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Enjaulada - Capítulo 57

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Capítulo 57: Un soldado más

Lobo fue el primero en abandonar la furgoneta. Los primeros rayos de luz apenas arañaban el cielo, un amanecer pálido que no calentaba nada. El frío seguía clavado en el aire, pero él saltó al asfalto en camiseta de manga corta, como si su cuerpo no registrara la temperatura.

Se estiró despacio, girando el cuello hasta que crujió.

Antes de bajar, había tocado el hombro de Rivas. Un toque breve, silencioso. No hacía falta despertar al resto.

Rivas lo siguió sin decir palabra.

Caminaron juntos hacia una cafetería cercana, el único bar abierto. Lobo hablaba en voz baja, casi sin mover los labios. Rivas asentía, tenso, como si cada instrucción pesara más que la anterior.

No quería que nadie más —ni su cuadrilla, ni mucho menos los padres de Karla— conociera ese plan.

Media hora después, Lobo regresó solo.

Rivas ya no estaba.

El sol había subido un poco, pero el frío seguía allí, pegado a las sombras. Cuando Lobo se acercó a la furgoneta, vio que todos estaban despiertos: Barbas, el resto de la cuadrilla… y los padres de Karla, con los ojos hinchados de no dormir.

Lobo llevaba una bolsa de papel en la mano. Dentro, cafés y bocadillos.

Los repartió sin ceremonia.

Barbas lo observó con el ceño fruncido.

—¿Y Rivas?

Lobo no dudó.

—Ha ido a hacer un recado.

Barbas no preguntó más. No era idiota. Si Lobo no le contaba nada era porque no necesitaba saber nada aún.

El padre de Karla dio un paso adelante, con la voz rota por la ansiedad.

—¿Cuándo vamos a entrar a por mi hija?

Lobo lo miró sin dureza, pero sin suavidad tampoco. Era una mirada práctica. Realista. La de alguien que no podía permitirse mentir.

—Aún no hay señales de que Karla esté dentro de esa base —respondió—. Y antes de poner en peligro a alguien… tengo que estar seguro.

El silencio cayó como un peso.

La madre de Karla apretó las manos contra el pecho. Barbas bajó la mirada. El padre respiró hondo, como si la respuesta lo hubiera golpeado.

Lobo se quedó quieto, observando la base a lo lejos, los muros, las torres, los movimientos mínimos de los guardias.

Pensando.

Calculando.

Esperando el momento exacto.

Y en algún lugar, fuera de su vista, Rivas ya estaba cumpliendo la parte del plan que nadie más debía conocer.

Una vez que todos terminaron de comer, el silencio volvió a instalarse en la furgoneta. Era un silencio tenso, de espera, de nervios contenidos. Lobo lo cortó con un gesto seco.

—Volvemos a los puntos de vigilancia. Mucho más cuidado que anoche. Aunque sea fin de semana, la base sigue activa y las cámaras también y ahora tienen más luz.

Todos asintieron.

Luis levantó la mano, incómodo.

—¿Y yo dónde me pongo?

Lobo lo miró durante largo rato, sin parpadear. Luis sintió que lo estaban pesando, midiendo, clasificando.

Lobo desvió la mirada hacia Olga.

Ella entendió al instante.

—Yo no me muevo de aquí —dijo, adelantándose a lo que él iba a ordenar.

Lobo asintió.

—Quédate en la furgoneta. No te apartes.

Luego volvió a Luis.

—¿Has disparado tu arma alguna vez?

Luis dudó. Bajó la mirada, como si buscara la respuesta en el suelo.

—No… bueno, casi. Una vez. En la cárcel. Hubo una revuelta y tuve que usarla para… para intimidarlos.

Lobo negó despacio, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.

—Eso no sirve. Los tipos a los que nos enfrentamos no se asustan porque les apuntes con un arma. —Se inclinó un poco hacia él—. Necesito saber si podrías disparar a alguien si no queda otra opción. Mirar a esa persona a los ojos y disparar tu arma.

Luis tragó saliva. Miró a Olga, luego a Barbas, luego a Lobo.

—Haré lo que haga falta.

Lobo no respondió de inmediato. Caminó unos pasos, como si necesitara aire para pensar. El grupo lo observó en silencio. El padre de Karla apretó los puños. La madre se abrazó a sí misma.

Finalmente, Lobo habló.

—Estate atento a mis órdenes. No actúes por tu cuenta.

Luis asintió, tenso pero decidido.

Lobo miró hacia la base, esa fortaleza de muros altos, torres de vigilancia y patrullas que parecían moverse sin descanso. El viento arrastró un olor metálico, como si el aire mismo supiera que estaban en territorio hostil.

—Si todo marcha bien —dijo, sin apartar la vista—, tendremos que atravesar esa fortaleza.

Los padres de Karla intercambiaron una mirada cargada de miedo y esperanza. La madre respiró hondo, como si la frase de Lobo la hubiera atravesado. El padre dio un paso hacia él.

—Solo… solo tráela de vuelta.

Lobo no prometió nada. No podía. Pero su mirada, dura y fija en la base, decía que no pensaba fallar.

