EtherSoul: Misterios de Akuaris - Capítulo 1
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1: RAMON NAVA(JA)S 1: RAMON NAVA(JA)S 2084 Resulta que, lejos del centro de Valencia —capital de Akuaris—, está Salinas, que forma parte de la provincia capital pero hace frontera con Lagos.
Seguro conoces un lugar como Lagos; todos los países lo tienen.
Por alguna razón, los ostentosos de estilo de vida tienden a lindar con los pobres.
Mucho se jactan de este asco y el peligro que supone, pero ahí se quedan.
A pocos metros de que la carretera cruce esa línea imaginaria que divide Valencia y Lagos, en una esquina donde ya se nota la humildad, hay un señor entrado en años sentado en una silla de plástico.
Lleva una guayabera planchada pero manchada, una pantaloneta muy vieja y unas sandalias nuevas.
Está bajo una sombrilla, vendiendo periódicos, escuchando música en una radio y oliendo la brisa del mar.
TITULAR: Gran mafioso Parvaromano escapa con un ¡BOOM!
del cuartel de la Sagrada Arboleda en Nueva Caracas.
En la radio suena: «Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar con el tumbao’ que tienen los guapos al caminar.
Las manos siempre en los bolsillos de su gabán pa’ que no sepan en cuál de ellas lleva el puñal.
Usa un sombrero de ala ancha de medio lao’ y zapatillas por si hay problemas salir volao’.
Lentes oscuros pa’ que no sepan qué está mirando y un diente de oro que, cuando ríe, se ve brillando».
— Blades, R.
(1978).
Pedro Navaja [Canción].
En Siembra.
Fania Records.
La música empezó a opacarse poco a poco por el estallido constante de un cañón de arma y el estruendo del motor de un Jeep.
No era raro en esta zona tan cercana a Lagos escuchar esas cosas, incluso a las diez y media de la mañana.
Quizá lo que más llamaba la atención era el sonido del motor: la gente que puede permitirse un carro no suele traerlo a zonas donde se lo podrían robar.
Pero seguía siendo la frontera con Lagos, y lo que te enseña el suburbio es que el límite de lo que puede pasar en un día solo existe en la imaginación.
— ¡ESTOS HIJUEPUTAS CHAPAS SON COMO CUCARACHAS!
— En el asiento del copiloto del Jeep, que en ese momento tomaba la curva hacia Lagos a toda velocidad —casi saltando—, estaba Daemon: un joven de cabello café oscuro, lacio, con mechas azul metálico, recogido hacia atrás con una bandana celeste.
Llevaba una bividí blanca, un calentador negro, zapatos deportivos blancos recién ensuciados y un suéter atado a la cintura.
En sus manos relucían dos pistolas Desert Eagle calibre .50 bañadas en oro, que cumplían su función.
¡Bang!
¡Bang!
— ¡FAUSTO, MÁS RÁPIDO, COÑO!
— ¡Cállate esa trompa, marico!
¿Quieres que se voltee este hijueputa carro?
— En el asiento del piloto, Fausto: cabello negro, lacio y largo hasta la cintura.
También vestía bividí, con un calentador azul oscuro y zapatos deportivos negros.
En la parte trasera del Jeep verde oscuro iba un joven que, a diferencia de los otros dos —de pinta veinteañera—, parecía mucho más joven.
A pesar de su apariencia ruda y algo brusca, no pasaba de los dieciséis años.
Ramón Navas se llamaba.
Alto, de un metro ochenta, cabello ondulado negro con el flequillo (y un poco más) teñido de blanco.
Vestía una chompa gris oscuro, un cargo jean del mismo color —que se notaba ligeramente más oscuro por el material— y unos zapatos deportivos negros.
A gran velocidad, impulsados por técnicas básicas militares de Impulso Vendaval, dos miembros de La Sagrada Arboleda —la policía/milicia de Akuaris— perseguían a los prófugos.
David Fernández: Joven blanco, cabello color cenizo, armado con un martillo lucerna.
Sin casco.
Juan García: Piel morena, cabello negro, empuñando un mazo de arma.
Con casco.
— Se nos van a ir.
Estamos entrando en carretera —advirtió Juan, alzando su arma mientras calculaba la trayectoria.
Su plan: quebrar el suelo en un área amplia para volcar el Jeep.
David le agarró la muñeca con firmeza.
— Baja eso.
No es necesario.
Se colocó en posición de salto con pértiga, la punta de su lucerna clavada en el pavimento.
— Están estabilizando el vehículo ahora que la carretera es recta…
Usó el arma como impulso para elevarse.
