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Entre el Amor y el Olvido - Capítulo 26

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  3. Capítulo 26 - 26 LO QUE VI AUNQUE NO QUIERA CREERLO
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26: LO QUE VI (AUNQUE NO QUIERA CREERLO) 26: LO QUE VI (AUNQUE NO QUIERA CREERLO) Era una despedida.

Una junta de término de año.

Los compañeros de universidad de Cote.

Su mundo.

Su gente.

Y esa noche… ella quiso que Jota fuera parte de eso.

Lo invitó.

Y él aceptó.

No por el lugar.

No por el ambiente.

Sino por ella.

Porque, en el fondo… eso significaba algo.

Significaba que Cote lo estaba incluyendo.

Que lo estaba mostrando.

Que ya no era algo escondido.

Y eso… le importaba.

Se encontraron afuera de la universidad.

Cote estaba feliz.

Se notaba.

Lo abrazó.

Lo besó.

Como si todo estuviera bien.

Como si nada se hubiera roto antes.

Y Jota… quiso creerlo.

De verdad quiso.

Caminaron juntos.

Pero no por mucho tiempo.

Porque en medio del camino… Cote soltó su mano.

Y se adelantó.

Se fue con sus compañeros.

Risas.

Conversaciones.

Y Jota… quedó atrás.

Solo.

Dentro de un lugar al que había sido invitado… Pero donde nunca terminó de pertenecer.

Llegaron al pub.

Se sentaron.

Tragos.

Risas.

Voces.

El ambiente se llenó de ruido.

Pero dentro de Jota… había silencio.

Incomodidad.

Y algo que no sabía explicar.

Pasó el tiempo.

El alcohol empezó a hacer efecto.

Y entonces… el karaoke.

Jota se levantó.

Pidió una canción.

No estaba.

Le pusieron otra.

Pero no importaba.

Porque no era la canción.

Era ella.

Era para ella.

Cantó.

Con todo.

Con lo poco que le quedaba intacto.

Y mientras cantaba… la miró.

Cote no lo miraba.

Se cubría la cara.

Se reía.

Con una compañera.

Como si le diera vergüenza.

Como si no quisiera estar en ese momento.

Como si él… no importara.

Las miradas alrededor se sintieron.

Y Jota lo entendió.

Ahí.

En ese instante.

Dejó de cantar.

No terminó.

Le pasó el micrófono a otro.

Y volvió a su asiento.

En silencio.

Después… la música cambió.

Más ritmo.

Más cercanía.

—¿Bailamos?

—preguntó Cote.

—No… —respondió Jota.

No podía.

No ahí.

—Qué fome… Y entonces… lo hizo.

Le preguntó a uno.

A otro.

Nadie quiso.

Hasta que llegó a él.

El amigo del hermano de Jota.

—¿Me das permiso?

Jota la miró.

Y dijo: —Haz lo que quieras.

Eres libre.

Y en esas palabras… ya había algo roto.

Se levantaron.

Bachata.

Cercanos.

Demasiado.

Mientras todos miraban.

Mientras todos sabían.

Mientras Jota… sentía cómo algo dentro suyo ardía.

Se levantó.

Se fue al baño.

Se mojó la cara.

No por sueño.

Por rabia.

Por vergüenza.

Por impotencia.

Se miró al espejo.

Y no se reconoció.

Salió.

Y entonces… lo vio.

A lo lejos.

Un instante.

Un movimiento.

Un gesto.

Un beso.

O algo que se sintió exactamente como uno.

No estaba seguro.

Hasta el día de hoy… no lo está.

Pero lo vio.

O creyó verlo.

Y eso fue suficiente.

Volvió a la mesa.

Se sentó.

Como si nada.

Como si todo.

Cote regresó.

Se sentó.

Pero no a su lado.

Al lado de él.

Del mismo.

Pasaron minutos.

Miradas.

Hasta que finalmente… volvió.

Se sentó junto a Jota.

—¿Por qué hiciste eso?

—¿Qué hice?

—¿Cómo no te vas a dar cuenta?

—¿Qué hice?

Una y otra vez.

Como si no supiera.

Como si no quisiera saber.

Tomó sus cosas.

Se fue.

O eso parecía.

Jota esperó.

Cinco minutos.

Salió a buscarla.

No estaba afuera.

El guardia lo confirmó.

Entonces subió.

Y la encontró.

En la escalera.

Sentada.

Llorando.

Con el teléfono en la mano.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Silencio.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Nada.

—Pásame el teléfono.

Lo escondió.

Pero no lo suficiente.

Jota se lo quitó.

Y lo vio.

El número.

La última llamada.

El mismo.

El de la pista.

El de la cercanía.

El de la duda.

—¿Por qué estás llamando a este número?

Silencio.

—¿Qué hice?

—¿Qué hice?

—¿Qué hice?

—¿Cómo te vas a dar cuenta… si no estás tan ebria?

Y ahí… ya no había nada más que decir.

Se fueron.

En silencio.

En el bus.

Cote se durmió.

Sobre sus piernas.

Como si nada hubiera pasado.

Como si todo estuviera bien.

Y Jota… miraba por la ventana.

Pero no veía nada.

Porque por dentro… todo era ruido.

¿Lo vio?

¿No lo vio?

¿Fue real?

¿Fue su mente?

¿Fue el alcohol?

¿O fue la verdad… que no quería aceptar?

El bus avanzaba.

Y su cabeza… no se detenía.

Llegaron.

La abuela abrió la puerta.

—¿Qué le pasó a esta niña?

—Le traje su bulto.

Frío.

Seco.

Distante.

Cote entró.

La abuela agradeció.

Jota se dio la vuelta.

Y se fue.

Sin mirar atrás.

Esa noche… no hubo gritos.

No hubo cierre.

No hubo verdad.

Solo una duda.

Una imagen.

Un número.

Y una sensación… que ya no lo dejaría nunca más.

“Si no lo vi… ¿por qué duele tanto?” “Y si sí lo vi…” “…¿por qué sigo aquí?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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