Rivas salió de la tienda de caza con una sonrisa dibujada en el rostro. El centro comercial aún no había abierto sus puertas al público, pero eso nunca había sido un obstáculo para él. Se movía como un fantasma: sin ruido, sin activar alarmas, sin que los vigilantes de seguridad notaran siquiera un cambio en el aire.

En la bolsa llevaba exactamente lo que Lobo le había pedido… y un par de cosas que él mismo había decidido añadir.

Un uniforme completo de soldado. Munición suficiente. Y, antes de salir, había posado la mirada en un cuchillo afilado, de esos que uno agradece tener cuando necesita moverse sin llamar la atención. No dudó en añadirlo a la compra, junto a un puño metálico, de esos que se colocan entre los dedos como si fueran anillos unidos y que aumentan el impacto de un golpe.

Cruzó el pasillo desierto del centro comercial con paso tranquilo, como si fuera un empleado más. Entró en uno de los baños —los únicos abiertos a esas horas— y cerró la puerta con suavidad.

Allí dentro, el silencio era absoluto.

Se cambió con precisión militar. La ropa civil quedó doblada en un rincón. El uniforme le encajó como un guante. Ajustó el cinturón, comprobó el arma, revisó la munición. El cuchillo desapareció en un lugar que solo él conocía.

Cuando salió del baño, ya no era Rivas.

Era un soldado más.

Atravesó el centro comercial sin prisa, sin ocultarse. Y en un lugar donde la gente asumía que un uniforme significaba permiso, eso bastaba.

Al salir al exterior, el aire frío de la mañana le golpeó la cara. Sonrió de nuevo, más ampliamente esta vez y caminó por el arcén con paso constante. El amanecer apenas había terminado de romper, y la carretera entre el centro comercial del corredor del Henares y la base aérea estaba casi desierta.

A lo lejos, el motor de un vehículo rompió el silencio.

No aceleró. No fingió nada. Siguió caminando.

El coche redujo la velocidad y se detuvo a su altura.

Dentro, solo el conductor: un militar auténtico, uniforme impecable, ojeras de turno temprano.

—Eh, ¿qué haces? —preguntó bajando la ventanilla—. ¿Te llevo?

Rivas se giró hacia él, expresión neutra.

—No te conozco.

El soldado soltó una carcajada.

—Anda, sube. Que no te voy a violar.

Rivas lo observó un segundo más. Sabía que rechazarlo llamaría la atención. Aceptarlo implicaba improvisar.

Pero improvisar era su especialidad, así que… ¿por qué no?

Abrió la puerta y subió.

El soldado arrancó sin darle más vueltas.

—¿De qué unidad eres? —preguntó, como quien comenta el tiempo.

Rivas miró por la ventana, como si la pregunta le diera pereza.

—Recién trasladado.

—Ah, con razón no me sonabas —respondió el otro, satisfecho con su propia conclusión.

Rivas no añadió nada. El silencio era su terreno.

El coche avanzó unos metros más antes de que el soldado lo mirara de reojo.

—Oye… —dijo el conductor, frunciendo el ceño—, no te veo la identificación.

Rivas bajó la mirada a propósito, como si acabara de recordarlo.

—La olvidé en mi taquilla. Me cambié deprisa.

El soldado chasqueó la lengua.

—Pues como te pillen sin ella, te cae un puro.

Rivas se encogió de hombros y respondió con calma

—Tú tampoco la llevas.

El soldado se tocó el pecho, luego el cinturón, luego el cuello, buscándola.

—Joder… —se rió—. Me la debí dejar sobre la mesa. Vaya cabeza la mía.

Rivas no sonrió, pero por dentro marcó el punto: sospecha neutralizada.

El coche siguió avanzando.

—¿Y a qué oficial te toca reportar? —preguntó el soldado, esta vez con un tono más serio.

Rivas recordó la voz de Lobo, dándole nombres, rangos, posibilidades. Una lista corta, precisa, diseñada para situaciones como esta.

Eligió uno.

—Aguirre.

El soldado levantó las cejas.

—¿Padre o hijo?

Rivas no pestañeó.

—Ni idea. Hasta el lunes no tengo que presentarme.

El soldado soltó una carcajada, relajándose.

—Pues suerte, macho. Los Aguirre son un coñazo, los dos.

Rivas asintió, como si compartiera la opinión..

Mientras avanzaban por la carretera, el soldado hablaba de cosas triviales: el frío, el turno, lo mal que pagaban las horas extra. Rivas asentía de vez en cuando, sin comprometerse.

Por dentro, calculaba.

Había planeado entrar por el punto ciego que Lobo le había marcado, pero ahora tenía una oportunidad distinta. Más arriesgada, sí. Pero también más limpia: entrar por la puerta principal, acompañado por un soldado real.

El soldado soltó una carcajada, relajándose

—Bueno, recuerda, te estoy haciendo un favor. Si no llego a pasar, tardas media hora en llegar andando.

Rivas asintió.

—Lo sé.

El vehículo se acercaba a la base. Las torres de vigilancia se alzaban como dientes contra el cielo.

Rivas apoyó el codo en la ventanilla, relajado.

Parecía un soldado más volviendo al trabajo.

Pero en realidad, era un intruso a punto de cruzar una fortaleza.

El plan de Lobo estaba en marcha.

Y él era la pieza que se movía en la sombra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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