Entre el Amor y el Olvido - Capítulo 6
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6: PENSAMIENTOS 6: PENSAMIENTOS Un mes después.
El tiempo había pasado.
Pero para Jota… nada había cambiado.
La pantalla de su celular iluminaba tenuemente su rostro en medio de la oscuridad de su habitación.
Sus dedos se movían lento.
Dudando.
Escribiendo… borrando… volviendo a escribir.
“Hola… ¿cómo estás?” “Yo aquí… esperándote… queriéndote… extrañándote…” Se detuvo.
Respiró.
“Desearía un beso tuyo… sentir tus manos…” Se quedó mirando el mensaje.
Fijo.
Como si al enviarlo… todo fuera a cambiar.
—No… —susurró.
Borrar mensaje.
La pantalla volvió a quedar vacía.
Bloqueó el celular.
Y lo dejó caer a un lado.
—¿Por qué es tan difícil…?
—murmuró.
Se pasó las manos por el rostro, agotado.
—No quiero causarle problemas… no puedo seguir molestando… Cerró los ojos con fuerza.
—Jota… por favor, olvídate… Silencio.
—¿Por qué…?
—susurró.
Su voz se quebró.
—Dijo que lo solucionaría… Se levantó de la cama y comenzó a caminar por la pieza.
De un lado a otro.
Sin rumbo.
—Jota, sácala de tu cabeza… no vas a lograr nada… —No… —respondió él mismo, en voz baja—.
Ella lo va a solucionar… —Olvídala.
—No.
—Olvídala.
—No.
Se detuvo.
Apoyó las manos en su cabeza.
—¿Dónde estás…?
—susurró.
—¿Cómo estás…?
Su voz se quebró completamente.
Miró el techo.
Como esperando una respuesta.
—¿Dónde rayos estás…?
El silencio fue la única respuesta.
Se dejó caer nuevamente en la cama.
Mirando al vacío.
—¿Por qué sigo escuchando música romántica…?
—pensó.
—¿Por qué sigo haciéndome esto…?
Cerró los ojos.
—¿Qué me pasa…?
—¡Hijo, a cenar!
—gritó su madre desde la cocina.
Jota no se movió.
—Mamá… gracias… no tengo hambre… El silencio volvió a llenar la casa.
La noche cayó.
Y con ella… Los pensamientos se hicieron más fuertes.
Se quedó dormido.
O al menos… eso intentó.
A la mañana siguiente… La luz entraba por la ventana.
Jota abrió los ojos lentamente.
Le dolían.
Pesaban.
Se levantó y se miró al espejo.
Ojos hinchados.
Rostro cansado.
—¿Qué pasó anoche…?
—murmuró.
Pero lo sabía.
Siempre lo sabía.
Su estómago rugió.
—No… no tengo hambre… Se llevó la mano al pecho.
—Corazón… ya deja de doler… Cerró los ojos.
—Cerebro… por favor… hazte cargo… Respiró hondo.
—Basta.
Se puso de pie.
Día 40.
Se sentó frente a su cuaderno.
Tomó el lápiz.
Y escribió: “Querido diario…” “Hoy será un día mejor que ayer.” Se quedó mirando la frase.
Sin creerla del todo.
—¿Qué hice mal…?
—susurró.
El lápiz tembló entre sus dedos.
—Cerebro… eres más fuerte que este corazón… Apretó los dientes.
—No pensaré en ella.
Silencio.
—No pensaré en ella… No pensaré en ella… No pensaré en ella…* Se detuvo.
Soltó una pequeña risa amarga.
—Genial… estoy pensando en ella al decirlo… —¡Jota!
—gritaron desde afuera— ¡Vamos a jugar fútbol!
Se quedó en silencio.
Mirando la puerta.
—No, chicos… tengo mucho que hacer hoy… Silencio.
Miró sus manos.
Vacías.
—¿Tengo mucho que hacer…?
—susurró.
—¿De verdad…?
No respondió.
Porque sabía la respuesta.
La puerta de su habitación se abrió lentamente.
Su madre apareció.
Lo vio.
Sentado.
Quieto.
Con un libro abierto… pero sin leer.
Con un lápiz en la mano… pero sin escribir.
—Hijo… ¿qué sucede?
Esas palabras… Tan simples… Fueron suficientes.
Jota bajó la mirada.
Y en ese instante… Se rompió.
Se levantó rápido y la abrazó.
Con fuerza.
Como si se estuviera sosteniendo de ella para no caer.
Y lloró.
Lloró como no lo había hecho en mucho tiempo.
Sin control.
Sin vergüenza.
Sin palabras.
—Mamá… —dijo entre sollozos— no me siento bien… Apretó más el abrazo.
—Solo… abrázame… por favor… Su madre no preguntó.
No necesitó hacerlo.
—Aquí estoy, hijo… —susurró, acariciándole la espalda—.
Desahógate… Y él lo hizo.
Pero no dijo nada.
Ni un nombre.
Ni una historia.
Ni una razón.
Solo dolor.
Después de un rato… El llanto se fue apagando.
—¿Qué pasó, hijo?
—preguntó ella suavemente.
Jota dudó.
Un segundo.
Dos.
—Nada, mamá… Una mentira.
Más.
Pero ella no insistió.
Solo lo miró.
Con esa mirada que entiende… aunque no le digan nada.
Jota se separó lentamente.
Secó sus lágrimas.
Y forzó una sonrisa.
Pero no era real.
Nunca lo fue.
Y aun así… No dijo nada.
Porque hay dolores… Que se viven en silencio.
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