Enjaulada - Capítulo 59
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 59: Conociendo la base
El edificio de administración tenía un aire distinto del resto de la base. Más limpio, más silencioso, más… vacío. Rivas empujó la puerta de acceso y entró en un vestíbulo amplio, iluminado por paneles LED que proyectaban una luz blanca, casi clínica. El suelo era el mismo azul antideslizante, pero aquí brillaba más, como si lo fregaran dos veces al día.
A la derecha, un mostrador largo protegido por un cristal antibalas que recorría toda la encimera. Detrás, nada. Ni un administrativo, ni un guardia, ni siquiera un ventilador encendido. Para ser el edificio de visitas, aquello resultaba extraño. Demasiado silencio, demasiada ausencia.
Rivas avanzó hacia el panel táctil situado en la pared frontal. El mapa de la instalación se desplegó en cuanto detectó su presencia: un esquema general, simplificado, pero suficiente para orientarse. Zonas codificadas por colores, rutas principales, accesos restringidos marcados en rojo. El Módulo C‑7 aparecía en el extremo norte del complejo, aislado del resto como si fuera una pieza injertada a posteriori.
Mientras memorizaba la ruta, Rivas se movió con naturalidad hacia el mostrador vacío. Necesitaba papel. Un bolígrafo. Algo que justificara su presencia allí si alguien preguntaba. Detrás del cristal antibalas, sobre una repisa interior, vio un pequeño cubilete con bolígrafos y un taco de hojas en blanco. Perfecto.
Abrió la puerta lateral del mostrador —sin llave, sorprendentemente— y entró en el espacio protegido. Cogió una hoja, un bolígrafo y justo cuando se incorporaba, escuchó pasos.
Un civil cruzaba el vestíbulo cargando una caja de cartón. El tipo parecía pertenecer a uno de los conductores de los camiones de la Barranca, por lo que le prestó mucha más atención. La caja estaba llena de botellas de whisky. Del caro. Del que se regala para obtener favores. O para mantenerlos.
Rivas aprovechó que estaba detrás del cristal para llamarle la atención sin exponerse demasiado.
—Eh… ¿Dónde vas con eso?
El hombre se detuvo en seco. Se giró despacio, con la expresión de alguien que no esperaba que nadie tuviera la osadía de interpelarlo. Sus ojos recorrieron el uniforme de Rivas, intentando ubicarlo, clasificarlo, medirlo.
—Lo llevo arriba —respondió con un tono cargado de suficiencia—. Como siempre.
Levantó la caja un poco, mostrando las botellas. Luego, con una sonrisa ladeada, añadió:
—Esta vez le gustará más a tu jefe.
Con la mano libre, señaló otra caja que llevaba un compañero rezagado: puros cubanos, dos cajas enteras.
Rivas mantuvo la expresión neutra, pero por dentro tomó nota de cada detalle: el whisky, los puros, el “como siempre”, el “tu jefe”. Aquello no era un simple envío. Era un ritual. Una costumbre. Una puerta abierta a algo que no figuraba en ningún organigrama.
El civil, al ver que Rivas no respondía, chasqueó la lengua con impaciencia.
—Si no te importa, tengo prisa.
Y siguió su camino hacia las escaleras del fondo.
Rivas lo observó alejarse, el eco de sus pasos resonando en el vestíbulo vacío. Luego bajó la mirada al papel que tenía en la mano.
El mapa ya no era lo único interesante en ese edificio.
Así que, con la agilidad que lo caracterizaba, Rivas siguió al civil escaleras arriba. Manteniendo siempre la distancia justa. El civil subió hasta la tercera planta. Allí, sin detenerse, empujó con el pie una puerta entreabierta. El golpe suave bastó para abrirla del todo. Del interior salió un olor denso a tabaco. El despacho era uno de esos donde se toman decisiones que no figuran en ningún informe.
Rivas se pegó a la pared, a la distancia exacta para no ser visto desde dentro, pero lo suficientemente cerca para escuchar. Ajustó la postura, inclinó ligeramente la cabeza y dejó que las voces le llegaran filtradas por la rendija.
El civil hablaba primero, con ese tono servicial que solo usan quienes están acostumbrados a negociar favores.
—Mire la calidad —decía—. Esta vez es mejor que la anterior. Y los puros… auténticos.
Hubo un silencio breve, seguido del sonido de una silla moviéndose.
La voz del otro hombre —el sargento, según dedujo Rivas— era más grave, más seca.
—Tendréis que abandonar la base esta tarde, antes del cambio de turno.
El civil protestó enseguida, bajando la voz, pero no lo suficiente.
—Sargento, aún nos queda mucho por cargar. No es fácil mover mercancía de día, hay demasiados ojos mirando. Necesitamos más tiempo.
Rivas escuchó un tintineo claro: las botellas chocando entre sí mientras el sargento guardaba el “regalo”. El sonido era casi obsceno en aquel silencio institucional.
—No puedo daros más tiempo —respondió el sargento, tajante—. El domingo a las siete de la mañana esperamos un cargamento de la ONU. Tenéis que estar fuera antes de esa hora. Todo limpio. ¿Entendido?