En el aire, apuntó hacia Daemon, quien asomó la cabeza para disparar.
[Lanza Cohete]: Una explosión seguida de un torrente de viento lo aceleró hacia Daemon, trayectoria directa a empalarlo.
Pero solo ensartó una bandana rasgada en la punta de su arma.
Al volverse, vio la puerta del Jeep entreabierta y a su objetivo, vivo, encaramado en el techo, apuntándole con una de sus Desert Eagle.
David adoptó una postura encogida, convirtiéndose en un blanco más pequeño, y cruzó los antebrazos —cubiertos por armadura— concentrando toda su [Barrera] allí.
Daemon, con la frente rasgada y el rostro empapado en sangre, disparó.
El impacto de la bala lanzó a David en diagonal hacia el suelo, mientras el Jeep aceleraba, dejándolo atrás en segundos.
Juan detuvo la persecución en seco para acercarse a David e inspeccionar su estado.
— ¿David?
David yacía en el suelo, brazos abiertos pero consciente.
Al escuchar a su compañero, se incorporó.
— Eso no es cualquier pistola.
No me atravesó, pero mira.
— Alzó su antebrazo derecho, mostrando cómo la bala había perforado la placa de acero y destrozado el Kevlar subyacente.
Sacudió el brazo.
— Me duele como la mil mierda…
¿Qué coño fue eso?
Por suerte usé Bullet Deflection.
— Lo sabrías si leyeras los informes.
— Juan respondió fríamente mientras observaba el vehículo que seguía alejándose.
— Son armas de alto calibre, probablemente conservadas desde hace setenta años.
Del tipo que mata a un oso como un zapato aplasta una hormiga.
— ¡¿Y ese loco tiene DOS?!
Mientras tanto, en el Jeep, Daemon bajaba del techo y cerraba la puerta.
Miró a Ramón, que seguía sentado atrás.
— Te toca.
Ramón asintió, tomó una botella de agua de su mochila, llenó la boca y asomó la cabeza por la ventana.
[Aliento Elemental: Bruma]: Al expulsar el agua, la evaporó al instante, creando una densa cortina de vapor que envolvió el vehículo y se expandió rápidamente por la carretera.
Ramón tosió.
— Con eso deberíamos haberlos perdido.
— Esos son aniñados.
Una vez entremos en Lagos, dejarán de perseguirnos.
— Daemon soltó una risotada mientras intentaba vendarse la frente con su suéter.
— Daemon, arriesgas demasiado el culo.
— Fausto añadió con evidente hartazgo.
— Hmm.
— Daemon esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
— ¿Será?
Ramón entró a la bodega de una patada a la puerta, las manos ocupadas con dos bolsas repletas de joyas y dinero.
Al adentrarse, vio a Daemon tumbado en el sofá frente a la televisión, una toalla fría en la frente y un cigarrillo de marihuana entre los dedos.
—¡Qué viva la nueva era de los atracos!
—exclamó Daemon al verlo de reojo, lanzando una bocanada de humo.
—¡Tan tiradote ahí, haga algo, cabrón!
—replicó Ramón, arrojando las bolsas al suelo.
—Déjame en paz, perra.
Además, estoy herido —señaló su frente sangrante—.
Y por si fuera poco…
—Empuñó una pistola y apuntó a Ramón sin mirarlo—.
¿Quién te puso a cargo?
No me jodas.
—Tch.
—Ramón se encogió de hombros y se dirigió a la cocina remangándose.
Alguien tenía que cocinar, porque si dependieran de Daemon, se alimentarían eternamente de comida callejera frita en el aceite más asqueroso de Lagos.
Fausto apareció minutos después.
—Daemon —llamó con voz tensa, agarrando el respaldo del sofá—.
Hay un careverga buscándote.
Ya le sacó la puta a medio mundo.
Ramón, que lavaba vegetales, se secó las manos y se acercó a la sala.
—¿Y eso es mi problema porque…?
—murmuró Daemon, indiferente.
Fausto se inclinó hasta su oído: —¿Cuánto crees que tarde la gente en respetarlo a él más que a nosotros?
—susurró con voz cargada de advertencia—.
Mueve-el-culo.
Con un quejido exagerado, Daemon apagó la tele, cogió sus pistolas y se ató una bandana nueva en la frente.
—Vamos a acabar con esta mierda rápido —rezongó al salir, arrastrando los pies.
Ramón se crujió los nudillos y avanzó hacia la puerta, pero Fausto lo detuvo con un agarre en el hombro.
—Ramón.
—¿Sí?
Fausto le lanzó unas llaves.
—Son de aquí, guardalas.
