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ESCALOFRÍO - Capítulo 40

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Capítulo 40: Camarera, camarera

A las 17 h. en punto, Kasia y Ana estaban frente a su nuevo jefe en el bar. Habían llegado con varios minutos de antelación.

Llevaban ya puesto el uniforme:

la camiseta negra ajustada, la minifalda negra que apenas les llegaba a mitad del muslo y las zapatillas negras que les habían recomendado para aguantar horas de pie. Las dos se miraron de reojo, como comprobando que no eran las únicas que se sentían un poco disfrazadas.

El jefe, un hombre de unos cincuenta años con barriga cervecera y un bigote que parecía tener vida propia, les entregó su material de trabajo como si estuviera repartiendo armas antes de una batalla.

—Esto es lo vuestro —dijo, colocando cada cosa sobre la mesa con un golpe seco.

Primero, un mandil de falda, también negro, con dos bolsillos delanteros.

Uno de ellos tenía cremallera, para guardar el dinero cuando cobraran las comandas.

Después, una libreta pequeña, un bolígrafo y un abrebotellas mixto que parecía más pesado de lo que debería.

—Aprendeos bien la numeración de las mesas —continuó, señalando el plano pegado en la pared—. Nada de equivocarse con los pedidos. Y cuando toméis nota, siempre con letra clara. Si no se entiende, lo pagáis vosotras.

Ana tragó saliva. Kasia asintió con una seriedad casi militar.

—Otra cosa —añadió el jefe, cruzándose de brazos—. Aquí se sonríe. Siempre. Aunque el cliente sea un borde. Si dudan, les ofrecéis otra ronda. A cargo de ellos, por supuesto. Y recordad: solo se sirve cesta de pan a los clientes que pidan raciones. Nada de regalar pan con los aperitivos.

Ana y Kasia intercambiaron una mirada rápida.

Era evidente que aquello no iba a ser tan sencillo como habían imaginado unas horas antes.

El jefe chasqueó los dedos, impaciente.

—Venga, chicas. A cambiarse la cara. Que en diez minutos abrimos la terraza.

Y se marchó sin esperar respuesta.

Kasia soltó el aire que llevaba retenido.

Ana se ajustó el mandil, intentando que no se le notara el temblor en las manos.

Las chicas salieron a la terraza, donde el sol de la tarde caía oblicuo sobre las mesas metálicas. El goteo de clientes fue llenando el espacio poco a poco: primero una pareja, luego un grupo de estudiantes, después dos señores que parecían llevar allí toda la vida. El murmullo crecía, mezclándose con el sonido de las cucharillas golpeando los vasos.

El camarero veterano las observaba, con una sonrisa divertida, como quien ve a dos polluelos intentando aprender a volar. Cada vez que una mesa levantaba la mano, él hacía un gesto rápido, señalando a una u otra.

—Mesa siete, Ana.

—Kasia, la tres.

Ana iba de un lado a otro con una energía casi eléctrica. Parecía más viva que nunca, moviéndose rápido, sonriendo a los clientes, inclinándose para escuchar los pedidos entre el ruido creciente. Pero esa misma energía la traicionó: al coger una botella de refresco, se le resbaló entre los dedos y cayó al suelo con un golpe seco.

El jefe apareció de inmediato, como si hubiera estado esperando el error.

—Ana, por favor… más cuidado.

Ana asintió, roja, recogiendo los trozos con una servilleta mientras murmuraba una disculpa.

Kasia, en cambio, iba más despacio. Cada pedido, claro. Cada bandeja, perfectamente equilibrada. El camarero la observaba con aprobación silenciosa, como si reconociera en ella a alguien que, con el tiempo, podría llegar a ser muy buena camarera.

—Muy bien, Kasia —le dijo en voz baja cuando pasó a su lado—. Pero acelera un poquito, niña.

Ella sonrió tímidamente.

Las comandas debían dejárselas siempre al jefe. Si él estaba libre, servía las bebidas con rapidez y precisión. Pero si estaba al teléfono, hablando con algún proveedor o atendiendo a los clientes del interior, entonces les tocaba a ellas preparar las bebidas, cargar con las bandejas y llevar las consumiciones a las mesas.

Ana temblaba un poco cada vez que levantaba una bandeja llena.

Kasia respiraba hondo antes de cada entrega, como si se preparara para un examen.

—Recordad —les había dicho el jefe antes de empezar—: solo se sirve cesta de pan a los clientes que pidan raciones, dijo señalando la bandeja de pan que portaba Kasia con un solo aperitivo.

Y cada vez que una mesa pedía comida, las dos se miraban entre sí, como comprobando mentalmente si tocaba pan o no.

La terraza seguía llenándose.

El trabajo apenas acababa de empezar.

—¡Camarera, camarera! —gritó un muchacho alto desde una de las mesas del fondo.

Kasia dio un respingo. El camarero veterano la señaló con la barbilla, divertido.

—Esa es tu mesa, Kasia. Ve.

Ella respiró hondo, se alisó la camiseta negra del uniforme y caminó hacia allí con la libreta en la mano. Pero a medida que se acercaba, reconoció la silueta del “muchacho alto”. Y cuando llegó a la mesa, lo vio claramente.

