FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 CAPITULO 6 PARTE 3 El Grito que Partio los Cielos
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20: CAPITULO #6 PARTE 3: El Grito que Partio los Cielos 20: CAPITULO #6 PARTE 3: El Grito que Partio los Cielos Loki, con los ojos entrecerrados y el cuerpo dolorido, se esforzó por levantarse, sus piernas temblorosas bajo el peso de su agotamiento.
La explosión lo había dejado a la deriva, su energía ya casi agotada.
Sus ropas rasgadas y su piel quemada daban testimonio del impacto, y cada respiración que tomaba le parecía una lucha más.
La cortina de humo, espesa y asfixiante, finalmente comenzó a disiparse.
Los restos del pueblo se revelaron ante él, pero lo que vio lo dejó paralizado.
Su hogar, el que había conocido por siglos, el lugar que había protegido y defendido, ahora era solo un escombro de cenizas y escombros humeantes.
Las llamas aún devoraban lo que quedaba de las cabañas, los edificios colapsados, y las calles ahora irreconocibles, cubiertas por los cadáveres de su gente, aquellos que habían luchado valientemente para defenderlo.
Loki dio un paso atrás, su rostro marcado por el terror.
Las voces que antes escuchaba llenas de risas, de vida, ahora eran reemplazadas por el silencio sepulcral del dolor y la muerte.
Su corazón latía desbocado, pero algo en su interior lo detuvo: la sensació n de vacío absoluto.
–Mi…
hogar..– murmuró, su voz quebrándose como si las palabras fueran demasiado pesadas para salir.
Pero al ver los cuerpos tendidos sobre el suelo, al ver las formas familiares que alguna vez habían sido sus amigos, sus guerreros, algo se rompió dentro de él.
–Mi…
gente…– Apenas pudo pronunciar aquellas palabras, como si su garganta estuviera cerrada por un nudo de angustia.
Y en un estallido de dolor, su grito retumbó en el aire, desgarrado y desesperado: –¡NOOOOOO!– El eco de su desesperación fue tan profundo como el dolor en su pecho.
El mundo que conocía ya no existía.
Su pueblo, su familia, su identidad misma…
todo se desvaneció en un instante.
La furia y la impotencia se mezclaban en su alma, pero una profunda tristeza lo ahogaba.
Las lágrimas ardían en sus ojos, pero él no las permitió caer.
En su lugar, la rabia comenzó a crecer.
Tyr cayó sobre una rodilla, sus músculos temblaban mientras intentaba mantenerse erguido.
Su respiración era irregular, cada inhalación le quemaba los pulmones como si aún estuviera dentro de la explosión.
Su mano ensangrentada se aferró a los escombros, pero la fuerza que una vez había sentido en sus brazos se desvanecía con cada segundo.
—Eirik…
—susurró, su voz quebrada mientras miraba el cuerpo inconsciente del joven.
Trató de sacudirlo otra vez, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
El silencio que lo rodeaba era peor que cualquier grito.
Entonces, el silencio se rompió.
No por el mundo exterior, sino por el eco en su mente.
Voces que no reconocía, pero que al mismo tiempo conocía demasiado bien.
Voces del pasado.
Voces que nunca lo habían dejado.
—¿Dónde estabas…?
La imagen de un campo ennegrecido por el fuego surgió ante él.
Guerreros caídos, sus cuerpos apilados como madera seca, con sus rostros retorcidos en expresiones de agonía.
Tyr podía verlos, incluso sentir el calor del fuego que los consumía.
—Nos dejaste morir.
—No viniste por nosotros.
—¿Por qué sigues vivo?
—¡No!
—gruñó Tyr, pero las voces no se detuvieron.
Las figuras se movieron en su mente.
Sus ojos vacíos giraron hacia él.
Manos carbonizadas se estiraban, tratando de alcanzarlo.
Tyr retrocedió, tropezando con los escombros, pero las imágenes lo seguían.
—Te necesitamos…
pero llegaste tarde.
Igual que ahora.
Vio a un guerrero joven, apenas mayor que Eirik, con el pecho atravesado por una lanza.
Lo miraba fijamente mientras la vida se desvanecía de sus ojos.
—¡Levántate!
¡Levántate!
—gritó Tyr en su mente, pero sabía que era inútil.
