Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 1
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1: Capítulo 1: Lluvia y Café 1: Capítulo 1: Lluvia y Café La lluvia caía con una furia casi personal, como si el cielo estuviera descargando toda la tristeza que la ciudad guardaba durante el día.
Laura empujó la puerta del café con el hombro, sacudiéndose el agua del abrigo negro como si pudiera quitarse también el peso que llevaba encima.
Eran más de las once de la noche y sus zapatos estaban empapados.
El día había sido largo, como todos últimamente.
Solo quería un café negro bien cargado, algo caliente que la ayudara a llegar hasta su departamento vacío y sobrevivir otra noche más.
El lugar estaba más lleno de lo que esperaba para esa hora.
La mayoría de las mesas estaban ocupadas por gente que, como ella, huía de la tormenta.
Estudiantes con laptops, parejas que no querían irse a casa todavía.
Solo quedaba una mesa libre al fondo, junto a la ventana.
Laura se dirigió hacia allí casi con prisa, se quitó el abrigo mojado y lo colgó en el respaldo de la silla.
Pidió un café negro sin azúcar y se sentó, dejando que el vapor de la taza le empañara un poco las gafas.
No levantó la vista cuando una figura alta se detuvo frente a su mesa.
—¿Está ocupado?
—preguntó una voz grave, cansada, con un acento que claramente no era de la ciudad—.
Parece que es el único asiento que queda en todo el lugar.
Laura levantó la mirada lentamente.
El hombre que tenía enfrente era alto, de hombros anchos pero ligeramente encorvados, como si cargara algo invisible.
Cabello negro mojado pegado a la frente, ropa sencilla y oscura, y una expresión en los ojos que parecía tan agotada como la suya.
Tenía una pequeña cicatriz en la ceja izquierda y unas ojeras que no intentaba ocultar.
Por un segundo, ella dudó.
No tenía ganas de compartir mesa con nadie.
Pero afuera seguía cayendo el diluvio y el café estaba lleno.
—Puedes sentarte —respondió con indiferencia, volviendo la vista hacia la ventana.
Él se sentó sin decir más.
Pidió un café solo y se quedó mirando su taza, como si no quisiera molestar.
Durante varios minutos solo se escuchó el repiqueteo constante de la lluvia contra el vidrio y el murmullo bajo de las otras mesas.
Laura robaba miradas discretas.
Tenía acento extranjero, eso era evidente.
Manos grandes y callosas, hombros tensos, la forma en que apretaba la mandíbula… parecía alguien que había caminado mucho para llegar hasta aquí.
Fue ella quien rompió el silencio primero, casi sin querer: —Mal noche para estar fuera, ¿no?
Él levantó la mirada, claramente sorprendido de que le hablara.
Sus ojos eran oscuros, profundos, y tenían algo que Laura no supo identificar en ese momento.
—Sí… muy mala —respondió con voz ronca—.
Llevo tres meses aquí y todavía no me acostumbro a esta lluvia tan fría.
En mi país llueve diferente.
Poco a poco empezaron a hablar.
Cosas simples al principio.
El tráfico imposible de Porto Alto, lo caro que estaba todo, lo difícil que era dormir con el ruido constante de la ciudad.
Nada profundo.
Pero había algo en su forma de hablar —pausada, honesta, casi resignada— que hizo que Laura no quisiera parar.
Él dijo llamarse Alejandro.
Que trabajaba en logística operativa.
Que había llegado del extranjero buscando algo mejor y que, cada día que pasaba, dudaba más si lo había encontrado.
Laura le contó que era de aquí, que trabajaba en marketing y que algunos días sentía que solo estaba cumpliendo el día para llegar a la noche y volver a empezar.
No le dijo que se sentía sola.
No hacía falta.
Él parecía entenderlo sin que ella lo explicara.
Pasaron casi dos horas.
Las tazas ya estaban vacías y frías.
La lluvia seguía cayendo sin piedad contra la ventana.
En un momento, Laura rozó sin querer la mano de él al alcanzar la servilleta.
Ninguno de los dos la retiró de inmediato.
Solo fue un segundo.
Pero ese segundo se sintió pesado, eléctrico, como si algo silencioso acabara de despertar entre ellos.
Alejandro bajó la mirada hacia sus manos y luego la miró a los ojos.
Había algo ahí.
Algo crudo, intenso, que ninguno de los dos quería nombrar todavía.
—Esto… —empezó a decir, pero se detuvo.
Sacudió ligeramente la cabeza y sonrió con tristeza—.
Da igual.
Laura sintió un nudo en el estómago.
Quería preguntarle qué iba a decir.
Quería quedarse ahí toda la noche.
Quería que él le pidiera su número.
Quería muchas cosas que no se atrevía a decir en voz alta.
En cambio, solo murmuró: —Creo que ya es muy tarde.
—Sí —respondió él, casi en un susurro—.
Deberíamos irnos.
Pagaron por separado.
Salieron al frío y se quedaron un momento bajo el toldo roto del café, mirando cómo la lluvia caía con fuerza.
Ninguno de los dos se movió.
Ninguno de los dos se atrevió a dar el siguiente paso.
—Buenas noches, Laura —dijo Alejandro finalmente, con la voz ronca.
Ella solo asintió, se subió el cuello del abrigo y se alejó caminando bajo la lluvia, sin paraguas.
Cada paso que daba le pesaba más.
No sabía que al día siguiente lo volvería a ver en la oficina.
Y que ese reencuentro sería solo el comienzo de algo que los iba a lastimar lentamente.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES XeLerZ Buenas, es mi primera vez publicando una novela, espero les guste y agradezco todo el apoyo que me den, gracias…
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