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FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 43

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  3. Capítulo 43 - 43 CAPITULO 11 PARTE 6 Un Destello Antes del Fin
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43: CAPITULO #11 PARTE 6: Un Destello Antes del Fin 43: CAPITULO #11 PARTE 6: Un Destello Antes del Fin Astaroth rugió con furia, sus ojos enrojecidos por la luz de Balder.

—¡Te voy a desmembrar!

—vociferó, su voz vibrando como un terremoto—.

¡Cortaré cada miembro de tu cuerpo lentamente, hasta que supliques por morir!

Balder no titubeó.

Sabía que si el demonio recuperaba la vista, todo estaría perdido.

Su espada se convirtió en un relámpago que atravesaba la oscuridad.

Atacó desde todos los ángulos a una velocidad imposible, cada golpe era un destello que iluminaba la batalla como si cien soles hubiesen estallado al mismo tiempo.

—¡No pienso darte respiro, monstruo!

—gritó, descargando cortes diagonales, estocadas veloces, giros en espiral que convertían su silueta en un torbellino de luz.

Astaroth, cegado, se cubría con su guadaña, sintiendo el filo de Balder rozar su piel, dejando surcos ardientes en sus brazos y torso.

La luz quemaba su carne, cada corte era una ofensa directa a su orgullo.

Balder, consciente de lo efímero de esa ventaja, desató el cien por ciento de su poder.

Su espada brilló con tanta intensidad que el suelo temblaba bajo sus pies, las rocas se derretían, y hasta Thor, aún con la tráquea casi destrozada, tuvo que cubrirse los ojos para no quedar cegado por completo.

El príncipe de la pureza se lanzó hacia adelante, su voz resonando como un canto de guerra: —¡Aunque me cueste la vida, te detendré!

El demonio rugió, cubriéndose el rostro mientras sentía que la luz le perforaba la piel.

—¡Miserable… gusano!

Los choques eran titánicos.

Cada impacto de espada contra guadaña lanzaba ondas de energía que partían columnas de piedra, derribaban murallas, y levantaban polvo como si mil tormentas se desataran al mismo tiempo.

Balder sabía que estaba quemando su propia existencia, cada segundo drenaba su vitalidad.

Pero no le importaba.

Lo único que importaba era mantener a Astaroth contra las cuerdas, retrasarlo un instante más… darle tiempo a los demás.

Balder se deslizó con la agilidad de un relámpago, desapareciendo en un destello y reapareciendo justo bajo Astaroth.

Con un movimiento preciso y despiadado, su espada cortó los ligamentos de la pierna del demonio.

¡SHRRAAK!

El coloso rugió de dolor, tambaleándose.

Su rodilla se dobló y el suelo se resquebrajó bajo su peso.

—¡Caíste!

—gritó Balder, su voz resonando como un trueno luminoso.

Antes de que Astaroth pudiera reaccionar, Balder ya se encontraba en el aire, ascendiendo como un cometa.

Sus manos brillaron, concentrando todo el poder de su esencia divina hasta que se convirtió en un sol viviente.

—¡Rayo divino!

—clamó, y de sus palmas estalló una descarga de luz pura que impactó de lleno en el cuerpo de Astaroth, derribándolo con violencia.

El demonio se desplomó contra el suelo, la tierra tembló como si el mismo Jotunheim fuese a partirse en dos.

Polvo, fuego y escombros se alzaron, cubriéndolo como una tumba improvisada.

Balder descendió en un destello y aterrizó directamente sobre el pecho del monstruo.

Su espada se alzó y comenzó una masacre de cortes veloces, sin tregua, sin respirar, como un ejecutor implacable.

Cada tajo era un relámpago.

Cada estocada, una estrella fugaz cayendo sobre la carne del demonio.

Los gritos de Astaroth resonaron como rugidos de un volcán en erupción, su sangre oscura brotaba a borbotones, evaporándose al contacto con la luz sagrada.

Balder no se detenía.

Sus brazos eran un torbellino de furia brillante, un vendaval de cortes que desfiguraban aquel cuerpo maldito.

—¡Esto es por Jottunheim!

—vociferaba Balder, cada palabra acompañada de un tajo—.

¡Por mis hermanos!

¡Por el pueblo que juramos proteger!

El suelo mismo parecía iluminarse bajo cada golpe, y por un instante, el imposible se había hecho realidad: el dios más puro estaba desangrando al monstruo imposible.

De un manotazo brutal con el dorso de su mano, Astaroth apartó a Balder como si fuera un insecto molesto, lanzándolo varios metros hacia atrás.

