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EtherSoul: Misterios de Akuaris - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 PROYECTO WATSON
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2: PROYECTO WATSON 2: PROYECTO WATSON [Aliento Elemental: Huracán] Ramón se propulsó a gran velocidad hacia el hombre que huía, pasando a milímetros sobre su cabeza mientras le agarraba la camiseta y lo jalaba.

El peso extra frenó su impulso, haciendo que ambos cayeran al suelo, con el prófugo sobre las piernas de Ramón, que las encerró alrededor de su torso.

—Quédate quiet— Ramón empezó a toser violentamente, aflojando su agarre.

Su oponente aprovechó para clavarle un codazo en el mentón y salir corriendo.

—¿A dónde crees que vas?

—El fugitivo se estrelló contra lo que parecía una pared invisible, pero era en realidad una barrera de viento increíblemente densa que bloqueaba su escape.

Martín Marlowe estaba del otro lado.

—¡Déjenme en paz, yo no tengo nada que ver!

—Huir desesperadamente no te ayuda, Andrés —dijo Martín mirando a Ramón de reojo.

Ramón se levantó y se abalanzó sobre Andrés, esta vez inmovilizándolo por completo.

Martín disipó la barrera y empezó a armar su cubo de Rubik.

—Es simple.

Solo queremos saber qué hacías con esa mujer…

Ariana, ¿no?

—Se agachó hasta quedar a quince centímetros del rostro de Andrés.

—Te digo que es solo una amiga…

—Sus ojos no se fijaban, buscando una salida—.

¡Si siguen con esto los denuncio!

Ramón le agarró la cara por las mejillas, obligándolo a mirar a Martín.

—¿En serio?

—Martín metió la mano en un bolsillo interno de su saco y sacó una foto doblada.

La desplegó frente a Andrés: se le veía en un motel, a punto de tener sexo con una mujer—.

Esta chica no se parece a Amelia, tu esposa…

—¡¿Eh?!

—Andrés mostró sorpresa, miedo…

y cierta decepción—.

Si ya tienes pruebas…

¿Para qué mandar a tu matón a golpearme?

Ramón le dio un manotazo en la cabeza.

—Esto solo pasó porque saliste corriendo…

Andrés, Andrés…

—Martín se levantó—.

¿No quieres comprar la verdad?

—¿A qué te refieres?

—Lo que cree tu esposa son solo suposiciones.

Nadie más tiene estas pruebas.

Incluso puedo inventar una historia: solo buscabas consejos para el regalo de aniversario.

—Dejó caer la foto a los pies de Andrés.

—¿Cuánto quieres?

—preguntó Andrés, desesperado.

—Doscientos cincuenta lises.

Precio reducido por ser comisión extra…

—Martín terminó de armar su cubo.

A regañadientes, el hombre asintió.

Martín chasqueó los dedos y Ramón lo soltó.

Andrés sacó al instante su billetera y entregó el dinero.

—Compra flores y chocolates.

Hoy tu mujer te recibe bien —dijo Martín dándole unas palmadas en el hombro antes de hacerle señas de que se fuera.

Cuando se hubo marchado, Ramón se acercó a Martín.

—¿Todo este trabajo para negociar con él?

—La voz aún le sonaba ronca.

—Hay que ganarse el pan —Martín acercó su índice al cuello de Ramón y lo movió en círculos—.

Preocúpate más por tu garganta.

Un aprendiz mudo no me sirve…

—Son las consec— Ramón empezó a toser de nuevo.

Martín se llevó una mano a la frente y alzó la vista al cielo.

—Ush, me imaginé que tendría que hacer de profe —suspiró, poniendo una mano en el hombro de Ramón—.

Tranquilo, me tocará enseñarte.

—¿Enseñarme?

¿A qué?

—A hacer magia, pero bien, con técnica —Martín empezó a caminar.

Ramón lo siguió, sintiéndose levemente insultado.

¿Qué tiene de malo mi técnica?

— Entonces, Ramón ¿tú en base a qué conjuras?

— El dúo se encontraba en una zona de entrenamiento en un parque.

Era un espacio circular de piso de cemento que alrededor tenía varias máquinas básicas para hacer ejercicio.

— ¿Eh?

— Ramón se estiró mientras analizaba el lugar.

— Acá siempre vienen los viejitos a hacer ejercicios.

— Pathos o Logos…

— Contestó Martín ante las dudas de Ramón.

— Concéntrate.

— Advirtió, mientras usaba su celular.

— No sé latín, Martín.

Martín se llevó las manos a la cabeza y se peinó hacia atrás en un ademán de decepción.

— Cuando tú haces tus Alientos Elementales ¿los haces con un proceso lógico o quieres imitar los poderes de un dragón?

Ramón pensó unos segundos, desviando la mirada.

— Pues yo soplo y uso magia de fricción para amplificar el viento que sacó de mi boca.

— Ok, Logos.

— Martín guardó el celular y anotó unas cosas en su libreta.

— Mencionaste uno de los principios de Logos, ¿imagino que los conoces?

