¿Exesposa abandonada? ¡Heredera multimillonaria! - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 Capítulo 70 Lleguemos a un acuerdo
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70: Capítulo 70 Lleguemos a un acuerdo 70: Capítulo 70 Lleguemos a un acuerdo El silencio se apoderó del salón privado.
Reece Cooke se escabulló del salón con la excusa de ir al baño.
—No debería haberle pedido a Reece que te trajera aquí con engaños —dijo Micah—.
Por eso, te pido disculpas.
Es solo que…
—Parece que te estás disculpando mucho últimamente —se burló Darya.
Micah respiró hondo.
—Lo sé.
Pero el anillo es muy importante para mi padre.
Me gustaría que lo reconsideraras.
Si no es dinero lo que buscas, quizá podamos llegar a un acuerdo.
El tono sarcástico de Darya no le pasó desapercibido.
Micah supo que acababa de ofenderla de nuevo, aunque esa no era su intención.
Suspiró en voz baja.
No habría venido si su padre no hubiera sido tan insistente.
El anillo de jade era una reliquia familiar de valor incalculable, afirmaba Morton.
Al principio, Micah se negó a involucrarse.
Felicia fue la que entregó el anillo.
Se merecía que le dieran una lección.
Pero Morton se agitó tanto que la presión arterial se le disparó.
Micah tuvo que llamar a una ambulancia.
Sabiendo que su padre no dejaría el asunto en paz hasta recuperar el anillo, Micah tuvo que hacer el viaje en contra de su buen juicio.
Darya esbozó una sonrisa burlona.
Era típico de Micah convertirlo todo en un negocio.
Para ayudar a Regina, sacrificó su propio matrimonio.
Para ayudar a su padre, ahora proponía otro trato.
Darya sentía curiosidad por saber qué podría ofrecerle esta vez.
—¿Puedo poner cualquier condición que quiera?
—preguntó en un impulso.
—Siempre y cuando esté dentro de mis posibilidades cumplirla —asintió Micah.
—Y tiene que ser legal —añadió a toda prisa.
Darya resopló con desdén.
—¿Crees que te pediría que infringieras la ley?
—No, por supuesto que no.
Solo estaba…
Darya agitó la mano con desdén.
—Ahórratelo.
Se dio unos golpecitos en la barbilla con un dedo, pensativa.
El salón volvió a quedar en silencio.
Micah le contempló el rostro, medio envuelto en sombras.
Siempre había sabido que era guapa, pero en el pasado siempre había mantenido las distancias y nunca había tenido la oportunidad de observarla de cerca.
Su nariz era pequeña y ligeramente respingona, lo que le daba un aspecto adorable.
Sus labios tenían un saludable color rosado y no necesitaban la ayuda de ningún pintalabios.
Ahora que lo pensaba, Darya rara vez se maquillaba.
Cuando estaba absorta en sus pensamientos, tendía a fruncir el ceño y a tamborilear los dedos inconscientemente.
Cuando se le iluminaron los ojos, Micah supo que debía de habérsele ocurrido una idea que le gustaba.
Se recostó en su silla y se relajó, esperando su respuesta.
No recordaba la última vez que ambos habían tenido un momento tan tranquilo y apacible juntos.
Su asistente, Glen Chasey, seguía en el salón, pero Micah lo ignoró.
«Darya Miller es un enigma», pensó Micah.
Apareció en su vida sin previo aviso, se las ingenió para entrar en su casa y luego pasó tres años interpretando el papel de su esposa.
Toleraba su existencia porque podía ayudar a Regina.
A diferencia de Darya, que siempre estaba llena de energía y lista para la acción, Regina era frágil y delicada.
A Micah le sorprendió darse cuenta de que no había pensado en Regina en mucho tiempo.
Distraídamente, se preguntó cómo estaría ella.
Regina era como una orquídea, que no podía sobrevivir sin el entorno adecuado, la cantidad precisa de agua y nutrientes, así como el nivel exacto de humedad.
En cambio, Darya era…
Micah intentó pensar en una flor que fuera a la vez resistente y vigorosa.
Después de que Darya lo dejara, su interés por ella parecía crecer día a día.
¿De dónde venía?
¿Dónde aprendió a bailar, a luchar?
A diferencia de su padre, Micah se negaba a creer que Avery McAllister hubiera nombrado a Darya vicepresidenta simplemente porque era su novia.
De hecho, Micah dudaba de que los dos estuvieran saliendo de verdad.
Avery, al igual que Micah, era un hombre de negocios que separaba el trabajo del placer.
Debía de haber visto algo en Darya que a Micah se le había pasado por alto.
—He decidido cuál será mi condición —anunció Darya.
Micah se enderezó en el asiento.
—Adelante.
—¿Estás seguro de que puedo poner cualquier condición que quiera?
—Haré todo lo posible por cumplir esa condición —asintió Micah—.
Si no, siempre podemos renegociar.
Tal vez que Felicia perdiera el anillo era algo bueno, se dio cuenta Micah de repente.
Al menos le daba una excusa para volver a hablar con Darya.
—¿Tienes los registros del hospital de mis transfusiones de sangre?
—preguntó Darya.
Micah se quedó perplejo por un momento.
—Eh, sí, claro.
—Entonces sabes cuánta sangre he perdido.
Micah asintió.
Tenía la sensación de que no le iba a gustar el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Entonces es fácil.
¿Quieres recuperar el anillo?
Solo tengo una condición: pídele a Regina que me devuelva la sangre.
—¿Q-qué?
—tartamudeó Micah.
—Ojo por ojo.
Estoy segura de que has oído esa expresión antes.
—Pero yo… —Micah se quedó sin palabras.
¿Qué se suponía que debía decir?
Darya lo miró fijamente.
A Micah Cavanaugh se lo conocía por algo más que su perspicacia para los negocios.
Su atractivo rostro aparecía a menudo en las páginas de las revistas de cotilleos.
Pero lo que a Darya más le gustaba de él era su carácter: su valor, su integridad, su determinación de arriesgar su propia vida por el bien de los demás, incluso de desconocidos.
Amaba a su familia, a pesar de sus muchos defectos.
Era justo con sus empleados y predicaba con el ejemplo.
Donaba generosamente a organizaciones benéficas, pero se negaba a alardear de ello.
Darya suspiró.
Durante esos tres años, cuanto más lo conocía, más llegaba no solo a admirarlo, sino también a respetarlo.
Sin embargo, a veces se puede amar a alguien con locura y aun así no acabar juntos.
El amor no era solo atracción física y un subidón de hormonas.
Un final feliz de cuento de hadas dependía de muchas otras variables: amigos, familiares, trabajo, salud…
Un matrimonio que había durado cincuenta años podía desmoronarse por algo tan simple como un «se ha vuelto a olvidar de fregar los platos».
Darya no odiaba a Micah después del divorcio.
De hecho, todavía lo respetaba como persona.
Pero no creía que pudieran volver a ser marido y mujer.
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