FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 19
- Inicio
- FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS)
- Capítulo 19 - 19 CAPITULO 6 PARTE 2 La Oleada del Olvido
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
19: CAPITULO #6 PARTE 2: La Oleada del Olvido 19: CAPITULO #6 PARTE 2: La Oleada del Olvido Loki se quedó inmóvil por un instante, con la mirada fija en aquel ser cuya presencia parecía deformar el mismo aire a su alrededor.
Su pecho se agitaba levemente mientras intentaba contener la inquietud que lo invadía.
Había recorrido los nueve reinos, había visto criaturas nacidas de pesadillas y terrores primitivos, pero nada, absolutamente nada, se asemejaba a lo que ahora tenía frente a él.
Su piel parecía desgarrada por dentro, como si una fuerza oscura luchara por escapar de su cuerpo.
Los ojos, vacíos y carentes de humanidad, irradiaban un poder sofocante que helaba la sangre.
Loki sintió que, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él le susurraba que estaba ante un abismo insondable.
Miró de reojo a Furcas, quien permanecía erguido con arrogancia, como si no sintiera el peso abrumador de la energía que envolvía al ser.
Loki frunció el ceño.
Furcas tampoco encajaba en ninguna raza conocida.
No era un gigante, ni un elfo oscuro, ni una bestia de Hel.
Su presencia, aunque más contenida, también desprendía algo antinatural, algo que no pertenecía a este mundo.
Loki recordó el enfrentamiento con Nictofer, aquel monstruo de poder descomunal que casi había destrozado todo a su paso.
Pero Furcas, por mucho que destacara, no alcanzaba el nivel abismal de Nictofer.
Entonces, volvió a fijar su atención en el ser, y un escalofrío recorrió su espalda.
No solo sentía en él un poder que igualaba al de Nictofer…
sentía algo peor.
Una presencia que parecía antigua, ajena a todo lo conocido, como si hubiera existido antes de la creación de los nueve reinos, o incluso antes de los dioses mismos.
Loki apretó los dientes.
No podía ser coincidencia.
Primero Nictofer, y ahora esto.
Dos seres con un poder inimaginable apareciendo con tan poco tiempo de diferencia.
Sus pensamientos lo apretaban como una mordaza.
¿Qué estaba pasando?
¿Qué fuerzas estaban despertando en las sombras?
Se suponía que Nictofer había sido un caso aislado, una anomalía, pero ahora la balanza del mundo parecía estar colapsando.
Loki sintió una mezcla de rabia y miedo.
Había estado seguro de que lo peor había pasado después de aquella batalla…
pero ahora, miraba a los ojos de algo que parecía burlarse de su ingenuidad.
Sus dedos se cerraron sobre las empuñaduras de sus dagas mientras su mente no dejaba de formular preguntas.
¿Quiénes eran estos seres?
¿De dónde habían venido?
¿Por qué ahora?
Y lo más inquietante…
¿cuántos más podrían aparecer?
Furcas se lanzó hacia Loki con una velocidad descomunal, su lanza brillando con un aura oscura mientras cortaba el aire.
–¡No te distraigas, Loki!
–rugió mientras su arma se hundía en la pierna del dios, desgarrando carne y dejando un corte profundo.
Loki soltó un grito ahogado, tambaleándose por el dolor, pero su mente no perdió el enfoque.
Levantó una mano rápidamente, y una energía vibrante comenzó a brotar de sus dedos, envolviendo el suelo a su alrededor.
Rocas y fragmentos del terreno comenzaron a desprenderse, flotando a su alrededor como si fueran hojas arrastradas por un vendaval.
–¡Avalancha Arcana!
–exclamó Loki, liberando los proyectiles con un gesto violento.
Las piedras afiladas y letales volaron como balas, desgarrando el aire en su camino hacia Furcas.
Sin embargo, Furcas reaccionó al instante.
Su lanza giró en un torbellino de movimientos precisos, desviando y destrozando cada fragmento que se acercaba.
Chispas y polvo estallaban con cada impacto, mientras el guerrero avanzaba implacablemente, esquivando los proyectiles que no podía destruir.
