ESCALOFRÍO - Capítulo 6
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6: Miedo 6: Miedo Kasia se quedó rígida, clavada en el suelo, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto sólido.
La habitación, con su luz tenue y el zumbido cansado del extractor del baño, parecía contener la respiración con ella.
Un estremecimiento le había recorrido la espalda segundos antes, tan fino y tan frío que la dejó con la sensación de que algo o alguien había pasado demasiado cerca.
Sus oídos se tensaron, atentos a cualquier crujido, cualquier roce, cualquier señal que confirmara que algo horrible iba a suceder.
El silencio se volvió espeso, casi húmedo, como si la residencia entera aguardara algo.
Entonces, escuchó un grito.
Un chillido agudo, desgarrado, que se filtró por la rendija de la ventana como una cuchilla.
Kasia dio un respingo, el corazón, golpeaba su pecho con violencia.
Durante un instante, la habitación se volvió más oscura, más estrecha.
Le faltaba el aire y hasta creyó que se desmayaría.
Buscó en el bolsillo del abrigo su teléfono, dispuesta a llamar a sus padres, marcó el número, mientras corrió hacia la ventana para apartar la cortina de un tirón.
Abajo, en la acera, una chica estaba de rodillas, recogiendo a toda prisa los objetos que se escapaban de una mochila rota: cuadernos, bolígrafos, un estuche abierto.
Su respiración agitada explicaba el grito.
Nada más.
Un alivio tibio se deslizó por el cuerpo de Kasia, aflojándole los hombros.
No había peligro.
No había nada extraño.
Solo una estudiante torpe, una mochila vieja y un susto.
Y aun así, mientras dejaba caer la cortina, la sensación persistía, como si el escalofrío no hubiera sido fruto de la novedad… sino una advertencia que todavía no sabía interpretar.
Kasia no se movió, se quedó mirando el tejido oscuro que colgaba de la barra, como si esperara que algo la atravesara desde el otro lado.
Su respiración seguía acelerada, aunque intentaba controlarla.
No quería parecer una niña asustada.
No quería ser la rara de la residencia.
Aun así, el silencio que volvió a instalarse en la habitación no era el mismo de antes.
Era más denso.
Más atento.
Kasia tragó saliva y se obligó a mirar el teléfono.
La pantalla seguía encendida, iluminando su mano con un brillo pálido, entonces cortó la llamada sin percatarse de que al otro lado de la línea su madre había contestado y dejó caer el móvil encima de la que sería su nueva cama.
Pensó en salir al pasillo y comprobar que todo estaba bien.
Que eran los nervios, la novedad de su nueva realidad, pero no lo hizo.
Entonces, un golpe seco resonó en el pasillo.
No un grito.
No un portazo.
Algo más pequeño.
Más contenido.
Como si alguien hubiera dejado caer un objeto… o hubiera tropezado.
Kasia levantó la cabeza, los ojos muy abiertos.
—¿Hola?
—escuchó.
Estaba tan concentrada en lo que sentía que obvio quién le hablaba.
El extractor del baño volvió a zumbar, arrastrando el aire como si respirara por ella.
Kasia dio un paso hacia la puerta, despacio, sintiendo cómo el suelo frío se filtraba a través de sus calcetines.
Cada sombra de la habitación parecía más larga, más afilada.
Otro sonido.
Un roce más áspero.
Justo al otro lado de la puerta.
Kasia se quedó inmóvil, con la mano suspendida a pocos centímetros del pomo.
El corazón le latía tan fuerte que le dolía.
Intentó convencerse de que era alguien de la residencia, quizá la chica de la mochila rota subiendo las escaleras.
O alguien que había salido del baño.
O cualquier cosa normal.
Pero había algo en ese roce… algo irregular, como si no perteneciera a un movimiento humano.
Como si algo estuviera arrastrándose.
Kasia retrocedió un paso.
El pomo de la puerta vibró.
Solo un milímetro.
Apenas perceptible.
Pero se movió.
Kasia contuvo el aliento.
El extractor se detuvo de golpe, como si alguien lo hubiera desenchufado.
Y en ese silencio absoluto, una voz susurró desde el pasillo, tan baja que Kasia no supo si la había oído con los oídos o con la piel:
—Kasiaaa…
Kasia noto como su piel se erizaba, como su cuerpo se congelaba al paso del escalofrío que subía por su espalda y se agarraba con fuerza a su cuello y justo en ese momento su compañera de habitación, que la había estado observando la agarró del brazo mientras le hablaba: —¡Eh tú!
Kasia dio un respingo tan brusco que casi se le escapó un grito.
El contacto de aquella mano cálida en su brazo contrastó con el frío que aún le recorría la piel, como si su cuerpo tardara en recordar que estaba en una habitación normal, con una persona normal, y no sola frente a… lo que fuera que había sentido al otro lado de la puerta.
La voz de la chica sonó suave, casi tímida.
—Hola, ¿estás bien?
Soy Ana… ¿Y tú?
Kasia parpadeó varias veces, intentando que su respiración volviera a un ritmo razonable.
La presencia de Ana llenaba la habitación de una normalidad que, sin embargo, no terminaba de asentarse.
