ESCALOFRÍO - Capítulo 41
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Capítulo 41: Ramón, Ramón
Kasia se cruzó con Ana justo en la entrada al interior del bar. Ambas llevaban la respiración entrecortada, el pelo pegado a la frente y esa mezcla de sudor y perfume barato que solo aparece cuando llevas dos horas corriendo sin parar.
—Ramón está en la última mesa de mi zona —le dijo Kasia. —. Ha venido para apoyarnos en el debut.
Ana sonrió con una chispa de alivio.
—Luego me paso a verle —respondió, secándose la frente con el dorso de la mano—. Si no me muero antes, claro. Estoy hecha polvo.
Kasia soltó una risa breve. También estaba agotada. Las piernas le temblaban, los brazos le ardían. No habían parado ni un solo segundo desde que empezaron, y ya eran las siete de la tarde. La terraza estaba a reventar, el interior igual, y cada vez que pensaban que ya no podía entrar más gente… entraba otra mesa.
Ana miró alrededor, desesperada.
—¡Es que nadie se ha quedado a estudiar esta tarde, joder! —Se quejó, medio riéndose.
Kasia estalló en una carcajada sincera. Pero la risa se cortó de golpe cuando sintió una presencia justo a su lado.
Ramón, el nuevo camarero.
Estaba tan cerca que Kasia sintió el calor de su respiración en la mejilla. Cuando giró la cabeza, él ya la estaba mirando.
La miraba como si la estuviera evaluando.
—Te ríes mucho —dijo él, con una voz baja, casi ronca.
Ana, que no había notado nada, siguió su camino hacia la terraza, cargando una bandeja que parecía a punto de desbordarse.
Kasia tragó saliva.
—Solo… cosas de Ana —respondió, intentando recuperar el aire.
Ramón ladeó la cabeza, estudiándola.
—Antes parecías más callada.
Ella sintió un pinchazo en el pecho. No sabía si era incomodidad o simplemente el cansancio acumulado. Pero algo en la forma en que él la observaba le hacía querer retroceder. O desaparecer.
Intentó dar un paso atrás, pero chocó con una silla.
—Tengo que servir esto —murmuró, levantando la bandeja como excusa.
—Te acompaño —dijo él, sin apartar la mirada.
—No hace falta —respondió ella demasiado rápido.
Él sonrió. Una sonrisa pequeña, torcida.
—Solo intento ayudar.
Antes de que Kasia pudiera reaccionar, la voz del jefe tronó desde la barra:
—¡Ramón! ¡Ven un momento!
El muchacho tardó un segundo en moverse. Un segundo demasiado largo. Luego se giró, pero antes de alejarse, murmuró sin mirarla:
—Luego seguimos hablando.
Kasia sintió ese estremecimiento recorrerle la columna, como si alguien le hubiera pasado un dedo helado por la espalda.
Ana reapareció un instante después, con la respiración acelerada.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó, viendo la cara de Kasia.
—Nada. —Mintió ella, aunque su mano seguía temblando sobre la bandeja.
Ana no insistió. Tenía tres mesas esperando y un dolor en los gemelos que la estaba matando.
—Voy a ver a nuestro Ramón —dijo—. A ver si me anima un poco.
Kasia sonrió, cuando salió a la terraza, vio a Ramón levantando la mano para saludarla desde el fondo. Por un instante, sintió alivio.
Pero al girarse para dejar unas bebidas en otra mesa, lo vio.
El nuevo camarero mirándola. Sin parpadear.
Sin expresión.
Como si ya hubiera decidido algo sobre ella.
Ana salió a la terraza con la bandeja apoyada en la cadera, respirando como si acabara de subir tres pisos sin ascensor. Se acercó a la mesa de Ramón con una sonrisa.
—Hola, guapo. ¿Quieres tomar algo?
Ramón levantó la vista y como si necesitara un pequeño empujón para hacer algo que llevaba rato pensando.
—Tráeme un botellín —dijo al fin—. Uno con alcohol, por favor.
Ana arqueó una ceja.
—¿Seguro?.
—Hoy me lo he ganado —respondió él, riéndose—. Y vosotras también. ¿Qué tal vais?
Ana miró hacia atrás, asegurándose de que el jefe no la veía. Luego, sin pensarlo demasiado, se dejó caer en la silla junto a él. El suspiro que soltó fue casi un gemido.
—Madre mía… tengo los pies deshechos. No he andado tanto en mi vida. Desde luego prefiero estar en tu lado que trabajando.
Ramón soltó una carcajada.
—Pues esta mañana estabas muy sobrada.
—Ya, bueno… —Ana se masajeó un gemelo bajo la mesa—. Una cosa es decirlo y otra vivirlo.
Ramón la miró con una mezcla de ternura y diversión. Ana lo notó. Siempre lo notaba. Y aunque lo tenía asumido —él estaba colado por Kasia, no por ella—, había algo en esa mirada que la hacía quedarse un segundo más de lo necesario.
—Oye —dijo ella, intentando sonar casual—, tú que eres abogado…
—Todavía no lo soy —la corrigió él, sonriendo—. Me faltan dos años.
—Ya, ya, bueno… —Ana agitó la mano, restándole importancia—. ¿Las camareras no tienen derecho a descansar un minuto?
Ramón se inclinó hacia ella, bajando la voz.
—Creo que sí tienen derecho. Pero no sé si tu jefe piensa igual.
Ana soltó una risa amarga.
—Ese hombre piensa que somos robots. O mulas. O las dos cosas.