El sudor caía por la frente de Loki mientras conjuraba más fragmentos, obligando a Furcas a moverse con rapidez.
Pero por más que atacara, no lograba ganar terreno.
El suelo estaba cubierto de escombros destrozados, y el aire vibraba con la energía residual del hechizo.
Furcas se detuvo un momento, observando el campo de batalla devastado.
–Sigues intentando mantenerme a raya –dijo, limpiando la sangre de su lanza–.
Pero estás perdiendo sangre…
y tiempo.
Loki apretó los dientes, sintiendo el calor en su pierna herida.
Sabía que Furcas estaba en lo cierto, pero retroceder no era una opción.
Su mirada recorrió el campo en busca de algo, cualquier cosa que pudiera darle una ventaja antes de que Furcas hiciera su próximo movimiento.
Loki respiraba con dificultad, sintiendo el peso aplastante de la fatiga en cada fibra de su cuerpo.
Su pierna herida ardía como el fuego, y cada movimiento enviaba punzadas de dolor que lo debilitaban aún más.
La energía que había reunido de la naturaleza estaba agotada, dispersa en el campo de batalla como polvo inerte.
El aire a su alrededor parecía volverse más denso, como si incluso la atmósfera conspirara para aplastarlo.
Reunir otra cantidad de energía semejante a la de su último ataque no solo era imposible en ese momento, sino que su cuerpo no estaba en condiciones de soportar tal esfuerzo nuevamente.
Loki apretó las dagas en sus manos, pero incluso el peso de sus armas le resultaba pesado ahora.
Su respiración era irregular y el sudor caía por su frente, mezclándose con la sangre que brotaba de la herida en su pierna.
Estaba casi inmovilizado, sus músculos al borde del colapso y su energía de combate reducida a casi nada.
Frente a él, Furcas se mantenía firme, con la lanza en alto y una expresión de confianza oscura pintada en su rostro.
Su postura relajada solo intensificaba la sensación de derrota que amenazaba con apoderarse de Loki.
–Mírate –dijo Furcas, dando un paso hacia adelante con la calma de un cazador acechando a su presa–.
Apenas puedes mantenerte en pie.
No tardarás mucho en caer.
Loki levantó la vista, su mente buscando desesperadamente una salida.
Pero en el fondo sabía la verdad: estaba atrapado.
Sin magia suficiente para atacar ni fuerza para seguir luchando cuerpo a cuerpo, la posibilidad de sobrevivir se desvanecía con cada segundo que pasaba.
Sin embargo, una chispa de determinación ardió en su interior.
No podía rendirse.
No ahora.
No después de haber llegado tan lejos.
Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre sus dagas mientras su mirada se fijaba en Furcas.
Aunque estuviera al borde de la derrota, Loki no permitiría que lo destruyeran sin pelear hasta el último aliento.
Loki apenas tuvo tiempo de reaccionar.
En un parpadeo, Furcas desapareció de su vista y, antes de que pudiera defenderse, sintió un impacto devastador en su rostro.
La fuerza del golpe lo lanzó al suelo como un muñeco de trapo, su cuerpo rebotando contra la tierra mientras el dolor le estallaba en la cabeza.
La sangre brotó de su labio roto, manchando el suelo bajo él mientras trataba desesperadamente de recuperar el aliento.
Su visión se nubló por un instante, y un agudo pitido resonaba en sus oídos.
Todo a su alrededor parecía girar.
Furcas aterrizó frente a él con la elegancia de un depredador, apuntándolo con su lanza como si fuera un insecto a punto de ser aplastado.
–Te advertí que no bajaras la guardia –dijo con frialdad, clavando sus ojos en Loki como si ya estuviera muerto–.
Ahora mírate.
Una sombra patética de lo que solías ser.
Loki trató de levantarse, pero sus brazos temblaban bajo su peso.
El golpe lo había dejado aún más debilitado.
Su cuerpo apenas respondía, y cada intento por moverse lo llenaba de punzadas de dolor.
Furcas dio otro paso hacia él, la hoja de su lanza brillando bajo la tenue luz.
–Esto se acabó.
