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ESCALOFRÍO - Capítulo 5

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5: El cambio 5: El cambio Kasia espera en una cafetería pequeña, con las manos entrelazadas sobre la mesa mientras aguarda un café y una tostada con aceite y tomate.

Respira hondo, como si cada inhalación fuera un recordatorio de que está a punto de dejar Valdepineda, de alejarse de la seguridad que siempre han representado sus padres adoptivos.

Sabe que con ellos nunca ha tenido miedo real: cada paso nuevo, cada duda, cada caída, siempre ha terminado en sus brazos.

Con ellos, el mundo parece manejable.

Pero ahora, mientras mira por la ventana el movimiento acelerado de la calle, siente un nudo pequeño, casi imperceptible, que late bajo el esternón.

Reconoce esa sensación: esa sombra que a veces regresa, esa inquietud que nunca les ha confesado del todo.

Y si vuelve cuando esté sola, en una residencia desconocida, en una ciudad que no la conoce, ¿cómo reaccionará?

¿Será capaz de sostenerse sin tener a su madre a un lado, sin la mano firme de su padre en el hombro?

Quiere creer que sí, que ya es una mujer que ha alcanzado la mayoría de edad, que crecer implica avanzar aunque tiemble un poco.

Sus padres sentados en la misma mesa, mientras esperan sus desayunos, la observan con ese aire frágil que solo ellos saben leer.

No lo dicen, pero comparten las mismas preguntas que ella.

También ellos se preguntan si su hija podrá con todo, si la ciudad será amable, si la soledad no la herirá más de la cuenta.

Clara, su mentora, les ha dado la dirección de una residencia de estudiantes, un lugar seguro donde Kasia podrá alojarse mientras estudia.

Aun así, la incertidumbre se cuela entre los tres.

La madre la observa primero.

Para ella, Kasia sigue siendo esa muchacha que parece hecha de invierno: piel clara, luz fría en los pómulos, ese cabello rubio que cae como una cortina suave y que cambia de tono según la luz.

Pero lo que más la desarma son los ojos: ese azul pálido, casi transparente, que siempre ha tenido algo de lago profundo.

La madre piensa que su hija parece fuerte, pero también sabe que dentro de esa delicadeza hay un miedo antiguo, uno que nunca ha logrado descifrar del todo.

Y ahora, al verla a punto de marcharse, siente que ese miedo podría despertar lejos de casa, sin nadie para abrazarla.

El padre, en cambio, la mira con una mezcla de orgullo y desasosiego.

Para él, Kasia es una joven que se mueve con cuidado, como si temiera romper algo, pero también reconoce en ella una resistencia que no siempre muestra.

Recuerda sus botas gastadas, sus jerséis sencillos, su forma de caminar sin llamar la atención.

Piensa que su hija siempre ha preferido los márgenes, la observación silenciosa, y que quizá por eso le cuesta más imaginarla en una ciudad llena de ruido y desconocidos.

Pero también sabe que ella no retrocede, que cuando algo importa de verdad, Kasia avanza, aunque le tiemblen las manos.

Los tres se miran, y por un instante, el mundo parece detenerse.

Kasia sonríe, pero sus padres perciben la tensión en esa sonrisa.

Ella intuye que ellos también tienen miedo, aunque no lo digan.

Y en ese reconocimiento compartido, en ese silencio lleno de amor y dudas, se forma algo nuevo: la certeza de que, aunque se marche, aunque crezca, aunque enfrente sola lo que venga, ese vínculo no se rompe.

Solo cambia de forma.

Y en el fondo de sus ojos azul pálido, si uno mira con atención, asoma ese cambio: una grieta luminosa en el hielo, un temblor que anuncia que está lista para empezar, incluso con miedo.

La residencia estudiantil se alza en una calle tranquila, a pocos minutos de la Universidad de Salamanca.

Es un edificio antiguo, de fachada ocre y balcones estrechos, reformado lo justo para resultar funcional sin perder ese aire académico que impregna toda la ciudad.

En el vestíbulo se mezclan voces jóvenes, maletas arrastrándose, olor a café barato y carteles de actividades pegados en un tablón que parece llevar décadas allí.

Para los padres, el lugar transmite cierta seguridad: puertas robustas, pasillos iluminados, un ambiente que recuerda a un internado serio.

Para Kasia, en cambio, todo despierta una curiosidad nueva, casi infantil, que lucha contra el temblor que aún late en su interior.

Suben al segundo piso por unas escaleras de piedra pulida.

El pasillo es largo, con puertas numeradas y un murmullo constante detrás de ellas.

Cuando llegan a la habitación asignada, la puerta ya está entreabierta.

