Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ESCALOFRÍO - Capítulo 39

  1. Inicio
  2. ESCALOFRÍO
  3. Capítulo 39 - Capítulo 39: Lo que callamos
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 39: Lo que callamos

Las chicas le contaron a Ramón que esa misma tarde empezarían a trabajar como camareras. Él dejó de mover el palillo sobre el plato de patatas bravas y frunció el ceño, como si la noticia le hubiera obligado a recalcular algo importante. Apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia ellas, anclando la conversación antes de que se les escapara de las manos.

—¿Vosotras dos? —preguntó con un tono que sonaba demasiado a hermano mayor—. ¿Lo decís en serio? Pero si no tenéis experiencia, ni habéis trabajado nunca. Este bar se pone hasta arriba de gente… No sería mejor empezar por la cafetería del campus, ir soltándoos un poco…

Ana abrió los ojos, ofendida, aunque en su gesto también había un brillo juguetón.

—Vaya. No confías nada en nosotras. ¿Crees que no sabemos coger vasos, botellines o platos?

Kasia los observaba desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa ladeada y tranquila, dando pequeños sorbos a su cerveza como si estuviera viendo una obra de teatro que ya sabía cómo terminaba.

—No es eso, Ana —interrumpió Ramón, levantando una mano—. Mira a tu alrededor. La gente no tiene paciencia. Cuando pedimos algo, lo queremos al momento.

—Ah, vale —replicó Ana, cruzándose de brazos—. Que nos estás llamando lentas.

Ramón soltó un suspiro, uno de esos que parecen pedirle al universo un poco de ayuda.

—A ver, Ana… Cuando hemos quedado tú y yo para desayunar, ¿quién ha cogido siempre las tazas y los platos porque decías que temías que se te cayesen por el camino?

El comentario cayó en la mesa como una piedra en un estanque. Kasia parpadeó, sorprendida, y dejó la copa a medio camino de los labios.

—¿Cuándo habéis quedado para desayunar?

La pregunta de Kasia cayó como un cubo de agua fría. Ramón se quedó quieto, completamente inmóvil, como si alguien hubiera apagado el interruptor de su cerebro. No sabía si acababa de meterse en un problema o si ya llevaba un rato dentro sin darse cuenta. Sus ojos buscaron a Ana con una súplica muda, casi infantil.

Ana captó la señal al instante. Enderezó la espalda, respiró hondo y habló con una naturalidad tan bien ensayada que parecía llevar días preparándola.

—Sí, quedamos un par de veces —dijo, sin titubear—. Para que me aconsejara sobre el vídeo que grabaron antes de empujar al chico. No te dijimos nada para no preocuparte. Ya tenías bastante con lo de tu padre.

Lo dijo con seguridad. Pero había algo más, algo que no dijo. Algo que se quedó atrapado detrás de sus dientes.

Por supuesto, no mencionó que echaba de menos esos desayunos con él.

No dijo que, durante esos desayunos, se había descubierto a sí misma deseando que no terminaran.

No quería que ninguno de los dos —ni Ramón, ni Kasia— se diera cuenta de los sentimientos que llevaba escondiendo desde hacía días. No quería que se notara en su voz, ni en sus mejillas, ni en la forma en que había salido en su defensa sin pensarlo.

Así que se limitó a sonreír, a sostener la mentira piadosa que protegía a todos, menos a ella.

Kasia los miró a ambos. Su expresión no era de enfado, pero sí una sombra de decepción, casi imperceptible. Le hubiera gustado estar al tanto de lo que le pasaba a su amiga. No era celos ni desconfianza: era esa sensación de quedarse fuera de algo importante sin que nadie lo pretendiera.

Confiaba plenamente en Ramón. Entre ellos había crecido un amor extraño, frágil y resistente a la vez, un vínculo que había sobrevivido a cosas que ninguna pareja debería enfrentar. Sabía que él también estaba preocupado por Ana, que la cuidaba a su manera, que intentaba protegerla de aquello que la seguía desde hacía días. Aquello que, en el fondo, también quería separarlos a ellos tres.

Ramón bajó la mirada hacia la mesa, moviendo distraídamente una servilleta arrugada entre los dedos, como si necesitara algo que hacer con las manos para no delatarse. No le gustaba ocultarle nada a Kasia. Nunca. Pero Ana tenía razón: ninguno de los dos quería cargarla con más preocupaciones. No ahora. No con todo lo que ya llevaba encima.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso, como si los tres estuvieran escuchando algo que no se había dicho todavía. Un pensamiento suspendido en el aire, esperando a que alguno se atreviera a nombrarlo.

—Ya sé por qué no te parece bien —dijo Ana al fin, rompiendo el silencio como quien lanza una piedra a un estanque quieto—. Lo que te pasa es que no quieres ver a Kasia en minifalda, rodeada de tantos chicos por aquí que puedan tirarle los tejos.

