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Ephemeral Darkness - Capítulo 2

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2: Capítulo 1 2: Capítulo 1 —Sophie, si necesitas fondos para pagar tu clase extra de Mitología Griega, búscate un empleo de medio tiempo por las noches.

Con el dinero de tus padres no te alcanzará a cubrir todo—me aconsejó Amber, mi compañera de cuarto, antes de salir a una fiesta de la facultad, a la cual, claramente, me negué a ir.

Ella ya me había prestado bastante dinero en el semestre anterior y no preví que, inscribirme en una clase más, me acarrearía muchísimos problemas económicos.

Yo tenía suerte en haber logrado entrar al Colegio de Artes de Camberwell, gracias a un concurso de fotografía local en el que gané el segundo lugar y llamé la atención de varias universidades que me invitaron a presentar el examen de ingreso con influencias, y yo elegí en donde me encontraba ahora: cursando mi tercer semestre de Fotografía; sin embargo la economía de mi familia no era del todo buena, pero me apoyaban en mis decisiones, y no podía ser una sinvergüenza y pedirles más dinero del debido con tal de llevar la clase extra de Mitología Griega que tanto me encantaba y que me ayudaría muchísimo en mi profesión.

La fotografía, pintura, historia y todo lo relacionado al arte, siempre me atrajo desde muy pequeña y por fin estaba alcanzando mi sueño.

Y si tenía que buscar un empleo nocturno para pagar esas valiosas clases, lo haría.

No tenía opción.

Además, me mudé a Camberwell, un distrito del sur de Londres para la universidad, dejando a mi familia en Snowshill para verlos únicamente en vacaciones de invierno, ya que, en verano, me tomaba el atrevimiento de hacer fotografías instantáneas para los turistas y ganar un poco de efectivo.

Ir a Snowshill en tren o en autobús, era costoso, sin mencionar el tiempo para llegar.

Viajar en tren era casi tres horas y en autobús cinco.

Suspiré y marqué los números de aquel folleto que le recibí a un señor sobre una vacante de mesera en un restaurant y bar nocturno muy cerca de mi dormitorio y de la universidad, llamado «tártaro».

Miré el reloj y me di cuenta de que estaba a tiempo de ir a entrevistarme antes de que abrieran al público.

Tomé mi abrigo, mi bolso y las llaves.

Salí corriendo, con la ilusión de obtener el empleo.

El sitio no era tan vulgar, pero tampoco sofisticado.

Podría decirse que era el establecimiento correcto para ahogar tus penas sin gastar todo tu salario en una sola noche.

—Vengo por la vacante de mesera—anuncié con determinación al de seguridad.

El sujeto dejó de masticar su cena con recelo y me miró de arriba abajo.

No bajé la mirada ante su escrutinio, sino que lo desafié.

—Adentro a la derecha—respondió y se encogió de hombros.

Entré con firmeza y avancé hasta la puerta de recursos humanos, en donde los empleados se preparaban para el trabajo.

— ¿Se le ofrece algo?

—me preguntó una mujer de edad madura, que iba en dirección a una puerta que decía “gerencia”.

—Vengo por el anuncio de vacante para mesera—le enseñé el folleto y aquello suavizó su expresión.

—Justo a tiempo, sígueme.

Su amabilidad me desconcertó, pero no dejé que se reflejara en mi rostro.

Mantuve la compostura y fui detrás de ella.

Mi objetivo era quedarme con el empleo.

—Espera a la gerente de R.

H.—Me indicó—, en un segundo vuelve.

No te muevas de la puerta.

Asentí, poniéndome nerviosa.

La persona a quien debía esperar apareció diez minutos después.

Era una chica, quizá unos siete años mayor que yo y se miraba muy ajetreada, sosteniendo muchas carpetas.

Sus ojos ambarinos, similares a los míos, hacían contraste exótico con su piel de caramelo y cabello oscuro y rizado.

Corrí a auxiliarla y me agradeció con una gran sonrisa de alivio.

—¿Te conozco?

—cuestionó, mirándome y dejando la mitad de las carpetas en una silla para poder sacar la llave de su oficina.

Cuadré los hombros y me presenté ante ella.

—Soy Sophie Beaumont y estoy aquí por la vacante de mesera de medio tiempo.

La gerente se abrió paso al interior de su oficina, la cual era muy pintoresca y me invitó a pasar, señalándome la silla frente a ella.

Cargué las carpetas faltantes y las deposité sobre las demás en su escritorio, para posteriormente tomar asiento.