Algo no me cuadra —miró su reflejo en la pantalla negra del televisor—, pero tenemos que ir.
Si pasa algo…
corre.
Dos palmadas en el hombro, y Fausto desapareció por la puerta.
Ramón examinó las llaves en su mano, y confundido frunció el ceño, antes de seguirlo.
La calle estaba inusualmente vacía mientras avanzaban hacia donde Fausto los guiaba.
La música urbana que normalmente inundaba Lagos brillaba por su ausencia, creando una atmósfera ominosa.
—Tch, los hijueputas más duros de esta ciudad no sirven para un carajo —masculló Daemon, apuntando sus pistolas a diestra y siniestra, el dedo temblando sobre el gatillo.
—Es porque ese loco mencionó tu nombre.
Así que es tu problema —replicó Fausto, ajustando su cantimplora mientras hacía girar un collar con un cristal verdoso.
—¿No es de la Sagrada Arboleda?
—preguntó Ramón.
—No, parece más bien…
—Ey.
Una voz los interrumpió.
A unos metros, una figura emergió de un callejón arrastrando un cuerpo inconsciente.
—¿Ustedes son Daemon Burgos y Fausto Aguilar?
Daemon disparó.
La bala impactó en el cuerpo del hombre inconsciente que la figura había alzado como escudo humano.
—Parece que acerté.
El desconocido avanzó mientras Daemon seguía disparando, cada proyectil encontrando sólo carne inerte.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudieron distinguirlo: un hombre alto (1.89 m), delgado pero musculoso, vestido con elegancia.
Su cabello rojo y ondulado ondeaba con el viento.
Brazales de acero y guantes terminados en manoplas con tres pinchos gruesos completaban su imagen.
—Tú lo mataste —arrojó el cadáver perforado como si fuera basura—.
Ramsés Alabard, mercenario del SAII.
Mi trabajo es llevarlos, vivos o…
—Arrugó el ceño con visible asco— Da igual.
Daemon respondió con una ráfaga de disparos.
Fausto y Ramón se preparaban para flanquearlo cuando…
[Rotación de Barrera] De repente, Daemon tenía un rasguño en la mejilla, un agujero en el hombro y otro en el muslo izquierdo.
Fausto destapó su cantimplora y, usando magia, creó una superficie de agua para deslizarse velozmente hacia Ramsés.
—Lo correcto sería correr —comentó Ramsés antes de propinar una patada que envió a Fausto volando varios metros.
—¡¿Quién mierda te crees?!
—rugió Daemon, descargando su arma.
[Rotación de Barrera] Ramsés esquivó los disparos y se abalanzó sobre Daemon, conectando una patada al estómago que lo levantó en el aire, seguida de un codazo demoledor.
[Jet Laser de Agua] Un torrente afilado de agua rozó la mejilla de Ramsés, dejando sólo un leve ardor.
El ataque de Fausto había sido más efectivo que las balas.
Ramsés miró a Fausto con decepción.
—Y justo cuando pensaba mostrar clemencia…
Daemon aprovechó para disparar.
¡BANG!
[Rotación de Barrera] —Esos juguetes te han fundido el cerebro —dijo Ramsés señalando a Fausto mientras clavaba su mirada en Daemon.
Fausto yacía en el suelo, sangre brotando de un agujero en su cabeza.
Ramsés había redirigido la bala hacia él.
—¡FAUST-!
—El grito de Daemon se quebró—.
¡¡HIJUEPUTAAAAAA!!
Recargó sus armas y vació los cargadores ciegamente.
[Rotación de Barrera: Rotación corporal] Ramsés giró sobre sí mismo mientras saltaba.
Las balas se convirtieron en lluvia mortífera que impactaba en todas direcciones.
Ramón corrió a esconderse en un callejón.
Daemon dejó caer las pistolas y se desplomó de rodillas, perforado, la mandíbula temblando.
Ramsés le propinó un rodillazo que lo envió varios metros atrás.
Lo pateó en la cara, lo agarró de la camisa y comenzó a destrozarle el torso con sus manoplas de púas.
Mientras tanto, Ramón vio las pistolas abandonadas.
Sigilosamente, se acercó para tomar una, vigilando la paliza que Ramsés le daba a Daemon.
Cuando sus dedos cerraron alrededor del arma, un silencio sepulcral resonó como el estruendo más atronador.
—Cierto.
Faltas tú.
—Ramsés soltó el cuerpo maltrecho de Daemon.
[Aliento elemental: Huracán] Ramón lanzó un poderoso soplo que lo impulsó hacia atrás y echó a correr, guardando su nuevo tesoro en el bolsillo de su chompa.