Como si la realidad hubiera vuelto, sí, pero con un pequeño desfase.
—Kasia —respondió al fin, con un hilo de voz—.
Perdona… me asustaste.
Ana ladeó la cabeza, estudiándola con una mezcla de curiosidad y preocupación.
Sus ojos eran grandes, oscuros, y parecían demasiado atentos, como si intentaran leer algo más allá de las palabras.
—Te vi desde mi cama —dijo—.
Te quedaste quieta, como si hubieras visto un fantasma.
Kasia tragó saliva.
No quería sonar ridícula.
No quería admitir que había oído su nombre susurrado desde un pasillo vacío.
No quería darle forma a algo que quizá solo había sido su imaginación.
—Solo… me sobresaltó un ruido —mintió, o intentó mentir.
Ana no pareció convencida.
Dio un paso más cerca, sin soltarle el brazo.
—¿Un ruido?
—repitió, bajando la voz—.
¿Qué tipo de ruido?
Aquí, te vas a hartar de ruidos
Kasia abrió la boca para responder, pero entonces lo oyó.
Un golpecito.
Muy suave.
Como si algo tocara la puerta desde el otro lado.
Ana también lo escuchó.
Su mano se tensó sobre el brazo de Kasia.
—¿Eso fue…?
—susurró.
El golpecito se repitió.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y luego, un susurro, tan fino que parecía deslizarse por debajo de la madera:
—Kasia…
La habitación se quedó sin aire.
Ana la miró, pálida.
—¿Quién… quién está ahí?
El pasillo no respondió.
Pero algo, al otro lado, parecía estar esperando.
Kasia y Ana se quedaron inmóviles, tensas como dos cuerdas a punto de romperse.
El golpecito volvió a sonar, esta vez acompañado de un carraspeo humano, muy humano, que contrastaba de forma casi absurda con el terror que les había recorrido la espalda segundos antes.
—¿Señorita Kasia Binder?
—preguntó una voz femenina, firme pero algo cansada—.
Abra, por favor.
Soy la secretaria del campus.
Ana soltó el aire de golpe, como si hubiera estado conteniéndolo desde hacía demasiado tiempo.
Kasia, en cambio, tardó un segundo más en reaccionar.
Su cuerpo seguía rígido, como si la lógica aún no hubiera alcanzado a su instinto.
La secretaria volvió a llamar, esta vez con los nudillos, un toque rápido y administrativo, sin misterio alguno.
—Sus padres han llamado varias veces —continuó la voz—.
Querían asegurarse de que está instalada en la habitación correcta.
Solo necesito verificarlo y dejar constancia en el sistema.
Kasia sintió cómo la vergüenza se mezclaba con el alivio.
Sus padres.
Por supuesto.
Ellos eran perfectamente capaces de llamar diez veces al campus si creían que algo podría ocurrirle.
Y ella, echando un vistazo a su teléfono móvil, vio las tres llamadas pérdidas de su madre.
Ana la miró con una ceja levantada, como diciendo ¿ves?, aunque su respiración aún estaba acelerada.
Kasia se acercó a la puerta, pero antes de tocar el pomo, dudó.
No por miedo, sino por el eco del susurro que había escuchado antes.
Ese Kasia que no sonaba a secretaria, ni a nadie que conociera.
Ana notó su vacilación.
—Tranquila —dijo con una sonrisa divertida—.
Si fuera algo raro, no se sabría tu nombre completo.
Kasia asintió, aunque no estaba del todo convencida.
Aun así, giró el pomo.
La puerta se abrió, revelando a una mujer de unos cincuenta años, con gafas al borde de la nariz, una carpeta en la mano y el gesto de alguien que lleva demasiadas horas lidiando con estudiantes despistados y padres ansiosos.
—Buenos días, Kasia —dijo con un suspiro amable—.
Tus padres estaban realmente preocupados, y me han llamado varias veces ¿Puedo pasar un momento?
Kasia se apartó para dejarla entrar.
La secretaria avanzó unos pasos, revisando la habitación con la mirada profesional de quien ha hecho esto, cientos de veces.
—Veo que ya estás instalada —comentó—.
Perfecto.
Solo necesito tu firma aquí.
Cualquier problema, me puedes encontrar al final del pasillo.
Mientras Kasia tomaba el bolígrafo, Ana se cruzó de brazos, aún inquieta.
La secretaria, sin embargo, no parecía notar nada extraño.
Todo en ella era normalidad, rutina, burocracia.
Pero cuando Kasia firmó y la mujer se giró, salió de la habitación para marcharse, algo ocurrió.
La luz del pasillo parpadeó.
Solo un instante.
Un destello breve, casi imperceptible.
Pero suficiente para que Kasia viera, detrás de la secretaria, al fondo del pasillo… una sombra que no coincidía con ninguna figura humana.
Una sombra que parecía demasiado alta.
Demasiado quieta.
Demasiado consciente.
Y cuando la luz volvió a estabilizarse, la sombra ya no estaba.
La secretaria sonrió, ajena a todo.
—Gracias, Kasia.
Tus padres se quedarán más tranquilos.
Kasia tragó saliva.
Ella no estaba tan segura.
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