Ephemeral Darkness - Capítulo 3
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3: Capítulo 2 3: Capítulo 2 La tragedia de la noche anterior fue un horrible impedimento para que yo pudiera conciliar el sueño.
No pude sacarme de la cabeza aquel incidente del chico muerto que revivió y abandoné pronto las ganas de dormir.
Encendí la lámpara del buró y rápidamente verifiqué la hora de mi teléfono: eran las tres con treinta y tres minutos de la madruga.
Las supersticiones de mis abuelos acerca de esa hora en concreto, que supuestamente era del mal, me hicieron bostezar y levantarme.
Apagué la lámpara para encender el foco de la habitación que alumbró la estancia.
Eché un vistazo a la cama vacía de Amber y deduje que seguía en aquella fiesta con más compañeros de la facultad, festejando el fin del período de exámenes con alcohol, tabaco y sexo.
La razón por la cual yo era la única en no asistir a divertirme con ellos, era porque cuando acepté la primera vez, quedé perpleja al ver las orgías que armaban de forma clandestina.
Amber fue la primera en unirse e invitarme.
De solo recordarlo, un escalofrío me abrasó hasta lo más profundo de mi ser.
No culpaba ni juzgaba a nadie por su pasión a tener sexo en grupo, pero tampoco yo estaba obligada a participar para formar parte de ellos.
Encendí el ordenador, me puse los lentes y decidí editar las fotos más recientes que saqué con la cámara.
Estábamos comenzando el mes de noviembre y la temperatura iba en descenso, señal de que pronto habría muchísimo frío y caería la primera nevada, haciendo que el panorama se volviera más hermoso con su manto blanco.
Con audífonos y mi música favorita, pasé las últimas dos horas siendo creativa con las fotografías, absorta de mi alrededor o de cualquier ruido externo.
—¡Sophie!
Pegué un salto y sentí que mi corazón se detenía del susto.
Me quité los cascos y miré a Amber a un costado mío, con el rostro sonrojado y las piernas temblando, sin mencionar el sudor en todo su rostro y la tenacidad de mantenerse de pie sin caer.
Su sonrisa pícara explicó su aventura desenfrenada sin decir una palabra y tampoco pregunté.
—¿Qué haces despierta?
—interrogó, riéndose.
Se lanzó a su cama y comenzó a cubrirse con la sábana aun con la ropa sudorosa y con las zapatillas puestas.
Tenía el maquillaje hecho un desastre.
—Editando mis fotografías… Mi respuesta quedó flotando en el aire al escucharla roncar en cuestión de segundos.
Elevé los ojos al techo, sulfurada y apagué el ordenador, la luz y me fui a acostar.
Faltaba poco para que amaneciera.
No estuve equivocada al pensar que la noticia del chico apuñalado que sobrevivió estaría en todas partes.
Cuando desperté, Amber ya no estaba en su cama, sino sentada a los pies de la mía, escuchando con atención el noticiero de la mañana, o, mejor dicho, la repetición.
Mi teléfono marcaba el mediodía del sábado.
Y de un salto me levanté.
Tenía solo una hora para alistarme e ir a la primera capacitación de mi trabajo.
—¿Ya viste las noticias, Sophie?
—me preguntó Amber al verme correr al sanitario.
Ella me siguió, quedándose en la puerta.
—¿Sobre el chico que fue apuñalado en el corazón?
—respondí con otra pregunta mientras me cepillaba los dientes.
—Sí, ¿Cómo sabes?
Apenas ese rato se dio a conocer los hechos.
—Ayer yo pasé en la escena del crimen de vuelta al dormitorio y me enteré de primera mano lo que ocurrió—escupí el dentífrico y salí a encararla—y era obvio que se haría viral el suceso.
Amber dejó de morder su dedo pulgar para mirarme con fijeza.
Sus ojos azules me intimidaron por un segundo y más su enorme cabellera rizada y rubia que estaba alborotada.
—Dicen que era de nuestra facultad—me informó con tono preocupado.
—¿Qué?
—parpadeé.
Tenía que ser una broma.
—Sí.
Mira—me mostró la pantalla de su teléfono en donde decía que el joven a quien habían atacado era estudiante del Colegio de Artes de Camberwell y que cursaba el tercer semestre—es de nuestro grado.
—¿No dice quién es?
—No, han mantenido en anonimato su identidad, pero es cuestión de horas para que lo sepamos.
Me encogí de hombros y busqué la ropa correcta para la capacitación.
La verdad es que no me importaba demasiado saber la identidad de mi compañero herido porque no tenía amigos y por obvias razones, él tampoco.
Luego de ducharme y maquillarme un poco para cubrir las pecas, salí a mi capacitación de tres horas.
En el camino, compré una hamburguesa y una soda para tener algo en el estómago y no desmayarme en el intento.
No fue la gran cosa.
La licenciada Lucy Oxford me adiestró amablemente y me entregó mi uniforme que consistía en una falda negra arriba de la rodilla, camisa blanca y una corbata negra.
Tenía permitido llevar cualquier tipo de calzado, excepto botas.
A las cinco de la tarde ya estaba en el dormitorio, muerta de cansancio.
Solo el hambre pudo hacer que me saliera de la cama hasta las ocho de la noche cuando el dolor punzante en la boca del estómago me estremeció.
Me puse una cola de caballo, sintiendo como se enredaba mi cabello rojizo entre mis dedos por lo maltratado que estaba y suspiré, deprimida.
El reflejo de mis ojos ambarinos a través del espejo me indicó que pronto tendría unas enormes ojeras.
Busqué mis lentes de aumento que únicamente usaba para estudiar o editar en el ordenador y opté por ponerme cómoda para salir a comprar algo de comer.
Detestaba ir a tiendas de comida rápida para obtener sustento todos los días y era todo por culpa de Amber.
Ella estropeó la pequeña nevera y el horno de microondas la semana pasada y desde entonces, tuve que salir y gastar dinero que no tenía.
Degusté un hot dog para nada apetitoso en un puesto callejero y una coca cola fría para calmar el dolor causado por el hambre.
—Sabía que te encontraría aquí.
Arqueé las cejas hacia Amber.
Ella estaba acompañada de un chico de cuarto semestre que lucía aburrido por estar en medio de la calle, oliendo la grasa dañina del puesto de comida.
—Si tan solo la nevera y el microondas sirvieran, me hallaría en casa—bufé, limpiándome con una servilleta barata las comisuras de mis labios— ¿qué pasó?
—Elliot investigó el nombre del chico herido—me anunció, emocionada, señalando a su acompañante, como si eso para mí fuera importante.
—Me alegro muchísimo y espero se recupere pronto—dije.
—¿No quieres saber cómo se llama?
Me encogí de hombros, dándole un sorbo al refresco y mirándola a través de mis lentes.
—Blackburn Varkáris—dijo ella con entusiasmo, pero a mí no me sonó familiar su nombre.
—No lo conozco.
—Tampoco yo—repuso ella, pensativa—Elliot, ¿verdad que dijiste que, a pesar de tener un nombre extraño y apariencia de chico rudo, era todo lo contrario?
—Era un nerd con apariencia atractiva—contestó el tal Elliot, con aburrimiento que me contagió un bostezo.
Parecía que solo quería meterse entre las bragas de Amber lo antes posible y dejar de perder el tiempo ahí con conmigo.
—Seguimos hablando en el dormitorio—añadí, incómoda luego del petulante silencio.
—Creo que llegaré hasta mañana.
Cualquier cosa, cúbreme, ¿sí?
—sonrió.
Por cortesía, asentí.
Solo esperaba que no fuera para siempre esa monotonía de tener que aguantar su ausencia y estar en peligro de ser descubierta por los prefectos que a veces supervisaban.
Regresé arrastrando los pies y con un terrible dolor de cabeza.
Blackburn Varkáris.
Era extraño que no reconociera ese nombre y más teniendo en cuenta que era de mí mismo grado, pero tal vez porque habían alrededor de seis salones de tercer semestre, mi mente no lo recordaba.
Sin embargo, tanto el nombre como el apellido de ese chico eran extraños.
Difíciles de olvidar.
Quise ver alguna película, pero el sueño me venció a las once y media de la noche.
Caí rendida para despertar hasta la mañana siguiente del domingo.
Ojalá pudiera haber pensado en tener un día completo de ocio, pero prácticamente era para hacer aseo y lavar mi ropa para la nueva semana de clases.
En los intervalos que había, salí a comprar comida y regresé para terminar los deberes.
A las siete de la noche, yacía cómodamente comiéndome un helado chocolate mientras miraba la película de Furia de Titanes.
Lunes por la mañana, observé a Amber retorcerse en su cama y corrí a prepararme.
Las clases comenzaban a las siete en punto y terminaban a las dos de la tarde.
Solo martes y jueves a las tres por mi clase extra de Mitología Griega.
Desde luego, mi nueva jornada laboral, que no era de medio tiempo porque quería más efectivo, empezaba a las cuatro de la tarde y finalizaba a las once de la noche.
Tuve que mentalizar que tendría el triple de sueño que, de costumbre, pero al menos tendría dinero para pagar la clase.
En la clase de la primera hora, como en el resto del día, no se habló de otra cosa más que del caso de Blackburn Varkáris, cuya identidad me resultaba desconocida y para los demás no.
—Él trabajaba medio tiempo en una pizzería con el fin de pagar la preparatoria de su hermana menor—le oí decir a una chica de último año de Escultura—me pidió mis apuntes varias veces para avanzar en los próximos semestres y me negué.
Me siento totalmente devastada y triste.
Pobre Blackburn.
—A mí siempre me llamó la atención—acotó la amiga de esta, sonrojada—tenía un aura melancólica en su mirada.
—Se debía a la vida tan miserable que llevaba.
Cargaba el peso de la familia encima—masculló la primera chica con desdén—además, con lo de la beca, tenía que estar también enfrascado a los estudios.
Azorada, comencé a sentirme mareada por tantos comentarios sobre el susodicho, al que no tenía idea de su existencia hasta hacía unos días.
¿Cómo era posible que yo ignoraba todo lo que los demás sabían de ese misterioso chico de nombre y apellido extraño?
Me estremecí por un momento, comprendiendo la razón de mi ignorancia.
Desde que entré a estudiar, me dediqué de lleno a sacar excelentes notas como para perder el tiempo en hacer amigos.
Era curioso que de verdad no supiera quien era él, si los de la carrera de Escultura y Fotografía tenían al menos una clase juntos en cada semestre.
Abandoné la telaraña mental de mi cabeza y me enfoqué en las demás clases.
A la hora de salida, fui la primera en echarme a correr rumbo al dormitorio para cambiarme y no llegar tarde a mi primer día de trabajo.
Antes de llegar a alistarme, me detuve a comprar un burrito y una botella con agua de naranja.
Comí de camino al edificio.
Llegando, planché el uniforme, entré a ducharme otra vez y me maquillé más de lo habitual.
Vi mi reflejo en el espejo muchas veces antes de animarme a salir.
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