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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 24

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24: Horas extras 24: Horas extras Alejandro llegó a la oficina de Patricia exactamente a las 6:00 p.m.

La jefa estaba sentada detrás de su escritorio, revisando unos documentos con el ceño fruncido y las gafas bajas sobre la nariz.

Levantó la vista cuando él tocó la puerta abierta.

—Pasa, Alejandro.

Gracias por quedarte.

Siéntate.

Él entró y se sentó frente a ella, intentando mantener una postura erguida a pesar del cansancio que le pesaba en todo el cuerpo.

Patricia lo observó durante unos segundos antes de hablar.

—Vamos a revisar estos reportes de costos y las proyecciones del próximo trimestre.

Necesito que estés muy atento, porque quiero que todo quede perfecto antes de enviarlo al cliente.

Durante la siguiente hora y media, trabajaron juntos.

Patricia le explicaba con detalle cada ajuste que quería, le pedía opiniones y le hacía corregir números en tiempo real.

Alejandro se concentró al máximo, aunque sentía los ojos pesados y la espalda rígida por el agotamiento acumulado.

Cuando terminaron, Patricia se recostó en su silla, se quitó las gafas y lo miró con atención.

El silencio se extendió unos segundos.

—Has hecho un buen trabajo hoy —dijo finalmente—.

Eres muy meticuloso y rápido.

Pero… —hizo una pausa, observándolo con preocupación— te he notado más callado y cansado estos últimos días.

Tienes ojeras marcadas, llegas con cara de no haber dormido bien y pareces llevar un peso encima.

¿Hay algún problema personal que esté afectando tu rendimiento?

Puedes hablar conmigo con confianza.

Alejandro se tensó visiblemente en la silla.

No esperaba que Patricia fuera tan directa.

Bajó la mirada un segundo, buscando las palabras adecuadas.

—Todo está bien, jefa —mintió—.

Solo… algunos problemas familiares.

Nada grave, pero me tiene un poco distraído.

Le aseguro que no afectará mi trabajo.

Patricia no pareció muy convencida.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Mira, Alejandro, sé que eres un buen elemento y que trabajas duro.

Pero si necesitas tiempo libre, reducir horas o incluso apoyo psicológico de la empresa, dímelo.

No quiero que te desgastes hasta el punto de enfermarte o cometer errores.

Somos un equipo, y prefiero que me avises a tiempo antes de que las cosas se compliquen.

Alejandro sintió una punzada de culpa.

Por un instante estuvo tentado de contarle algo, pero rápidamente descartó la idea.

—Gracias, jefa.

De verdad lo aprecio.

Voy a estar bien.

Solo necesito organizarme un poco mejor.

Patricia lo miró unos segundos más, como si quisiera insistir, pero finalmente asintió.

—Está bien.

Pero si cambias de opinión, mi puerta está abierta.

Puedes irte.

Descansa.

—Gracias nuevamente.

Alejandro salió de la oficina pasadas las 7:30 p.m.

La mayoría de las luces ya estaban apagadas y la planta se sentía vacía y silenciosa.

Casi todos se habían ido.

Recogió sus cosas de su escritorio.

Al levantar la vista, notó que el puesto de Laura ya estaba vacío.

Ella se había retirado antes.

Por un segundo sintió una extraña mezcla de alivio y decepción.

Salió del edificio solo, con el frío de la noche golpeándole la cara.

Mientras caminaba hacia la parada de buses, pensó en todo lo que le esperaba: el nuevo trabajo nocturno que comenzaría el lunes, las pocas horas de sueño que tendría, la deuda que seguía creciendo y Laura… que cada día se acercaba un poco más.

Llegó a su pequeño cuarto alquilado exhausto.

Se duchó rápidamente, comió algo ligero y se tiró en la cama.

Antes de apagar la luz, miró su teléfono por costumbre.

Tenía un nuevo mensaje de un número desconocido.

“Ya ha pasado una semana.

Recuerda que tienes 23 días para conseguir los cinco mil.

No nos hagas ir a buscarte.

Sabemos dónde vives.” Alejandro sintió que un escalofrío le recorría toda la espalda.

Se quedó mirando la pantalla durante varios segundos, con el corazón latiéndole con fuerza.

Con manos temblorosas abrió la galería de su teléfono y buscó una foto de su mamá.

Era una imagen de hace dos años, en la que ella sonreía a la cámara, con el cabello recogido y esa mirada llena de vida que él tanto extrañaba.

La observó durante un largo rato, sintiendo que los ojos se le humedecían.

—Mamá… dame fuerzas —murmuró en voz baja, casi como una plegaria—.

Por favor, aguanta un poco más.

Necesito volver a verte sana.

Solo un poco más… Se quedó mirando la foto varios minutos más, como si de esa forma pudiera transmitirle toda su determinación.

Finalmente apagó la pantalla, dejó el teléfono a un lado y cerró los ojos.

Cerró los ojos, pero el sueño tardó mucho en llegar.

En su mente solo daban vueltas las mismas preocupaciones de siempre.

Sabía que el ritmo que estaba llevando era insostenible.

Pero también sabía que no podía detenerse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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