— preguntó impaciente.

— Combustión, Polarización, Transición y Fricción.

— Sí.

¿Dominas todos?

— Soy nulo en Polarización.

Martín sacó una gargantilla de uno de los bolsillos internos de su gabardina.

Esta tenía una estructura cristalina verdosa que guiaba en el diseño a un cristal más grande, del mismo color.

En la cara opuesta del objeto, en la zona donde los cristales estaban colocados, había una almohadilla muy fina que cumplía el propósito de evitar el contacto directo de la piel con los cristales.

— Toma.

— Lanzó la joyería a Ramón.

— ¿Un extensor?

— preguntó Ramón, confundido, mientras examinaba la pieza.

— Se ve caro.

— Sin dudarlo, se lo colocó.

— Vas a notar una irritación en tu cuello, y una sensación de presión.

— continuó.

— Será hasta que tu cuerpo se acostumbre a la desviación del flujo de Ether hacia el cristal.

— La verdad es que no noto nada.

— Contestó.

— ¿Cómo…?

— Martín recordó entonces de dónde viene Ramón.

— ¿Cuándo fue la primera vez que lo usaron contigo?

— ¿Un jammer?

— Ramón continuó su estiramiento.

— Cuando tenía once.

— Con razón no te has quedado sin voz.

— Nuevamente Martín empezó a anotar cosas.

— Tus tejidos se hicieron toscos en consecuencia del abuso…

No es lo ideal, pero sirve.

— Cerró su libreta.

— Esto va a requerir mucha imaginación y concentración de tu parte.

— Martín se acercó a Ramón hasta estar a un metro de él.

— Usa tu técnica pero analiza cada paso, ve con calma a través de todo el proceso desde inhalar la corriente de aire hasta el soplido.

Necesito que en el momento en el que estés mandando aire desde tu…

— Martín se percató de algo y le dio un golpe ligero pero firme a Ramón justo debajo de sus costillas.

Ramón perdió ligeramente el equilibrio y se contrajo, perdiendo el aire.

— ¡Ey!

— Alzate la camiseta hasta las axilas.

— Ordenó Martín.

Ramón acató la orden, solo cuestionando a Martín con una expresión de incomodidad.

— Ahora usa tu técnica.

[Aliento Elemental: Huracán] Mientras Ramón utilizaba su habilidad, Martín golpeó con fuerza su abdomen.

La habilidad se cortó en seco pero Ramón no se contrajo como antes, solamente soltó un quejido ahogado y se recompuso.

— Te quedaste en el principio más básico del control de tu respiración.

— Colocó su palma en el diafragma de Ramón.

— Inhala.

Ramón tomó una gran bocanada de aire.

— Y ahora exhala y no vuelvas a respirar hasta que no quede nada de aire, concéntrate en cómo se siente el músculo con el que estoy haciendo contacto.

— Continuó Martín.

Ramón le hizo caso y empezó a botar todo el aire que podía.

En cierto punto empezó a sentir una tensión en el músculo diafragmático, que se fue haciendo cada vez más aguda hasta convertirse en una molestia ligeramente dolorosa.

En ese momento se quedó sin aire.

— ¿Sientes esa molestia?

Ahora vuelve a inhalar, pero concéntrate en ese músculo y mantén esa tensión.

No dejes de hacerlo en ningún momento.

— Martín soltó a Ramón y este respiró.

— Puf, me cuesta.

— El cuerpo de Ramón estaba ligeramente tenso.

Intentó relajarse pero aun así se podía notar la molestia en su rostro.

— Ese es el punto.

Así trabajas el músculo, en algún momento se te hará tan automático como caminar.

Controlarás mejor tu flujo de respiración y ningún golpe podrá cortar tu técnica.

— ¿Y esto en dónde lo aprendiste?

— En la secundaria, como a los catorce.

Pero acá no lo hacen.

— ¿No eres de aquí?

Martín sonrió.

— No, soy de Aurum.

La parte del cono norte.

Migré hace muchísimo.

Ramón casi se cae.

— ¡¿De Aurum?!

¿Cómo eres tan chiro?

¿Hablas lat…?

Martín le metió un golpe en el diafragma a Ramón que lo mandó al suelo.

— No dejes de sostener la tensión.

— Sacudió su puño.

— Y sí, hablo fluido el latín.

— Empezó a caminar fuera de la zona donde estaban.

— Con esto tienes las bases para entrenar.

No te olvides de canalizar a través del extensor.

En algún momento se te hará costumbre.

— ¿Cuándo veré resultados?

— Ramón comenzó a seguirlo.

— Quizá en un mes.

— Volteó a verlo.

— Es lo que demoras en generar hábitos.

— ¿Y mañana?

— Ya te di todas las bases.

— Con esto la conversación tendría fin.

Ramón solo lo miró con un dejo de decepción y lo incordió vocalizando insultos mudos.

Viejo hijueputa vago.

El dúo estacionó el carro a las afueras de la casa de Amelia, la esposa de Andrés, el hombre que había interrogado antes.