Ya estaba muerto.
Igual que tantos otros.
La visión cambió.
Ahora veía un pueblo ardiendo, mujeres y niños corriendo mientras las llamas los devoraban.
Vio un pequeño rostro entre la multitud, una niña, con lágrimas en los ojos.
Él no llegó a tiempo.
Nunca llegaba a tiempo.
—Nos dejaste morir.
—Nos quemaste vivos.
—¡Míranos!
Los gritos se mezclaron con las llamas.
El olor a carne quemada lo invadió.
Las voces no callaban.
—¡Eres un monstruo!
¡Un asesino!
Unas manos delgadas salieron de las cenizas.
Se aferraron a sus tobillos, arañando su piel mientras tiraban de él hacia abajo.
Tyr gritó y trató de liberarse, pero las manos se multiplicaban.
Sus uñas rasgaban su carne como si quisieran arrancar pedazos de él.
—Ven con nosotros…
—Sufre con nosotros…
La piel de Tyr ardía.
Miró hacia abajo y vio que sus manos estaban cubiertas de sangre fresca.
No era suya.
—¡NO!
—rugió Tyr, pero la culpa lo estrangulaba.
Se aferró la cabeza con ambas manos, como si pudiera aplastar las voces para hacerlas callar.
Pero no se iban.
Las imágenes no desaparecían.
Vio su reflejo en un charco de sangre.
Su rostro estaba distorsionado, irreconocible.
Y entonces habló.
—Deja salir a la bestia…
Su propia voz.
Cruel.
Burlona.
—Acaba con esto.
Tyr cayó al suelo, jadeando.
Su pecho se movía como si un animal intentara escapar de su interior.
Su mente giraba en espiral hacia la oscuridad.
Su respiración se volvió frenética.
Era su culpa.
Siempre era su culpa.
Pero entre el caos, escuchó algo más.
Un grito.
Levantó la mirada, jadeando.
No sabía si era real o si su mente le jugaba otra trampa.
Pero el sonido lo sacudió lo suficiente como para aferrarse a la realidad.
Su mirada cayó sobre Eirik.
Todavía respiraba.
Tyr apretó los puños.
Su cuerpo temblaba, no solo por el dolor físico, sino por la guerra dentro de él.
El fuego de su furia estaba allí, latiendo, esperando estallar…
pero aún no lo dejaba salir.
Se arrastró hacia Eirik, sus manos temblorosas y cubiertas de polvo.
—Aguanta…
—susurró.
No sabía si hablaba para Eirik o para sí mismo.
Porque en ese momento, Tyr no sabía cuánto más podría soportar antes de quebrarse por completo.
El aire estaba cargado de cenizas y humo.
Fragmentos de madera carbonizada caían lentamente como si el cielo mismo se estuviera desmoronando.
Las llamas aún crepitaban en la distancia, y el suelo estaba cubierto de restos de escombros humeantes y cuerpos inmóviles.
El silencio era peor que los gritos, como si el mundo hubiera exhalado su último aliento.
Entre las ruinas, algo se movió.
Un leve temblor bajo los escombros.
Apenas perceptible.
Luego, otro movimiento, acompañado por un sonido áspero, como el crujir de piedras al ser arrastradas.
Un débil gemido rompió la quietud.
Las piedras comenzaron a desplazarse lentamente, como si algo debajo luchara por salir.
La pila de escombros tembló una vez más, antes de que una mano azul, ensangrentada y temblorosa, emergiera entre las grietas.
Sus dedos se aferraron a la madera carbonizada, rompiendo la superficie con un esfuerzo desesperado.
Un segundo gemido se dejó oír, más claro esta vez, cargado de dolor.
La mano se movió, empujando los escombros con más fuerza, revelando poco a poco un rostro cubierto de polvo y sangre.
Sus ojos entrecerrados destellaban con determinación a pesar de la debilidad de su cuerpo.
Era Laufey.
Su pecho subía y bajaba con dificultad, y cada respiración parecía arrancarle un pedazo más de vida.
Estaba atrapada, las piedras aún la cubrían parcialmente, pero lo peor no era su estado.
No.
Lo peor eran los dos pequeños cuerpos acurrucados bajo su protección.
Niños.