El dios de la luz se estrelló contra los escombros, escupiendo sangre, pero apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando la risa grave del demonio llenó el aire.

Astaroth, con una sonrisa retorcida de gozo, extendió su mano y la guadaña maleable cobró vida, como una serpiente infernal.

La hoja comenzó a ondular y rodear a Balder, cerrándose en un círculo mortal.

El resplandor de la espada de Balder chocaba contra aquella prisión, pero cada vez que intentaba cortar, la guadaña se regeneraba como un metal vivo.

El espacio se fue estrechando poco a poco, asfixiante, ineludible.

Astaroth lo miró directo a los ojos, con una calma que helaba la sangre, y dijo en un susurro cargado de veneno: —Desearás haber muerto.

De pronto, la guadaña se contrajo.

En un instante, la hoja comenzó a girar con violencia, desatando una tormenta de cortes veloces que atravesaban la carne de Balder sin piedad.

El dios de la pureza gritó, su voz desgarradora retumbando en los cielos.

Cada tajo arrancaba sangre a chorros, cada estocada le dejaba el cuerpo marcado con laceraciones profundas.

La luz que emanaba de él se tornó roja, mezclada con el resplandor de su propia sangre que cubría su ser.

Su piel blanca se volvió un lienzo carmesí.

Su armadura crujía, destrozada, partida en fragmentos.

Su espada temblaba en su mano, aún brillando, pero el cuerpo que la sostenía se quebraba poco a poco.

Astaroth reía, disfrutando cada segundo, como si la agonía de Balder fuese la más exquisita sinfonía.

—¡Grita más!

—clamó, apretando el círculo de la guadaña hasta que apenas quedaba espacio para que Balder respirara—.

¡Hazme sentir tu dolor!

El dios de la luz estaba atrapado en un infierno viviente.

Su figura, una vez resplandeciente, ahora no era más que un resplandor rojo, un sol sangriento ardiendo en su propia tortura.

El vendaval de cortes cesó de golpe.

La guadaña se contrajo y volvió a la mano de su dueño, como si nunca hubiera sido desplegada.

Balder quedó de rodillas, su cuerpo temblando, ensangrentado, la espada de luz aún brillando entre sus dedos, pero apenas sostenida por pura voluntad.

Astaroth lo observaba con deleite, caminando lentamente hacia él, cada paso resonando en el suelo como un tambor de ejecución.

Thor, viendo a su hermano en aquel estado, rugió con furia y levantó a Mjolnir, dispuesto a lanzarse al ataque.

Pero antes de que pudiera dar un solo paso, Astaroth cerró el puño con calma.

El suelo bajo los pies del dios del trueno se resquebrajó.

De las grietas emergieron manos gigantescas de sombra, deformes, negras como la misma noche, que se enrollaron en torno a su cuerpo como serpientes vivientes.

Los dedos oscuros se apretaron con una fuerza monstruosa, inmovilizándolo en el aire, estirando sus brazos y piernas hasta casi dislocarlos.

—Quieto.

—la voz de Astaroth retumbó con una autoridad gélida, como si se tratara de una sentencia divina.

Thor gruñó, intentando liberarse, los relámpagos recorriendo su cuerpo, pero cada chispa se apagaba al ser absorbida por aquellas manos de tinieblas.

Su fuerza descomunal era inútil; el dios del trueno había sido reducido a un prisionero indefenso.

Astaroth ni siquiera volvió la vista hacia él.

Como si no fuera más que un estorbo neutralizado, continuó su marcha implacable hacia Balder, cuya respiración entrecortada llenaba el silencio entre los escombros.

Balder alzó la mirada, con el rostro bañado en sangre y lágrimas, viendo cómo el monstruo se acercaba paso a paso.

Su espada seguía brillando, aunque su cuerpo ya no podía sostener mucho más.

Astaroth, con una sonrisa torcida, extendió la guadaña una vez más.

—Es hora de arrancar la luz de tu cuerpo y ver si aún brilla en la oscuridad.

El filo de la guadaña reflejaba la luz mortecina de Joktldar mientras Astaroth se cernía sobre Balder, la sombra de la muerte cayendo sobre él.

Thor seguía atrapado, rugiendo impotente, y Tyr apenas respiraba entre los escombros, su cuerpo quebrado.

Odin, de pie a lo lejos, contemplaba en silencio, con los ojos apagados, como si todo careciera de sentido.

En ese instante, la línea que separaba la esperanza de la aniquilación pendía de un hilo tan delgado que parecía imposible que no se rompiera.

Y aún así, en el corazón herido de los dioses, ardía una chispa que se negaba a extinguirse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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