Loki apretó los dientes, luchando contra el mareo y el cansancio.
Su mente gritaba que se levantara, que no podía caer allí, no contra ese monstruo.
Pero su cuerpo ya no obedecía.
Estaba atrapado, y Furcas lo sabía.
Loki, jadeando por el dolor y la fatiga, sintió cómo la desesperación lo consumía.
Su mente gritaba por una oportunidad, una apertura, cualquier cosa que pudiera darle ventaja.
Furcas se acercaba con pasos pesados, seguro de su victoria.
Pero Loki no estaba listo para caer todavía.
Con un rugido ahogado, sacó una de sus dagas y, en un movimiento veloz, la hundió en el estómago de Furcas.
El demonio gruñó, sorprendido por el ataque repentino, pero antes de que pudiera reaccionar, Loki ya había clavado la daga una y otra vez.
–¡Muere, maldito!
–gritó Loki con furia, apuñalándolo sin piedad.
La sangre oscura brotó de las heridas, empapando la túnica de Furcas.
Loki cambió de táctica y comenzó a cortar su cuello, abriendo tajos profundos mientras el demonio retrocedía tambaleándose.
Furcas soltó un gruñido gutural, llevándose una mano al cuello para intentar detener la hemorragia.
Loki, jadeante y cubierto de sangre, lo miró con incredulidad.
–¿Cómo demonios puedes sangrar si eres puro puto hueso?
Pero su breve momento de alivio se desvaneció cuando Furcas soltó un rugido de ira.
Con un movimiento brutal, blandió su lanza y golpeó a Loki en el pecho, derribándolo al suelo.
Loki sintió cómo el aire escapaba de sus pulmones mientras su cuerpo golpeaba la tierra.
Antes de que pudiera recuperarse, Furcas ya estaba sobre él.
–¡Voy a destrozarte, insecto!
–bramó el demonio.
Le asestó una patada brutal en el estómago, haciendo que Loki soltara un grito ahogado.
Otra patada siguió, y otra, cada una más violenta que la anterior.
Loki sintió cómo algo se rompía dentro de él mientras la sangre le subía por la garganta.
Tosió violentamente, manchando el suelo con un espeso charco carmesí.
–¡Qué patético!
–gruñó Furcas mientras se preparaba para el golpe final.
Loki apenas podía moverse.
Su vista se volvía borrosa, pero incluso en ese estado, no estaba dispuesto a rendirse.
Aunque el dolor era insoportable, su mente seguía buscando una salida.
Furcas no lo iba a matar tan fácilmente.
No todavía.
La tensión estaba en el aire mientras el ser se preparaba para desatar su poder definitivo.
Su figura oscura comenzó a brillar con una energía abrumadora, y con un gesto impasible, invocó la Oleada del Olvido.
Una masa de pura oscuridad comenzó a formarse frente a él, un vórtice de energía oscura que parecía consumir la luz misma.
El aire se comprimió, y el suelo bajo sus pies crujió como si el mismo espacio estuviera siendo arrastrado hacia el abismo.
Eirik, con los ojos desorbitados por la desesperación, corrió hacia Tyr, quien apenas lograba levantarse tras el brutal golpe del ser.
Sin pensarlo dos veces, Eirik se interpuso entre la bola de energía y su amigo, extendiendo sus brazos en un esfuerzo titánico.
La Oleada del Olvido se desató con una fuerza devastadora, disparándose hacia él con la rapidez de un rayo oscuro.
Eirik gritó con todas sus fuerzas, sus músculos tensándose al máximo mientras trataba de frenar la imparable masa de energía oscura.
Sus piernas temblaban, el sudor resbalando por su frente, pero no retrocedió ni un paso.
La presión de la energía empujaba con una fuerza descomunal, y la oscuridad lo envolvía por completo, ahogando sus sentidos.
–¡No puedo dejar que esto acabe así!
– pensó, apretando los dientes con un gruñido de esfuerzo.
La bola de energía lo empujaba cada vez más hacia atrás, pero él no cedía.
Mientras tanto, Tyr, con una furia renovada y aprovechando el momento de distracción del ser, levantó ambos hachas con rapidez, sus ojos centelleando con rabia.
