Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 22
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22: La entrevista 22: La entrevista Alejandro llegó al almacén industrial a las 5:50 p.m., diez minutos antes de la hora acordada.
Todavía vestía el traje formal con el que había trabajado todo el día.
La corbata estaba un poco floja y la chaqueta arrugada, pero no tuvo tiempo de cambiarse.
El lugar era enorme, gris y frío, rodeado de altos muros de concreto y alambre de púas.
Camiones grandes estaban estacionados en filas ordenadas y el olor a plástico y aceite flotaba en el aire.
Una mujer joven, de unos 25 años, de cabello oscuro recogido en una coleta alta y expresión profesional, lo esperaba cerca de la entrada principal.
Tenía una carpeta en la mano.
—¿Alejandro Ruiz?
—preguntó con una sonrisa cortés.
—Sí, soy yo.
Buenas tardes.
—Soy Paola.
Hablamos por teléfono.
Sígame, por favor.
Lo condujo primero a una pequeña oficina cerca de la entrada.
Se sentaron uno frente al otro.
Paola abrió la carpeta y revisó rápidamente sus datos.
—Como le mencioné, no tienes experiencia en vigilancia.
¿Es correcto?
—Así es —respondió Alejandro con honestidad—.
Pero soy responsable, cumplo horarios y no tengo problema en trabajar de noche.
Puedo aprender rápido.
Paola asintió y le explicó las condiciones del puesto.
Al final, le dijo: —Bien.
Te daremos una semana de prueba.
Empiezas el lunes.
Si todo va bien, te quedas.
¿Estás de acuerdo?
—Estoy de acuerdo.
Muchas gracias por la oportunidad.
Paola sonrió ligeramente.
—Ven, te haré un recorrido rápido para que conozcas el lugar.
Lo llevó a través de las instalaciones.
El almacén era inmenso por dentro, con pasillos largos llenos de estanterías altas repletas de mercancía.
Las luces eran fuertes pero frías.
Paola le mostró las zonas principales: las puertas de carga, las salidas de emergencia, las áreas de mayor riesgo y los puntos donde debía marcar su ronda cada hora.
—Este es tu casillero personal tiene seguro —dijo Paola, abriendo uno de los lockers en una pequeña habitación para el personal—.
Aquí puedes dejar tus cosas y cambiarte de ropa cuando llegues.
Te daremos el uniforme el primer día.
Luego le mostró el baño adjunto, que incluía una ducha sencilla pero funcional.
—Muchos vigilantes usan la ducha al final del turno, especialmente en verano.
También hay una cafetera en la sala de descanso —señaló una máquina vieja pero limpia—.
El café es gratis.
Te recomiendo usarla, las noches pueden ser muy largas.
Alejandro asentía en silencio, absorbiendo toda la información.
El lugar era realmente tranquilo, tal como le habían dicho.
Paola se detuvo y lo miró directamente.
—El sueldo es de 400 dólares semanales, lo que suma 1.600 dólares mensuales.
Seis noches a la semana, de 8:00 p.m.
a 6:00 a.m.
¿Estás seguro de que puedes con ese horario?
—Sí —respondió Alejandro con firmeza—.
Necesito el trabajo.
Paola le entregó un papel con las indicaciones, el horario y las normas internas.
—Preséntate el lunes a las 7:45 p.m.
No llegues tarde.
Antes de despedirse, Paola tomó un papel pequeño, anotó su nombre y número de teléfono y se lo entregó.
—Aquí tienes mi contacto directo.
Si tienes cualquier duda sobre el trabajo, el horario o lo que sea antes del lunes, no dudes en escribirme o llamarme.
—Gracias, Paola.
Lo tendré en cuenta.
Alejandro salió del almacén con la carta de aceptación y el papel con el contacto en la mano.
El cielo ya estaba completamente oscuro.
Tomó dos buses para regresar y llegó a su pequeño cuarto alquilado cerca de las ocho y media de la noche.
Cerró la puerta con llave y se quedó un momento apoyado contra ella, exhausto.
El traje le pesaba como si estuviera hecho de plomo.
Se quitó la chaqueta y la corbata con movimientos lentos, las dejó caer sobre la silla y se sentó en el borde de la cama.
Miró la carta de aceptación que tenía en la mano.
1.600 dólares mensuales.
Era un buen dinero, pero el precio que tendría que pagar era altísimo: casi no dormir, desgastarse físicamente y seguir cargando con todo el estrés.
Se pasó las manos por la cara y soltó un largo suspiro.
—“Solo un poco más”, se repitió en voz baja.
“Solo un poco más y podré pagar la deuda.
Solo un poco más y mi mamá estará mejor.” Se levantó, se duchó con agua caliente y se puso ropa cómoda.
Calentó un poco de comida que le quedaba, pero apenas probó un par de bocados.
No tenía hambre.
Se acostó en la cama mirando el techo agrietado.
El cansancio le pesaba en cada músculo, pero su mente no dejaba de girar: su madre en el hospital, los cinco mil dólares que debía pagar pronto, Laura sentada a su lado en la cafetería, la entrevista de hoy, el nuevo horario infernal que comenzaría en pocos días.
Cerró los ojos, pero el sueño no llegaba fácilmente.
Sabía que estaba al límite.
Sabía que se estaba exigiendo demasiado.
Pero también sabía que no tenía otra opción.
En la oscuridad de su pequeño cuarto, Alejandro se quedó pensando en todo lo que había sacrificado y en todo lo que aún le quedaba por sacrificar.
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