Al acercarse a la casa ya se escuchaban gritos, varios vecinos estaban asomados para ver qué sucedía.

La sonrisa de Martín era de lo más macabra.

— ¡Qué te largues, maldita rata!

¡No te quiero ver!

— La puerta de la casa se abrió y salió Andrés corriendo.

Al ver a Martín se detuvo en seco y apretó los puños, frunció el ceño e intentó empujarlo.

— ¡Devuélveme mi plata, maldito estafador!

— Su intento de violencia falló estrepitosamente, Martín, para Andrés, era prácticamente un muro.

Ramón mostraba confusión.

— ¿No le habías salvado el matrimonio a este?

— Jajajaja nunca mentí.

Ella se enteró sola.

— Martín hizo un especial énfasis en la palabra «sola».

Andrés se rindió de sus constantes intentos de violencia.

— Eres un embustero, olvídate de encontrar trabajo, mentiroso.

— ¡Amelia!

— Gritó Martín.

La mujer salió rápidamente a la puerta del hogar.

— ¿Yo te di la foto?

— Yo la encontré.

— Contestó la mujer.

— ¿Qué te dije en el primer mensaje que te mandé?

— Que el desgraciado este no me estaba engañando, solo buscaba qué regalarme por mi aniversario.

Martín volvió a ver nuevamente a Andrés.

— ¿Ya ves?

— ¡Ay, ajá!

— Andrés se volvió a levantar para esta vez intentar golpear a Ramón.

[Aliento Elemental: Huracán] Andrés cayó empujado por la ráfaga.

— Largo.

— Añadió Ramón mientras sacaba su mano ligeramente de sus bolsillos mostrando parte de la Desert Eagle.

El infiel salió corriendo despavorido.

Amelia le sonrió a Martín y se volvió a meter a la casa, el detective solo le contestó con un pequeño saludo.

— ¿Cómo es que ella se enteró?

— preguntó Ramón, mientras se subían de nuevo al carro.

— Puede que alguien haya dejado una de las fotos en el baño de visitas.

— Dijo Martín, intentando aguantarse la risa.

— Sobre los mensajes, yo le dije lo que prometí, ya luego ella me preguntó si era verdad, y le dije que no.

— La verdad el tipo se lo merecía.

Con razón le cobraste tan poco.

— Sí, soy un talento caro.

Doscientos cincuenta lises fue solo el precio por el tiempo que me tomó enviar el mensaje inicial.

— Martín puso el vehículo en marcha.

El cielo estaba casi completamente oscurecido, apenas en el horizonte podrías notar un ligero resplandor.

Martín y Ramón fueron conversando sobre dónde comprar la cena, al final se decidieron por comprar empanadas y tomar café en casa.

El dúo llegó a un hostal en el que se estaban alojando temporalmente, ya que la oficina principal de Martín estaba en Nueva Caracas.

Cenaron juntos en una mesa ubicada en un pequeño patio interno, luego cada uno se dirigió a su cuarto.

Martín entró a su habitación sin prender las luces, dejó su maletín al lado de la mesa de noche.

Se estiró, dejó su saco tirado encima del colchón y se dirigió al escritorio, con la intención de encender la lámpara.

Se detuvo instantes antes.

— ¿Planeas quedarte ahí sin decir nada hasta que encienda la luz?

— preguntó, para luego encender la lámpara de velador.

— En todo lo que investigué de ti, nunca pensé verte de niñero.

— Oculto aún en las sombras de la habitación, una figura encapuchada observaba a Martín.

— Estoy fuera de mi horario de trabajo.

— Contestó Martín algo irritado.

— ¿Algún progreso?

Martín se llevó las manos a los ojos y se sacó los lentes.

— Todo apunta a la familia Farina, pero es obvio que es un desvío.

— Dirigió su mirada a la figura.

— Conozco al crimen en Acuario.

Pero es como saber tocar el piano, puedo usarlo, pero no tengo ni puta idea de cómo está temperado, ni los procesos.

— ¿Te está ayudando tu adquisición?

— preguntó la figura.

— Aún es un proyecto ese muchacho.

— Contestó.

— Pero los nombres que mencionó de Lagos y las cosas que escuchó han sido mi forma de agarrarme al hilo de este caso.

— Martín volvió a ver su escritorio.

— Tú sabes la verdad, imagino que tendrás tus razones, pero me serviría algo de información.

— La independencia de Akuaris.

— Contestó la figura.

— Es un lugar bastante obvio, ya tengo archivos de toda esa época.

Me serviría algo más concreto.

— Sesenta y siete.

— La figura le dio la espalda a Martín y se dirigió a la puerta del lugar.

— Discúlpame lo críptico.

Pero aún no confío en ti.

— Abrió la puerta y la cerró detrás de él, dejando solo a Martín.

Martín se levantó, tomó su libreta del bolsillo de su saco, y anotó el número sesenta y siete en una sección importante.

— El sentimiento es mutuo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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