Sus pieles estaban marcadas por el hollín y las lágrimas.
El más pequeño lloraba en silencio, cubriéndose los ojos mientras se aferraba a Laufey.
El otro, apenas mayor, sostenía la mano de su hermano y miraba fijamente a su alrededor, como si buscara una salida en medio del caos.
Laufey apretó los dientes, su cuerpo temblaba por el esfuerzo de mantener su posición.
Sabía que el peso que soportaba era demasiado, pero no podía permitirse ceder.
No mientras esos niños dependieran de ella.
—Aguanten…
—susurró con un hilo de voz, apenas audible.
Sus palabras eran más para ella misma que para los niños.
Sentía cómo la sangre le corría por el costado, tibia al principio, pero ahora fría.
Su visión se nublaba poco a poco, pero no se permitió cerrar los ojos.
Otro crujido resonó sobre su cabeza, como si los escombros fueran a ceder.
Los niños se encogieron aún más, y Laufey sintió una punzada en el pecho.
No por el dolor físico, sino por el miedo que vio en sus rostros.
—No tengan miedo…
—susurró, obligándose a mantener la calma—.
Los sacaré de aquí…
Se aferró con fuerza a la madera, usando cada fragmento de su fuerza para empujar.
Las piedras cedieron un poco, lo suficiente como para permitir que un rayo de luz grisácea se filtrara entre los escombros.
—Ahora…
salgan…
—jadeó, casi sin voz.
El mayor dudó por un momento, pero luego tiró del más pequeño y comenzó a arrastrarse hacia la abertura.
Laufey se quedó detrás, manteniendo el peso de las piedras hasta que estuvieron fuera.
Solo entonces dejó escapar un grito ahogado mientras su cuerpo se desplomaba.
Su visión se volvió borrosa, pero antes de caer en la oscuridad, susurró un nombre.
—Loki… Tyr apenas logró arrastrarse unos centímetros hacia Eirik cuando un sonido heló su sangre.
Un crujido húmedo, como carne desgarrándose y huesos rechinando.
Se detuvo.
Su respiración se volvió errática.
Su corazón golpeaba contra su pecho como un tambor de guerra.
Volvió la mirada hacia los escombros.
El polvo comenzaba a disiparse lentamente, dejando entrever una silueta retorcida que se levantaba de entre las ruinas.
Un escalofrío le recorrió la columna.
—Es…
imposible…
—susurró, sintiendo cómo el aire abandonaba sus pulmones.
El ser emergió.
Su piel estaba desgarrada en múltiples capas, como si la explosión lo hubiera arrancado desde dentro.
Pedazos de carne colgaban de su cuerpo carbonizado, dejando expuestos músculos palpitantes y huesos ennegrecidos.
Su rostro, apenas reconocible, estaba cubierto de grietas abiertas, y un ojo se hundía en su cuenca mientras el otro brillaba con una furia inhumana.
Un líquido oscuro, espeso y burbujeante, rezumaba de sus heridas como si la sangre misma se resistiera a abandonar su cuerpo.
Parte de su mandíbula estaba desencajada, dejando ver dientes astillados que rechinaban como si estuviera masticando su propia carne.
La criatura dio un paso hacia adelante, y el sonido de huesos crujiendo hizo que Tyr se estremeciera.
Su brazo izquierdo colgaba en un ángulo antinatural, pero aun así lo levantó, como si estuviera preparado para seguir luchando a pesar de su deformidad.
—Tú…
—gruñó el ser, su voz era una mezcla de ira y agonía, un eco distorsionado que resonaba como un lamento infernal—.
No has terminado conmigo…
Tyr sintió cómo el miedo se clavaba en su estómago como un cuchillo.
El ser avanzó, dejando tras de sí un rastro de sangre negra que burbujeaba y chisporroteaba al tocar el suelo.
Sus movimientos eran erráticos, como los de un cadáver que se negaba a aceptar la muerte, pero la fuerza que irradiaba seguía siendo abrumadora.
Entonces, el ser se detuvo.
Sus ojos desiguales se fijaron en Tyr, brillando con un odio tan puro que lo hizo retroceder involuntariamente.
—Voy…
a arrancarte…
—La criatura se inclinó hacia él, su mandíbula colgante temblaba con cada palabra—.
Todo lo que amas…
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