Dentro, la estancia muestra su sencillez sin disimulo: dos camas paralelas en el centro, separadas por dos escritorios pegados a la única ventana, que deja entrar una luz suave de media tarde.

A cada lado de las camas, una mesilla pequeña con lámparas idénticas.

El baño, al fondo, incluye una ducha estrecha, un lavabo y un armario grande para productos de aseo.

No tiene ventana, solo un extractor que funciona con desgana, dejando un olor húmedo, ligeramente rancio, que Elena nota al instante.

En la habitación también hay dos armarios roperos modestos y un par de estanterías de pie, listas para llenarse de libros y apuntes.

La compañera de cuarto, una chica morena de rostro redondeado y expresión cansada, está medio tumbada en su cama, con el móvil en la mano.

Levanta la vista cuando entran, y su mirada oscila entre la curiosidad y la molestia.

No esperaba visitas, y mucho menos a unos padres que inspeccionan cada rincón como si evaluaran un quirófano.

Ella también pensaba que tendría la habitación para sí sola; se lo habían insinuado al hacer la matrícula.

Ahora, al ver a Kasia, intuye que su tranquilidad se ha terminado.

Kasia la observa con atención.

La muchacha es muy distinta a ella: más segura en apariencia, más terrenal, con una forma de mirar que parece medirlo todo.

Kasia siente un pequeño sobresalto, no de miedo, sino de compartir espacio con alguien desconocido la inquieta, pero también la atrae.

Es un cambio, un paso hacia esa vida que quiere construir.

Elena, mientras tanto, recorre la habitación como si fuera una inspectora.

Abre el baño, huele el aire, mira la ducha, toca el extractor.

No es un mal sitio, piensa, pero tampoco es el hogar.

Y en su mente surge de inmediato la necesidad de dar instrucciones.

—Tendréis que ventilar bien —dice, aunque no haya ventana—.

Y hacer turnos para limpiar la ducha cada día, que estas cosas se llenan de humedad enseguida.

La compañera de Kasia arquea una ceja, incrédula.

Kasia asiente, divertida.

Mateo, más silencioso, mira la habitación con una mezcla de alivio y nostalgia.

No es grande, pero es suficiente.

No es perfecta, pero es segura.

Y aun así, mientras observa a su hija, siente un pellizco en el estómago: esa niña que siempre ha necesitado un abrazo antes de dormir, ahora va a enfrentarse a noches sin ellos.

Y aunque confía en su fortaleza, una parte de él teme que esa sensación que a veces la ha paralizado vuelva cuando esté sola.

Elena, sin decirlo, piensa exactamente lo mismo.

Esa inquietud que Kasia siempre ha escondido, ese temblor que parecía haber desaparecido… ¿Y si no se ha ido del todo?

¿Y si regresa en un momento inoportuno, cuando nadie pueda sostenerla?

Su instinto de madre se activa con fuerza.

—Dame los números de teléfono —dice de pronto, con una firmeza que sorprende incluso a ella misma—.

El tuyo, el de la residencia, el de la chica, el de la tutora… todos.

Por si pasa algo.

La compañera parpadea, incómoda.

Kasia se ruboriza, pero obedece.

Sabe que su madre no lo hace por control, sino por miedo.

Un miedo que ella misma comparte, aunque no lo admita.

La otra chica, desde su cama, piensa que la nueva compañera parece frágil, demasiado frágil para una ciudad como Salamanca.

Kasia, mientras guarda su móvil de nuevo, mira a sus padres.

En sus rostros lee la preocupación que intentan ocultar.

Y en ese instante, entre el olor del extractor, la luz de la ventana y la presencia silenciosa de la otra muchacha, comprende que este es el comienzo real.

Que el miedo no desaparece, pero tampoco la emoción.

Que crecer es esto: avanzar aunque duela un poco.

Y en el fondo de sus ojos azul pálido, si alguien mirara con detenimiento, vería cómo esa grieta luminosa en el hielo se ensancha aún más, dejando pasar algo nuevo.

Kasia se despide de sus padres en el pasillo estrecho de la residencia.

La madre le acaricia la mejilla con un gesto que intenta ser ligero, pero que tiembla.

El padre la abraza con fuerza, como si quisiera memorizar su forma.

—En el maletero está tu peluche —le susurra—.

Si quieres, te lo subo.

Kasia ríe, pone los ojos en blanco y finge seguridad.

—No hace falta, papá.

Ya soy mayor.

Pero mientras los ve alejarse por el pasillo, nota el peso secreto de su muñeca oculta en la mochila.

La única que nunca la ha abandonado en los momentos difíciles.

Y cuando la puerta se cierra, un escalofrío le recorre la espalda.

No sabe si es emoción, miedo… o algo más antiguo, algo que creía haber dejado atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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