ESCALOFRÍO - Capítulo 37
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Capítulo 37: El reencuentro
El resto del camino transcurrió en un silencio espeso. Kasia cerró los ojos en cuanto pudo, fingiendo cansancio, intentando cortar cualquier posibilidad de conversación con su compañero de viaje. Él pareció entenderlo, porque no volvió a hablar. Aun así, Kasia sintió su mirada sobre ella durante largos minutos, una presión silenciosa que le recorría la nuca como un dedo invisible. No se atrevió a abrir los ojos. No quería comprobar si seguía observándola.
El autobús avanzaba por la carretera con un traqueteo suave, casi hipnótico. Kasia intentó concentrarse en su respiración, en el calor tenue de su abrigo, en cualquier cosa que la alejara de la sensación de frío. No sabía si se había dormido de verdad o si simplemente había caído en un estado de semiconsciencia, pero cuando el vehículo frenó y escuchó el siseo de las puertas, abrió los ojos sobresaltada.
Miró a su lado.
El asiento estaba vacío.
El hombre —Ramón— estaba unos pasos más adelante, recogiendo sus pertenencias del altillo del autobús. La mujer con la que lo había visto discutir estaba a su lado, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo. No hablaban. No se miraban. Era como si la discusión hubiera dejado un hueco entre ellos que ninguno sabía cómo llenar.
Kasia se levantó despacio, aún con el corazón acelerado, y estiró el brazo para alcanzar su mochila en la repisa superior. El autobús estaba casi vacío; los demás pasajeros avanzaban por el pasillo con la prisa habitual de quien quiere llegar a casa cuanto antes. Kasia se unió a la fila, bajó los escalones y pisó el suelo de la estación.
Y entonces lo vio.
A pocos metros, de pie junto a una columna, estaba Ramón.
Su Ramón.
El único que importaba.
El que llevaba días deseando ver desde que la dejó en el hospital con sus padres. El que había llenado su cabeza de preguntas, de recuerdos, de un anhelo que no había querido admitir ni siquiera ante sí misma.
Una sonrisa se le escapó sin poder evitarlo. Una sonrisa limpia, cálida, que le borró de golpe el frío, el sueño, el susurro, la inquietud del viaje. Sin molestarse en buscar a la pareja de la discusión, sin pensar en el hombre que había estado sentado a su lado, sin mirar atrás, Kasia avanzó casi corriendo.
En menos de un minuto estaba frente a él.
Ramón la recibió con una sonrisa especial, una que solo le dedicaba a ella, una que siempre la hacía sentir como si el mundo entero se ordenara de golpe.
Y por primera vez desde que despertó en aquel autobús vacío, Kasia sintió que podía respirar.
Kasia dio un paso más, dispuesta a abrazarlo, pero Ramón levantó una mano antes de que pudiera tocarlo.
No fue un gesto brusco. Fue… exacto. Como si estuviera recordándole, con una delicadeza incómoda, la distancia que debía existir entre los dos.
—Yo también quiero abrazarte, pero aún no es seguro —dijo él.
—Lo sé —respondió ella, bajando un poco la voz—. Es que me alegro de verte. Te echaba de menos.
Ramón se acercó unos pasos. Quedaron tan cerca que sus respiraciones parecían rozarse, como si el aire entre ambos se hubiera vuelto más denso. Él cruzó los brazos y Kasia reconoció al instante el gesto: su código secreto, la señal que significaba estoy aquí, contigo, aunque no pueda tocarte.
Ella, en respuesta, ajustó la manga del jersey. Gritándole en silencio que necesitaba su abrazo.
Ramón sonrió apenas, una leve curva en la comisura de los labios.
—Eres imposible —dijo, y en esa frase se escondía el te quiero que nunca pronunciaban en público.
Kasia se mordió el labio inferior, asintiendo. Tú también eres imposible.
Y aunque ninguno llegó a tocar al otro, sintieron cómo algo en ellos —algo más profundo que la piel— se entrelazaba de nuevo, como si el reencuentro hubiera ocurrido en un lugar que no necesitaba contacto físico para existir.
—¿Has comido algo? —preguntó Ramón mientras cruzaban la estación de autobuses.
Kasia tardó un segundo en recordar que su estómago solo había recibido líquidos. Aun así, abrió la mochila y le enseñó todo lo que sus padres habían metido dentro: chorizo, salchichón, queso, un poco de jamón envuelto en papel.
—Vaya —se sorprendió Ramón—. Ha sido una visita fructífera. Tendrás que ir más veces —añadió, guiñándole un ojo.
—La próxima vez puedes venirte —respondió ella, casi sin pensarlo—. Es un lugar tranquilo, lleno de paz… te gustaría seguro.
—Si estás tú, seguro —dijo él.
Salieron al exterior. El aire frío los recibió como un recordatorio de que el día aún no había terminado. Caminaron hasta el parking, donde Ramón tenía el coche estacionado.