Hubo un suspiro resignado del civil.
—Entendido. Como siempre, un placer hacer negocios con usted.
Rivas oyó pasos acercándose a la puerta. Retrocedió sin hacer ruido, tanteando las manillas de las puertas del pasillo hasta encontrar una que cedió con facilidad. Entró en la sala vacía y cerró despacio, dejando solo una rendija para observar.
El civil salió, con un gesto tenso, casi irritado. Miró a ambos lados del pasillo, como si esperara ver a alguien. Rivas contuvo la respiración. El hombre no lo vio. Siguió su camino hacia las escaleras.
Cuando el eco de sus pasos se perdió, Rivas cerró la puerta por completo y apoyó la espalda en ella.
Había encontrado algo.
Rivas llegó a la puerta principal justo cuando el hombre de negro desaparecía en el interior de un vehículo y se dirigía hacia los hangares. Lo siguió con la mirada hasta que el motor se perdió entre los edificios, luego regresó a la recepción. Extendió la hoja sobre el mostrador y empezó a dibujar un plano rápido de la base, marcando los puntos clave: accesos, rutas secundarias, zonas sin vigilancia, el despacho del sargento.
Verificó que seguía completamente solo. Entonces encendió el intercomunicador directo con Lobo.
—Estoy en el edificio de administración —susurró—. He registrado varias zonas. Me crucé con un transportista, llevaba whisky y puros para un sargento de arriba. No es un envío normal. Hay algo montado aquí.
Iba a contarle que había hecho un plano de la base cuando oyó pasos acercándose. Dos hombres. Soldados con la vestimenta de faena, hablando entre ellos sin bajar la voz.
Rivas salió de la zona de recepción y se topó con ellos de cara.
Guardó silencio. Esperó a que ellos reaccionaran primero.
Uno frunció el ceño.
—¿Y tú quién eres? No te he visto por aquí nunca y yo no olvido una cara.
Pero antes de que Rivas pudiera abrir la boca, el otro soldado intervino con desgana:
—Buah, será del grupo que ha venido hoy. Si buscas a los otros, están en la zona del comedor.
Y ambos siguieron andando hasta salir del edificio.
Rivas esperó a que la puerta se cerrara detrás de ellos antes de moverse. El eco de sus pasos se desvaneció por el pasillo, dejando de nuevo ese silencio artificial que parecía propio del edificio.
Volvió al mostrador, recogió el plano a medio terminar y lo dobló con precisión militar. No podía permitirse dejar nada a la vista. Ni un trazo. Ni una pista.
—Lobo —murmuró, reactivando el intercomunicador—. Dos soldados acaban de entrar. No me han identificado, pero uno ha dudado. Mantengo perfil bajo.
Un chasquido breve confirmó que Lobo seguía escuchando.
Rivas se disponía a continuar cuando algo cambió en el ambiente. Un sonido eléctrico, suave, como un motor pequeño activándose detrás de una pared.
Giró la cabeza.
El panel táctil del vestíbulo acababa de encenderse solo.
No mostraba el mapa general. No mostraba nada que él hubiera tocado antes.
Una línea roja parpadeaba en el centro de la pantalla.
Rivas sintió cómo el pulso se le tensaba. No había pasado nadie por delante del sensor. Él no había activado nada. Y, sin embargo, el sistema estaba rastreando algo.
—Lobo —susurró—. El panel se ha activado solo. No sé qué está verificando.
La línea roja avanzó un poco más.
Rivas retrocedió un paso, evaluando. Si se movía demasiado rápido, sospechoso. Si se quedaba quieto, quedaba registrado. Si tocaba algo, podía activar un protocolo.
El intercomunicador vibró con un mensaje corto de Lobo:
—Rivas, sal de ahí. Ya.
Pero antes de que pudiera moverse, la pantalla cambió.
ACCESO AUTORIZADO — GRUPO DE APOYO LOGÍSTICO
Rivas parpadeó.
Él no pertenecía a ningún grupo logístico. Su uniforme no coincidía. Su nombre no estaba en ninguna lista.
O alguien había manipulado el sistema.
—Lobo —susurró—. Me han dado acceso. No sé quién. No sé por qué.
—El poder del whisky, amigo —exclamó Lobo—. Les están dando vía libre para moverse por la base a su antojo.
—Si ellos tienen paso… yo también, jefe.
Rivas se acercó un poco más al panel, sin tocarlo, como si temiera que un gesto mínimo pudiera activar algo más. El mapa seguía desplegado, con rutas que no deberían existir para nadie que no fuera personal técnico de alto nivel. Conductos, pasillos de mantenimiento, accesos internos al Módulo C‑7. Era como si la base tuviera un esqueleto oculto bajo la piel.
—Rivas —dijo Lobo, ahora con un tono más serio—. No te confíes. Si el sistema te reconoce como logístico, puede ser un error… o puede ser una trampa.
—O una oportunidad —respondió él, sin apartar la vista de la pantalla.
El panel emitió un pitido suave. Una nueva línea apareció en la parte inferior:
RUTA SUGERIDA: ACCESO TÉCNICO NORTE — MÓDULO C‑7
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com