—Y bien Sophie Beaumont, yo soy la licenciada Lucy Oxford y, antes que nada, cuéntame cuál es tu edad, dónde estudias y por qué quieres trabajar con nosotros, me encantaría escucharte—comenzó a entrevistarme amablemente, adoptando una postura de seguridad en sí misma: brazos relajados y piernas derechas, sin mencionar el mentón elevado al hablar y una tenue sonrisa, escaneándome de arriba abajo con sutileza.

—Tengo veinte años, estoy cursando el tercer semestre de la licenciatura de Fotografía en el Colegio de Artes de Camberwell y deseo trabajar aquí porque tengo una apasionada afición por no morirme de hambre y continuar mis estudios sin darle problemas a mi familia—contesté, sin dejar de sonreír y mirarla a los ojos con fijeza, copiándole su postura corporal.

Mi respuesta la tomó por sorpresa y soltó una sonora carcajada que le hicieron saltar algunas lágrimas por el rabillo de sus ojos.

La verdad era que esa respuesta la había sacado de internet y no pensé que la usaría realmente, pero los nervios me traicionaron.

Treinta minutos después, yacía andando hacia mi dormitorio con las instrucciones de mi nuevo empleo.

Las capacitaciones eran fundamentales para poder desempeñarme como simple mesera, pero estaba emocionada.

Al otro día tenía que presentarme a la capacitación a eso de la una y media de la tarde.

Mi primera entrevista de trabajo la pasé sin problemas gracias a internet.

Eran las ocho de la noche de un viernes, final de una semana de exámenes y nadie de mi facultad se hallaba leyendo los términos, condiciones e indicaciones de un empleo nuevo.

Todos estaban disfrutando de forma normal su fin de semana, excepto yo y no me deprimía haber elegido quedarme a la entrevista que ir a una fiesta con mis compañeros, sino el simple hecho de que no tenía a quien llamar o estar.

Amber era mi compañera de cuarto y asistíamos a dos clases juntas.

Ni siquiera podía considerarla como una amiga.

Era amable por prestarme dinero, pero nada más.

La habría logrado considerar “amiga” de no ser porque al primer mes de haber iniciado clases, la sorprendí metiendo a varios chicos a nuestro dormitorio y amenacé con llamar a la prefecta si no los echaba de ahí.

Me sobornó con dinero y a regañadientes compró mi silencio.

Faltaban un par de calles para llegar a mi destino y alcancé a escuchar un disturbio y gritos de personas enloquecidas por la histeria cerca de un callejón en donde nadie se acercaba, pero extrañamente había movimiento, como si algo terrible hubiese pasado ahí.

Mi consciencia me orilló a seguir mi camino, pero el gusano de la curiosidad obligó a mis piernas a acercarme.

Por fortuna, había bastante gente y evitaron que siguiera avanzando.

Me sentí hipnotizada, como si algo me atrajera, parecido a un imán.

—¿Qué ha sucedido?

—le pregunté a un sujeto delante de mí.

—Parece que unos pandilleros asesinaron a un joven y se dieron a la fuga—me contestó y volvió a estirar el cuello en dirección al caos.

Se me erizó la piel y retrocedí.

A lo lejos vislumbré y escuché la ambulancia acercándose a toda velocidad.

Probablemente la desagradable noticia saldría en todos los noticieros y periódicos del país al día siguiente.

A pesar de que quería irme, mis pies quedaron anclados detrás del señor que me brindó la vaga información de los hechos.

Esperé a que los paramédicos se abrieran paso entre los cotillos y aguardé.

Pasó aproximadamente quince minutos cuando de pronto, las personas comenzaron a gritar de felicidad y alivio, al instante que los paramédicos pasaban en medio de todos, siendo escoltados por la policía.

—¡Está vivo!

—canturreaba la gente.

Fruncí el ceño y mis intentos por ver al herido fueron en vano.

Mi estatura baja era un gravísimo obstáculo.

Solo logré ver que una mujer de edad madura subió con los paramédicos a la ambulancia.

Quizá era su familiar.

—¿No se supone que murió?

—inquirí, a nadie en particular.

—Dicen que sí había fallecido por los navajazos que recibió en el corazón y estómago—me respondió una señora con perplejidad—pero tras llegar los paramédicos, extrañamente volvió a respirar.

Supongo que lograron reanimarlo y parar la hemorragia—se encogió de hombros—ese jovencito tuvo suerte.

Todavía no era su hora de morir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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