Lanzó los hachas en un movimiento preciso, ambas se clavaron con fuerza en el estómago del ser, provocando una explosión de energía oscura alrededor de la herida.
El ser retrocedió, por primera vez mostrando una pequeña grieta en su impasible fachada.
Eirik vio la oportunidad y, con un grito de furia, centró todo su poder en su cuerpo.
Reuniendo el último vestigio de su fuerza, empujó la Oleada del Olvido con toda su potencia, haciendo que la bola de oscuridad comenzara a desviarse.
El ser intentó controlar la energía, pero la fuerza de Eirik fue inhumana.
La bola de energía comenzó a girar y, finalmente, con un estruendoso grito, la Oleada del Olvido fue lanzada de regreso hacia el ser.
El impacto fue brutal.
La explosión que siguió fue como una tormenta desatada.
Una columna de destellos rojos y negros se elevó en el cielo, iluminando la oscuridad de la batalla con su resplandor cegador.
La onda expansiva arrasó todo a su paso, destrozando el terreno, haciendo temblar el suelo bajo sus pies.
El aire se llenó de un sonido ensordecedor, como si el mismo universo estuviera rompiéndose.
La energía liberada hizo que el viento se desatara con furia, levantando polvo y escombros por doquier.
La explosión iluminó el campo de batalla, revelando brevemente el caos de los cuerpos que caían por la onda expansiva.
La fuerza de la explosión fue tal que incluso Loki y Furcas, que se encontraban luchando a lo lejos, fueron arrastrados por la onda.
Loki, debilitado pero consciente, logró mantenerse de pie, pero Furcas fue lanzado violentamente hacia atrás.
Impactó contra los escombros de una cabaña destrozada, quedando incrustado en ella, con un trozo grande de madera atravesando su costado.
Un grito de dolor escapó de su boca, aunque su furia no disminuyó.
La sangre manchaba su armadura mientras intentaba recomponerse, pero el daño era grave.
Loki, aprovechando el momento de confusión y el caos que reinaba, intentó recuperar fuerzas.
Sabía que no podía seguir mucho tiempo más, pero el rastro de energía que había dejado la explosión le daba la oportunidad de recuperarse por un instante, y lo necesitaba desesperadamente.
Sin perder tiempo, comenzó a concentrar lo poco que le quedaba de energía, sabiendo que la próxima batalla sería aún más mortal.
Angrboda observó con el corazón encogido cómo el cielo se teñía de rojo por la gigantesca explosión.
Aunque la onda expansiva no la alcanzó, un viento helado barrió el lugar, levantando polvo y cenizas.
Su pecho se oprimió.
Por un instante, creyó que su respiración se detendría.
—¿Qué rayos acaba de pasar…?
— murmuró, con la mirada clavada en la columna de humo que se alzaba como una sentencia.
Su mente se llenó de imágenes sombrías mientras apretaba los puños.
—Loki…
— susurró, temiendo lo peor.
Lejos de allí, Thor, Balder y Fenrir avanzaban a toda velocidad, guiados por el rugido de la explosión que aún resonaba en el aire como un eco interminable.
—¡Hermano!
— rugió Balder, al ver el destello ardiente que se elevaba en el horizonte.
Su grito estaba impregnado de desesperación.
Thor lo sujetó del brazo antes de que corriera hacia adelante.
—¡Resiste!
— le ordenó, aunque su propia voz temblaba de rabia contenida.
Sus ojos se clavaron en la destrucción a lo lejos.
Antes de que pudieran avanzar, Fenrir se interpuso, su cuerpo enorme bloqueando el paso.
—¡Atrás de mí!
— gruñó.
La onda expansiva los alcanzó como una fuerza brutal.
El suelo se sacudió.
El aire se volvió una tormenta de escombros y ceniza.
Cabañas se hicieron pedazos.
Fragmentos de madera y piedra volaron como proyectiles mortales.
Thor y Balder se cubrieron mientras Fenrir plantaba firmemente sus patas, resistiendo la ráfaga.
Cuando el polvo se disipó, lo que vieron fue un infierno.
El pueblo había sido borrado.