Ramón estaba sentado allí, con una sonrisa tan amplia que parecía a punto de escapársele de la cara.

—Qué suerte he tenido —dijo él, apoyando los codos en la mesa—. Me ha tocado la camarera más guapa de Salamanca.

Kasia rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.

—Qué tonto eres… ¿Has venido?

—¿Cómo no iba a venir? —respondió él, como si fuera lo más obvio del mundo—. No me iba a perder vuestro debut.

Antes de que Kasia pudiera contestar, una voz tronó desde la barra:

—¡Sin cháchara! —gritó el camarero veterano—. ¡A trabajar!

Kasia se enderezó al instante, como si le hubieran dado un latigazo invisible. Sacó la libreta.

—¿Qué vas a tomar?

Ramón levantó las manos en señal de rendición.

—Vale, vale, no quiero meterte en problemas. Ponme un botellín de Mahou 0,0.

Kasia anotó rápido.

—¿Vas a comer algo?

Ramón arqueó una ceja, divertido.

—Vaya, ya estás mirando por el bar… ¿eh? —se rió—. Profesional desde el minuto uno.

Kasia negó con la cabeza, pero la sonrisa seguía ahí, suave, inevitable.

Ramón la miró como si verla trabajar le hiciera gracia…

Ella se giró para llevar la comanda, sintiendo la mirada de él en la espalda.

Y por primera vez desde que empezó el turno, el uniforme ya no le pesó tanto.

Kasia entró al interior del bar con la bandeja apoyada en la cadera, intentando no perder el equilibrio mientras el murmullo de la terraza quedaba atrás. El interior estaba más oscuro, más fresco, con ese olor a madera vieja, cerveza derramada y limón cortado que solo tienen los bares que llevan demasiados años abiertos.

Dejó la comanda de la mesa de Ramón y otras dos más sobre la barra, alineándolas como le habían enseñado. Miró alrededor buscando al jefe, pero él no estaba allí. Lo vio al fondo, inclinado sobre una mesa apartada, hablando con alguien que no alcanzaba a ver bien. Solo distinguía su silueta y un brazo que se movía al gesticular.

Como no podía esperar, rodeó la barra con decisión.

El camarero veterano la observó de reojo, pero no dijo nada: si sabía hacer las bebidas, que las hiciera.

Kasia respiró hondo y empezó.

Primero, el botellín de Mahou 0,0 para Ramón.

Lo colocó en la bandeja con cuidado, asegurándose de que no rodara.

Luego tomó un vaso de tubo.

El hielo tintineó al caer: uno, dos, tres cubitos.

El número exacto que le habían indicado.

Añadió una rodaja de limón, fina, perfecta, que quedó flotando como un pequeño sol atrapado en el cristal.

Después preparó otro vaso igual, repitiendo el ritual con precisión casi quirúrgica.

Pero esta vez vertió Fanta de naranja.

El líquido burbujeó, subiendo en espiral, iluminando el vaso con un tono ámbar brillante.

Mientras colocaba los vasos en la bandeja, ajustándolos para que no se movieran, escuchó pasos acercándose. Pasos firmes, acompañados de una voz grave que reconoció al instante: la de su jefe.

—Kasia —dijo él, acercándose con otro muchacho a su lado—, te presento a…

Pero Kasia ya no escuchaba.

La bandeja tembló sobre la palma de su mano, un temblor pequeño pero imposible de disimular.

Frente a ella estaba el muchacho del autobús.

El mismo con el que había compartido butaca el día anterior.

El que discutió con su novia con una intensidad que la había dejado incómoda.

El que, por un instante, le recordó físicamente a su Ramón.

El que también se llamaba Ramón.

Él la reconoció al mismo tiempo.

Sus ojos se abrieron apenas, un gesto mínimo, pero suficiente para que Kasia sintiera un vuelco en el estómago.

El jefe, ajeno a la tensión que se había instalado entre ellos, continuó:

—Este es Ramón. Empezará a echarnos una mano algunos días. Es rápido y necesitamos gente que no se asuste con el ritmo.

Kasia tragó saliva.

La bandeja seguía temblando.

Intentó sujetarla con ambas manos, pero el temblor se trasladó a sus dedos.

—Hola —dijo él, con una voz que sonó más baja de lo que pretendía.

—Hola —respondió Kasia, obligándose a mantener la compostura.

El jefe los miró a ambos, sin entender nada, pero percibiendo algo raro.

—¿Os conocéis?

Kasia abrió la boca para responder, pero no hizo falta.

El otro Ramón habló primero.

—Coincidimos en el autobús ayer.

El jefe asintió, satisfecho con la explicación superficial.

—Perfecto. Pues mejor. Así ya no sois desconocidos.

El jefe dio una palmada.

—Bueno, Kasia, lleva esas bebidas antes de que se calienten. Y tú —miró al nuevo Ramón—, ven conmigo. Te enseño dónde guardamos las cajas.

Los dos hombres se alejaron.

Kasia se quedó sola un segundo, respirando hondo, intentando recuperar el control de la bandeja.

Pero su corazón seguía latiendo demasiado rápido.

Y por primera vez desde que empezó el turno, sintió que algo, algo más que el trabajo, acababa de complicarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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