—Bien —dijo él, abriendo el maletero para que guardara la mochila—. Te llevo al campus.
Y fue justo en ese momento, no antes, cuando Kasia se acordó de Ana.
—Ay, Dios… Ana me va a matar. No la he llamado para avisarle de que regresaba.
Ramón cerró el maletero con un golpe suave.
—No te preocupes. Hablé con ella hoy. Se lo dije yo.
Kasia frunció el ceño.
—¿Así? ¿Has estado en el campus?
Por un instante, apenas un parpadeo, Ramón dudó. Dudó de verdad. Como si no supiera si contarle algo o callarlo. Y esa vacilación mínima, microscópica, Kasia la captó al vuelo.
—¿Pasa algo?
Ramón soltó el aire despacio, como si llevara horas reteniéndolo.
—Tuvimos que ir otra vez a comisaría —dijo al fin—. Querían interrogar de nuevo a Ana. Dicen que tienen una grabación… una en la que, minutos antes, ella aparece discutiendo con el chico al que empujó. El que murió.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, pesadas, frías, como si la temperatura hubiera bajado de golpe.
—¿Y? ¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Kasia, sintiendo cómo el estómago se le encogía.
—Para ellos, puede ser un móvil —respondió Ramón mientras caminaban hacia el coche—. No sería suficiente para acusarla, pero pueden seguir molestándonos. Tendremos que estar alerta. Y si esto empeora… quizá tenga que buscarse un abogado de verdad. Puedo hablar con el despacho de mi padre y pedirles consejo.
—Pero todo eso fue un accidente —insistió Kasia—. Un fatídico accidente.
Ramón se detuvo un instante, apoyando una mano en el techo del coche antes de abrirlo. La miró con una seriedad que no le había visto en todo el día.
—¿Tú crees que fue solo un accidente?
Kasia sintió un nudo en la garganta.
Ramón bajó la voz, como si temiera que alguien pudiera oírlo incluso en aquel parking vacío.
—Y si esa cosa que te persigue pensó que Ana era un estorbo… y quiso alejarla de ti.
Los dos entraron en el coche y ninguno habló durante el trayecto. Kasia no respondió a lo que Ramón había insinuado, pero ambos sabían perfectamente cuál era la respuesta.
El silencio se volvió tan denso que parecía ocupar el espacio entre ellos como una tercera presencia. Solo cuando el coche tomó la salida hacia el campus, Kasia abrió la boca. Su voz fue apenas un hilo:
—Todo es culpa mía.
Ramón la escuchó. No necesitó mirarla para saber cómo estaba respirando.
—No es culpa tuya, Kasia —dijo con firmeza, sin levantar la voz—. Tú no tienes la culpa de que esa cosa te haya elegido. Y nos vamos a librar de esa sombra. No lo dudes. Acabaremos con ella.
Kasia apoyó la frente en la ventanilla. El cristal estaba frío, pero no tanto como el pensamiento que le atravesó el pecho.
Cuando llegaron al campus, Ramón cogió la mochila de Kasia y ambos entraron en la residencia. El pasillo olía a calefacción vieja y a suavizante barato. La puerta de la habitación estaba entornada; de dentro salía música pop, alegre, completamente fuera de lugar después del silencio del coche.
Kasia empujó la puerta con suavidad.
Ana estaba en medio de la habitación, con un pequeño gorrito de fiesta ladeado sobre la cabeza y una sonrisa que intentaba ser más grande de lo que realmente sentía. En cuanto vio a Kasia, soltó un gritito y corrió hacia ella.
—¡Por fin! —exclamó, y sin darle tiempo a reaccionar le plantó otro gorrito en la cabeza, ajustándoselo como si fuera una coronación improvisada.
Luego, sin dudarlo, le colocó uno a Ramón.
Él parpadeó, sorprendido, pero no protestó. Ana aplaudió, satisfecha con su obra, como si ese gesto absurdo pudiera borrar la presión de los últimos días.
Por un instante, la habitación se llenó de una alegría frágil, casi infantil. Una burbuja luminosa que no sabía cuánto iba a durar.
Ana estaba alegre, casi eufórica, feliz de tener de nuevo a Kasia con ella. Pero por dentro… por dentro había un hilo de tristeza tensándose despacio. Sentía que en estos últimos días Ramón había sido solo para ella: su apoyo, su refugio, su distracción. Y ahora… ahora una nube se interponía entre ellos.
Esa nube era Kasia.
No lo demostró. No frunció el ceño, no apartó la mirada, no hizo ningún gesto que pudiera delatarla. Al contrario: sonrió, se movió por la habitación con energía.
Pero cuando levantó la vista hacia Ramón, algo en su expresión se quebró por dentro.
Esa mirada —la que antes era para ella, la que la hacía sentir vista, necesaria— ahora estaba fija en Kasia. Atenta a cada respiración, a cada gesto, a cada sombra que pudiera cruzarle el rostro.
Ana tragó saliva y sostuvo la sonrisa.
No iba a permitir que se notara.
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