Ramsés se encogió de hombros y recogió la pistola abandonada.
— ¡¡Carajo, mierda.
Verga y miseria!!
— Ramón corrió con todas sus fuerzas a través de la ciudad.
Usó varias veces su [Aliento Elemental: Huracán] para saltar sobre los bloques departamentales y casas.
En ciertos puntos se detenía a toser y respirar.
Sus pasos retumbaban en los tejados de lámina de aluminio de algunas viviendas.
Maldición ¿Quién mierda puso un precio a nuestra cabeza en el sindicato de agentes?
A todos esos mercenarios les faltan jugadores en la cabeza.
En el techo de un conjunto departamental, ya a pocas cuadras de la bodega, se detuvo.
— Estoy seguro que— Tosió sangre.
— Lo perdí…
— Ramón observó la ciudad y se dio cuenta de que en sus manos estaban las llaves a un montón de dinero y las llaves del Jeep.
De un momento a otro había pasado de ser un lacayo a ser el dueño de todo.
— Jeje, y lo mejor…
— Sacó la Desert Eagle y la examinó, apuntándola a todos lados como si jugara.
— Soy libre.
— Sonrió ampliamente.
Bajó del edificio y empezó a caminar con confianza el resto del camino.
Realmente este es el premio mayor…
Ellos se botaron del plan muy rápido.
Los pensamientos de Ramón se hacían más ruidosos mientras entraba al lugar donde había estado viviendo esos meses.
— Eso qué importa.
Llevo ya un tiempo aceptando que me toca estar solo en esto.
Ramón salió con lo más valioso envuelto en una funda de basura sobre su hombro.
— Ramón Navas.
¿Verdad?
Un hombre de piel morena, cabello corto rojo natural, contextura ancha y vestimenta elegante, estaba en la acera frente a la bodega.
— …
No, se está conf— — ¡Sí, eres tú!
— Chasqueó los dedos y sacó el cubo de Rubik del bolsillo de su saco, empezando a mezclarlo.
— Cinco veces en la correccional.
Dieciséis años.
— Sonrió de oreja a oreja.
— ¡Qué historial!
Ramón empezó a caminar más rápido, intentando ignorarlo.
— Y todas esas cosas que te llevas…
Imagino que planeas devolverlas.
— Apuntó a Ramón con el cubo.
— ¿Verdad?
Ramón volteó.
Desenfundó y disparó sin pensar.
[Barrera] La bala se detuvo al tocar su ropa, solo quemando levemente la tela del saco.
— ¿Quién mierda eres?
— preguntó Ramón, frunciendo el ceño para ocultar su miedo.
— Usualmente las preguntas vienen antes de disparar.
— Cambió el cubo de mano.
— ¿Cómo planeas resolver tu duda si me matas?
— Hizo una expresión pensativa claramente burlona.
— ¡Ya sé!
— Chasqueó los dedos.
— Baja el arma.
— Su tono perdió toda gentileza.
Ramón no cedió y disparó de nuevo.
[Barrera] — ¡Ves!
Te negaste, ahora…
— El cubo de Rubik estaba resuelto.
Apuntó a Ramón con el índice.
— Viene el tiro de advertencia.
¡BANG!
Una enorme esfera de fuego rozó el lado derecho de Ramón, quemando parte de su cabello y brazo, y rasgando la funda.
Luego impactó el pavimento en una gran explosión.
Ramón quedó estupefacto, ojos abiertos, piel erizada.
Su actitud dura había desaparecido.
— Luego repites la pregunta.
Si no cooperan, el disparo va a un punto vital.
— Continuó con su taller de interrogación con calma, como si nada lo amenazara.
— Pero bueno, ahí está el espíritu.
Soy— [Aliento Elemental: Huracán] Ramón usó toda su energía para huir lo más rápido posible, dejando atrás las joyas.
Podría volver por el Jeep después.
— Martín Marlowe…
sí que voló.
— Suspiró y empezó a desarmar su cubo de Rubik mientras caminaba hacia donde había ido Ramón.
Ramón no dejó de usar su técnica hasta que, sin darse cuenta, chocó contra una esquina y entró a una casa rompiendo la ventana.
Cayó al suelo dando vueltas hasta golpear la pared.
Tosiendo sangre sin control.
Martín abrió la puerta poco después.
— No deberías usar así tu magia.
— Terminó de armar su cubo mientras se acercaba.
— Vas a destrozar tu garganta.
— ¿Puedes…
callarte?
— Ramón tenía sangre corriendo de su boca, la mano derecha en su garganta.
— No pararé hasta que dejes de seguirme.
— Apretó los dientes.