La frase quedó suspendida un segundo, demasiado directa, demasiado afilada.

Kasia, que justo estaba dando otro sorbo a su cerveza, se atragantó. El líquido se le escapó por la comisura de los labios y terminó salpicando su jersey. Se quedó inmóvil, roja al instante, como si alguien hubiera encendido un interruptor bajo su piel.

—¡Ana! —exclamó, intentando limpiarse con la manga, sin éxito.

Ramón abrió los ojos como si le hubieran dado un golpe invisible. Se incorporó en la silla, sorprendido, defensivo, casi indignado… pero no del todo. Había algo en su expresión que lo traicionaba: un parpadeo demasiado lento, un gesto que no llegó a tiempo para ocultarse.

—Pero qué dices —balbuceó, llevándose una mano a la nuca—. No tiene nada que ver con eso.

Ana lo miró con una ceja levantada, disfrutando un poco más de la situación de lo que debería.

—Ajá. Claro. Nada que ver.

Kasia seguía roja, ahora más por la frase que por la cerveza. Se inclinó hacia la mesa, intentando recomponerse, secándose el jersey con movimientos torpes.

Ramón tragó saliva. El bar seguía rugiendo a su alrededor: conversaciones superpuestas, vasos chocando, la cafetera bufando al fondo. Y aun así, entre ellos tres se había formado un pequeño vacío, un silencio que lo obligaba a escucharse a sí mismo.

No era algo que él hubiera pensado. No de forma consciente. Pero Ana tenía razón: la idea de Kasia rodeada de chicos, de miradas insistentes, de manos que se acercan demasiado al pedir una copa… le pinchó por dentro. Un pellizco rápido, inesperado, casi incómodo. Celos. La palabra le cruzó la mente como un destello que preferiría no haber visto.

Pero entonces miró a Kasia.

Y lo entendió de otra manera.

Ella también estaba inquieta. No por los chicos del bar. No por la minifalda. Por eso otro. Por lo que la seguía desde hacía días, lo que ninguno de los dos sabía nombrar del todo. Y de pronto, la idea de que Kasia estuviera rodeada de gente, de ruido, de movimiento constante… no sonaba tan mal. Podía servir. Podía despistar. Podía darle un respiro.

Kasia levantó la mirada justo en ese momento, como si hubiera llegado a la misma conclusión. Sus ojos buscaron los de Ramón, y en ese cruce hubo un reconocimiento silencioso, una especie de pacto improvisado. No hacía falta decirlo. Los dos lo habían pensado.

Y entonces, sin saber quién empezó, los dos rompieron a reír. Una risa nerviosa, liberadora, casi absurda después de tanta tensión.

Ana los miró, primero confundida, luego divertida, y terminó contagiándose al instante. Su carcajada se sumó a las de ellos, llenando el hueco que había dejado el silencio anterior.

Por un momento, los tres ríen como si nada raro estuviera pasando. Como si fueran solo amigos en un bar, planeando trabajos temporales y diciendo tonterías.

Por un momento, todo pareció normal.

Cuando Ana pidió la cuenta, Ramón insistió en pagar. Lo hizo con ese gesto rápido y casi automático que usaba cuando quería evitar discusiones, aunque Ana ya estaba abriendo la boca para protestar. No le dio tiempo.

El camarero se acercó con el ticket en una mano y, en la otra, un pequeño montón de ropa doblada. Sonreía con esa mezcla de prisa y rutina de quien lleva demasiadas horas de pie.

—Chicas, este es el uniforme —anunció, dejando el ticket frente a Ramón y las prendas frente a ellas.

Sobre la mesa quedaron dos camisetas negras de manga corta, con el nombre del bar estampado en la espalda en letras blancas, y dos faldas ceñidas, más cortas de lo que cualquiera habría considerado razonable para trabajar cargando bandejas.

Ana arqueó una ceja. Kasia tragó saliva.

—Tenéis que estar aquí a las 17:00 —continuó el camarero, ajeno a sus reacciones—. Sed puntuales, el jefe lo valora mucho.

Y se marchó antes de que pudieran responder.

Ana levantó una de las faldas con dos dedos, como si temiera que fuera a morderla.

—¿Esto… es legal?

Kasia no dijo nada. Miraba la ropa como si fuera un disfraz que no había pedido. Ramón, por su parte, sintió un nudo extraño en el estómago: una mezcla de preocupación, celos y esa otra cosa que no sabía nombrar, la que tenía que ver con lo que seguía a Kasia desde hacía días.

Pero no dijo nada. No todavía.

Ana dejó caer la falda sobre la mesa con un suspiro teatral.

—Bueno… al menos el negro combina con todo.

Kasia soltó una risa nerviosa. Ramón la miró, intentando descifrar si estaba realmente tranquila o solo fingía. Y por un instante, los tres quedaron en silencio, observando el uniforme como si fuera un presagio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo