Entre el Amor y el Olvido - Capítulo 1
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1: EL ENCUENTRO 1: EL ENCUENTRO Jota no era especial… o al menos eso creía él.
Era uno más entre los pasillos de su colegio: un joven de secundaria de estatura baja, apenas 1.60, cabello castaño siempre desordenado y unos ojos café que rara vez alguien se detenía a mirar.
No era popular, no destacaba en deportes, ni tampoco era el más inteligente de la clase.
Tenía pocos amigos, de esos que están más por costumbre que por verdadera conexión.
Pero si algo tenía Jota… era su forma de ver el mundo.
Para él, todo podía ser divertido.
Una broma en medio de la clase, una risa sin motivo, una caída que terminaba en carcajadas.
Era de esos que escondían todo detrás de una sonrisa, de esos que parecían no tomarse nada en serio… aunque por dentro, muchas veces, se sintiera invisible.
Hasta que ese día llegó.
Un día cualquiera… que dejó de serlo para siempre.
El patio del colegio estaba lleno, como siempre.
Voces, risas, gritos, pasos apresurados.
Todo mezclado en ese ruido constante que a nadie le importaba.
Y entonces… la vio.
No fue un momento lento como en las películas.
No hubo música.
No hubo aviso.
Solo pasó.
Cote.
Ahí estaba ella.
Cabello castaño cayendo suavemente hasta los hombros, una figura delicada, una altura que apenas alcanzaba el metro cincuenta, y esos ojos… esos ojos verdes, ligeramente rasgados, que parecían guardar un mundo entero dentro.
Y su sonrisa… Su sonrisa no era solo bonita.
Era peligrosa.
Porque quien la veía… no volvía a ser el mismo.
Jota dejó de escuchar todo.
El ruido desapareció.
El mundo se apagó alrededor.
Solo quedó ella.
Y entonces, como si el destino quisiera jugar con él… Cote lo miró.
Fue apenas un segundo.
Un instante fugaz.
Pero suficiente.
Suficiente para que su corazón se descontrolara, para que su mente se quedara en blanco, para que su seguridad —esa que fingía tener— se desmoronara por completo.
Jota bajó la mirada de inmediato.
No por desinterés.
Por miedo.
Miedo a no estar a la altura.
Miedo a hacer el ridículo.
Miedo a que alguien como ella… notara lo que él era.
O peor aún… lo que él creía ser.
—Hola… —dijo Jota, reuniendo todo el valor que tenía.
Una palabra simple.
Torpe.
Casi insignificante.
Pero para él… fue un salto al vacío.
—Hola —respondió ella.
Sin emoción.
Sin interés.
Sin rechazo tampoco.
Solo… un “hola”.
Y aun así, para Jota, eso fue suficiente para sentir que algo dentro de él comenzaba a cambiar.
Cote era amiga de Lady, su prima.
Y como si el destino no hubiera sido suficiente con ese primer cruce de miradas, decidió darles una excusa para coincidir.
Ese día, los tres caminaron juntos.
Las conversaciones iban y venían.
Risas compartidas, comentarios sin importancia, momentos simples… pero para Jota, todo tenía un significado distinto.
Él no escuchaba realmente lo que decían.
Él la observaba.
Cada gesto.
Cada palabra.
Cada risa.
Guardándolo todo.
Como si supiera —sin saber por qué— que esos momentos no se repetirían de la misma forma.
—Podríamos juntarnos mañana —dijo Lady de pronto.
Un silencio breve.
—Sí, estaría bien —respondió Cote.
Jota sintió cómo su corazón daba un golpe seco.
—Claro… —agregó él, intentando sonar normal.
Pero por dentro… nada era normal.
Esa noche fue interminable.
Jota se acostó, pero dormir era imposible.
Cada vez que cerraba los ojos… ahí estaba ella.
Su sonrisa.
Sus ojos.
Su voz.
Dando vueltas en su cabeza como un recuerdo que recién nacía… pero que ya dolía.
Su corazón latía rápido, demasiado rápido.
Como si no entendiera lo que estaba pasando, como si intentara escapar de algo que él aún no podía nombrar.
Por primera vez en mucho tiempo… Jota no se reía.
Y llegó el día.
Se levantó más temprano de lo normal.
Se arregló como nunca.
Intentó ordenar su cabello, eligió su mejor ropa… aunque sabía que probablemente no cambiaría nada.
Pero lo intentó.
Porque cuando uno se enamora… Intenta.
Llegó al punto de encuentro antes de la hora.
Esperó.
Minutos.
Luego más minutos.
Luego… más.
El tiempo empezó a volverse pesado.
Hasta que su celular sonó.
Era Lady.
—No voy a poder ir… me salió un problema —dijo.
El mundo de Jota se detuvo por un segundo.
—¿Y… Cote?
—preguntó, intentando disimular.
—Sí, ella sí va.
Y esa pequeña respuesta… volvió a encenderlo todo.
Jota esperó.
Esperó como nunca había esperado a nadie.
Cada persona que pasaba, cada figura a lo lejos… hacía que su corazón se acelerara.
Pero no era ella.
El tiempo siguió avanzando.
Minutos… que parecían horas.
Horas… que parecían eternas.
Hasta que la verdad comenzó a caer, lenta… pero inevitable.
Cote no iba a llegar.
Jota se quedó ahí un rato más.
Sin moverse.
Sin pensar.
Solo sintiendo cómo algo dentro de él… se rompía en silencio.
Los días pasaron.
Pero algo en él cambió.
El chico que reía por todo… ya no reía igual.
Las bromas ya no salían con la misma facilidad.
Las risas… se sentían forzadas.
Vacías.
Nadie notó realmente la diferencia.
O quizás… nadie quiso hacerlo.
Porque Jota no dijo nada.
Se lo guardó todo.
El sentimiento.
La ilusión.
La decepción.
Todo.
Y en el silencio de su mente, una frase comenzó a repetirse… una y otra vez: “No es suficiente…” “No basta con lo que soy…” “Nadie se fija en eso…” Hasta que finalmente, sin darse cuenta… Se convenció.
“No soy suficiente.” Y así, en silencio… Jota comenzó a ahogarse en un sentimiento que nadie más podía ver.
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