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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 El mismo techo
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2: Capítulo 2: El mismo techo 2: Capítulo 2: El mismo techo Laura llegó a la oficina con ojeras profundas y un nudo permanente en el estómago.

Apenas había dormido tres horas.

Cada vez que cerraba los ojos veía aquella mirada oscura bajo la lluvia y recordaba la forma en que Alejandro había empezado a decir algo importante y luego se había detenido, como si las palabras le pesaran demasiado.

Se sirvió un café en la sala de descanso, más por costumbre que por ganas, y se quedó mirando el líquido negro como si pudiera encontrar respuestas allí.

Intentó convencerse de que lo de anoche había sido solo un momento raro, uno de esos encuentros que pasan una vez en la vida y nunca se repiten.

Gente que conoces de paso y nunca vuelves a ver.

Pero algo dentro de ella sabía que se estaba mintiendo.

Entró en la sala de reuniones para la junta semanal de coordinación y el mundo se detuvo por un segundo.

Ahí estaba él.

Alejandro estaba de pie junto a la ventana, revisando unos papeles con expresión seria.

Vestía una camisa azul oscura que se ajustaba a sus hombros y pantalones negros.

La misma cara cansada de la noche anterior, pero ahora bajo la luz fría de los fluorescentes.

Cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Laura, su cuerpo se tensó visiblemente.

Por un segundo, ninguno de los dos respiró.

Laura sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

El corazón le golpeó con fuerza contra las costillas.

Bajó la mirada rápidamente y se sentó en la silla más lejana posible, fingiendo que revisaba su laptop.

Las manos le temblaban tanto que apenas podía escribir.

El jefe empezó a hablar sobre objetivos del trimestre, pero ella no escuchaba ni una sola palabra.

Solo era consciente de la presencia de Alejandro al otro lado de la mesa.

Cada vez que él movía la mano o cambiaba de postura, ella lo sentía en la piel como una corriente eléctrica.

Durante toda la reunión solo intercambiaron dos miradas.

Cortas.

Pesadas.

Suficientes para confirmar que ambos recordaban perfectamente cada minuto de la noche anterior: la lluvia, el roce de manos, las palabras que casi se dijeron y nunca se dijeron.

Cuando la junta terminó, Laura se levantó rápido, desesperada por escapar.

Pero el destino, o la mala suerte, quiso que salieran casi al mismo tiempo por la puerta.

—Laura… —dijo él en voz baja, apenas cuando estuvieron en el pasillo.

Ella se detuvo, sin girarse del todo.

—Así que… trabajas aquí —murmuró Alejandro.

Su voz sonaba ronca, como si le costara hablar.

—Parece que sí —respondió ella, intentando sonar indiferente, aunque le salía temblorosa—.

Logística, ¿verdad?

—Logística operativa.

Empecé hace dos semanas.

Se quedaron callados.

El pasillo estaba lleno de gente pasando a su lado, pero para ellos era como si solo existieran los dos.

Laura quería preguntarle mil cosas.

Quería decirle que no había dejado de pensar en él desde que se separaron bajo la lluvia.

Quería preguntarle por qué no le pidió su número esa noche.

Quería entender por qué la miraba como si la conociera de toda la vida.

En cambio, solo dijo: —Qué pequeño es el mundo.

Alejandro soltó una risa corta y amarga.

—Demasiado pequeño, parece.

Hubo otro silencio incómodo.

Él abrió la boca para decir algo más, pero se arrepintió.

Laura vio cómo apretaba la mandíbula con fuerza.

—Nos vemos por aquí entonces —terminó diciendo él, casi resignado.

—Sí… nos vemos.

Laura se dio la vuelta y caminó hacia su escritorio con las piernas débiles.

Se sentó y se quedó mirando la pantalla en blanco durante varios minutos, sin poder concentrarse en nada.

A lo largo del día lo vio tres veces más: una en el ascensor (donde solo compartieron el espacio y un silencio asfixiante), otra cuando él pasó por su piso llevando unos documentos, y la última cuando ella bajó a buscar agua y lo encontró hablando por teléfono en voz baja, con cara de preocupación.

Cada vez que sus miradas se cruzaban, era como recibir un golpe silencioso en el pecho.

Por la tarde, Laura ya no aguantaba más.

Se sentía estúpida, ansiosa y enfadada consigo misma.

¿Por qué tenía que aparecer justo ahora?

¿Por qué tenía que ser tan jodidamente real?

A las seis y media, mientras recogía sus cosas para irse, vio que Alejandro todavía estaba en su puesto, mirando fijamente la pantalla con expresión agotada.

Por un segundo pensó en acercarse.

Solo para despedirse.

Solo para decir algo.

Pero no lo hizo.

Recogió sus cosas con movimientos bruscos y se dirigió al ascensor.

Mientras esperaba, se mordió el labio con tanta fuerza que casi se hizo sangre.

“¿Qué mierda me pasa?”, pensó, molesta consigo misma.

“Apenas lo conocí una noche y ya estoy actuando como una estúpida adolescente.

Tengo 29 años, no 15.” Se sentía frustrada, ridícula y débil.

Odiaba esa sensación de estar pendiente de alguien que apenas conocía.

Odiaba aún más saber que, a pesar de todo, una parte de ella ya estaba contando las horas para volver a verlo mañana.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Entró sin mirar atrás.

Esto no iba a terminar bien.

Ella lo sabía perfectamente.

Y, aun así, no podía evitarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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