—¿Y Kasia? —preguntó Ramón, intentando sonar neutral, pero sin conseguirlo del todo.
Ana lo miró de reojo.
—¿Qué pasa con Kasia?
—Nada. Solo… —se encogió de hombros—. La veo incómoda.
Ramón frunció el ceño.
—¿Ha ocurrido algo?
Ana abrió la boca, pero en ese momento escuchó la voz del jefe:
—¡ANA! ¡LA MESA 6 ESTÁ ESPERANDO!
El sobresalto la hizo levantarse de golpe.
—Voy, voy —respondió ella, recogiendo la bandeja.
Antes de irse, se inclinó un poco hacia Ramón.
—Luego te cuento.
Ramón la siguió con la mirada mientras se alejaba, cojeando ligeramente por el dolor en los pies.
Y cuando Ana desapareció entre las mesas, él volvió a mirar hacia la barra.
El nuevo Ramón seguía allí.
Y esta vez, no estaba mirando a Kasia.
Estaba mirándolo a él.
Ana entró de nuevo en el bar con la bandeja vacía. Se apoyó un instante en la pared, como si necesitara que algo la sujetara, y se acercó a Kasia, que estaba revisando unas comandas con el ceño fruncido.
—Oye —dijo Ana, bajando la voz—, llévale tú un botellín normal a Ramón. Uno con alcohol. No creo que el jefe me deje acercarme otra vez a tu zona… y además, tú necesitas un respiro.
Kasia levantó la vista. Sus ojos estaban cansados, pero había algo más. Algo tenso. Algo que Ana no había visto en ella en todo el día.
—Por cierto —añadió Ana, inclinándose un poco hacia ella—, ¿te pasa algo con el nuevo camarero? ¿Te ha molestado?
Kasia negó con la cabeza demasiado rápido. Demasiado automático. Ana lo notó al instante.
Sin pedir permiso, la agarró suavemente del brazo y la apartó hacia un rincón entre la máquina de hielo y la pared, donde nadie podía escucharlas.
—A ver —dijo Ana, mirándola fijamente—. Dime qué ocurre.
Kasia respiró hondo.
—Realmente nada —murmuró—. Es que… es raro, no me gusta cómo me mira.
Ana entrecerró los ojos y apretó los labios.
—Pues díselo. O se lo digo yo.
Kasia levantó la cabeza de golpe.
—No. Déjalo. Serán… imaginaciones mías.
Ana la observó un segundo más, intentando leer lo que Kasia no decía. Luego asintió, aunque no parecía convencida.
—Vale —murmuró.
Kasia le dedicó una pequeña sonrisa agradecida.
—Llevo yo la cerveza a Ramón.
—Anda, ve. Te vendrá bien verlo un minuto.
Kasia asintió, respiró hondo y volvió hacia la barra para recoger la bandeja.
Pero Ana, mientras se alejaba, no pudo evitar mirar hacia el nuevo camarero.
Él también estaba mirando.
Como si hubiera escuchado cada palabra.
Fuera, Ramón seguía sentado en la mesa del fondo, con la espalda recta y los ojos muy atentos, como si fuese un guardián silencioso.
Entre sorbo y sorbo de cerveza, cuidaba de las chicas y revisaba su móvil. Aún tenía guardada aquella frase que no conseguía sacarse de la cabeza, así que volvió a buscarla en internet.
Los resultados eran un caos: foros, comentarios sueltos, diálogos sin contexto.
Hasta que apareció un vídeo de YouTube.
Un teatrillo en un escenario pequeño, actores aficionados, mala iluminación. Idioma… antiguo, quizá latín. Ramón pulsó. Los actores hablaban demasiado rápido, entre los diálogos creyó escuchar la frase que tenía grabada, la repitió varias veces y activó los subtítulos… y ahí estaba. La frase completa. Solo tenía que traducirla.
Justo cuando iba a copiarla, levantó la vista.
Y vio a Kasia, dentro del bar, sonriéndole.
Una sonrisa pequeña, suave, íntima. Una sonrisa que él sintió como un abrazo a distancia.
Pero no fue el único que la vio.
El camarero recién llegado estaba junto a ella, preparando bebidas. Y cuando Kasia sonrió hacia la terraza, él levantó la cabeza.
Y lo vio.
Su expresión cambió apenas un milímetro. Pero Ramón lo notó. Lo sintió. Como si una sombra hubiera pasado por detrás del cristal.
Kasia levantó la bandeja con las bebidas y los aperitivos. Se dirigió hacia la puerta de la terraza. Ramón se incorporó un poco en su silla, esperando verla aparecer.
Pero antes de que ella cruzara la puerta, el nuevo Ramón se movió.
Pasó a su lado.
Demasiado cerca.
Tan cerca que Kasia se giró, sorprendida.
Y entonces él metió la mano en la bandeja.
Cogió el botellín de cerveza y el aperitivo que iba con él.
—Te quito esto —dijo él, sin mirarla—. Llevas mucho peso. Ya se lo llevo yo.
Y se marchó.
Con la cerveza de Ramón en la mano.
Con el aperitivo de Ramón en la mano.
Con una intención que nadie había pedido.
Kasia se quedó quieta, desconcertada, con la bandeja ahora desequilibrada y un nudo en la garganta.
Ramón, desde la terraza, lo vio acercarse.
Y por primera vez en toda la tarde, sintió algo que no había sentido nunca.
Una alarma.
Una advertencia.
Un presentimiento oscuro.
Como si ese muchacho —ese otro Ramón— no solo hubiera cogido una cerveza.
Si no, algo más.
Algo que no debía.
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