ESCALOFRÍO - Capítulo 38
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Capítulo 38: 3 Cervezas y 2 Trabajos
Ana pasó toda la mañana del viernes con una energía extraña, casi febril. No sabía si era por la inminente vuelta de Kasia o por esa sensación de que la habitación llevaba días respirando demasiado hondo, como si aguardara algo. Para no pensar, se dedicó a limpiar.
Fue entonces cuando vio la tabla apoyada junto al contenedor, húmeda por la lluvia de la noche anterior. A cualquier otra persona le habría parecido basura. A ella, en cambio, le pareció una oportunidad. La rescató, la limpió con un esmero casi obsesivo y la dejó secar al sol mientras buscaba entre los desperdicios algo que pudiera servirle de patas.
Encontró dos soportes metálicos, torcidos pero firmes. Los enderezó con un martillo, los atornilló a un extremo de la tabla y la probó apoyando el otro lado sobre la cama. Quedaba estable. Sólida. Perfecta.
Una mesa improvisada para desayunar sin levantarse. O para no tener que abandonar la cama en absoluto.
Cuando su compañera de habitación llegó por la tarde, Ana le enseñó su invento. Kasia soltó una carcajada encantada.
—Eres una genia —le dijo Kasia, tocando la madera con la palma abierta—. Ahora sí que no salgo de la cama.
Después de la mini fiesta de recepción que Ana había preparado, Ramón se marchó a su apartamento. Esa noche no quedaron. Los tres necesitaban descansar, o al menos eso dijeron. Pero Ana no durmió bien.
La oscuridad de su habitación parecía más espesa de lo habitual y la pesadilla llegó sin aviso.
Estaba siendo juzgada en la sala de un tribunal, iluminada por fluorescentes que zumbaban como insectos atrapados. Frente a ella, un jurado inmóvil la observaba con una mezcla de repulsión y aburrimiento. Nadie hablaba, pero todos parecían haber decidido ya.
El juez pronunció un veredicto que Ana no alcanzó a oír, pero que sintió clavarse en el estómago: culpable.
Y entonces lo vio.
Ramón, sentado en la primera fila, besaba a Kasia con una pasión casi obscena. Ella reía contra su boca, sin apartar la mirada de Ana, como si disfrutara del espectáculo.
Cuando los guardias la esposaron, Ramón levantó la vista y sonrió. No era una sonrisa amable. Era una mueca de triunfo.
Ana intentó hablar, pero no tenía voz.
Intentó correr, pero sus piernas no respondían.
La arrastraban hacia una puerta metálica que se cerraba sola, lentamente, como si disfrutara del momento.
Despertó empapada en sudor, con el corazón golpeándole las costillas. Tardó varios segundos en entender que estaba en su cama, que no había esposas, que nadie la estaba juzgando.
El sábado, sin embargo, amaneció luminoso. Un sol casi insultante, como si el mundo no tuviera idea de lo que había pasado en su cabeza.
Quedaron para tomar el aperitivo juntos.
Ana se vistió despacio, con movimientos automáticos, intentando convencerse de que la pesadilla no significaba nada. Que no era más que eso: un mal sueño.
Entraron en un bar cerca del campus, uno de esos que a mediodía se convertían en un hervidero de risas jóvenes, vasos chocando y conversaciones que se mezclaban sin pudor. La terraza, aunque cubierta, estaba bañada por un sol amable que hacía brillar las mesas metálicas.
Ramón ya estaba allí, sentado con el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, como si llevara un rato observando el flujo de gente. Cuando las vio, levantó la mano con una sonrisa que a Ana le pareció un poco ensayada, como si la hubiera practicado antes de que ellas llegaran.
Las chicas se sentaron frente a él, formando un triángulo perfecto. Ana lo notó. No sabía por qué, pero la geometría de la escena le provocó un pequeño escalofrío, como si estuvieran atrapados en una figura que no podían romper.
Ramón buscó con la mirada al camarero: un hombre de unos treinta años que prácticamente volaba de mesa en mesa, recogiendo vasos, sirviendo copas, dejando platos de aperitivos sin detenerse ni un segundo. Cuando vio el brazo levantado de Ramón, le pidió paciencia con un gesto rápido.
Tardó casi diez minutos en poder acercarse con la libreta en la mano.
—¿Qué os pongo? —preguntó, sin aliento.
—Tres cervezas y una ración de bravas —pidió Ramón.
Ana, que siempre era la más lanzada, aprovechó el momento.
—Oye, una pregunta. ¿Necesitáis gente? Buscamos un trabajo por horas, algo que podamos compaginar con los estudios.
El camarero la miró con sorpresa, como si no esperara que alguien tuviera energía para ofrecerse en un día así. Luego señaló hacia el interior del bar.
—El jefe está ahí dentro. Si queréis hablar con él, estáis a tiempo. Pero os aviso… hoy muerde.
Kasia abrió los ojos, incrédula, como si Ana acabara de proponer lanzarse a un pozo.
Ana la miró directamente, aunque Kasia no había dicho nada.
—¿No querías trabajar? —le dijo en voz baja—. Nos vendrá genial un poco de dinero para nuestros gastos. Dijiste que tus padres te dejaban lo justo.
Kasia bajó la mirada, pensándolo. Su padre seguía en reposo, y ella tendría que ir más a menudo al pueblo. Eso significaba transporte, gasolina, comidas fuera… gastos que no tenía previstos.
Al final asintió, resignada pero convencida.
—Vale. Vamos.
Ambas se levantaron y se dirigieron hacia la entrada del bar. Ramón se quedó en la mesa, observándolas marchar entre el ruido y la gente. No podían arriesgarse a perderla: la terraza estaba a tope, y si se levantaba, alguien ocuparía la mesa en segundos.
Ana y Kasia cruzaron la puerta, sin saber muy bien qué iban a encontrar al otro lado.
El jefe estaba al mando de la caja, cerrando tickets y pasando pedidos a la cocina con movimientos rápidos y mecánicos. No levantaba la vista más de un segundo. Cuando Ana y Kasia se colocaron frente a él, apenas les dedicó una mirada fugaz.
—¿Qué vais a tomar? —preguntó sin detener las manos.
Ana negó con suavidad.
—Ya hemos pedido. Tenemos una mesa fuera con un amigo. Veníamos por otra cosa…
Queríamos saber si buscáis gente para trabajar aquí. Necesitamos algo de dinero y nos vendría bien, pero tendría que ser por horas porque estudiamos en el campus.
El jefe dejó de teclear. No del todo, pero lo suficiente para que el silencio entre ellos se tensara un poco. Alzó la vista y esta vez sí se fijó en ellas con más atención, como si evaluara si le iban a servir o le iban a estorbar.
—¿Habéis trabajado alguna vez en esto?
Las dos negaron a la vez.
Ana se adelantó enseguida.
—Pero aprendemos rápido.
El jefe las observó un segundo más, midiendo algo que no dijo.
—¿Cuándo podéis empezar?
Ana y Kasia se miraron, desconcertadas. No esperaban que fuera tan directo. Kasia fue la primera en reaccionar.
—Pues… no sé… el lunes —dijo, insegura.
El jefe no respondió. Solo las miró en silencio, como si esa respuesta no le sirviera para nada.
—¿Qué tal esta tarde? —propuso al fin—. Así vemos cómo se os da.
Ana volvió a mirar a Kasia. No había mucho margen para pensarlo. Asintió despacio.
—Vale… probemos. ¿Y… el sueldo?
El jefe volvió a su pantalla, como si la conversación ya estuviera cerrada.
—Veamos primero qué tal trabajáis. Al final de la tarde hablamos. ¿Os parece?
Ana y Kasia intercambiaron una mirada rápida. No era la respuesta ideal, pero tampoco estaban en posición de exigir nada.
—De acuerdo —dijo Ana.
El jefe ya no las escuchaba. Había vuelto a los tickets, a los pedidos, al caos del mediodía.
Cuando regresaron a la mesa, Ramón las observaba con una mezcla de curiosidad y nerviosismo, como si temiera que volvieran con malas noticias… o con un cambio de planes que no supiera gestionar. Antes de que pudieran sentarse, el camarero apareció por fin con las tres cervezas y la ración de patatas bravas, que dejó en la mesa casi sin detenerse.
—¿Qué tal ha ido, chicas? —preguntó mientras sacaba el abridor del bolsillo.
Ana respondió con naturalidad, como si no acabaran de tomar una decisión importante.
—Empezamos esta tarde. A ver qué tal se nos da.
El camarero soltó un resoplido que era mitad risa, mitad advertencia.
—Puf… no sé si alegrarme o no —dijo mientras destapaba las cervezas—. Por las tardes, a partir de las seis, esto está a reventar. No os imagináis.
Kasia abrió los ojos, sorprendida. Ana mantuvo la compostura, aunque por dentro notaba un pequeño nudo de anticipación.
—Tendréis que estar aquí a las cinco —continuó el camarero—. Para que os expliquemos cómo funciona todo antes de que empiece la locura.
—Vale —asintió Ana.
El camarero las miró con más detenimiento, como si quisiera asegurarse de que habían entendido en qué se estaban metiendo.
—¿Habéis trabajado alguna vez como camareras?
—¡Qué va! —respondieron las dos a la vez, casi sincronizadas.
Él soltó una carcajada breve, incrédula.
—Buah… pues no sabéis dónde os habéis metido. —Se inclinó un poco hacia ellas, como si compartiera un secreto—. Os aviso: el que rompe, paga.
Soltó una risa rápida, pero no quedó claro si era una broma o una advertencia real. Luego se alejó corriendo hacia otra mesa, dejando tras de sí el olor a cerveza recién servida y la sensación de que la tarde iba a ser más intensa de lo que habían imaginado.
Ana tomó un sorbo de su cerveza, intentando que el frío le calmara el pulso.
Kasia la imitó, pensativa.
Ramón las miraba a las dos, como si intentara descifrar si aquello era una buena noticia o una complicación más en la dinámica que estaban construyendo sin darse cuenta.
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