blindado. Tras él, un suboficial controlaba accesos con la parsimonia de quien lleva demasiados años haciendo lo mismo. Levantó la vista y lo examinó con detenimiento, sin disimulo. Rivas mantuvo la mirada, neutral, profesional.
—Hola —dijo, acercándose—. Estoy recién trasladado. Me han dicho que podía dar una vuelta por las instalaciones para habituarme a ellas.
El suboficial frunció ligeramente el ceño.
—¿Quién te lo ha dicho?
Rivas no dudó.
—El oficial Aguirre.
El nombre surtió efecto. El suboficial resopló, resignado.
—Okey. Adelante. Si necesitas algo, aquí estoy.
Rivas asintió con una sonrisa mínima, y siguió avanzando hacia el pasillo de la izquierda. Una hilera de taquillas metálicas ocupaba toda la pared: móviles, pendrives, cámaras, cualquier objeto no autorizado debía quedarse allí. El olor era una mezcla de limpiador industrial y café recalentado, una fragancia que parecía impregnada en el propio hormigón.
Continuó de frente hasta desembocar en un pasillo central. Un corredor largo, iluminado por fluorescentes que parpadeaban con un zumbido leve, casi hipnótico. El suelo, antideslizante azul oscuro, estaba marcado por líneas amarillas que delimitaban zonas de paso y rutas de evacuación. Todo era funcional, repetitivo, aséptico.
Cada puerta tenía una placa metálica con códigos alfanuméricos en lugar de nombres. Nada que diera pistas. Nada que invitara a la curiosidad. Aun así, Rivas se detenía unos segundos frente a cada una, inclinando ligeramente la cabeza para intentar captar cualquier ruido del interior. Nada. Ni voces, ni teclados, ni movimiento.
Inspeccionó así la mayoría de puertas de esa zona. De vez en cuando se cruzaba con algún soldado: algunos le saludaban con un gesto de barbilla, otros lo observaban con recelo, como si intentaran recordar si habían visto su cara antes. Rivas respondía siempre igual: un gesto breve, seguro, sin exceso de cordialidad.
Llegó finalmente a una sala de reuniones. La puerta estaba entreabierta. Empujó con la punta de los dedos y asomó la cabeza. Vacía. Una mesa ovalada, doce sillas perfectamente alineadas, una pantalla apagada al fondo y un olor tenue a rotulador borrado en seco. El aire estaba quieto, como si nadie hubiera respirado allí en horas.
Cerró despacio.
Rivas necesitaba un plano de la base. Sin él, orientarse allí dentro sería tan imposible como encontrar una aguja en un pajar. Cada pasillo parecía clonado del anterior, cada puerta idéntica, cada tramo iluminado por el mismo parpadeo cansado de los fluorescentes. Podía memorizar rutas, sí, pero no indefinidamente. No sin un punto de referencia.
Cuando salió de la sala de reuniones, se cruzó con un operario de limpieza que entraba empujando un carro metálico lleno de productos y trapos. El hombre llevaba el mono gris claro de servicios generales, la espalda ligeramente encorvada y un cansancio antiguo en la mirada. No parecía del tipo que hace preguntas.
Perfecto.
Rivas se acercó como quien simplemente busca orientación.
—Hola —dijo, con un tono amable pero contenido—. Perdona que te moleste. Soy nuevo aquí y, aunque me han dicho que me pasee para conocer las instalaciones, esto es enorme. Creo que no voy a orientarme bien sin un mapa. ¿Sabes dónde podría conseguir uno?
El operario lo miró de arriba abajo, calibrando si debía molestarse en responder. Sus ojos se detuvieron un segundo en el parche del uniforme de Rivas, como si buscara confirmar algo. Luego suspiró.
—Mapas… —murmuró, rascándose la nuca—. Aquí no dan muchos, ¿sabes? No quieren que la gente vaya con planos por ahí. Pero…
Se inclinó un poco hacia él, bajando la voz.
—En el vestíbulo del edificio de administración, el de al lado, hay un panel táctil con el esquema general. No te lo puedes llevar, pero puedes memorizarlo si tienes buena cabeza. O hacerte una idea, al menos.
Rivas asintió, agradecido sin exagerar.
—Perfecto. Gracias.
El operario encogió los hombros, como si no fuera gran cosa.
—Eso sí —añadió mientras entraba en la sala—, no te metas en zonas rojas sin autorización. Aquí son muy tiquismiquis con eso.
Rivas sonrió apenas.
—Lo tendré en cuenta.
El operario desapareció dentro.
Rivas se quedó un segundo quieto en el pasillo, procesando la información. Un panel táctil. Un esquema general. No era un plano físico, pero era un comienzo. Y, sobre todo, era una excusa legítima para acercarse a la zona administrativa sin levantar sospechas.
Respiró hondo, ajustó el paso y se dirigió hacia el edificio contiguo.
El mapa estaba más cerca de lo que esperaba.
Y con él, la ruta hacia lo que realmente había venido a buscar.
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