— No me volverán a encerrar.
— Hmm…
— Martín lo miró unos segundos.
— Supongo que eso depende de ti, Ramón.
Ramón tosió.
Martín sonrió.
En una zona más tranquila de Lagos, cerca de la frontera con Nueva Caracas, Martín y Ramón caminaban en silencio.
—Ahora que dejaste el drama, te diré las condiciones de tu libertad —rompió el silencio Martín, con una declaración que sonaba a amenaza.
Demasiado bueno para ser verdad, pensó Ramón.
—Uno: Serás mi ayudante personal; Dos: No te pagaré; Tres:…
Ramón miraba a Martín desde arriba.
Otra vez recibía órdenes de alguien más bajito que él.
—Solo hazme caso…
—¿Y si me niego?
Martín se detuvo y lo miró amenazante.
Sus gafas ocultaban la mirada.
—Irás a la cárcel.
Y como un sapo, además —continuó caminando—.
Como sé que no puedes negarte a tan generosa oferta, se lo comenté a tus padres.
Iremos a que te despidas y toda la…
—¿QUÉ?
—Ramón tosió sangre—.
¿Por qué les avisaste a esos viejos de…?
—Los gritos lo ahogaron—.
¡Mierda!
—No me meteré en tus temas familiares —dijo Martín de reojo—.
Pero cuando les dije que estabas vivo, lloraron de alivio.
Ramón siempre había sido una decepción.
Hijo no deseado, nadie apostó por él.
Su padre dejó de mirarlo a los ojos tras su primera vez en la correccional.
Su madre solo lloraba y lo maldecía cuando aparecía después de días desaparecido.
Los golpes “correctivos” cesaron pronto.
Lo excluyeron de almuerzos familiares, de todo.
Lo que más sintió como familia existía en la calle.
Esto pasaba por su cabeza cada vez que los recordaba.
Nada quedaba de cuando alguien creyó en él.
Se encogió de hombros y metió las manos en los bolsillos.
—Como sea, vamos.
Horas después, en el Jeep por la carretera interprovincial, Ramón sacaba brazo y cabeza por la ventana trasera, sintiendo el viento.
—Oye, Martín.
—Habla —respondió, mirándolo por el retrovisor.
—Este carro es robado.
—¿Y?
—¿No lo vas a devolver?
—¿A quién?
—¿No eres detective?
—Eso es trabajo de la Sagrada Arboleda.
Y no quiero darles más trabajo.
—…¿Y lo de devolver lo robado?
—…Un trabajo salió mal y estaba corto de lises.
Tengo deudas, ¿sabes?
—¡¿QUÉ?!
—gritó Ramón con voz clara.
—Ladrón que roba a ladrón…
Martín notó (de la forma más molesta) que Ramón mejoraba.
—Ya gritas sin toser sangre…
Toma tu ayuda económica involuntaria como agradecimiento por salvarte la vida.
—Fue por ese doctor…
—no protestó mucho ante el trato desigual—.
Métete los lises por el…
—se calmó—.
¿Cómo se llamaba ese doctor?
—¡Cierto!
Ya puedo decírtelo —respondió Martín animado.
—¿Por qué no antes?
—Por esa carota que ibas a poner y te delataría.
La expresión de Ramón sólo podía describirse como: ¿?
—El doctor era Dave Burgos —continuó Martín—.
Y sí.
Daemon se llamaba David.
El rostro de Ramón fue un poema.
Aquel doctor gentil de cabello largo que lo atendió, que dijo que se parecía a su hijo, que salvó su voz…
era el padre del gritón malhablado y drogadicto que lo acompañó meses.
—No se parecen en nada…
—recordó que Daemon mencionó que su padre quería que fuera médico.
Por eso me quitó la pistola antes de entrar…
—Como sea, ¿a dónde vamos?
—A Pradero.
Hay que continuar el caso —Martín golpeaba el volante rítmicamente—.
Todo lo de tu trío criminal…
Era claramente un “Red Herring”.
Sacó su libreta.
Una lista de nombres, casi todos marcados.
La mayoría con una X, algunos con una línea ondulada para importancia.
Entre ellos destacaban: Raimundo Álvarez X~ Lucas Quiroga X~ Verónica Farina X~ Ricardo Figueroa X~ Rose Lugo X~ El único sin marca: Omar Dannvar Dannvar y Farina eran apellidos de la nobleza Novaromana, aunque el segundo ya no tenía posición.
Martín encerró en un círculo el nombre de Omar y cerró la libreta.
—Pero fue una excelente idea descoser ese hilo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Dael_Dead ¡Espero les haya gustado el primer capitulo!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com