Solo quedaban cenizas, cráteres y ruinas carbonizadas.
El aire apestaba a muerte y destrucción.
Fenrir giró la cabeza hacia ellos, respirando con dificultad.
—¿Están bien?
— preguntó con un gruñido bajo.
Balder apenas podía hablar.
Su mirada recorría los restos irreconocibles del lugar.
—Sí…
pero…
— tragó saliva.
—El pueblo…
está muerto.
— Thor apretó los dientes mientras el estruendo de la explosión aún resonaba en sus oídos.
El aire ardía, cargado con el olor a cenizas, sangre y madera quemada.
Su mano temblaba ligeramente mientras sujetaba con más fuerza el Mjölnir, sintiendo el frío metal contra su piel como si fuera lo único capaz de mantenerlo anclado a la realidad.
El polvo aún flotaba en el aire, formando remolinos oscuros mientras el viento arrastraba los restos del pueblo que alguna vez estuvo allí.
Pero entre las ruinas…
había cuerpos.
Thor sintió cómo el estómago se le revolvía al verlos.
Asgardianos y jötunns, caídos lado a lado, con armas aún en las manos y expresiones congeladas de furia y miedo.
Algunos estaban aplastados bajo escombros, otros mutilados por la explosión.
Balder y Fenrir permanecían a su lado, pero Thor apenas podía escucharlos; el rugido de la explosión seguía martilleando en su cabeza.
—Hermano…
—Balder tocó su brazo con cautela—.
¿Estás bien?
Thor no respondió.
Su mirada estaba fija en las ruinas calcinadas.
Cada cuerpo parecía un reproche, cada mancha de sangre una acusación.
“Si hubieras corrido más rápido…” La voz en su mente era inquebrantable.
Lo atormentaba.
—Deberíamos haber llegado antes —gruñó Thor, casi escupiendo las palabras—.
Esto…
esto no habría pasado.
¡No si hubiéramos llegado a tiempo!
—No es tu culpa, Thor —respondió Balder con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente.
Pero Thor no lo escuchaba.
Podía imaginar a Loki, sangrando, tirado entre los escombros, luchando por respirar mientras sus fuerzas se desvanecían.
Cada segundo perdido en el camino pesaba como una piedra en su pecho.
Y ahora…
ahora veía los cuerpos de aquellos que confiaron en ellos.
Hombres, mujeres, guerreros…
muertos.
–Murieron creyendo que vendríamos.
Murieron…
por mi culpa.
La culpa apretó su pecho como un puño de hierro.
Su respiración se volvió pesada.
El Mjölnir comenzó a vibrar en su mano.
—¡Debimos haber ido más rápido!
—Thor golpeó el suelo con el martillo, y un estruendo retumbó a su alrededor.
Un rayo cayó a pocos metros, iluminando su rostro desfigurado por la ira y el remordimiento.
Fenrir, cubierto de polvo, se sacudió las cenizas de su pelaje y miró a Thor.
—Si nos detenemos ahora, entonces realmente habremos llegado tarde —dijo en un tono bajo pero decidido—.
Ellos todavía están allí, peleando.
Y nos necesitan.
Las palabras de Fenrir lo sacudieron.
Thor respiró hondo, aunque el peso en su pecho no desapareció.
La culpa seguía allí, punzante como una lanza clavada en su alma.
Pero la transformó en furia.
Rayos chispearon alrededor de su cuerpo, y sus ojos comenzaron a brillar con un fulgor cegador.
—Quien haya hecho esto…
—dijo Thor en un murmullo que vibraba con poder—.
Va a pagar con sangre.
Sin esperar respuesta, Thor saltó hacia el corazón de la destrucción, dejando un trueno resonante tras de sí.
Balder quiso detenerlo, pero Fenrir se movió primero.
—No podemos dejarlos solos —dijo mientras empujaba a Balder sobre su lomo—.
Agárrate bien.
No habrá más retrasos.
Y con un gruñido feroz, Fenrir corrió tras Thor, mientras el viento cargado de polvo, cenizas y muerte los envolvía como un presagio de la tormenta que estaba por desatarse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com